Pecado

Resumen de las principales definiciones teológicas e históricas del pecado según los credos, catecismos y confesiones de la biblioteca, organizado desde el vocabulario bíblico hasta las confesiones de la Reforma y una confesión contemporánea.

El vocabulario bíblico del pecado

Antes de cualquier formulación confesional, el pecado se define en las Escrituras mismas con un racimo de palabras que se complementan: fallar el blanco, rebelarse o transgredir deliberadamente un límite puesto por una autoridad, y la perversión moral de la naturaleza misma. David reúne esas tres ideas en su confesión del Salmo 51 (rebelión, maldad, pecado), y esa triple definición es el tratamiento más completo que hay en la biblioteca sobre por qué el pecado no es solo una conducta sino, ante todo, una condición del corazón; ver La doctrina del pecado para el desarrollo completo y El pecado en la vida diaria para su aplicación pastoral.

La definición confesional básica: falta de conformidad o transgresión de la ley

Los catecismos de Westminster reducen esa riqueza léxica a una fórmula jurídica precisa. El Catecismo Menor pregunta “¿Qué es el pecado?” y responde: “El pecado es la falta de conformidad con la ley de Dios o la transgresión de ella” (Catecismo Menor de Westminster, P. 14). El Catecismo Mayor amplía la misma fórmula precisando que esa ley fue “dada como regla a la criatura racional” (Catecismo Mayor de Westminster, P. 24). Es la definición reformada más citada: el pecado tiene una cara negativa (ausencia de conformidad) y una positiva (transgresión activa).

Trasfondo histórico: Agustín contra Pelagio

Definir el pecado como corrupción heredada y no solo como actos aislados hunde sus raíces en la controversia pelagiana de los siglos IV y V. Pelagio sostenía que el pecado de Adán solo afectó a Adán, que cada persona nace moralmente neutra y peca únicamente por imitación, y que la voluntad humana conserva plena capacidad de obedecer a Dios sin la gracia. Agustín de Hipona respondió que todo el género humano cayó en Adán, que la naturaleza misma quedó corrompida (no solo la conducta) y que la voluntad caída es incapaz de un bien que agrade a Dios sin la gracia que la sana y la mueve. El semipelagianismo posterior intentó una vía media —la voluntad humana da el primer paso hacia Dios y la gracia lo completa— que la Reforma rechazó con la misma firmeza que el pelagianismo original. Ver Pelagianismo, Semi‑pelagianismo y Agustín de Hipona. Todas las confesiones reformadas que siguen son, en este punto, conscientemente agustinianas.

Las confesiones de la Reforma

La Confesión de Fe de Westminster: pecado original y pecado actual

El capítulo 6 de la Confesión de Fe de Westminster ofrece la exposición más completa de la biblioteca. Adán y Eva pecaron al comer del fruto prohibido, cayeron de su rectitud original y “quedaron muertos en el pecado”, “totalmente corrompidos en todas las facultades y partes del alma y del cuerpo”. Por ser Adán “el tronco de la raza humana”, su culpa les fue imputada a todos sus descendientes junto con la naturaleza corrompida de la que proceden “todas nuestras transgresiones actuales”. Esa corrupción “permanece durante esta vida en aquellos que son regenerados” y, aunque perdonada, “es verdadera y propiamente pecado”. Todo pecado, “ya sea original o actual”, es transgresión de la ley de Dios y trae culpa, ira, maldición y muerte sobre el pecador (Confesión de Fe de Westminster, cap. 6).

La Confesión Belga: incapacidad total y enfermedad hereditaria

La Confesión Belga describe primero la caída: el hombre, creado bueno y justo, “voluntariamente se sometió al pecado” y quedó corrompido en su naturaleza completa, de modo que “no es más que un esclavo del pecado” y no tiene “nada de sí mismo a menos que le sea dado del cielo” (Confesión Belga, Art. 14). El artículo siguiente define el pecado original como “una corrupción de toda la naturaleza y una enfermedad hereditaria” que “produce en el hombre todo tipo de pecado, estando en él como una raíz”, y rechaza expresamente “el error de los pelagianos quienes afirman que el pecado solamente procede de la imitación” (Confesión Belga, Art. 15).

El Catecismo de Heidelberg: el pecado como miseria que reclama un mediador

Heidelberg llega a la doctrina del pecado por una ruta pastoral: antes de hablar de la redención pregunta cómo conoce el creyente su miseria, y responde “por la ley de Dios” (Catecismo de Heidelberg, P. 3). Esa depravación viene “de la caída y desobediencia de nuestros primeros padres” (Catecismo de Heidelberg, P. 7). Y a la pregunta de si nuestra corrupción es tal que somos “totalmente incapaces de hacer bien alguno” y estamos “inclinados a todo mal”, el catecismo responde sin rodeos: “Ciertamente, a no ser que seamos regenerados por el Espíritu Santo” (Catecismo de Heidelberg, P. 8). Todo el catecismo se organiza así en tres movimientos —miseria, redención, gratitud— en los que el pecado no es un tema aislado sino la puerta de entrada a la necesidad de un mediador; ver también Día del Señor 3.

Los Treinta y Nueve Artículos: corrupción, no imitación

La tradición anglicana llega a la misma conclusión agustiniana por su propio camino. El artículo 9 afirma que “el pecado original no consiste en la imitación de Adán… sino que es el vicio y la corrupción de la naturaleza de todo hombre”, y añade un matiz que lo distingue de las confesiones continentales: incluso en los regenerados, la concupiscencia y la lujuria que permanecen “tienen en sí misma la naturaleza del pecado”, aunque no condenen a quienes creen y son bautizados (Treinta y Nueve Artículos, Art. 9).

Los Cánones de Dort: depravación total frente al arminianismo

Frente a los Remonstrantes, que restringían el daño de la caída y salvaban un residuo de libre albedrío capaz de cooperar con la gracia, los Cánones de Dort son categóricos: “todos los hombres son concebidos en pecado y por nacimiento hijos de ira, incapaces de ningún bien salvífico, e inclinados al mal, muertos en pecados y esclavos del pecado”, sin querer ni poder volver a Dios por sí mismos (4, Art. 3). Los mismos cánones distinguen ese estado del pecado remanente en el creyente ya regenerado: de él “surgen los pecados cotidianos de la debilidad” y se adhieren manchas incluso a las mejores obras de los santos, lo cual los lleva a humillarse, refugiarse en Cristo y mortificar la carne, sin que ese pecado remanente anule la seguridad de la salvación (Cánones de Dort, Cap. 5, Art. 2); ver Pecado remanente.

Una confesión contemporánea

La declaración doctrinal de Gracia Soberana Orizaba muestra que la misma doctrina sigue viva en la confesión local de hoy: Adán fue constituido “jerarca representante de la raza humana”, de modo que su pecado “le fue imputado a todos sus descendientes, trayendo culpa, condenación, y muerte a la humanidad”, y de esa “corrupción heredada… surgen todos los pecados que cometemos”, dejando a las personas caídas “incapaces… de librarse a sí mismas de su esclavitud al pecado” (El pecado del hombre y sus efectos).

El pecado como estado y como acto

En conjunto, estas confesiones distinguen siempre dos planos que conviene no confundir en la predicación: el pecado como naturaleza o estado (la corrupción heredada de Adán, “pecado original”) y el pecado como acto concreto (“pecado actual”), sin que uno exista sin el otro: la naturaleza corrompida es la raíz, la transgresión es el fruto. Esa doble cara —lo que somos y lo que hacemos— es también la clave con la que se lee el Salmo 51 en La doctrina del pecado y con la que Thomas Watson expone la caída de Adán en la tradición puritana (2. Adam’s sin).

El pecado y su remedio

Ninguna de estas confesiones se detiene en el diagnóstico: todas presentan el pecado como la condición que hace necesaria la satisfacción de la justicia de Dios por un mediador que sea a la vez verdadero hombre y verdadero Dios. Ver Propiciación, Expiación y Redención.

Ver también