Nuestros primeros padres, siendo seducidos por las mentiras sutiles y seductoras de Satanás, pecaron al comer del fruto que Dios les había prohibido. Por cuenta de este pecado, cayeron de la justicia original y comunión con Dios y, como resultado, quedaron muertos en sus pecados y completamente corrompidos en cada facultad y en cada parte de su alma y de su cuerpo.

Puesto que Adán es la raíz de la humanidad, la culpa de su pecado fue imputada y la misma muerte en el pecado y su naturaleza corrompida fueron transmitidas a todos sus descendientes por generación ordinaria.

Desde esta corrupción original somos totalmente renuentes, incapaces y antagónicos a todo lo que es bueno, y estamos completamente inclinados a todo lo que es malo. De esta corrupción original procede toda transgresión real.

En esta vida, esta corrupción de la naturaleza persiste en aquellos que han sido regenerados por la gracia de Dios. Aunque ha sido perdonada y crucificada por medio de Jesucristo, esta corrupción de la naturaleza y de todas las maneras

Cada pecado, tanto original como presente, es una transgresión de la justa ley de Dios y contrario a ella. Cada pecado por naturaleza trae culpa sobre el pecador, dejándolo destinado a la ira de Dios y a la maldición de la ley. Está, por tanto, sujeto a muerte con sus miserias espirituales, temporales y eternas. Véanse Génesis 2:16-17; 3:12-13; 6:5; Job 14:4; Salmos 51:1-5; Eclesiastés 7:20; Jeremías 13:23; 17:9; Ezequiel 14:1-5; Mateo 5:28; 15:19; Lucas 6:43-45; Romanos 1:28-32; 3:9, 23; 5:12-19; 6:20; 7:18-23; 8:7; 1 Corintios 6:9-10; 15:21-22, 45-49; 2 Corintios 11:3; Gálatas 5:19-21; Efesios 2:1-3; Colosenses 1:21; 3:5; 1 Tesalonicenses 1:10; Tito 1:15; Hebreos 2:14- 15; Santiago 1:14-15; 4:17; 1 Juan 1:8.1

Cómo entender la doctrina del pecado

La verdad bíblica que ahora consideramos se ubica en el epicentro de la doctrina cristiana. Junto con la existencia de Dios es un punto clave de una cosmovisión cristiana. Si no crees que existe tal cosa como pecado tal y como lo describe la Biblia, entonces no ves la necesidad de la ley moral de Dios, de la sabiduría de las Escrituras, de la dependencia de Dios, de la gracia rescatadora del Redentor, del ministerio de la iglesia o de la viva esperanza de la eternidad. En lo que respecta al drama humano, en realidad hay dos grupos de personas: los que depositan sus esperanzas en los sistemas humanos de redención y los que consideran que la esperanza humana requiere un Redentor.

Uno de los resultados lamentables del pecado es que el pecador promedio siente poca conciencia, entendimiento o culpa, si acaso, del pecado. En nuestra cultura o en la mente colectiva, el pecado ha dejado de existir como categoría. No se considera una herramienta que explique las motivaciones o el comportamiento de la gente. El concepto de pecado no se enseña en las clases de filosofía ni de psicología de tu universidad local. El pecado no es una categoría que defina nuestra visión del cumplimiento de la ley. La verdad de la pecaminosidad humana no influye en la manera de pensar de las personas acerca de la injusticia racial, el totalitarismo o el abuso. Por regla general, la doctrina del pecado no se usa para ayudar a los consejeros a comprender las dificultades del matrimonio y la crianza de los hijos. El pecado no se entiende como la fuerza detrás de la invasión pornográfica en los medios masivos de comunicación. Pocas personas consideran que la corrupción en la política y el gobierno estén relacionadas en absoluto con el pecado. Cuando el pecado constituye una categoría que se ha desechado, es necesario explicar de otra manera las tragedias humanas.

Si no crees en la tragedia y en la universalidad del pecado, creerás que los seres humanos tienen el poder para reparar a los seres humanos. De ese modo, pones tu esperanza en la educación, en la política, en la filosofía, en la psicología, en la medicina, entre muchas otras. Todas estas áreas son beneficiosas, pero no tienen poder alguno para rescatarnos de las tinieblas, el engaño, la destrucción y la muerte que el pecado arrojó sobre todos nosotros. Por el contrario, si crees que el más profundo problema de todo ser humano es el pecado y si crees que ningún ser humano es capaz de librarse de él, entonces sabes que juntos no podemos salvarnos a nosotros mismos. Si existe tal cosa como pecado en el corazón de cada persona, entonces nuestra única esperanza es la intervención divina.

El clamor de todos frente al quebrantamiento, el peligro, la desilusión, las dificultades y las injusticias de la vida en este mundo marcado por el pecado es en realidad un clamor por Dios y su gracia redentora, rescatadora y restauradora, ya sea que la persona que clama lo sepa o no. La doctrina del pecado nos dice que la esperanza de la humanidad nunca será hecha realidad por sus propios medios, sino que solo vendrá por medio de la intervención de la gracia de Dios. Esta verdad realmente es una de las grandes líneas divisorias. Si lo crees, transformará de manera radical tu visión de ti mismo y de lo que necesitas, tu manera de pensar acerca del significado y el propósito de la vida, tu visión del bien y del mal, tu perspectiva acerca de lo que es verdadero y falso, dónde buscar consuelo y fortaleza, qué es importante para ti y qué no, y dónde encontrar esperanza verdadera, firme y duradera. Si el pecado es el cáncer fatal, entonces no hay cura posible aparte de la intervención de las misericordias de la gracia redentora. Si el pecado es el problema, Dios es nuestra única esperanza.

A la luz de lo anterior, es muy importante que entendamos a qué nos referimos cuando afirmamos que creemos en la doctrina del pecado. Cuando releía la declaración introductoria de este capítulo que define la doctrina del pecado, me sobrevino una profunda tristeza. El horror incalculable de la tragedia del pecado me dejó asombrado. Viví momentos de depresión espiritual cuando pensé en la destrucción completa de la justicia humana y de la comunión con Dios. Es como si viera el horrible vídeo y oyera los espantosos sonidos del desplome del shalom. El pecado es la bomba letal que deja destrucción a su paso. El pecado es la peor pandemia que infecta a todos y enferma a todos. El pecado es la maldición absoluta que sentencia a todos a muerte. El pecado es el mayor engaño que no cesa de repetir mentiras y de hacer promesas que no puede cumplir. El pecado es la interrupción definitiva que cambia la historia humana para siempre.

Nos deja sin aliento pensar que la elección egoísta, idólatra y rebelde de Adán y Eva en el huerto haya traído maldición sobre cada ser humano que vendría después de ellos; sí, tú y yo también. El desastre es no solo que Adán y Eva fueran castigados por su pecado, sino que también, por causa del pecado, se convirtieran en personas completamente diferentes. Al dejar de ser perfectamente justos en palabra, en pensamiento y en obra, ahora eran corrompidos en todo. Al no ser más amantes de Dios y de su ley, Adán y Eva ahora eran ajenos a Dios y les atraía lo que es malo a los ojos de Dios. Todo esto fue transmitido a sus hijos y a los hijos de sus hijos y a cada generación subsiguiente. El pecado es el drama desgarrador y trágico de la historia humana. El pecado fracturó el shalom y seguimos lidiando con los horrendos resultados hasta hoy. A fin de entender plenamente el desastre del pecado y sus implicaciones para todos nosotros, es importante examinar el primer pecado en el huerto de Edén.

Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto? Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis. Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal. Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella. Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales (Gn. 3:1-7).

Para entender la desobediencia de Adán y Eva en el huerto y cómo nos ayuda a entender la naturaleza del pecado nos enfocaremos en dos cosas. Primero, tienes que entender el discurso engañoso de Satanás: “Sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal”. Satanás no tienta a Eva con un menú mejor de lo que Dios les había provisto. La tienta con autonomía y autosuficiencia. Su discurso es “pueden ser como Dios”. Dios es el único ser que ha existido siempre y que es verdaderamente autónomo y autosuficiente. Su existencia es suya para hacer lo que le place. No existe ley alguna por encima de Dios y Él no tiene que rendirle cuentas a nadie. También es completamente autosuficiente y se basta a sí mismo. Dios no necesita nada y de nadie necesita recibir ayuda. Él sabe todo sin jamás haber sido enseñado y puede hacer todo sin entrenamiento ni ayuda. El hecho es que el discurso que Satanás presenta a Eva en realidad define quién es Dios y lo que es imposible para un ser humano. La atracción es mucho más que un fruto suculento; es la autonomía y la autosuficiencia que son exclusivas de Dios.

También es importante entender lo que sedujo a Eva: “Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió”. El anzuelo seductor que atrapó a Eva no fue el hecho de que se tratara del fruto más hermoso que ella hubiera visto, a pesar de que fuera atractivo. No. La frase “árbol codiciable para alcanzar la sabiduría” demuestra lo que cautivó a Eva. Hay que prestar atención a esta frase. ¿Por qué tendría Eva ansias de sabiduría cuando gozaba de una relación perfecta con la persona que era y es la fuente suprema de todo lo que es sabio? ¿Por qué no le bastó la sabiduría de Dios?

Lo que atrajo a Eva no fue solo sabiduría, sino una sabiduría autónoma, es decir, una sabiduría que no precisaba de una dependencia y de una sumisión a Dios. El único ser que ha existido jamás que es independientemente sabio es Dios. Solo Él nunca ha necesitado un maestro, un consejero, un mentor o un guía. Él sabe todo acerca de todo. El Creador sabe cómo su creación debe operar y cómo las criaturas hechas a su imagen están diseñadas para vivir. Él es la fuente suprema de sabiduría. Eva quiere la posición de Dios. Ella no quiere depender de Dios; ella quiere ser Él. En ese momento, Eva se impone como el centro de su mundo y hace que su vida entera gire en torno a ella. Cuando leo este relato de la caída y lo que atrajo a Eva en ese momento desastroso, recuerdo las palabras de Pablo en 2 Corintios 5:15: “y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos”. En ese momento en el huerto, Eva vive para sí misma y, por consiguiente, desobedece a Dios y come lo que Él ha prohibido.

Lo que nos dice Pablo en 2 Corintios 5:15 es que el ADN del pecado es el egoísmo. El pecado realmente hace que la vida se centre por completo en el yo. El pecado encoge mi mundo al tamaño de mis deseos, de mis necesidades y de mis sentimientos. Eugene Peterson dice que el pecado nos lleva a reemplazar la santa Trinidad con una nueva trinidad: “Las tres personas del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son reemplazadas por una trinidad individualizada y personal de mis santos deseos, mis santas necesidades y mis santos sentimientos”.2 El pecado se concentra y se enfoca en el yo, engrandece al yo y es egoísta en el sentido más real de la palabra. Por causa del pecado queremos nuestra propia manera de hacer las cosas, queremos escribir nuestras propias reglas y no queremos nada que se interponga en nuestro camino ni nadie que nos diga qué hacer. El pecado nos convierte a todos en ladrones de gloria y nos lleva a desear aquello que por derecho le pertenece solo a Dios.

El ídolo del yo es la idolatría extrema. Es el ídolo del cual se desprende cualquier otra forma de idolatría. Si te adoras a ti mismo vas a cambiar la adoración y el servicio a Dios por la adoración y el servicio a las cosas creadas. Si te adoras a ti mismo, te inclinarás delante de los ídolos de la comodidad y del placer. Si te adoras a ti mismo, tu corazón será gobernado por un deseo de poder y control. Si te adoras a ti mismo ansiarás la alabanza de los demás. La base de toda forma de disfunción humana es el ídolo del yo. Cada pecado es idólatrico; nos pone en el trono de Dios, nos lleva a reinar sobre nuestra propia vida y a hacer lo que se nos antoja. Por ello convenía que David confesara a Dios: “Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos” (Sal. 51:4).

En este momento en el huerto, Eva adora por primera vez algo aparte de Dios. No, lo que reemplaza a Dios como el centro de la adoración de Eva no es la sabiduría. Lo que reemplaza a Dios en la adoración del corazón de Eva es Eva misma. El amor al yo reemplaza el amor por Dios y, como resultado, Eva se rebela contra el mandato claro, sabio y amoroso de Dios, por lo que come lo que está prohibido. Cuando el amor del yo reemplaza el amor por Dios, el resultado es una infinidad de males posibles. Por eso, Pablo dice que Jesús vino no primordialmente a rescatarnos del mal que está por fuera de nosotros. No. Él vino para rescatarnos de nosotros mismos, es decir, para librarnos del mal en nuestro interior. Si yo soy el ídolo que me tiene cautivo, no hay escapatoria para mí. Puedo huir de situaciones, lugares y relaciones, pero no puedo huir de mí mismo.

Si el pecado es idolátrico, la única esperanza para mí es un Salvador poderoso que tiene la voluntad y el poder para liberarme del cautiverio de mí mismo. Quisiera retomar la confesión de David en el Salmo 51, porque en su confesión encontramos una de las mejores definiciones de la Biblia del pecado y de lo que produce. Esta definición fundamental de pecado se expresa en tres sugestivas palabras:

Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; Conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones. Lávame más y más de mi maldad, Y límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mis rebeliones, Y mi pecado está siempre delante de mí (Sal. 51:1-3).

En su expresión de dolor por su pecado, David usa tres palabras que captan la naturaleza de esta cosa llamada pecado: rebeliones, maldad y pecado. Cada palabra encierra un matiz particular que busca reforzar nuestra comprensión de lo que es y de lo que hace el pecado. Empecemos con la palabra maldad. Maldad es impureza moral. Esta palabra nos advierte el hecho de que el pecado es más profundo que el simple comportamiento externo. Sí, el pecado resulta en acciones que son malas a los ojos de Dios, pero el pecado no empieza con la conducta. El pecado es una condición, un estado inevitable del ser que nos lleva a rebelarnos contra la autoridad de Dios y a quebrantar su ley.

Observa las palabras de David que aparecen más adelante en su confesión: “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre” (Sal. 51:5). David confiesa que su problema no es solo que él hiciera algo pecaminoso, sino ante todo que él es un pecador. Ahora bien, presta mucha atención a lo que voy a decir a continuación. David no tiene un problema con el pecado solo cuando hace algo malo, porque el pecado es parte de su naturaleza misma. El pecado era una parte tan natural de David cuando vino a este mundo como lo era el hecho de ser biológicamente masculino. Él no era un hombre porque a veces hiciera cosas masculinas. No, él hace cosas que solo puede hacer un hombre porque él es, por naturaleza, un hombre. David confiesa que el pecado es una condición que Él heredó al nacer. Es tan parte de su constitución espiritual como las características físicas que heredó de sus padres y que son parte de su constitución física.

Considera las palabras de Jeremías: “¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas? Así también, ¿podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal?” (Jer. 13:23). Este pasaje presenta con vehemencia lo que implica declarar que el pecado no es simple mal comportamiento, sino que el mal comportamiento existe porque el pecado es parte de nuestra naturaleza humana. No puedo huir de mi pecado, que es parte de mi propia constitución humana, más de lo que un etíope puede cambiar su hermosa piel negra que Dios diseñó para él. Es simplemente tan imposible para quienes somos pecadores (maldad) por naturaleza volvernos buenos a los ojos de Dios (sin la intervención divina) como lo es para un leopardo decidir que ya no quiere tener manchas. Puedes afeitarlo hasta no dejar un solo pelo y volvería a crecerle un nuevo pelaje con manchas. Las manchas son parte constitutiva de la naturaleza de ese animal, por lo que es inútil buscar liberarse de ellas. Lo mismo sucede con la tragedia del pecado. No es simplemente lo que hacemos; es lo que somos.

Acabo de describir una situación imposible. De eso se trata precisamente este concepto bíblico de pecado como nuestra naturaleza. No tenemos poder alguno para manejar, controlar, minimizar o escapar de nuestro pecado porque no es solamente lo que hacemos a veces, sino lo que somos. Sin embargo, cuando se trata de la condición del pecado, la desesperanza frente a lo imposible no es más que la puerta a la esperanza. Si hemos de buscar y celebrar la gracia rescatadora, perdonadora, transformadora y liberadora de Dios por medio de su Hijo Jesús, tenemos que abandonar cualquier esperanza en nuestra propia capacidad de derrotar el pecado. Puede que por un breve tiempo logremos controlar cierto comportamiento, pero no tenemos el poder para limpiarnos de la maldad que es parte de nuestra naturaleza. No somos seres que, a pesar de pecar de vez en cuando, tengan el poder de autorrenovarse y autorreformarse. No. Somos pecadores y estamos irremediablemente atrapados en nuestra maldad si no fuera por la intervención de la asombrosa gracia del amor redentor de Dios en nuestra vida.

Otra palabra explicativa del pecado es rebelión. Rebelarse es transgredir de manera consciente y deliberada los límites que una autoridad ha establecido. Cuando nos rebelamos, transgredimos un área que Dios nunca nos asignó. Imagina que cuando buscas un espacio para estacionar en una concurrida calle de la ciudad ves uno disponible, pero también una señal de “prohibido estacionar”. Cuando a pesar de la advertencia te estacionas allí, has transgredido. La palabra transgresión nos señala la arbitraria rebelión del pecado. El pecado es un rechazo de la autoridad de Dios y de su ley, es ponerte como tu propia autoridad y escribir tus propias leyes. La transgresión es escoger desobedecer a Dios porque hay algo más importante para mí que amar, servir y obedecer a Dios.

Lo que esto significa es que el pecado es mucho más que infringir una serie abstracta de reglas que Dios nos ha comunicado. El pecado es la ruptura en la relación con Dios que en seguida nos lleva a quebrantar sus mandamientos. El pecado es una transgresión relacional que siempre produce una transgresión moral. Si amas a Dios por encima de todo guardarás sus mandamientos. Piensa en los Diez Mandamientos. Los tres primeros hablan acerca de honrar y adorar a Dios. El hecho es que, si no guardas los primeros tres mandamientos, no tendrás ninguna posibilidad de guardar los otros siete. La Biblia habla de transgresión no solo como una rebelión contra el código moral, sino como una rebelión contra Dios mismo. De hecho, una de las formas en que la Biblia nos ayuda a entender la seriedad de nuestra rebelión es calificarla de adulterio espiritual. Considera las fuertes y punzantes palabras de Dios a través del profeta Jeremías cuando confronta a Israel con su pecado.

Me dijo Jehová en días del rey Josías: ¿Has visto lo que ha hecho la rebelde Israel? Ella se va sobre todo monte alto y debajo de todo árbol frondoso, y allí fornica. Y dije: Después de hacer todo esto, se volverá a mí; pero no se volvió, y lo vio su hermana la rebelde Judá. Ella vio que por haber fornicado la rebelde Israel, yo la había despedido y dado carta de repudio; pero no tuvo temor la rebelde Judá su hermana, sino que también fue ella y fornicó. Y sucedió que por juzgar ella cosa liviana su fornicación, la tierra fue contaminada, y adulteró con la piedra y con el leño. Con todo esto, su hermana la rebelde Judá no se volvió a mí de todo corazón, sino fingidamente, dice Jehová (Jer. 3:6-10).

Este pasaje es crudo y duro de leer. Cada pecado es un acto de infidelidad vertical. El pecado es adulterio al nivel más profundo del corazón. Fuimos creados para vivir en una relación de amor comprometido y perpetuo con nuestro Creador que defina todo lo que pensamos, deseamos, elegimos, decimos y hacemos. El pecado es abandonar nuestra lealtad a Dios y ofrecer la más profunda lealtad de nuestro corazón a otros amantes. Esto se capta muy bien en 1 Juan 2:15: “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él”. Nuestros corazones siempre son gobernados y nuestra vida está influida por aquello que amamos. Y cabe decir que el adulterio espiritual no es simplemente amar cosas malas. No, aun el amor a las cosas buenas se vuelve algo malo cuando estas gobiernan el corazón.

La transgresión es profundamente inmoral no solo porque de manera voluntaria pasamos por encima de los límites de la ley de Dios, sino sobre todo porque entregamos el amor de nuestro corazón a algo que no es Dios y, al hacerlo, terminamos desobedeciendo sus mandamientos. La transgresión no es solo rebelión legal, sino también infidelidad moral al nivel más profundo que existe. La cruda descripción de Jeremías de la infidelidad de Israel hacia Dios (adulterio espiritual) lo deja muy en claro. Tristemente, este espíritu de infidelidad vive en el corazón de cada pecador. Todos somos culpables de transgresión moral. todos somos adúlteros espirituales. Ninguno de nosotros ha sido perfectamente fiel a Dios. Todos hemos ido en pos de otros amantes. Todos nos hemos regalado nuestro corazón de alguna manera. Todos hemos traspasado los límites de la ley de Dios, porque hay algo que amamos más que a Él.

Los cargos de Dios contra Israel también recaen sobre nosotros y nos declaran culpables delante de Él. Quizá porque nuestros ojos cedan a la pornografía. Quizá porque engañemos con nuestros impuestos. Quizá sea esa amargura y falta de perdón en nuestro matrimonio. Quizá sean patrones de glotonería. Tal vez sea una sutil animosidad racial. Quizás sean la codicia y el materialismo. Quizás sea el hábito de murmurar de otros. Quizás sea la adoración al éxito que ha dejado un legado de destrucción a nuestro paso. Ninguno de nosotros puede afirmar que no es transgresor, que nunca ha sido infiel a Dios o a su ley moral. La esperanza para ninguno de nosotros estará jamás en nuestros antecedentes, sino únicamente en la gracia de Aquel que, por causa de nosotros, fue perfectamente fiel en todo. Su justicia y su perdón son nuestra única esperanza.

La última palabra que emplea David para referirse al pecado en la confesión del Salmo 51 es la palabra mismapecado. Una definición común de pecado es “errar el blanco”. Es la imagen de un arquero que apunta a un blanco y cada vez falla a la derecha o a la izquierda. Creo que una manera mejor y más bíblica de definir el pecado es que cada flecha que lanza el arquero erra el blanco. Tiradas junto al blanco hay cientos de flechas que representan cientos de intentos fallidos, intentos fallidos por alcanzar la norma esperada. En algún momento se hace evidente que el arquero, sin importar cuán dedicado o hábil sea, nunca va a lanzar una flecha que dé al blanco. Es irremediablemente incapaz de hacer lo que intenta lograr. El blanco excede su habilidad y escapa su voluntad. Está frente a una norma que no puede alcanzar. Es sencillamente incapaz.

El apóstol Pablo lo expresa de la siguiente forma: “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Ro. 3:23). La palabra pecado señala nuestra debilidad moral y nuestra incapacidad de vivir a la altura de la norma santa de Dios. La condición del pecado nos vuelve incapaces de amar a Dios de la manera en que deberíamos y de vivir conforme a lo que Él nos ha ordenado. El pecado no solo se trata de que no queramos hacer lo correcto (rebelión), sino que no podemos hacer lo correcto (incapacidad). Puesto que el efecto del pecado sobre nosotros afecta todo, hemos perdido nuestra capacidad de vivir como Dios ha dispuesto que vivamos. El efecto generalizado del pecado no significa que somos tan malos como podríamos ser, sino más bien que el daño causado por el pecado afecta cada área de nuestro ser y de nuestra persona. El pecado nos ha dejado cojos y paralíticos. El pecado nos ha dejado ciegos y sordos. El pecado nos ha dejado irracionales e insensatos. El pecado nos ha dejado enfermos y moribundos. No tenemos el poder para socorrernos a nosotros mismos. No podemos revertir el daño del pecado. Somos incapaces como el paralítico que languidecía junto al estanque de Betsaida que había pasado allí treinta y ocho años. Él no tenía esperanza alguna de levantarse aparte de la intervención divina. Si Jesús no le hubiera dicho: “Levántate, toma tu lecho, y anda”, él habría languidecido en su camilla por muchos años más (Jn. 5:1- 15). Del mismo modo que él necesitaba con urgencia la gracia de la sanidad física, nosotros necesitamos la gracia de la sanidad espiritual. Por causa del pecado estamos mal.

Hemos quedado débiles moralmente y somos incapaces de ser lo que deberíamos ser y de hacer aquello para lo cual fuimos creados.


Acabo de escribir la realidad más triste que pueda expresarse sobre el papel. Mi corazón está apesadumbrado. El pecado nos deja impuros, condenados e inhabilitados. No solamente somos débiles, sino culpables. No solamente somos incapaces, sino renuentes. No solamente somos flojos, sino adúlteros. El pecado es el drama desgarrador de la humanidad. Si la historia bíblica terminara ahí, sería la historia más triste que se haya escrito. Ninguna maldición que haya caído sobre la humanidad es peor que la maldición del pecado. Lo que hemos expuesto aquí es lo peor que podría suceder.

Sin embargo, lo peor no es el capítulo final de la historia bíblica. Frente a la peor realidad posible, la Biblia nos presenta la mejor realidad posible. El Dios-Hombre, Jesucristo, entra en escena. Vino como el segundo Adán para hacer, a favor nuestro, lo que el primer Adán fue incapaz de hacer. Fue perfectamente fiel a Dios. Obedeció perfectamente a Dios en todo. Cargó nuestra culpa y pagó nuestra condena. Derrotó el pecado y la muerte. Dio vida a los muertos. Él es nuestra justicia y nuestra redención. Él nos reviste de poder por su gracia. Él es la única respuesta al horror del pecado. Él es la única roca de esperanza para los pecadores. Hay salvación para los pecadores. Lo peor que pudo suceder no es el capítulo final, y eso es digno de celebrarse ahora y por siempre.


Footnotes

  1. Paráfrasis del autor de la doctrina del pecado como aparece en apartes de la Confesión de Fe de Westminster, cap. 6.

  2. Eugene Peterson, Eat This Book: A Conversation in the Art of Spiritual Reading (Grand Rapids, MI: Eerdmans, 2006), 31.