El pecado está por dondequiera que mires, tergiversando y distorsionando las cosas buenas que Dios creó. No hace falta un análisis profundo para constatar el daño que ha causado en ti y en todo lo que te rodea. El pecado nos lleva a inquietarnos por los problemas que vemos en los demás y a la vez minimizar los que hay en nosotros. Produce en ti un enojo despreciable y egoísta, mientras que a veces te da la razón para indignarte. Su presencia se traduce en tentaciones por doquier y en nuestra propensión a su incesante atracción. Hace que los jóvenes se rebelen y descarríen. Corrompe nuestras instituciones, provoca agitación social, incita la guerra entre naciones y divide familias e iglesias. Promueve la falsedad y le otorga poder de seducción a la insensatez. Nos acompañará hasta que suene la última trompeta toque la primera nota de nuestra liberación. Quedaremos marcados por la lucha y agotados cuando estallemos en un gozo que nunca antes hemos experimentado. Sí, el pecado es verdaderamente la peor enfermedad de la humanidad; su dilema oscuro y su maldición son deplorables.

Imagina lo fácil que sería el matrimonio si no existiera tal cosa como el pecado. Imagina la dicha de la unidad, la comprensión y el amor inmaculados. Imagina vivir en esta unión permanente sin motivos ambivalentes, sin inclinación a la infidelidad y sin conflictos egoístas. Imagina que el sexo nunca fuera egoísta o impuro. Imagina que el dinero nunca sedujera y nunca fuera un campo de batalla. Imagina que el matrimonio nunca se volviera confuso y violento. Imagina que la familia extendida nunca encendiera conflictos de lealtad. Imagina década tras década de un amor que no conoce pecado.

Piensa lo que sería guiar a tus hijos a la madurez sin que se interpusiera el pecado. Imagina que ningún niño fuera maltratado jamás. Imagina que fueras paciente y amable con tus hijos todo el tiempo. Imagina que tus hijos tuvieran siempre un corazón para obedecer, desear lo bueno y vivir libres de la tentación de su propia rebeldía. Imagina la absoluta cooperación, el servicio y el amor mutuos en la familia. Imagina lo que sería experimentar perfecta paz con las decisiones que toman tus hijos.

Imagina que nunca temieras lo que hacen por fuera de la casa. Imagina que el enojo y la rebelión nunca interfirieran en tu relación de amor con tus hijos. Imagina una amistad libre de conflictos. Imagina que nunca haya disputas inútiles, celos egoístas ni exigencias de quien se cree que tiene privilegios. Imagina cómo sería estar siempre dispuesto a servir y a dar. Imagina que nadie se ofendiera por asuntos insignificantes ni hubiera malentendidos que se interpongan. Imagina lo que sería nunca tener que confesar, perdonar, restaurar y reconciliar.

Imagina que tu trabajo o carrera nunca se vieran afectados por el pecado. Imagina que cada jefe estuviera motivado por el amor a cada trabajador y un compromiso con su bienestar. Imagina que tu lugar de trabajo estuviera libre de competencia egoísta, traición, celos, engaño y robo. Imagina un ambiente de trabajo en el que las personas fueran más importantes que el dinero, el amor fuera más valorado que el éxito, y las decisiones se tomaran con motivaciones puras. Imagina que nunca temieras ir a trabajar, que tu carrera no te dejara exhausto emocionalmente y que nunca desearas por fin hacer algo diferente a ese empleo por el que te pagan. Imagina que el trabajo fuera siempre un lugar de paz y gozo.

Imagina que no existiera tal cosa como un gobierno corrupto. Imagina que todos los políticos fueran honestos, confiables y altruistas. Imagina que cada funcionario público amara más a las personas que el poder. Imagina que cada ciudadano se sintiera atendido, protegido y viviera sin temor. Imagina que no existieran escándalos nacionales, ciudadanos con malas intenciones ni violencia. Imagina que cada esfera gubernamental fuera manejada por personas que siempre hacen lo correcto y lo bueno.

Imagina un mundo libre de pandemias, pobreza, enfermedad y hambruna. Imagina un mundo sin campos de refugiados, sin ciudades asoladas por la guerra, sin huérfanos. Imagina un mundo sin guerra, sin tensiones nucleares ni amenazas terroristas. Imagina un mundo en paz en todas partes y todo el tiempo. Imagina un mundo sin hostilidades étnicas y sin odios raciales, un mundo sin sistemas de injusticia. Imagina que se respeta a cada persona como portadora de la imagen de Dios.

Imagina que a ningún bebé se le arrebatara la vida antes de nacer. Imagina que no existieran dictadores, células anárquicas o conmoción internacional. Imagina aulas en todo el mundo que solo enseñaran lo que es verdadero e impartieran a sus estudiantes lo que es sabio. Imagina que todo lo que Dios creó, cada planta, animal, masa de tierra y de agua fueran administrados con cuidado y de tal modo que honraran al Creador. Imagina que hubiera cooperación global por el bien de la creación y el bienestar de todos los seres creados a imagen de Dios. Imagina que los medios de comunicación siempre comunicaran lo que es verdadero y hermoso todo el tiempo. Imagina que cada tecnología que se desarrolla se usara para el bien de la tierra y para el progreso de los seres humanos. Imagina que todas las personas amaran a Dios por encima de todo y amaran a su prójimo como a sí mismos. Imagina que hubiera paz y armonía en todas partes todo el tiempo. Imagina que no se mencionara ni se creyera jamás falsedad. Imagina un shalom ininterrumpido y eterno. Imagina nuestro mundo sin pecado.

Examina tu propia vida, examina tu propio corazón y examina tu propio historial. ¿Cómo sería tu historia, cómo sería tu vida y cómo serían tus relaciones si no estuvieran manchadas y tergiversadas por el pecado? Imagina que hicieras todo con un corazón puro que ama y adora a Dios. Imagina que nunca estuvieras enojado sin razón. Imagina que nunca dijeras una palabra que no estuviera motivada por el amor y un deseo de dar gracia al oyente. Imagina que nunca quisieras ser el centro de atención. Imagina que nunca te sintieras atraído por aquello que traspasa los límites divinos. Imagina que siempre amaras lo que es verdadero y siempre hablaras la verdad. Imagina que vivieras sin temor, desilusión y desaliento. Imagina que nunca tuvieras el corazón roto. Imagina que nunca hicieras algo para herir o lastimar a otra persona. Imagina que fueras siempre un siervo gozoso de Dios y de los demás. Imagina que tu vida fuera una crónica continua de justicia. Imagina una vida sin pecado.

Me temo que estamos tan acostumbrados a un mundo manchado por el pecado como parte integral de nuestra cotidianidad, que perdemos de vista el hecho de que ha alterado todo en nuestras vidas. Me temo que nos hemos acostumbrado al horror con el que vivimos a diario. Me temo que hemos olvidado que el pecado complica todo en nuestra vida y es más peligroso de lo que Dios desearía que fuera. Me temo que lo que debería inquietarnos profundamente no nos inquieta en lo más mínimo. Me temo que lo que nunca debió suceder se ha convertido en lo que esperamos que suceda. Me temo que las cosas que deberían alertarnos y romper nuestro corazón son tan rutinarias que apenas sí logran llamar nuestra atención. Me temo que aprendemos a convivir con aquello que deberíamos lamentar y aborrecer. Me temo que la presencia del pecado en nosotros y alrededor de nosotros nos resulta tan familiar que ya no nos asusta ni entristece como debería.

Pasamos por alto o minimizamos los horribles resultados del pecado y, cuando se convierten en una parte más de nuestra vida, desvalorizamos el rescate de la gracia reconciliadora de Dios y nuestros corazones dejan de anhelar ese lugar donde el pecado ya no existe más. Cuando el daño causado por el pecado te quebranta, nada te parece más hermoso que el amor redentor de Dios. Cuando reconoces y confiesas el daño que el pecado ha causado en tu vida, nada te parece más maravilloso que el poder rescatador de la gracia divina. Cuando vives consciente del daño y del peligro del pecado, te sientes profundamente agradecido por la presencia, las promesas y el poder de Jesús tu Salvador. Cuando vives con los ojos abiertos a la destrucción del pecado, deseas ser un instrumento de Dios para traer justicia, misericordia y compasión a quienes sufren las consecuencias del pecado. Simplemente no puedes minimizar el pecado sin despreciar la gracia de Dios y tu llamado a ser un instrumento de esa gracia en las manos del Redentor.

Por tanto, es indispensable que reflexionemos acerca de la doctrina del pecado en nuestra vida diaria. No puedo examinar aquí todas las implicaciones de esta verdad bíblica. Hacerlo precisaría un libro completo. Sin embargo, presentaré algunas verdades que todo aquel que cree lo que dice la Biblia acerca del pecado debería tener presentes en su vida diaria.

El pecado es un problema del corazón

La esperanza para los pecadores solo se encuentra en la persona y en la obra del Redentor, Jesucristo, porque el pecado no es un problema de comportamiento, sino un problema del corazón. Si nuestro problema fuera simplemente que hacemos cosas incorrectas, varios sistemas para el manejo, el control y la modificación del comportamiento podrían ayudarnos a tratarlo. Pero si el pecado es, en efecto, un problema del corazón, el cambio duradero en el comportamiento de una persona va a pasar siempre por la vía del corazón.

Lamentablemente, muchos padres cristianos carecen de una teología bíblica acerca del pecado, por lo que reducen la crianza cristiana a un cuidadoso sistema de manejo y control del comportamiento de sus hijos. Su crianza es un sistema diario de reglas, juicios y castigos. Sin saberlo, han puesto su esperanza en un sistema que contradice el evangelio que profesan atesorar. El evangelio nos dice que, si la ley tuviera el poder para rescatar y transformar nuestros corazones, Jesús no habría tenido que venir al mundo. El evangelio nos dice que, si tuviéramos en nosotros mismos el poder para guardar la ley de Dios, la vida justa y la muerte expiatoria de Jesús no habrían sido necesarias. La ley sacará a la luz el pecado de tus hijos, la ley les dará parámetros para vivir, pero no tiene el poder para cambiar la esencia y el carácter de sus corazones. Solo la gracia de Jesús tiene el poder para hacerlo. Padres, si la amenaza adecuada, un mayor volumen en la voz y una mayor exigencia en el cumplimiento de las normas fueran lo único que necesitaran sus hijos, la narrativa del evangelio no habría sido necesaria.

Lo mismo es cierto acerca del matrimonio. Muchos matrimonios cristianos se rigen por la ley. Se guían por un ciclo de reglas, expectativas, desilusiones y castigo. Los esposos y las esposas ponen la esperanza de cambio para su matrimonio en reglas y consecuencias. Las esposas se adscriben el poder de cambiar a sus esposos y los esposos hacen lo mismo con sus esposas. Sin embargo, una teología bíblica del pecado y la redención nos dice que ningún ser humano tiene el poder para cambiar a otro, y que el cambio en el corazón y en la vida de una persona es siempre el resultado de la intervención de la gracia divina. Un matrimonio que se basa en la gracia no es permisivo, porque la gracia nunca llama, a lo malo, bueno. Antes bien, es tratar el mal que existe en el matrimonio con la intención de ser un instrumento de la gracia rescatadora y transformadora de Dios en la vida de tu cónyuge. No puedes tomar la doctrina del pecado seriamente y creer que lo único que necesita tu matrimonio es el conjunto adecuado de reglas.

Así pues, la teología del pecado siempre exige una teología del corazón. Observa de nuevo la confesión de David en el Salmo 51.

He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo, Y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría. Purifícame con hisopo, y seré limpio; Lávame, y seré más blanco que la nieve. Hazme oír gozo y alegría, Y se recrearán los huesos que has abatido. Esconde tu rostro de mis pecados, Y borra todas mis maldades. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, Y renueva un espíritu recto dentro de mí (Sal. 51:6- 10).

David es incapaz de confesar su pecado sin hablar de su corazón, porque él entiende que allí es donde radica su problema con el pecado: en los pensamientos y en los deseos de su corazón. Por consiguiente, David ruega por una limpieza de corazón, siendo consciente de que allí se origina el problema. David entiende que su comportamiento solo puede ir hasta donde su corazón ya ha ido. Su lucha con el pecado no es el resultado de su ambiente ni de la cercanía de Betsabé ni del exceso de su poder como rey. No, esta confesión viene de un hombre que sabe que cometió las bajezas que cometió no por cuenta de algo externo a él, sino por lo que estaba en su interior.

Por eso también la viva promesa dorada del nuevo pacto es un nuevo corazón; el corazón de piedra es quitado y en su lugar recibimos un corazón de carne. La descripción gráfica es muy útil. Un nuevo corazón no significa un corazón perfecto, pero sí un corazón que puede renovarse. Si tengo una piedra en mis manos y la exprimo con todas mis fuerzas, nada sucede porque es dura y resistente al cambio. Por el contrario, un objeto de carne es maleable y puedo darle la forma que yo quiera. La promesa del nuevo pacto es un cambio de corazón sin el cual no es posible triunfar sobre el pecado.

Jesús señaló la importancia del pecado en el corazón en su enseñanza más extensa, el Sermón del Monte: “Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón. Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno” (Mt. 5:27-29). Observa que, en lo que respecta al pecado de adulterio, Jesús levanta la valla moral no en la frontera del comportamiento, sino en el corazón. El acto físico del adulterio siempre es el resultado del adulterio del corazón. Los pecados del comportamiento son siempre el resultado de los pecados del corazón. No puedes dejar que tu corazón traspase las vallas de Dios y esperar que tus acciones se queden dentro de los límites que ellas trazan.

Considera algunos pasajes bíblicos, entre muchos otros, que nos recuerdan el lugar central del corazón en lo concerniente a nuestra batalla con el pecado.

Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal (Gn. 6:5).

¿Quién podrá decir: Yo he limpiado mi corazón, Limpio estoy de mi pecado? (Pr. 20:9).

Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón (Mt. 5:28).

Pero lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto contamina al hombre. Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias (Mt. 15:18-19).

Pero decía, que lo que del hombre sale, eso contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre (Mr. 7:20-23).

No es buen árbol el que da malos frutos, ni árbol malo el que da buen fruto. Porque cada árbol se conoce por su fruto; pues no se cosechan higos de los espinos, ni de las zarzas se vendimian uvas. El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca (Lc. 6:43- 45).

Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte (Stg. 1:13-15).

El hecho de que el pecado se origina siempre en el corazón echa por tierra nuestra esperanza en cualquier sistema de autosuperación.

  • “Lo haré mejor la próxima vez”.

  • “Solo fue un momento de debilidad”.

  • “Ahora soy más listo que antes”.

  • “Creo que ya sé lo que haré la próxima vez”.

  • “Creo que he aprendido lo que hacía falta saber para evitar esto en el futuro”. El hecho de que el pecado se origina en el corazón también descarta la posibilidad de atribuir el gran problema a algo que está por fuera de nosotros.

  • “No te imaginas cómo es mi jefe”.

  • “Ha sido un mes difícil”.

  • “No estaba sintiéndome bien”.

  • “Ella se insinuó”.

  • “Él me provocó”.

  • “No conoces a mis hijos”.

Debemos confesar con humildad que cuando se trata de pecado nuestro mayor problema somos nosotros mismos. Nos desviamos principalmente no a causa de factores externos, sino por los pensamientos, los deseos, las motivaciones, los antojos y las elecciones de nuestro corazón. Es humillante reconocer que no tenemos poder alguno para cambiar nuestro corazón ni el corazón de nadie más. El cambio duradero es únicamente un acto de la gracia divina. Por eso acudimos a nuestro Salvador que es el único que puede brindarnos su rescate y transformación. Como esposos, esposas, padres, hijos, amigos, vecinos, miembros del cuerpo de Cristo, pastores, jefes y trabajadores es importante entender que carecemos del poder para cambiar aquello que el pecado ha dañado en el corazón del otro. Por consiguiente, nos preguntamos sin cesar: “¿Cómo puedo ser un instrumento divino de cambio en la vida de esta persona?”. Puesto que el pecado es un asunto del corazón, Dios es el único agente fiable de cambio; nosotros somos nada más instrumentos en sus manos poderosas, redentoras y llenas de gracia.

El pecado enceguece

Uno de los poderes más peligrosos y desastrosos del pecado es su poder para engañar. No me cuesta nada ver el pecado de mi prójimo, pero me sorprendo cuando el mío queda en evidencia. Esta dinámica espiritual tiene muchas facetas. En primer lugar, el pecado es un mentiroso. Nos hace promesas que nunca cumple. Alimenta esperanzas en nosotros que no puede colmar. Nos pinta sueños que rápidamente se desvanecen. Hace tratos con nosotros que siempre rompe.

El pecado también es engañoso porque presenta como hermoso algo que Dios declara horrible. Cuando vas por tu tercera hamburguesa no ves el peligro de la glotonería, sino que experimentas el placer de la carne suculenta, del queso fundido y del panecillo suave. Cuando deseas a una mujer no ves la destrucción que esto causa a tu corazón, sino que disfrutas del placer momentáneo de tu fantasía. Cuando el materialismo te impulsa a gastar el dinero que no tienes en artículos que no necesitas, no sientes el peligro de tu codicia y la estafa, sino que te embarga el placer de tus nuevas posesiones.

El pecado es un monstruo perverso que se enmascara como tu mejor amigo. El pecado es un mercader de esclavos que se disfraza de libertador. El pecado es un ángel de la muerte disfrazado de dador de vida. El pecado es destrucción enmascarada de plenitud. El pecado es oscuridad disfrazada de luz. El pecado es necedad disfrazada de sabiduría. El pecado es enfermedad disfrazada de cura. El pecado es una trampa que aparenta ser un regalo. Sin importar cuál sea la forma en que se presente, el pecado nunca es lo que aparenta ser y nunca cumplirá lo que promete.

El pecado es engañoso porque nos insensibiliza de tal modo que minimizamos nuestras transgresiones. Nos convencemos a nosotros mismos de que nuestro enojo es intrascendente, que una pequeña mentira no cambia nada, que nuestro chisme no hace daño a nadie, que nuestra impaciencia no es gran cosa o que todo el mundo tiene envidia de vez en cuando. En esa interminable conversación privada que tenemos con nosotros mismos, o bien nos recordamos la seriedad del pecado, o bien nos esforzamos por convencernos de que nuestro pecado no es tan pecaminoso después de todo.

Puesto que el pecado es engañoso y enceguece, mientras haya pecado en nuestro interior también padeceremos de ceguera espiritual. El autor de Hebreos aborda esta triste realidad: “Tengan cuidado, hermanos, no sea que en alguno de ustedes haya un corazón malo de incredulidad, para apartarse del Dios vivo. Antes, exhórtense los unos a los otros cada día, mientras todavía se dice: ‘Hoy’; no sea que alguno de ustedes sea endurecido por el engaño del pecado” (He. 3:12-13, NBLA). Este pasaje empieza con una advertencia: “Tengan cuidado”. Cuando la Biblia dice “tengan cuidado”, sea cual sea la situación o el contexto, eso es exactamente lo que deberíamos hacer. ¿Y acerca de qué debemos tener cuidado? La respuesta es el engaño del pecado.

La advertencia del pasaje es seguida de una descripción de cómo somos engañados por el pecado. Este es el proceso: maldad → incredulidad → caída → corazón endurecido. Abro mi corazón a cosas que Dios denomina malas (lujuria, enojo, codicia, envidia, murmuración, etc.). Cuando hago esto, mi conciencia me inquieta, lo cual me deja solo dos opciones: puedo reconocer mi culpa, buscar a Dios y confesar mi falta, o me invento argumentos para justificarme y hacer parecer mi pecado como algo no pecaminoso. Por eso, el segundo paso que sigue es incredulidad.

Me alejo de la clara imputación de Dios en su Palabra y niego que lo que Él dice es verdad acerca de mí. De ese modo, respondo a mi conciencia turbada con incredulidad. Cuando se trata de pecado, alejarse de las claras normas de la Palabra de Dios sucede más a menudo de lo que pensamos. Para calmar nuestra culpa nos convencemos a nosotros mismos de que, independientemente del mensaje del pasaje, en nada se aplica a nosotros. Esto lleva al tercer paso en este proceso de engaño. Puesto que Dios ha decretado la Biblia como mi ancla moral, cuando me acostumbro a alejarme de su juicio sobre mi comportamiento, el resultado es siempre caer y, con ello, un mayor alejamiento. He cortado mi lazo moral que me anclaba y eso me deja a la deriva. El resultado final es un corazón endurecido. Mi corazón ya no es sensible ni tierno como antes. Ya no es maleable como solía ser. Lo que antes inquietaba mi conciencia ya no me causa ninguna molestia.

Ahora bien, recordemos la frase inicial del pasaje: “Tengan cuidado, hermanos”. La palabra hermanos nos alerta que este pasaje está dirigido a creyentes. Está escrito a personas que realmente conocen al Señor, que realmente han sido rescatados por su gracia, redimidos por su sangre y llenos de su Espíritu. ¿Cómo puede un creyente terminar con un corazón endurecido? La respuesta del pasaje es clara: “El engaño del pecado”. Sin embargo, analicemos el proceso una vez más. El autor advierte acerca de participar en nuestro propio engaño. Sí, a veces somos ciegamente malintencionados, pero a veces somos malintencionadamente ciegos. A veces nos volvemos cómplices del engaño en nuestro propio corazón. Somos partícipes de nuestra propia ceguera espiritual cuando hacemos lo siguiente:

Nos comparamos con otros en lugar de compararnos con la Palabra de Dios. Reescribimos nuestra historia. Minimizamos nuestras faltas. Ocultamos nuestro pecado poniendo una fachada delante de los demás. Culpamos a otros o las circunstancias. Usamos las actividades religiosas como nuestra defensa. Nos decimos a nosotros mismos que lo haremos mejor la próxima vez. Confundimos conocimiento bíblico y teológico con madurez espiritual. No examinamos nuestro corazón. Resistimos la amorosa confrontación de los demás.

Ahora observa el llamado del pasaje: “Exhórtense los unos a los otros cada día”. Esto nos pone en nuestro lugar. Nuestra propensión a la ceguera espiritual es tan grande que necesitamos la intervención diaria de otros. Necesitamos instrumentos de visión en nuestra vida, necesitamos los ojos de los demás que nos ayuden a ver lo que nosotros no podemos ver. A diferencia de una persona ciega, que es profundamente consciente de su carencia física, los ciegos espirituales son ciegos a su ceguera. Cuando el pecado engaña, te engaña acerca de su engaño. Puede que estés convencido de que nadie te conoce mejor de lo que te conoces a ti mismo, pero eso no es verdad. Cuando dices esto, te dispones a resistir a cualquier persona que se acerca a ti para decirte algo acerca de ti que todavía no has notado. La verdad es que mientras el pecado viva aún en mi interior, habrá imprecisiones problemáticas en mi visión de mí mismo y, por ello, Dios ha provisto en su gracia la intervención de las misericordias del cuerpo de Cristo. “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jer. 17:9).

Tu mayor problema en tu vida no es tu cónyuge, tu vecino, tu amigo, tus padres, tus hijos, tu iglesia, tu cultura, tu gobierno, tu enfermedad física, tu estrés financiero, tu jefe, tus colegas de trabajo, tu profesor ateo o los medios de comunicación seductores. Tu mayor problema vive en tu interior. Es el pecado remanente con su poder para engañar. Sin embargo, tu Salvador no te ha dejado solo. Él te ha dado su Palabra, que da entendimiento. Te ha dado su Espíritu que convence y da poder. Y te ha rodeado de su iglesia con instrumentos para ver. Abre tu corazón a la provisión de su gracia para que tengas cómo defenderte contra el poder enceguecedor del pecado.

El pecado nos vuelve a todos adictos

Sucedió de manera más bien inocente la primera tarde. Samuel tenía veintisiete años y se había comprometido a vivir una vida de pureza sexual. Realizaba una búsqueda en Internet cuando de repente se encontró en una página web que presentaba a mujeres casi desnudas usando equipos de gimnasio. Samuel cerró de inmediato la página y abandonó la búsqueda, pero no podía sacarse las imágenes de su mente. Con el corazón acelerado, la siguiente noche a solas en su apartamento buscó la página y pasó una hora mirando imágenes inapropiadas. En poco tiempo se convirtió en una costumbre diaria y siguió buscando sitios que ofrecieran más contenido sexual.

Pasaron los meses y Samuel ya era adicto a formas cada vez más oscuras e intensas de pornografía y cada vez necesitaba más material gráfico para satisfacer su apetito. Se volvió imposible para Samuel estar a solas con su computadora portátil sin terminar en otro sitio pornográfico. Samuel ya no tenía el control de su deseo sexual, sino que estaba siendo controlado. Era un adicto. Tenía una dependencia. Estaba esclavizado. La culpa y la vergüenza mantuvieron a Samuel ocultando su adicción y lo llevaron a mentirse a sí mismo acerca de cuán esclavizado estaba realmente. Samuel había intentado controlar lo que no podía controlar, y su pecado estaba carcomiendo más su corazón y dominando más y más su vida.

Andrea era contadora de un negocio familiar de tamaño mediano. Amaba su trabajo y sus empleadores la querían. Los jefes de Andrea le confiaban la contabilidad de su empresa y no hacían muchas preguntas. Una semana en la que Andrea recibió unas cuentas de cobro inesperadas y no le alcanzó para llegar al fin de mes, se le ocurrió una salida. Decidió darse cien insignificantes dólares en efectivo, escribir su firma en un pagaré y ponerlo en el cajón de su escritorio. Ella sabía que nadie iba a saberlo y que ella lo reemplazaría cuando recibiera su salario.

En efecto, Andrea repuso el “préstamo” que había hecho, pero se percató de lo fácil que había sido la operación. La siguiente vez fueron quinientos dólares y no hubo pagaré. Andrea se dijo a sí misma que iba a recordarlo y a reembolsar la suma, pero no fue así. Con el paso de los meses, cuando Andrea necesitaba o quería algo fuera de lo común, tomaba una y otra vez dinero en efectivo o firmaba ella misma un cheque de “reembolso”. Andrea no solo se había convertido en ladrona, sino que también era adicta.

Cuando su jefe al fin examinó los libros de contabilidad, descubrió que Andrea, su empleada de confianza, había malversado miles de dólares de su empresa. Lamentablemente, durante todo el proceso, Andrea nunca se consideró ladrona, cada vez se decía que iba a devolver el dinero a sus jefes, siempre se repitió que aquella vez sería la última y negó que era adicta. Un aspecto de nuestra lucha con el pecado del que no se habla lo suficiente es el poder que tiene el pecado para esclavizar. El poder esclavizante del pecado es la razón por la cual buscamos y celebramos el poder liberador de la gracia divina. Como hemos visto, el pecado es más que algo malo que se hace; es un amo. Y si le das cabida en tu vida tiene el tenebroso poder de esclavizarte. De algún modo, el pecado encuentra la forma de volvernos adictos. La única diferencia entre individuos es el objeto de nuestra adicción.

Escucha las palabras de Jesús: “De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado” (Jn. 8:34). Escucha también las palabras de Pablo: “¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?” (Ro. 6:16). O medita en las palabras de Proverbios: “Prenderán al impío sus propias iniquidades, y retenido será con las cuerdas de su pecado” (Pr. 5:22). El pecado no es simplemente atractivo al presentar como hermoso lo que Dios declara horrible, sino que también es adictivo. Los placeres del pecado no perduran, pero su dominio sobre el individuo persiste.

Parte del poder adictivo del pecado radica en sus efectos noéticos. El pecado distorsiona nuestra manera de pensar: “Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido” (Ro. 1:21). El pecado también distorsiona y desvía nuestros deseos: “Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” (Gn. 6:5). El resultado es que “los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Jn. 3:19).

La mayor insensatez del razonamiento distorsionado del pecado es la negación de la existencia de Dios. Quizá no se trate tanto de una negación filosófica o teológica, sino más bien de vivir como si Dios no existiera. Cuando vives como si Dios no existiera buscas vida en las personas, los lugares, las cosas y las experiencias de este mundo de aquí y ahora. Por ende, eres susceptible a creer las mentiras del pecado y abrazar promesas falsas. Te convences de que algo por fuera de Dios satisfará los anhelos de tu corazón. Te encaminas a la adicción y al cautiverio del pecado.

El pecado presenta como hermoso lo que Dios llama horrible y te da placer momentáneo, por lo que buscas aquello que Dios prohíbe. Sin embargo, el placer se desvanece rápidamente. Así que vuelves en busca de más, hambriento de más porque las cosas creadas son incapaces de satisfacer tu corazón. Cada vez que buscas, necesitas más para sentir el mismo placer que ansías. Ya sea glotonería, pornografía, materialismo, murmuración, robo, los ídolos de poder y control o la codicia de aprecio y éxito, lo que te satisfizo ayer temporalmente no te satisface hoy. Así que hace falta más y más. Quieres más y lo quieres más rápido. En poco tiempo no puedes dejar de pensar acerca del objeto de tus ansias pecaminosas. Acapara mucho más tu mente y los deseos de tu corazón que cualquier otra cosa. Lo que alguna vez te pareció inofensivo y que tenías bajo tu control, ahora te controla y empieza a robarte las cosas importantes en tu vida y en tu corazón. Te vuelves adicto a lo que Dios ha prohibido, pero te esfuerzas para convencerte de que no lo eres. El pecado nunca es inofensivo; es un amo cruel que busca apresar tu corazón y controlar tu vida.

El poder adictivo y esclavizante del pecado debería motivarnos a agradecer el poder del Mesías Jesús que vino “a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel” (Is. 61:1). Él es nuestra única esperanza para librarnos del poder del pecado que nos lleva al cautiverio.

Detente ahora mismo y examina en qué área experimentas el poder controlador del pecado en tu vida. ¿En qué área se te dificulta decir “no”? ¿En qué área hay deseos que están un poco fuera de control? ¿En qué área subestimas el poder que ejerce el pecado sobre ti? ¿Tienes una vida secreta y comportamientos y hábitos ocultos que niegas a ti mismo y a los demás? ¿Necesitas correr a tu Salvador para recibir su gracia y ser libre? Él es poderoso y está dispuesto, y no te desechará.

El pecado es el factor que complica todas nuestras relaciones

¿Por qué ninguno de nosotros ha estado exento de una relación que no sea decepcionante de alguna manera? ¿Por qué las experiencias en las que disfrutamos de gran afecto son también en las que sufrimos grandes heridas? ¿Por qué hay tantos malentendidos y conflicto en nuestras relaciones? ¿Por qué somos tan impacientes o nos exasperan tanto las personas a quienes decimos amar? ¿Por qué las relaciones humanas se vuelven sombrías, violentas y abusivas? ¿Por qué nos cuesta tanto llevarnos bien con otros?

Ningún pasaje trata de manera más directa estas preguntas como Santiago 4:1-4.

¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites. ¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios.

Piensa en lo que nos dice Santiago. Nuestras relaciones se vuelven difíciles y conflictivas por causa de nuestras pasiones pecaminosas (deseos). Y Pablo sostiene, en 2 Corintios 5:15, que Jesús vino “para que los que viven, ya no vivan para sí”. El ADN del pecado es el egoísmo. Este nos lleva a centrar nuestra vida en torno a nuestros deseos, caprichos y sentimientos. Estos deseos egoístas batallan contra Dios por el señorío de nuestro corazón.

Yo quiero algo y tú te interpones en mis planes, por lo que de inmediato me enojo contigo. Cuando los deseos egoístas gobiernan nuestro corazón el resultado es siempre conflicto. Esos conflictos son más profundos que la mala comunicación, el género, las diferentes experiencias de la vida, la raza, las expectativas tácitas, la edad o la cultura. El pecado es lo que enciende estos factores agravantes en las relaciones.

  • ¿Por qué nos enojamos cuando hay mucho tráfico?
  • ¿Por qué nos enojamos cuando alguien no está de acuerdo con nosotros?
  • ¿Por qué nos exasperan nuestros hijos?
  • ¿Por qué nos enfadamos cuando alguien nos hace esperar?
  • ¿Por qué el conflicto estropea nuestras festividades y reuniones familiares?
  • ¿Por qué pelean los niños en el patio de recreo?
  • ¿Por qué hablan los jefes de manera irrespetuosa a sus empleados y se enojan los empleados unos con otros?
  • ¿Por qué peleamos por un espacio de estacionamiento?
  • ¿Por qué riñen las parejas?
  • ¿Por qué les resulta difícil a los vecinos convivir en paz?

Aunque todas estas preguntas quedan respondidas en el brillante análisis de Santiago acerca del pecado y el corazón, él profundiza aún más. Dice: “¡Oh almas adúlteras!”. ¿Por qué empieza Santiago a hablar acerca de adulterio? ¿Está cambiando de tema? No. Santiago nos ayuda a entender que el conflicto humano pecaminoso tiene su origen en el adulterio espiritual. El pecado pone patas arriba nuestro corazón. En vez de amar y servir a Dios, el pecado nos lleva a amar y servir las cosas creadas. En vez de amar a las personas y usar las cosas como medios para expresar ese amor, el pecado nos lleva a amar las cosas y a usar a las personas para alcanzarlas.

Si Dios no está en el lugar que le corresponde en mi corazón, tampoco mi prójimo estará en el lugar que le corresponde. Si Dios no está en el lugar que le pertenece, yo usurparé su lugar, me impondré como el centro de mi propia vida y terminaré en conflicto con los demás. Solo las personas que guardan el primer mandamiento guardarán el segundo.

Todo esto es muy humillante para nosotros porque nos exige confesar que el mayor problema generador de conflictos en nuestro matrimonio, en el trabajo, en el vecindario, en la iglesia, en el centro comercial o con los parientes políticos no empezó con las fallas de otra persona. Puesto que el problema mora en nuestro corazón, es algo que llevamos a cada relación en nuestra vida. Cada uno de nosotros arrastra el egoísmo del pecado y el adulterio espiritual que produce a cada una de nuestras relaciones.

Santiago arguye que para experimentar paz en nuestras relaciones debemos primero arreglarlas en sentido vertical o nunca se arreglarán en sentido horizontal. La confesión vertical tiene el poder de producir paz horizontal, y para esto necesitamos ayuda. Los estragos del pecado en las relaciones son otro argumento poderoso para nuestra necesidad constante de la intervención divina de la gracia que nos rescata.

A causa del pecado, la vida es una guerra

Me temo que muchos cristianos han olvidado dónde viven. No me refiero a un fallo en las habilidades cognitivas, sino al hecho de que viven con una amnesia funcional en lo que respecta a lo que dice la Biblia acerca de la vida entre el “ya” y el “todavía no”. Así describe Pablo el lugar donde vivimos:

Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora; y no solo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo. Porque en esperanza fuimos salvos; pero la esperanza que se ve, no es esperanza; porque lo que alguno ve, ¿a qué esperarlo? Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos (Ro. 8:19-25).

Debido al poder destructor del pecado, el mundo en el que vivimos gime y clama por redención. Observa las tres frases descriptivas que usa Pablo para referirse a la condición presente de nuestro mundo: “sujetada a vanidad”, “esclavitud de corrupción” y “dolores de parto”. Por causa del daño generalizado del pecado en cada nivel de la civilización humana y en cada parte de la creación física, este mundo no puede operar como Dios planeó. Nuestro ambiente enfrenta una gran batalla espiritual que solo el Redentor puede resolver. Se libra una gran guerra que solo el Salvador puede ganar. Entre tanto, el mundo gime con dolor. A veces, esta guerra espiritual es una batalla profundamente personal.

Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado (Ro. 7:14-25).

La humilde confesión de Pablo es una descripción sincera de la guerra que a menudo arremete con furia en nuestro interior entre nuestra conversión y nuestra llegada al hogar celestial. Observa que Pablo usa el lenguaje bélico para describir la lucha entre el deleite en la ley de Dios y la maldad que está a la puerta. Esta guerra no va a cesar completamente hasta que el Rey someta a su último enemigo bajo sus pies (1 Co. 15:24-26).

A veces esta guerra está por doquiera que ves, en las relaciones y en las instituciones de tu vida diaria. Efesios es un recurso muy útil aquí. Después de hacer un maravilloso examen y de presentar una gran explicación del evangelio de Jesucristo, Pablo pasa a ayudar a los creyentes efesios a entender lo que significa a la luz del evangelio que acaba de exponer.

Para Pablo, el evangelio redefine nuestra posición frente a nuestra iglesia, nuestros pensamientos, nuestros deseos, nuestra comunicación, nuestro enojo, nuestro trabajo, nuestras relaciones, nuestra sexualidad, nuestro matrimonio, la crianza de nuestros hijos y más. El apóstol escribe para ayudar a sus lectores a ver el efecto de amplio alcance del evangelio en las situaciones, los lugares, las relaciones y las instituciones que son parte de su vida diaria. Luego, en el capítulo 6 llama a los creyentes efesios a estar listos, armados para la guerra espiritual.

Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza. Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes. Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y vestidos con la coraza de justicia, y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz. Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno. Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios; orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos; y por mí, a fin de que al abrir mi boca me sea dada palabra para dar a conocer con denuedo el misterio del evangelio, por el cual soy embajador en cadenas; que con denuedo hable de él, como debo hablar (Ef. 6:10- 20).

Después de toda su instrucción práctica sobre el evangelio, pareciera que Pablo cambia de tema, pero no es así. Antes bien, ayuda a sus lectores a entender que no puedes darte el lujo de vivir tu matrimonio, tu crianza, en tu trabajo, tu iglesia, tu vecindario, tu escuela, con tu familia extendida o en tu país pensando que vives tiempos de paz. La paz viene, y ha sido asegurada por la gracia, pero en este momento vivimos en una zona de guerra espiritual.

Esto no significa que debas tener una relación negativa con las personas en tu vida o una actitud adversa hacia la cultura y las instituciones de tu entorno. El evangelio te llama a vivir de una manera amorosa, paciente, amable, bondadosa, perdonadora, gozosa y con autocontrol aquí y ahora en el lugar donde Dios te ha puesto. Nuestra guerra no es con ni contra las personas, sino contra el diablo y las fuerzas espirituales de maldad que batallan con Dios, su reino, su iglesia y su pueblo.

En vez de cambiar de tema, Efesios 6:10-20 es el resumen de Pablo de todas las aplicaciones prácticas del evangelio que acaba de exponer. Quiere que sus lectores entiendan que la puesta en práctica del evangelio no solo es importante sino una batalla constante porque cada situación y cada relación que requiere que practiquemos el evangelio también es un terreno de gran conflicto espiritual. La entrada del pecado en el mundo no inflamó un legado de paz y armonía, sino más bien el continuo drama, engaño y destrucción de una guerra espiritual. Esta guerra está presente a todo lo largo de las Escrituras desde Génesis 3 hasta Apocalipsis.

Es importante entender que como padre traes a tus hijos a un mundo que es una zona de combate espiritual. Tu matrimonio es un campo de batalla. Tu vida de iglesia es complicada por causa de esta guerra espiritual. Hay conflictos espirituales en tu trabajo. Nada escapa a este gran conflicto entre la luz y las tinieblas, entre el bien y el mal, entre Dios y el diablo. Esta guerra explica por qué tantas cosas en nuestras vidas son complicadas y difíciles y explica por qué debemos vivir con ojos abiertos y corazones comprometidos. Imagina cuán fácil sería nuestra vida si esta guerra no se librara en nuestro interior y a nuestro alrededor. Es importante entender que el pecado no es solo un asunto de tu corazón y de tu comportamiento, sino también una guerra y, por tanto, debemos estar listos y armados con el evangelio, descansando en la presencia y el poder de nuestro capitán, Jesús.

Sí, en medio de esta gran guerra espiritual no hay que sentir pánico porque nuestro Salvador es victorioso. Él reina ahora mismo y es el vencedor reinante que pone a sus enemigos bajo sus pies. Esto significa que no batallamos solos ni en nuestras propias fuerzas y sabiduría. Él pelea a favor nuestro y no se detendrá hasta que derrote al último enemigo. Si eres casado, tu enemigo principal nunca es tu cónyuge. Si tienes hijos, ellos nunca son tu enemigo principal. Si eres hijo, tu principal enemigo no son tus padres. Tus amigos, colegas o vecinos no son tu principal enemigo. Tu gobierno o tu cultura no son tu enemigo principal. Pablo dice claramente que no tenemos lucha contra “sangre y carne” sino contra “huestes espirituales de maldad”. Ya sea la guerra en nuestro interior o la guerra que se libra alrededor de ti, puedes estar agradecido porque tu Rey Salvador lidera la batalla y obtendrá la victoria. Hasta entonces, nos vestimos con la armadura del evangelio, oramos por la gracia protectora y celebramos la presencia, el poder y las promesas de Jesús.

Es imposible resolver los grandes problemas de la humanidad sin una teología del pecado

Por dondequiera que miremos, el mundo está roto. Lo vemos en los matrimonios que se tambalean y se inclinan al divorcio, en la confusión acerca del género, en el tráfico de personas, en la violencia doméstica, en el terrorismo y la guerra, en la corrupción política, en los bebés asesinados antes de nacer, en la pobreza, la injusticia racial, la violencia en las calles, la pornografía desmesurada y a disposición de todos, entre un sinnúmero de males globales. Nunca solucionaremos estos problemas sin una teología del pecado con bases bíblicas y aplicada de manera integral. Es cierto que la Biblia nos enseña acerca del papel esencial del gobierno como una herramienta de bien en las manos de Dios; sabemos que la buena educación es vital, que es justo protestar pacíficamente frente a la injusticia y la desigualdad, que los grupos de asistencia y defensa social pueden hacer mucho bien y que, como creyentes individuales y como iglesia, debemos consagrarnos a misiones de misericordia. Sin embargo, una teología bíblica del pecado afirma que hace falta algo más.

Si las instituciones humanas fueran capaces de revertir el triste estado de nuestro mundo, entonces la vida, la muerte y la resurrección de Jesús no habrían sido necesarias. Dios envió a su Hijo en su misión redentora de rescate porque no existía ninguna otra manera de tratar la causa más profunda del problema que nos oprime a todos día a día. En lo que concierne a remediar los males causados por el pecado y a restaurar la tierra al shalom que era la intención original de Dios, nuestro mensaje es particularmente radical. Debido a que el pecado está en el corazón de todo mal, del quebrantamiento y de la disfunción de la cultura humana, la esperanza de un rescate y de una restauración no se encuentran en la filosofía, la teología, la psicología, la política, la educación ni cualquier otro sistema o institución establecidos por los seres humanos. Si el pecado es la raíz de todos estos males, la esperanza no se encuentra en una cosa, sino en la intervención de una persona que no ha sido contaminada por la enfermedad y que está dispuesta a transformar nuestro quebrantamiento con el poder para efectuar el necesario rescate y restauración. En la historia solo ha existido una persona con estas características, el Señor Jesucristo, Hijo del Hombre, Hijo de Dios, el Mesías prometido, Emanuel.

Cada clamor de una esposa abandonada es un clamor por Jesús. Cada anhelo del oprimido de recibir justicia es un anhelo de Él. El miedo de un niño maltratado pide a gritos al Mesías. Las ansias de seguridad de la persona que ha sufrido un asalto son ansias de Él. El vagabundo a quien los transeúntes eligen ignorar suspira por la restauración de Emanuel. Cada uno de nosotros, cuando la mañana nos recibe con problemas que preferiríamos evitar, desea con vehemencia el rescate y la restauración de la gracia renovadora y transformadora del Señor Jesús.

Una teología bíblica congruente del pecado es un camino largo, serpenteado, escabroso y oscuro que te conduce a Jesús. Si el pecado es la causa principal, y lo es, entonces la esperanza es una persona y su nombre es Jesús. Sí, nos consagramos a las labores y a las instituciones que buscan mejorar la vida en este mundo que gime, pero mientras lo hacemos debemos recordar dónde se encuentra nuestra esperanza y nuestro rescate definitivos. Solo el Señor es poderoso para rescatarnos de nosotros mismos, guardarnos por su gracia, facultarnos para hacer lo bueno, usarnos como instrumentos en sus manos y al final llevarnos a un lugar donde todas las cosas son nuevas y donde la paz y la justicia reinan para siempre.

Padres, enseñen desde edad temprana a sus hijos a reconocer lo que está roto en ellos y a su alrededor, y ayúdenles a entender cómo funciona la vida con Jesús como nuestra esperanza. Esposos y esposas, esfuércense por avivar en el otro una esperanza más profunda en Jesús. Busquen oportunidades para guiar a sus vecinos, amigos y colegas a la esperanza que solo se encuentra en el Mesías. Realmente es cierto que las personas que han centrado su esperanza en Jesús, por causa de su gratitud, tienden a reflejar su ternura, su misericordia y su generosidad. Deberíamos trabajar en aras de lo bueno, deberíamos ser generosos en misericordia, deberíamos hacer sacrificios de amor. Sin embargo, ya sabemos lo que ha causado la disfunción en nosotros y a nuestro alrededor, y en virtud de ese conocimiento sabemos dónde se encuentra la verdadera esperanza. Mientras esperamos que venga su reino nos convertimos en instrumentos de la obra de su reino aquí en la tierra, recordando siempre que nuestra obra no borrará el pecado ni todos los males que produce, y firmes en la seguridad de que el pecado, entendido bíblicamente, nos lleva a buscar ayuda en una dirección: Jesús.

No crece más el pecado ni la tristeza, ni las espinas infestan el suelo. Él viene a hacer fluir sus bendiciones do quiera se halle la maldición.1, 1719. Tercera estrofa que no aparece en los himnarios en español.]

Footnotes

  1. Isaac Watts, “Joy to the World” [“Al mundo paz”