Juicio final sobre los pecados secretos

Jonathan Edwards (1703-1758)

“Pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia; tribulación y angustia sobre todo ser humano que hace lo malo, el judío primeramente y también el griego” (Romanos 2:8-9).

Cuando llegue el Día del Juicio, [los malvados] se levantarán a la resurrección para condenación. Cuando llegue ese día, toda la humanidad que haya muerto sobre la faz de la tierra se levantará —no sólo los justos, sino también los malvados—. “Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua” (Dn. 12:2). “Y el mar entregó los muertos que había en él; y la muerte y el Hades entregaron los muertos que había en ellos; y fueron juzgados cada uno según sus obras” (Ap. 20:13). Los condenados en el infierno no saben cuándo será el Día del Juicio; pero lo sabrán cuando llegue el momento. Será la noticia más terrible que jamás se haya dado en ese mundo de miseria. El infierno es lúgubre1 todo el tiempo. El mundo de las tinieblas siempre está lleno de alaridos y gritos lúgubres. Pero cuando se oiga la noticia de que ha llegado el Día señalado para el Juicio, el infierno se llenará de alaridos más fuertes y de gritos más espantosos que nunca.

Cuando Cristo venga en las nubes del cielo para juzgar, esa noticia llenará de luto y amargo lloro, tanto la tierra como el infierno. Leemos que todos los linajes de la tierra gemirán a causa de Él y lo mismo harán todos los habitantes del infierno. Entonces, las almas de los impíos subirán para unirse a sus cuerpos y comparecer ante el Juez. No vendrán voluntariamente, sino que serán arrastrados como un malhechor es arrastrado fuera de su calabozo para ser ejecutado. Cuando murieron, no estaban dispuestos a dejar la tierra para ir al infierno. Pero ahora, serán mucho más reacios a salir del infierno para ir al Juicio final. Para ellos, no será una liberación; sólo será una salida para su ejecución. Se resistirán, pero han de venir. Los demonios y los espíritus condenados deben subir juntos. Entonces, se oirá la última trompeta. Ese será el sonido más terrible que jamás se haya oído para los impíos y los demonios. No sólo lo oirán los impíos que se hallen morando en la tierra entonces, sino también los que estén en sus sepulcros. “No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación” (Jn. 5:28-29).

Entonces, las almas de los malvados entrarán, de nuevo, en sus cuerpos, los cuales estarán preparados sólo para ser órganos de tormento y miseria. Cuando vuelvan a sus cuerpos, será un espectáculo espantoso para ellos, esos cuerpos que antes fueron utilizados por ellos como órganos e instrumentos de pecado y maldad, y cuyos apetitos y lujurias complacieron y gratificaron. La separación del alma y el cuerpo fue espantosa para ellos cuando murieron, pero su reencuentro en la resurrección, será más espantoso… Así, se levantarán de sus sepulcros, y alzarán sus ojos y verán al Hijo de Dios en las nubes del cielo, en la gloria de su Padre, y todos los santos ángeles con Él (Mt. 25:31). Entonces, verán a su Juez en su temible majestad. [Esto] será para ellos, el espectáculo más asombroso que jamás hayan visto y aún, les añadirá nuevos horrores. Esa espantosa y temible majestad en la cual Él aparecerá, y la manifestación de su infinita santidad les traspasará el alma…

Entonces, deberán comparecer ante su Juez para rendir cuentas. No encontrarán montañas ni rocas que caigan sobre ellos y que puedan cubrirlos y esconderlos de la ira del Cordero. Muchos de ellos, verán a otros en ese momento. [Algunos] fueron antes sus conocidos, quienes aparecerán con cuerpos gloriosos, con rostros gozosos y cantos de alabanza, y subiendo como con alas a encontrarse con el Señor en el aire, mientras ellos son dejados atrás. Muchos verán a sus antiguos vecinos y conocidos, sus compañeros, sus hermanos y sus esposas, arrebatados y ellos abandonados. Serán llamados a ir y comparecer ante el Tribunal. Deben ir, aunque no quieran. Deben permanecer a la izquierda de Cristo, en medio de demonios y hombres malvados. Esto añadirá aún más pavor y hará que su horror sea aún, en un grado mayor que nunca. ¡Con qué horror se reunirá esa compañía!

Entonces, se les pedirán cuentas. Entonces, saldrán a la luz las cosas ocultas de las tinieblas. Entonces, se dará a conocer toda la maldad de sus corazones. Entonces, se declarará la maldad real de la que han sido culpables. Entonces, aparecerán sus pecados secretos que han mantenido ocultos a los ojos del mundo. Entonces, se manifestarán en su verdadera luz aquellos pecados que solían defender, excusar y justificar. Y entonces, todos sus pecados serán expuestos con todos sus terribles agravantes. Toda su inmundicia, saldrá a la luz para su vergüenza y desprecio eternos. Entonces, aparecerá cuán atroces fueron muchas de esas cosas que hicieron en su vida a la ligera. Entonces, aparecerá cuán terrible es su culpa al maltratar así a un Salvador tan glorioso y bendito.

¡Y todo el mundo lo verá! Muchos se levantarán en juicio contra ellos y los condenarán: sus compañeros a quienes tentaron a la maldad, otros a quienes endurecieron en el pecado con su ejemplo, se levantarán contra muchos de ellos. Los paganos que no han tenido ventajas en comparación con ellos y muchos de los cuales aún han vivido mejores vidas que ellos, se levantarán contra ellos. Y serán llamados a una cuenta especial: El Juez hará cuentas con ellos y quedarán sin habla, enmudecerán, sus propias conciencias darán testimonio contra ellos y clamarán en voz alta contra ellos. Porque entonces, verán cuán grande y terrible es Dios contra quienes han pecado. Entonces, estarán de pie a la izquierda, mientras ven a otros a quienes conocieron en la tierra, sentados a la derecha de Cristo en la gloria, brillando como el sol, aceptados por Cristo y sentados con Él para juzgarlos y condenarlos.

Entonces, el Juez pronunciará sobre ellos la sentencia condenatoria. “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mt. 25:41). Esta sentencia será pronunciada con terrible majestad. Habrá gran indignación y entonces, aparecerá una ira espantosa en la voz del Juez con la cual Él pronunciará la sentencia. ¡Qué horror y pavor causarán estas palabras en los corazones de los impíos sobre quienes serán pronunciadas! ¡Cada palabra y cada sílaba serán para ellos como el trueno más pavoroso y traspasarán sus almas como el relámpago más feroz! El Juez les ordenará que se aparten de Él. Los expulsará de su presencia como sumamente abominables para Él. Y les dará el epíteto2 de malditos: ellos serán una compañía maldita y, no sólo les ordenará que se aparten de su presencia, sino que vayan al fuego eterno para morar allí como su única morada adecuada. Lo que muestra lo terrible del fuego es que está preparado para el diablo y sus ángeles. ¡Yacerán para siempre, en el mismo fuego en el que serán atormentados los demonios, aquellos grandes enemigos de Dios! Cuando esta sentencia sea pronunciada, habrá, en la vasta compañía de la izquierda, temblor, llanto, clamor y crujir de dientes de una manera diferente —más allá de todo lo que hubo antes—. Si los demonios —esos espíritus orgullosos y altivos— tiemblan desde hace mucho tiempo, ante el solo pensar en esta sentencia, ¡cómo temblarán cuando llegue el momento de que sea pronunciada! Y, ¡ay, como temblarán los impíos! Su angustia se agravará al oír esa bendita sentencia pronunciada sobre los que estarán a la derecha: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo” (Mt. 25:34).

Entonces, la sentencia será ejecutada. Cuando el Juez les ordene partir, ellos deberán hacerlo. Aunque [no quieran], deben irse. Inmediatamente después de que termine el juicio y se pronuncie la sentencia, vendrá el fin del mundo. El armazón de este mundo se disolverá —los cielos se disolverán y luego, la tierra será incendiada—. Así como Dios, en su ira, una vez destruyó el mundo con un diluvio de agua, así ahora, hará que todo sea ahogado en un diluvio de fuego; y los cielos, estando en llamas, serán disueltos, y “los elementos ardiendo serán deshechos” (2 P. 3:10); y esa gran compañía de demonios y hombres impíos entrarán entonces, en esas llamas eternas a las que han sido sentenciados.

En esta condición, permanecerán durante las infinitas eras de la eternidad. Su castigo será, entonces, completo, y permanecerán cumpliéndolo para siempre. Ahora, les sobrevendrá todo aquello por lo que tanto tiempo temieron, mientras sus almas estaban separadas de sus cuerpos. Morarán en un fuego que nunca se apagará y aquí deberán pasar la eternidad… No hay cálculo de los millones de años o millones de eras; aquí falla toda aritmética, ninguna regla de multiplicación puede calcular la cantidad porque no hay fin. No tendrán nada más que hacer para pasar su eternidad, sino luchar con esos tormentos. Éste será su trabajo para siempre jamás. Dios no tendrá otro destino u ocupación para ellos. Ésta es la forma en que deben responder al designio de su existencia. Y nunca tendrán ningún descanso, ni ninguna expiación, sino que sus tormentos se mantendrán al máximo y nunca se harán más llevaderos por estar acostumbrados a ellos. El tiempo les parecerá largo, cada momento les parecerá largo, pero nunca habrán acabado con las eras de su tormento.

Tomado del Sermón VII en Las obras de Jonathan Edwards (The Works of Jonathan Edwards), Vol. 2, reimpreso por The Banner of Truth Trust, www.banneroftruth.org.


Jonathan Edwards (1703-1758): Ministro congregacional estadounidense, muy conocido predicador y autor puritano durante el Gran Despertar; nacido en East Windsor, colonia de Connecticut.

La fornicación no es un pecado liviano como lo toman los hombres carnales. Tristes juicios lo acompañan, aunque sólo se cometa en secreto. —Thomas Manton

Ten cuidado con los pecados secretos. Te destruirán si los amas y los preservas: Una polilla puede arruinar el vestido; una filtración hacer naufragar el barco; una navaja apuñalar y matar a un hombre, tanto como una espada. Así, un pecado puede condenar el alma. —Jeremiah Burroughs

Footnotes

  1. Lúgubre – Oscuro, sombrío, lleno de tristeza o que expresa pena, muerte y dolor.

  2. Epíteto – Término usado para caracterizar una persona; calificativo.