Una visión del pecado y una visión de Jesús

Octavius Winslow (1808-1878)

“Y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán” (Zacarías 12:10).

Sólo podemos tratar adecuadamente con el pecado, en la medida en que, al mismo tiempo, tratamos personal y estrechamente con Jesús. Una visión espiritual de un objeto, separada de una visión devota del otro, sumirá al alma en la más profunda desesperación. La visión de la sangre expiatoria, debe acompañar la visión de nuestra culpa. Visto y tratado solo, disociado del Salvador, [nuestro pecado] es el objeto más oscuro y atroz que puede ocupar el estudio humano.

Pero Dios ha resuelto el caso, con gracia y maravillosamente. El instrumento que exhibe el pecado en su mayor negrura, lo exhibe en su más completo perdón en el mismo momento. La visión del pecado y la visión de Jesús, tal como son presentadas en la cruz, no se encuentran en ningún otro lugar del universo. En ningún otro lugar —ni en la tierra, donde sus estragos son vívida y terriblemente descritos— ni en el infierno —donde su castigo es plena y eternamente sufrido— se ve el pecado como a la luz de la cruz de Cristo. El odio de Dios hacia su naturaleza y la imposición de su castigo, tal como se exhibe en el dolor del alma y el sufrimiento corporal de su amado Hijo, es una demostración insuperable, sí, sin igual.

¡Oh, cuán grande es el amor de Dios al proveer tal espejo en el cual ver, al mismo tiempo, la enormidad del pecado y la plenitud de su perdón!… No hubo sino un solo Ser en el universo que concentrara en Sí mismo tanto pecado —sin embargo, no conoció pecado (2 Co. 5:21)— y en Quien se encontrara tanto castigo por el pecado, como Jesús, el Portador del pecado de su Iglesia. ¡Cuán defectuosos son nuestros puntos de vista y comprensión de esta verdad! ¡Cuán superficial es nuestra percepción de sus infinitas profundidades! ¡Cuán débil es nuestra experiencia de su preciosidad y poder! Sin embargo, esto es el todo en todo para nosotros, en el trascendental asunto de nuestro consuelo, santidad y esperanza.

Si Jesús no cargó con mi transgresión y mi maldición, no hizo nada por mí y todavía estoy en mis pecados. Si lo hizo, entonces la carga ha desaparecido; la carga ha sido aniquilada —todo ha sido transferido a Él y llevado por Él al olvido eterno—. Yo ya no tengo mis propios pecados ni soy el portador de la carga: Todos mis pecados fueron cargados sobre Jesús, no por mi mano, sino por la mano de Dios. Puesto que Jesús se ha ocupado de mis pecados, mi única preocupación debe ser, en primer lugar, obtener su pleno perdón y, a continuación, caminar tan santamente como para no volver a cometer los pecados que Cristo cargó…

Tener una visión del pecado y una visión de Jesús al mismo tiempo, constituye una de las páginas más santas y ricas de la historia de un hijo de Dios. Hay muchos del pueblo del Señor que ven el pecado, pero que no ven a Jesús en el mismo momento —puesto que no miran sus pecados a través del medio de la cruz—. Mirar el pecado a través de la santidad divina reflejada en la Ley divina, es mirar y perder la esperanza, ¡mirar y morir! Pero mirar el pecado a través de Cristo —verlo en la sangre que lo limpia, en la justicia que lo cubre, en el amor que lo perdona plena, gratuita y eternamente— ¡oh, esto es mirar y tener esperanza, ¡mirar y vivir! Un ojo en el pecado y un ojo en la expiación del pecado, permitirán al alma caminar humilde y filialmente1 con Dios. Un ojo que se mira a sí mismo y un ojo que mira a Cristo, regulará de tal manera la experiencia del alma, ajustará con tanta precisión su brújula moral, que preservará el equilibrio entre la presunción y la desesperación. [Esto conducirá] a un caminar humilde, santo y vigilante en lo que respecta al pecado, por un lado, y a un sentido seguro, feliz y esperanzado de perdón, aceptación y gloria, por el otro.

Ningún hecho en la experiencia cristiana es más cierto que éste: El pecado nunca se ve correctamente hasta que se conoce a Cristo y nunca se conoce plenamente a Cristo hasta que el pecado se ve en su realidad, culpa y poder. Es el sentido de nuestra vileza, culpabilidad y condenación lo que nos lleva a Cristo. Cuando vemos a Cristo, aceptamos a Cristo y comenzamos a descansar creyendo en Cristo, tenemos entonces, la convicción más profunda de la magnitud, de la excesiva pecaminosidad del pecado y, al mismo tiempo, la convicción más segura de nuestra liberación plena y eterna de su culpa, tiranía y condenación. Esta armonía de tintes —la mezcla de sombra y luz, pecado y Cristo— forma uno de los cuadros más hermosos e impresionantes de los muchos que ilustran la historia de la vida del cristiano…

Aquí, entonces, permítanme hacer una pausa y preguntar: “¿Han sido llevados a un verdadero y profundo arrepentimiento2 por el pecado?… Cada santo glorificado en el cielo fue, una vez, un pecador afligido en la tierra. Cada espíritu feliz ante el trono fue, una vez, un penitente suplicante3 bajo la cruz. ¿Te estás preparando para ocupar tu lugar entre esta multitud feliz e innumerable? Reiteramos la verdad: ¡Sin arrepentimiento verdadero y piadoso por el pecado ante Dios, no tienes evidencia bíblica válida de que eres salvo! No pregunto si el Sinaí o el Calvario, la Ley o el Evangelio, lo han despertado —si fluye de una terrorífica visión del infierno o de una amorosa visión de Jesús—. Todo lo que pregunto es: “¿Ha sido quebrantado tu corazón y tu espíritu se ha vuelto contrito delante de Dios? ¡Examínate y pruébate a ti mismo por la Palabra de Dios porque esto es tu vida!…

Pero nuestro objetivo es presentar la gran obra de la contrición4 en una forma más elevada, en su carácter más evangélico, como se experimenta bajo la cruz, como fluye de una creencia y de una visión consciente de Jesús el Crucificado. Y ¡oh, cuán eminentemente calculado está el espectáculo de Cristo en la cruz para producir esta santa emoción!

El objeto de la visión es JESÚS. “Mirarán a mí”. Es el objeto más hermoso, atractivo y maravilloso sobre el que el ojo inteligente se haya posado jamás… Rastrea los puntos de atracción que se encuentran en Jesús y no te sorprendas de que cuando el ojo los recorre, el corazón es irresistiblemente ganado, el alma se disuelve instantáneamente y el creyente se postra al pie de la cruz en el más profundo sentido de su vileza ante Dios. Toda la hermosura, toda la excelencia, toda la gloria se encuentran y se centran en Jesús el Crucificado. Él es lo más maravilloso, así como Él es el Ser más [hermoso] y atractivo del universo. Toda la perfección infinita de la Deidad absoluta, toda la excelencia finita de la humanidad impecable5 se concentran en Cristo… La dispensación6 del Evangelio nos introduce en un nuevo mundo de hermosura y en un nuevo Ser de amor, maravilla y admiración que supera en su perfección, todo lo que la tierra, en su gloria prístina7, ha contemplado jamás —el Hijo de Dios encarnado—. ¿Inspira el amor, triunfa la hermosura, nos quedamos sin palabras, asombrados ante la imagen de lo grande, lo bueno, lo hermoso? ¡He aquí el Cordero de Dios!…

¡Qué maravilloso poder posee la contemplación espiritual de Cristo en su belleza moral para producir en el corazón creyente el tierno y santo sentimiento de contrición! ¿Con qué luz espiritual podemos contemplarnos a nosotros mismos —nuestra justicia y nuestra injusticia—? ¿Qué visión podemos tener del pecado —el pecado de nuestras cosas santas y de nuestras cosas profanas— cuando lo vemos en contraste con la santidad, la hermosura y la perfección de Cristo —qué sino la más humillante, que subyuga y abate el corazón—? ¿Podríamos, por un momento, considerar el pecado con indiferencia, podríamos en cualquier acto, mirarnos a nosotros mismos con complacencia8, si estuviéramos más familiarizados9 con la pureza, más prendados de la hermosura y más profundamente imbuidos10 del amor de Jesús? ¿No sería nuestra experiencia la del Isaías evangélico? “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos” (Is. 6:5).

¡Estudiemos más de cerca al Señor Jesús! Sólo cuando vemos por fe, su hermosura espiritual, la nuestra palidece. Sólo cuando el Espíritu nos hace descubrir su santidad, exclamamos: “¡Inmundo, inmundo!” (Lv. 13:45) y ponemos nuestro rostro contra la tierra. ¡Oh, no hay nada como una clara apreciación del Señor Jesús para vaciarnos, humillarnos y postrarnos a sus pies! La luz de la cruz es demasiado brillante para no ver nuestra pecaminosidad, demasiado pura para no aborrecerla y demasiado divina para no estar seguros de su perdón. Un rayo de ese foco de luz —¡oh, cuán excelente, nutritivo y santificador es!—. Una mirada a esa cruz —¡oh, cuán repleta de vida, dicha y esperanza inconcebibles, inexpresables!—. ¿Quién que haya sentido su poder magnético, su influencia [transformadora] bajo las punzadas de la culpa, las sombras del dolor, los asaltos de Satanás, el cansancio del mundo, las acusaciones del yo, no testificará que la cercanía a la cruz de Jesús es la cercanía a la fuente de la confianza perfecta, la paz segura y la tranquilidad imperturbable? Ésta es, pues, la luz bajo la cual debemos contemplar el pecado —cada pecado, todo pecado— incluso, la luz de la gloria del Salvador cuando se reúne en torno a su cruz. Contemplándolo bajo esta luz, veremos el pecado como realmente es —despojado de su disfraz, desligado de su sofisma11, disociado de sus causas—. Así, viéndolo en su propia y desnuda deformidad, el corazón se disolverá en profunda, santa y tierna contrición bajo la cruz de Jesús.

No sólo la visión de la belleza de Cristo, sino el espectáculo de sus sufrimientos, contribuye, esencialmente, a promover la santa contrición por el pecado. Vemos el sufrimiento en la cruz de Jesús en su forma incomparable. Como sufriente, Cristo permaneció solo. Como la luz en la que Jehová mora, sus sufrimientos eran inaccesibles e inalcanzables. “Varón de dolores, experimentado en quebranto” (Is. 53:3) como ningún otro hombre lo fue jamás. Lo que Él soportó cuando exclamó: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte” (Mt. 26:38); lo amargo de aquel cáliz del que el clamor de su humanidad subió al cielo para que no pasara por sus labios, pero que, sin embargo, bebió y vació; lo que implicaba aquella exclamación: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt. 27:46), nunca lo sabremos del todo… “Mirad, y ved si hay dolor como mi dolor que me ha venido; porque Jehová me ha angustiado en el día de su ardiente furor” (Lm. 1:12). ¿Podemos, pues, acercarnos a la cruz, presentarnos ante este maravilloso e inigualable espectáculo de amor sufriente, y recordar que todo esto fue [por nuestro bien] —por nosotros, la carga del pecado; por nosotros, el dolor del alma; por nosotros, la angustia corporal; por nosotros, la corona de espinas, el sudor sangriento, la cruz, la muerte— ¿y no sentir una santa contrición por aquellos pecados que crucificaron al Señor de la vida y de la gloria?

Sentimos piedad por el individuo que puede contemplar el sufrimiento humano con impasible sensibilidad. ¿Podemos contemplar sin conmovernos, la palidez enfermiza, el labio trémulo12, la frente ensombrecida por la preocupación, el ojo empapado en lágrimas, el porte varonil que el dolor ha arqueado o la manera amable que el luto ha manchado con su símbolo de aflicción? Vuélvete a la cruz de nuestro Señor sufriente. ¿Con qué otra emoción que no sea la más profunda pena, con qué otro sentimiento que no sea la más profunda vergüenza, con qué otros pensamientos que no sean los más humillantes, podemos sentarnos y contemplarle allí? ¡Qué! ¿Sin penitencia, ni auto humillación, ni aborrecimiento del pecado, ni dolor por haber herido a Jesús? El universo, como si fuera consciente de su maldición por el pecado del hombre, se une al dolor del Salvador sufriente que muere por el pecado del hombre. El sol se vela, los cielos se lamentan, la tierra tiembla, las rocas se quiebran, las tumbas se abren —todo en dolorosa empatía con un espectáculo tal que la tierra nunca vio y que el universo se convulsiona al verlo—. Y, sin embargo, ¡cuán sorprendentemente, cuán criminalmente insensibles, impenitentes y fríos somos nosotros! cuyos pecados Él estaba cargando en ese momento, cuya maldición estaba extinguiendo en ese momento, cuya pena de muerte estaba sufriendo en ese momento, Quien, en esa hora de expiación, estaba cubriendo nuestro infierno para poder [revelarnos] su cielo.

Ciertamente, si el pecado es visto alguna vez en su verdadera luz, si es aborrecido, crucificado y abandonado, es al pie de la cruz de Cristo. Sólo allí puede ser, verdaderamente, estudiado. Debemos conocer a Cristo crucificado, antes de conocer al pecado crucificado. Para calcular, en alguna medida, la profundidad de nuestras iniquidades, debemos calcular, en alguna medida, la profundidad del sufrimiento de Cristo. ¡Debe haber un trato íntimo y personal con la cruz! Esto puede revelar el secreto de la visión burda e imperfecta del pecado que, tan lamentablemente, deploras, y la consiguiente ausencia de toda vitalidad espiritual, gozo y esperanza en el alma.

Has estado estudiando el pecado y tu propia pecaminosidad a la luz de la febril inquietud e intranquilidad actuales que produce y de las alarmantes consecuencias que acarrea; y mientras tanto, has comprobado que tus sentimientos se vuelven más insensibles, tu conciencia más cauterizada y tu futuro teñido con tonos más profundos y oscuros, y el pecado sigue manteniendo su indiscutible e inquebrantable supremacía. Pero, ¡acércate a la cruz! Apártate del poder, de la tiranía y de la corrosión del pecado, y contempla la maravillosa provisión que el Dios de amor ha hecho para su perdón y su conquista. Concentra tu mirada creyente en Jesús sufriendo, Jesús muriendo por el pecado. Ve y párate junto a la cruz de Cristo. Una mirada elevada, una mirada crédula, una visión sombría del Salvador traspasado —herido, sangrando, muriendo por tus iniquidades— revolucionará todas tus perspectivas y sentimientos respecto al pecado. Aparecerá ante ti como algo nuevo creado. Su negrura, su vileza[^86], sus resultados, resaltarán en tal magnitud y color. Al mismo tiempo, su expiación parecerá tan adecuada, su redención tan costosa, su perdón tan completo, el diluvio púrpura que todo lo envuelve y todo lo ahoga, y toda transgresión tan eficaz; y Aquel que todo lo proveyó y todo lo llevó a cabo, tan divino, glorioso y precioso [que] postrará tu alma ante la cruz, disuelta en penitencia y amor. ¡Oh, no hay sensibilidad como la que brota de la visión de Jesús crucificado! ¡No hay lágrimas tan preciosas, ni sentimientos tan verdaderos, ni contrición tan intensa y tierna como la que brota de las fuentes ocultas del alma, tocadas y abiertas por la confiada comunión de corazón con el Salvador sufriente!

Tomado de La expiación y la cruz (Atonement and the Cross), reimpreso por Tentmaker Publications, www.tentmaker.org.uk.


Octavius Winslow (1808-1878): Pastor no conformista; ejerció el pastorado en Nueva York, Estados Unidos, y en Leamington Spa, Bath y en Brighton, Inglaterra; autor de numerosos libros; nacido en Londres, Inglaterra.

Footnotes

  1. Filialmente – Como un hijo en relación con un progenitor.

  2. Arrepentimiento – “El arrepentimiento para vida es una gracia salvadora (Hch. 11:18), por medio de la cual, el pecador, sintiendo una verdadera compunción por sus pecados (Hch. 2:37) y teniendo confianza en la misericordia de Dios en Cristo (Jl. 2:13), con dolor y aborrecimiento por sus pecados, se vuelve de ellos a Dios (Jer. 31:18-19) con todo el propósito de esforzarse en una nueva obediencia (Sal. 119:59)” (Catecismo de Spurgeon, Pregunta 70).

  3. Penitente suplicante – Pecador arrepentido que ora humildemente.

  4. Contrición – Remordimiento sincero por haber obrado mal; arrepentimiento.

  5. Impecable – Incapaz de pecar.

  6. Dispensación – Edad; período.

  7. Prístina – Original y pura.

  8. Complacencia – Autosatisfacción.

  9. Familiarizado – Conocedor, bien informado sobre.

  10. Imbuido – Lleno.

  11. Sofisma – Mentira, engaño, astucia.

  12. Trémulo – Tembloroso como de debilidad; temblor.