El cristiano es el único que puede mortificar el pecado

Horatius Bonar (1808-1889)

“… Los que hemos muerto al pecado,¿cómo viviremos aún en él?” (Romanos 6:2).

Antes de vivir como un cristiano, tengo que ser cristiano. ¿Lo soy? Debería saberlo. ¿Lo sé? y sabiéndolo, ¿sé de quién soy y a quién sirvo?

Si voy a vivir como un hijo de Dios, primero debo ser su hijo, y tengo que saberlo. De otra manera, mi vida será una imitación artificial, la pieza de un mecanismo sin vida que realiza excelentemente ciertos movimientos, pero sin calor y fuerza viva. Eso es lo que hacen muchos, tratan de vivir como hijos con el fin de convertirse en hijos, olvidando el plan sencillo de Dios para llegar a serlo inmediatamente: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Jn. 1:12).

En muchos de nosotros, la fe se trata sólo de un intento por creer; el arrepentimiento es nada más un _intento_por arrepentirnos y, en nuestras tentativas, no hacemos más que usar palabras que hemos aprendido de otros… La descripción de Dios de lo que es un cristiano es clara y bien definida. Incluye tan pocas imprecisiones y generalidades que uno se pregunta cómo puede haber surgido alguna equivocación al respecto y tantas aseveraciones dudosas y falsas.

El cristiano es el que ha “gustado la benignidad del Señor” (1 P. 2:3), el que ha sido regenerado “para una esperanza viva” (1 P. 1:3), el que ha recibido “vida juntamente con Cristo” (Ef. 2:5), él ha sido hecho un participante de Cristo (He. 3:14), un participante de la naturaleza divina (2 P. 1:4), quien ha sido librado “del presente siglo malo” (Gá. 1:4).

Tal es la descripción que Dios hace del que ha encontrado su camino a la cruz y merece adjudicarse el nombre antioqueño8 de “cristiano” o el nombre apostólico “santo”. No tiene nada bueno que decir de sí mismo antes de recibir el perdón gratuito. No recuerda nada digno de amor que lo pudiera haber recomendado delante de Dios, nada apropiado que lo hubiera calificado para recibir el favor divino, excepto que necesitaba vida. Lo único que puede decir junto con otros en iguales circunstancias es: “Y nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios tiene para con nosotros” (1 Jn. 4:16) y, al creer, ha descubierto lo que, no sólo lo convierte en un hombre feliz, sino en uno santo. Ha encontrado la fuente de una vida santa.

¿He encontrado pues, mi camino a la cruz? Si es así, tengo seguridad. Tengo vida eterna. El primer toque auténtico de la cruz me ha asegurado la bendición eterna. Estoy en las manos de Cristo y nadie me puede arrebatar de ellas (Jn. 10:28).

**La cruz nos convierte en personas regeneradas.**Una vez regeneradas o renacidas, iniciamos el proceso de la santificación. Antes de recibir el beneficio de la cruz, éramos seres quebrantados y despedazados, sin un centro sobre el cual gravitar. La cruz forma ese centro de gravitación y, al hacerlo, une los fragmentos desordenados de nuestro ser; entonces podemos decir: El Señor “afirma mi corazón” (Sal. 86:11). Se produce entonces, una integridad o unidad que ningún objeto con menos poder de atracción podría lograr. Es una integridad o unidad que, empezando con el individuo, se reproduce en una escala mayor en la iglesia de Dios, pero con el mismo centro gravitacional.

**La cruz es la fuente de la salud espiritual:**De ella brota la “virtud” (dunamis, el poder, Lc. 6:19) que cura todos las enfermedades, sean leves o mortales porque “por su llaga fuimos nosotros curados” (Is. 53:5) y en él encontramos “el árbol de la vida” con sus hojas curativas (Ap. 22:2). Gólgota se convierte en Galaad, con su Médico excelente y su “bálsamo macerado” (Jer. 8:22; Is. 53:5. El anciano Latimer9 bien dice de la mujer que Cristo curó: “Creía que Cristo era un hombre tan sano que ella se sanaría en cuanto lo tocara” (de Mt. 9:20). “Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente” (Is. 1:5); pero ahora la enfermedad ha desaparecido y el corazón que desmayaba recobra sus fuerzas. La mirada o, más bien, el Objeto al que ha mirado ha hecho su obra (Is. 45:22); la serpiente de bronce ha logrado lo que no pudo ningún remedio terrenal. Ya no se puede decir de nosotros: “No hay para ti medicamentos eficaces” (Jer. 30:13) porque la promesa del Médico por excelencia es: “He aquí que yo les traeré sanidad y medicina; y los curaré, y les revelaré abundancia de paz y de verdad” (Jer. 33:6). Así es como la abundancia de esa paz y verdad se nos revela en la cruz.

La cura no se perfecciona en una hora. Pero, a medida que la vista de la cruz comienza, también la completa por fin. Los pulsos de nueva salud ahora laten en todas nuestras venas. Todo nuestro ser reconoce el poder curativo del remedio divino, ante el cual ceden nuestras enfermedades.

**Sí, la cruz sana:**Posee la virtud doble desanar el pecado y avivar la santidad. Hace que se marchiten todos los frutos de la carne, a la vez que cuida y madura el fruto del Espíritu, el cual es: “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gá. 5:22-23). Por medio de esto, no es que la enfermedad del alma sea “sanada un poco”, sino del todo y a fondo. Actúa como el bálsamo renovador del aire cálido del sur para aquel a quien han debilitado la escarcha y la humedad del aire polar. Da un nuevo tono y energía a nuestras facultades, una nueva inclinación y meta a todos nuestros propósitos, y una nueva altura a todas nuestras esperanzas y nuestros anhelos. Le da el golpe de gracia al yo y mortifica nuestros miembros terrenales. Crucifica la carne con sus afectos y lascivias. Es así como con los ojos puestos continuamente en la cruz cada día, como si fuera el primero, nos hace sensibles a la recuperación de la salud de nuestra alma; el mal pierde su control, mientras el bien fortalece y madura.

No se trata sólo de “gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (Gá. 6:14), se trata también que de ella recibimos fuerza. Es el lugar de la debilidad porque allí Cristo fue “crucificado en debilidad” (2 Co. 13:4); no obstante, es para nosotros el origen del poder porque así como por la muerte vino la vida, de la debilidad vino la fuerza. Ésta es fuerza, no para una sola cosa, sino para todo. Es fuerza para hacer y para enfrentar cualquier embate, tanto para santidad como para el obrar. El que quiere ser santo o útil tiene que permanecer junto a la cruz. Allí está el secreto del poder y la promesa de victoria. Con ella, luchamos y vencemos. No hay arma que la pueda resistir, ni enemigo que la pueda vencer. Ningún arma puede prosperar contra ella, ni ningún enemigo puede someterla. Con ella, podemos enfrentar las luchas exteriores, al igual que los temores interiores. Con ella, libramos la buena batalla, luchamos contra principados y poderes, “ofrecemos resistencia” y “permanecemos firmes” (Ef. 6:11-13); libramos la buena batalla, terminamos la carrera y guardamos la fe (2 Ti. 4:7).

Junto a la cruz, llegamos a ser imitadores del Crucificado. Anhelamos ser como él; hombres que no vivimos para agradarnos a nosotros mismos (Ro. 15:3), que cumplimos la voluntad del Padre, sin considerar nuestra vida como algo a qué aferrarnos, que amamos a nuestros prójimos como a nosotros mismos y a los hermanos como él nos ama a nosotros. Somos personas que oramos por nuestros enemigos, que no devolvemos mal por mal, que no nos sublevamos cuando sufrimos, sino que nos entregamos a Aquel que juzga todas las cosas con justicia, que vivimos no para nosotros mismos, que morimos no para nosotros mismos, que estamos dispuestos a despojarnos de nosotros mismos (Fil. 2:7) y a “padecer afrenta por causa del Nombre” (Hch. 5:41), es decir, dispuestos a ocupar el lugar y el nombre de “siervos”, “teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo” (He. 11:26). “Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; más en cuanto vive, para Dios vive” (Ro. 6:10), “para no vivir el tiempo que resta en la carne, conforme a las concupiscencias de los hombres, sino conforme a la voluntad de Dios” (1 P. 4:2).

Junto a la cruz, comprendemos el significado de textos como éste: “Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado” (Ro. 6:6). La crucifixión de nuestro viejo hombre, la destrucción del cuerpo de pecado y la libertad de la esclavitud del pecado se relacionan estrechamente unos con otros, y todos ellos con la cruz de Cristo. O como dijera el Apóstol: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gá. 2:20). Aquí el único Pablo –no dos Pablos ni dos personas– habla de principio a fin, identificándose completamente con Cristo y su cruz. No se trata de una parte de Pablo en esta cláusula y de una distinta en otro lugar. ¡Es un solo Pablo de principio a fin quien es crucificado, muere y vive!

Al igual que Isaac fue recibido de entre los muertos “en sentido figurado” (He. 11:19) e igual como Abraham consideraba a Isaac como haberle sido devuelto de la muerte después de la extraña transacción en Moriah, ¡de la misma manera consideraría y trataría Jehová a este Pablo como un hombre resucitado! ¡Isaac era el mismo Isaac, sin embargo, no el mismo; de la misma manera Pablo era el mismo Pablo y, no obstante, no el mismo! Había pasado por algo que había alterado judicialmente su estado y moralmente su carácter; era nuevo. En lugar del primer Adán, que era de la tierra, era terrenal (1 Co. 15:47), él cuenta con el último Adán, el Señor enviado del cielo para que sea su huésped: “Cristo vive en mí” (Gá. 2:20). El Apóstol está diciendo: “Vivo, pero no yo, sino Cristo en mí”; (tal y como él dice: “pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo” en 1 Corintios 15:10). Y así vive el resto de sus días aquí sobre la tierra, manteniendo su unión con el Hijo de Dios y con su amor. También recibimos revelación sobre este versículo: “Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos” (Gá. 5:24) y “…lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo” (Gá. 6:14).

Junto a la cruz, obtenemos la Garantía gracias a la muerte de Cristo, y descubrimos más fehacientemente el significado de pasajes como estos: “Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Col. 3:3). Pues habéis muerto con Cristo en cuanto a “…los rudimentos del mundo” (Col. 2:20). Su muerte (y la de usted con Cristo) rompió su relación con el pecado. “Si uno murió por todos, luego [todos murieron]; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Co. 5:14b-15). “Porque Cristo para esto murió y resucitó, y volvió a vivir, para ser Señor así de los muertos como de los que viven” (Ro. 14:9).

(Ro. 6:7-12): “Porque el que [ha muerto], ha sido [justificado] del pecado. [Es decir, Cristo pagó el precio del pecado]. Y si morimos con Cristo [puesto que morimos con Cristo], creemos que también viviremos con él; sabiendo que Cristo, [habiendo resucitado] de los muertos, ya no muere; [_no tiene una segunda pena que pagar ni una segunda muerte para sufrir -_He. 9:27-28]; la muerte no se enseñorea más de él porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; [su muerte terminó con la maldición del pecado una vez y para siempre] más en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro. No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal [incluso en su cuerpo - Ro. 12:1], de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias”.

Hay algo inconfundiblemente solemne en estos pasajes. Son muy distintos, tanto en el tono como en las palabras a la conversación superficial de algunos cuando hablan del evangelio y su perdón. Ah, éste es el lenguaje de alguien que tiene una profunda percepción de que la ruptura con el pecado es uno de los actos más poderosos, al igual que más bendecidos del universo. Ha descubierto cómo ha sido librado de toda condenación y cómo todas las demandas de la justicia contra él han sido satisfechas. Pero más que esto, ha descubierto cómo la garra del pecado puede ser debilitada, cómo una serpentina puede ser desenrollada, cómo sus impurezas pueden ser borradas, cómo puede hacerle frente a sus argucias y vencer sus fuerzas, y ¡lo santo que puede ser! Esto es para él uno de los más grandes y más felices descubrimientos. El perdón en sí es precioso, principalmente como un paso hacia la santidad. Es difícil entender cómo puede alguno, después de leer declaraciones como esas del Apóstol, hablar del pecado, perdón o santidad sin maravillarse. También es incomprensible cómo alguno puede [pensar] que el perdón que el creyente encuentra en la cruz de Cristo lo libra de la obligación de vivir una vida santa.

Es cierto que el santo sigue teniendo pecado, pero es igualmente cierto que este pecado no lo lleva de vuelta a la condenación. Pero hay una manera de decir esto que casi podría entenderse que permanecer en guardia ya no es tan necesario; que la santidad no es ya de tanta urgencia, que el pecado no es tan terrible como antes. Decirle a un santo que peca que ninguna cantidad de pecado puede alterar su posición perfecta ante Dios que la sangre de Cristo nos otorga, quizá no sea técnica o teológicamente incorrecto; pero esta manera de expresar la verdad no es la de la Epístola a los Romanos o la dirigida a los Efesios. Es casi como decir: “Continúa en pecado porque la gracia abunda”, lo cual no tiene nada de bíblico. La manera apostólica de expresar este punto es la de 1 Juan 1:9: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Jn. 2:1).

Es así pues, que aquello que cancela la condena provee la pureza. El sacrificio de la cruz, no sólo da perdón, sino que purifica. La sangre del Crucificado es un manantial doble de paz y santidad. Sana, une, fortalece, aviva, bendice… Pero tenemos nuestra cruz para cargar y, durante toda nuestra vida, la estaremos cargando. No es la cruz de Cristo la que debemos cargar: esa es demasiado pesada para nosotros. Además, ya ha sido cargada una vez y para siempre. Pero nuestra propia cruz permanece y mucho de la vida cristiana consiste en cargarla verdadera, sincera y decididamente… La cruz en la cual hemos sido crucificados con Cristo y la cruz que cargamos son diferentes; no obstante, ambas van en la misma dirección y nos llevan por un mismo camino. Ambas protegen contra el pecado y llaman a la santidad. Ambas “condenan al mundo” y demandan separación de él. Nos ponen a una altura tan elevada y tan sobrenatural que las preguntas que pueda haber con referencia a la conveniencia de conformarse a los caminos del mundo son contestadas en cuanto son hechas; y las falacias de la carne, que incluyen parrandas y juergas, no nos sorprenden para nada. El reino está a la vista, el camino es claro, la cruz está sobre nuestros hombros y ¿nos vamos apartar para ir en pos de la moda, de frivolidades, placeres y bellezas irreales, aunque sean inofensivas, como dicen los hombres que los son?

Tomado de God’s Way of Holiness (El camino de Dios a la santidad) reimpreso y a su disposición de Chapel Library como libro de tapa blanda en inglés.


Horatius Bonar (1808-1889): Pastor presbiteriano escocés, cuyos poemas, himnos y tratados religiosos eran sumamente populares durante el siglo XIX; nacido en Edinburgo, Escocia.