Las maneras del hombre y la manera de Dios para cubrir los pecados

Charles Spurgeon (1834-1892)

“El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Proverbios 28:13).

Las maneras del hombre: Hay muchas maneras en que los hombres tratan de cubrir su pecado. Algunos lo hacen negando que han pecado. O, admitiendo el hecho, niegan la culpa. O bien, reconociendo cándidamente, tanto el pecado como la culpa, se excusan y exoneran a sí mismos con el pretexto de ciertas circunstancias que hacían, según ellos, casi inevitable que actuaran como lo han hecho. Con pretexto1 y justificación, disculpa y auto-indulgencia, se absuelven a sí mismos de toda criminalidad y ponen un fino velo sobre toda inmunda delincuencia.

La fabricación de excusas es el oficio más común bajo el cielo. Los materiales más insignificantes se aprovechan al máximo. Un hombre que no tiene ningún argumento válido para detener el juicio, ninguna razón factible por la que no deba ser condenado, irá y traerá mil excusas y diez mil circunstancias atenuantes2, todas ellas débiles… como una tela de araña. Alguien aquí, puede estar diciendo en su interior: “Puede ser que haya quebrantado la Ley de Dios, pero [la Ley] es demasiado severa. Guardar una Ley tan perfecta es imposible. La he violado, pero, en fin, soy un hombre, dotado de pasiones que implican propensiones e inflamado con deseos que necesitan satisfacción. ¿Cómo podría hacer otra cosa, distinta a lo que he hecho? Puesto en circunstancias peculiares, soy arrastrado por la corriente. Sujeto a tentaciones especiales, cedo a la fascinación. Es natural”. Eso crees; así intentas exculparte a ti mismo. Pero, en verdad, ahora estás cometiendo un nuevo pecado: Estás degradando a Dios. Estás inculpando al Todopoderoso. Estás impugnando3 la Ley para vindicarte a ti mismo por haberla quebrantado. Hay un grado de criminalidad, no pequeño, en una defensa tan injusta. La Ley es santa, justa y buena (Ro. 7:12). Estás echando la responsabilidad de tus pecados sobre Dios. Estás tratando de hacer ver que, después de todo, tú no tienes la culpa. La culpa es de Aquel que dio el mandamiento.

¿Crees que esto será tolerado? ¿Presentará el preso acusaciones contra el Juez que lo juzga? ¿O impugnará la equidad del estatuto mientras es procesado por violarla? Y en cuanto a las circunstancias que alega, ¿qué excusa válida puede proporcionar? Acaso ha llegado a esto —¿que no fuiste tú, sino tus necesidades, las que hicieron el mal y son responsables de las consecuencias?—. ¿En serio, no fuiste tú? Entonces, ¿eres una víctima inofensiva e inocente de las circunstancias? Supongo que, en lugar de ser censurado4, casi deberías ser compadecido. Qué es esto, de nuevo, sino echar la culpa a los designios de la Providencia y decirle a Dios: “Es la dureza de tu disciplina, no la perversidad de mis acciones, la que me involucra en el pecado”. ¿Qué es esto, digo yo, sino una gran impertinencia5, ay, una verdadera traición contra la majestad de ese Dios tres veces santo, ante Quien, incluso los ángeles perfectos, cubren sus rostros mientras claman: “Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos” (Is. 6:3)? Te ruego que no recurras a un cubrimiento como éste porque, además de ser completamente inútil, añade pecado al pecado y te expone a una nueva vergüenza.

En muchos casos, personas que violan la Ley de Dios, han esperado cubrir su transgresión, en secreto. Lo han hecho en la oscuridad. Esperan que ningún oído humano haya oído sus pisadas o escuchado lo que han dicho. Posiblemente, ellos mismos refrenaron su lengua y se jactaron de que ningún observador presenciara sus movimientos o pudiera divulgar su acción… Los hombres conocen poco, las maneras en que el Todopoderoso puede descubrirlos y sacar la evidencia que los condena de los artificios con los cuales pretendían cubrir su pecado.

¿No sabes que la Providencia es un maravilloso detective? Hay sabuesos tras la pista de cada ladrón, asesino y mentiroso —sobre cada pecador de todo tipo—. Cada pecado deja un rastro. Los perros del juicio, seguramente, lo olfatearán y encontrarán su presa. No hay manera de liberarse de las redes de la culpa, no hay posibilidad de evadir el castigo de la transgresión. Muy extraordinarias han sido las formas en que las personas que han cometido crímenes, han sido llevadas a juicio… Hemos leído de hombres que hablaban en sueños con sus compañeros y balbuceaban en sueños, el crimen que habían cometido años antes. Dios quiso que se revelara el secreto. Ningún ojo lo había visto, ni otra lengua podría haberlo contado. ¡Pero el hombre entregó la prueba reina contra sí mismo! De tal manera, él mismo se llevó a juicio…

¿Me dirijo a alguien que, justo ahora, está practicando un pecado secreto? Usted no querría que lo señalara por todo el mundo, ni lo haré. Créeme, sin embargo, el pecado es conocido. Por muy hábil que hayas sido en el intento de ocultarlo, ha sido visto. Tan cierto como que vives, ha sido visto. “¿Por quién?”, dices tú. ¡Ah! por Aquel que nunca olvida lo que ve y se asegurará de contarlo… Ciertamente, un día lo proclamará con el sonido de la trompeta a los mundos que escuchan. Usted es vigilado, señor. Está identificado. Has sido estrechamente observada, jovencita. Esas cosas que has ocultado, saldrán a la luz porque Dios es el gran [Revelador] del pecado. ¡Su ojo te ha registrado! Su Providencia te seguirá. Es vano pensar que podéis ocultar vuestras transgresiones. Ante el alto cielo, el disfraz es fútil. Sí, las tinieblas no ocultan; la noche brilla como el día. He conocido a personas que han albergado un pecado en su pecho hasta que ha hecho estragos en su organismo… Hay quienes tienen un pecado —si no una mentira en su mano derecha, sí, una mentira en su corazón— y está carcomiendo su vida misma. No se atreven a confesarlo. Si lo confesaran a su Dios y restituyeran a quienes han ofendido, pronto alcanzarían la paz. Pero esperan, vanamente, que pueden cubrir el pecado y ocultarlo de los ojos de Dios y de los hombres. “El que encubre [así] su pecado no prosperará” (Pr. 28:13).

De nuevo, muchas veces, pecadores han tratado de cubrir su pecado con falsedad. De hecho, éste es el hábito usual —mentir— encubrir su culpa, negándola. ¿No fue así con Giezi? Cuando el profeta le dijo: “¿De dónde vienes, Giezi?” y él dijo: “Tu siervo no ha ido a ninguna parte”. Entonces, el profeta le dijo que la lepra de Naamán se le pegaría a él para siempre… ¡Oh! Señores, deben tejer una enmarañada red, en efecto, una vez que empiecen a engañar. Cuando la hayan tejido, tendrán que añadir mentira sobre mentira, y mentira sobre mentira, y, sin embargo, todo inútilmente porque, seguramente, seréis descubiertos. Hay algo en la mentira que siempre engaña al hombre que la pronuncia. Los mentirosos necesitan buena memoria. Seguro que dejan una pequeña esquina al descubierto por donde se escapa la verdad. Su historia no encaja. Las discrepancias despiertan sospechas y las evasivas dan pistas para hacer descubrimientos que develan la verdad desnuda. Entonces, cuanto más profunda es la trama, más sucia es la vergüenza. Pero mentir al Dios de la verdad —¿de qué puede servir?—. ¿De qué te sirve declararte “no culpable” cuando Él ha sido testigo de tu crimen? Ese ojo infalible que nunca se equivoca, nunca se cierra. ¡Él lo sabe todo! A Él no se le oculta ningún secreto. ¿Por qué, entonces, imaginas que puedes engañar a tu Hacedor?

Algunos intentan cubrir su pecado con prevaricación6. Con astuta sutileza, se esfuerzan por eludir la responsabilidad personal. El caso de David es memorable. No me detendré en su flagrante crimen. Pero debo recordarles su lamentable subterfugio7 cuando trató de ocultar la bajeza de su lujuria, conspirando para causar la muerte de Urías. Existen quienes han maquinado, profundamente y durante mucho tiempo, para echar la culpa a otros, aun en perjuicio de su propia reputación, para escapar del oprobio de sus propias malas prácticas. ¿Quién sabe si en esta congregación haya alguien que ostenta una elevada posición social apoyada en una profunda inmoralidad mercantil8? Existen comerciantes que se han [hinchado de orgullo] ante el público como hombres de riqueza, mientras falseaban su contabilidad, sustraían dinero haciendo cuadrar los libros contables y se revolcaban en el lujo, viviendo en riesgo. ¿Han prosperado? ¿Eran dignos de ser envidiados? El secreto que los rondaba desde hacía tiempo, al final les alcanzó; ¿podrían mirarlo a la cara? Hemos oído de su vacía desesperación, de su loco suicidio; en cualquier caso, una miserable exposición ha sido su melancólico desenlace. “Ten por seguro que tu pecado se descubrirá”. Puedes correr lo que quieras, pero tu atadura es corta. Los sabuesos de la justicia, rápidos de olfato y fuertes patas, están tras tu pista. Ten por seguro que serás descubierto…

Algunas personas se jactan de que su pecado ya ha sido ocultado por el paso del tiempo. “Fue hace tanto tiempo”, dice uno, “tanto que casi lo he olvidado. Yo era un muchacho entonces”. “Sí”, dice otro, “ahora estoy canoso. Debió de ser hace veinte o treinta años. ¿De verdad, no pensarás que el pecado de mis días lejanos se volverá contra mí? Eso ya pasó. El tiempo debe haberlo borrado”. No es así, amigo mío. Puede ser que el paso del tiempo, sólo haga el descubrimiento más claro… ¡Ah! ¡Cuán a menudo las transgresiones de nuestra juventud permanecen dentro de nuestros pechos! Allí están las semillas de nuestro pecado juvenil y germinan cuando los hombres llegan a la madurez. No esté tan seguro de que el paso del tiempo hará olvidar sus faltas y locuras. Usted sembró simiente de rebeldía, señor; tiene que cosecharla. El tiempo transcurrido sólo ha servido para hacer brotar esa mala semilla y, cada vez, está usted más cerca de la cosecha. El tiempo no cambia el matiz del pecado a los ojos de Dios. Si un hombre pudiera vivir mil años, los pecados de su primer año estarían tan frescos en la memoria del Todopoderoso como los del último. La eternidad misma, nunca lavará un pecado. Seguid fluyendo, años… Seguid fluyendo en poderosas corrientes, pero la mancha condenatoria seguirá allí. Ni el tiempo ni la eternidad pueden limpiarla. Sólo una cosa puede quitar el pecado. El paso del tiempo no puede. Que ninguno de ustedes sea tan tonto como para esperar que así sea.

Cuando suene la trompeta de la resurrección, habrá una resurrección de los hechos, así como de los hombres. El hombre que ha sido vilmente calumniado, se regocijará en la luz que refleje su pureza. Pero también saldrá a la luz, el hombre cuyos vicios latentes han sido, hábilmente, disimulados. Sus actos y sus intenciones quedarán, igualmente, expuestos. Cuando él mismo mire y vea la resurrección de sus crímenes, ¡con qué horror se enfrentará al Día del Juicio! “¡Ah! ¡Ah!”, dirá, “¿Dónde estoy? Los había olvidado. Estos son los pecados de mi niñez, los pecados de mi juventud, los pecados de mi madurez y los pecados de mi vejez. Creía que estaban muertos y enterrados, pero se levantan, repentinamente, de sus tumbas. Mi memoria se ha despertado. ¡Cómo se estremece mi cerebro cuando pienso en todos ellos! ¡Pero ahí están! Y como muchos lobos a mi alrededor, parecen todos sedientos de mi destrucción”. ¡Cuidado, oh hombres! Han enterrado vuestros pecados, pero se levantarán de sus tumbas y los acusarán ante Dios. El tiempo no podrá encubrirlos.

¿O es que alguno de ustedes cree que sus lágrimas pueden borrar sus transgresiones? Eso es un craso error. Si tus lágrimas pudieran fluir eternamente… Todo ese diluvio, no podría lavar ni un solo pecado… ¡Hay perdón que obtener! ¡La remisión puede ser encontrada! Se puede obtener el perdón… Cristo puede perdonarte. Dios puede borrar tu pecado…

La MANEra de Dios: Este hecho se afirma con respecto al pueblo de Dios: Todos los que han confiado en el sacrificio expiatorio que fue presentado por el Señor Jesucristo en el Calvario, pueden aceptar esta grata seguridad, pues “todos los pecados de ellos cubriste” (Sal. 85:2). Les diré cómo ha sucedido esto. Antes de cubrir los pecados de un hombre, Dios los descubre. ¿Has visto, alguna vez, tus pecados al descubierto? ¿Alguna vez te ha parecido como si el Señor pusiera su mano sobre ti y dijera: “Míralos, míralos”? ¿Has sido llevado a ver tus pecados como nunca antes los habías visto? ¿Has sentido sus agravios como para llevarte a la desesperación? Al mirarlos, ¿te ha parecido que el dedo de la detección señalaba tus tinieblas? ¿Has descubierto en ellos, una profundidad de culpa, iniquidad e infierno… que nunca antes había golpeado tu mente? Recuerdo un tiempo en el cual, ese era un espectáculo siempre ante los ojos de mi conciencia. Mi pecado estaba siempre ante mí. Si Dios te hace ver así tu pecado a la luz de su rostro, tenlo por seguro: Él tiene sus propósitos de misericordia hacia ti. Cuando lo veas y lo confieses, Él lo borrará. Tan pronto como Dios, en su infinita tierna misericordia, hace que el pecador sepa, en verdad, que es un pecador y lo despoja de los harapos de su justicia propia, Él le concede el perdón y viste su desnudez. Mientras está temblando ante la mirada del Todopoderoso, condenado, la culpa es purgada de su conciencia. No conozco una posición más terrible en la experiencia de uno, que estar de pie, con un Dios airado mirándote, y saber que dondequiera que el ojo de Dios se posa sobre ti, no ve nada sino pecado, no ve nada en ti, sino lo que Él debe odiar y debe aborrecer… No es hasta que esta obra de gracia de convicción se realiza plenamente, que aparece el Señor con la gloriosa proclamación de que todo aquel que cree en el Señor Jesús tendrá sus pecados cubiertos.

Ahora, tengo que anunciar abiertamente esta declaración y entregártela personalmente. Con tus oídos externos, puede que la hayas oído cientos de veces. Es antigua, pero siempre nueva. Cualquiera de ustedes que, sabiéndose culpable, venga y ponga su confianza en Jesucristo, sus pecados serán cubiertos. “¿Puede Dios hacer eso?”. Sí, Él puede. Sólo Él puede cubrir el pecado, pues contra Él fue cometido el pecado. La persona ofendida debe perdonar al ofensor. Nadie más puede. Él es el Rey. Él tiene el derecho de perdonar. Él es el Señor soberano y Él puede borrar el pecado. Además de eso, Él puede cubrirlo legalmente, pues el Señor Jesucristo (aunque ustedes conocen la historia, permítanme contarla de nuevo —el canto de la redención siempre resuena con una placentera melodía—), para que la justicia de Dios pudiera ser vindicada, Jesucristo, el amado Hijo del Padre, desnudó su pecho a la terrible herida y sufrió en nuestro lugar, sitio y representación, lo que nosotros deberíamos haber sufrido como castigo por nuestro pecado. Ahora, el sacrificio de Dios cubre el pecado —lo cubre por completo—. Es más que cubrirlo, pues Él hace que deje de existir. Aún más, el Señor Jesús guardó la Ley de Dios y su obediencia está en lugar de nuestra obediencia: Dios lo acepta a Él y a su justicia en nuestro favor, imputando sus méritos a nuestras almas.

¡Oh, la virtud de esa sangre expiatoria! ¡Oh, la bendición de esa justicia perfecta del Hijo de Dios por la cual cubre nuestros pecados!

Tomado de un sermón publicado después de la muerte de Spurgeon, el jueves, 24 de febrero de 1916, en el Tabernáculo Metropolitano, Newington.

Footnotes

  1. Pretexto – Motivo ficticio que se inventa para ocultar el motivo real.

  2. Atenuantes – Que disminuyen la gravedad o la culpabilidad de un delito o pecado.

  3. Impugnar – Solicitar la nulidad de una decisión, oponiendo razones que demuestren que es injusta o ilegal, o que no ha seguido los trámites reglamentados.

  4. Censurado – Reprendido formalmente; juzgado.

  5. Impertinencia – Comportarse sin el debido respeto.

  6. Prevaricación – Evitar una declaración directa de la verdad.

  7. Subterfugio – Plan o curso de acción diseñado para engañar.

  8. Inmoralidad mercantil – Deshonestidad y engaño en asuntos financieros y comerciales.