Mortificando el pecado por el Espíritu Santo

David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981)

“Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne: porque si viviereis conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu mortificáis las obras de la carne, viviréis”(Romanos 8:12-13 - Reina Valera Antigua).

La santificación es un proceso en el cual el hombre cumple un papel, en el que es llamado a hacer algo “por el Espíritu” que mora en él. Consideremos ahora qué exactamente es lo que tiene que hacer. La exhortación, el mandato es: “Si por el Espíritu mortificáis las obras de la carne…”. El cristiano es llamado a mortificar [o sea, hacer morir] las obras de la carne.

Tenemos que enfocarnos primero en la palabracarne**, que se refiere a nuestro cuerpo físico, nuestra estructura física, como lo hizo también en el versículo 10.** No significa “estar en la carne”. Aun el reconocido Dr. John Owen se equivoca en este punto y lo encara como “estar en la carne” y no la carne como sinónimo de cuerpo12. Lo ha hecho en los versículos 10 y 11, y en el capítulo 6:12. Se está refiriendo a este cuerpo físico en el cual aún mora el pecado, pero que un día se levantará “incorruptible”13 y glorificado, para ser como el cuerpo glorificado de nuestro Señor y Salvador. Vuelvo a subrayar que tenemos que entender claramente este asunto porque corre gran peligro de ser mal entendido. La enseñanza no es que el cuerpo humano sea inherentemente pecaminoso ni que lo sea la materia. Hubo herejes que enseñaban ese error conocido como dualismo. Por el contrario, el Nuevo Testamento enseña que el hombre fue hecho [bueno] en cuerpo, alma y espíritu. No enseña que la materia fue siempre mala y que, por lo tanto, el cuerpo ha sido siempre malo. Hubo un tiempo cuando el cuerpo… era totalmente libre de pecado; pero cuando el hombre cayó, cuando pecó, todo su ser se convirtió en pecaminoso, de cuerpo, mente y espíritu. Pero hemos visto que en el nuevo nacimiento, el espíritu del hombre ya ha sido liberado. Recibe vida nueva: “El espíritu vive a causa de la justicia” (Ro. 8:10). Pero aun así, “el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado” (8:10). ¡Ésta es la enseñanza del Nuevo Testamento! Es decir, aunque el cristiano ha sido regenerado14, el pecado todavía está en su cuerpo mortal moribundo. He aquí el problema de vivir la vida cristiana, he aquí la lucha y la disputa contra el pecado mientras estemos en este mundo porque el cuerpo es todavía la sede y el instrumento del pecado y la corrupción. Nuestros cuerpos no han sido liberados todavía. Lo serán, pero mientras tanto, hay pecado en ellos. Como hemos visto, el Apóstol enuncia esto claramente. En 1 Corintios 9:27, dice: “Golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre” porque el cuerpo nos impulsa a cometer actos pecaminosos. No es que los instintos del cuerpo sean en sí y por sí mismos pecaminosos. Los instintos son naturales y normales, y no son inherentemente pecaminosos. Pero el remanente de pecado en nosotros siempre está tratando de convertirlos en “afectos libertinos”, en exagerarlos; trata de hacer que comamos demasiado, bebamos demasiado y de hacernos complacer demasiado a todos nuestros instintos hasta convertirse en “libertinos”. Y viéndolo desde el lado opuesto, este principio pecaminoso trata de impedir que demos atención al proceso de disciplina y dominio propio al que nos llaman constantemente las páginas de las Escrituras. El pecado que todavía queda en el cuerpo, tiende a actuar de esta manera. Por ello, el Apóstol habla de “las obras de la carne”. Trata de convertir lo natural y lo normal en algo pecaminoso y malvado.

El significado del término mortificar es claro. “Mortificar” es morir, hacer morir… Por lo tanto, la exhortación es que tenemos que “hacer morir”, dar fin a “las obras de la carne”. Ésta es la gran exhortación del Nuevo Testamento en relación con la santificación, desde el punto de vista práctico, y va dirigida a todos los creyentes.

¿Cómo se debe realizar esta obra?… El Apóstol lo dice claramente. “Si por el espíritu mortificáis las obras de la carne”…“¡por el Espíritu!”. El Espíritu es mencionado de una manera especial, por supuesto, porque su presencia y su obra son la marca especial y singular del verdadero cristianismo. Esto es lo que distingue al cristianismo de la moralidad, del “legalismo” y del falso puritanismo: “¡por el Espíritu!”. Como hemos visto que el Espíritu Santo mora en nosotros como cristianos, no podemos ser cristianos sin él. Si somos cristianos, el Espíritu Santo de Dios está en nosotros y obrando en nosotros. Nos capacita, nos da fuerzas, nos da poder. Mediante él, se hace realidad la gran salvación que el Señor Jesucristo logró para nosotros en el sacrificio de la cruz. Por lo tanto, los cristianos nunca debemos quejarnos de falta de habilidad y poder. Que un cristiano diga: “No puedo hacerlo”, es negar las Escrituras. Aquel en quien mora el Espíritu Santo nunca debe decir algo así: es negar esta verdad en él.

Como dice el apóstol Juan en el capítulo 1, versículo 16 de su Evangelio, cristiano es el que puede decir: “Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia”. Luego, en el capítulo 15, describe a los creyentes como los pámpanos de la Vid verdadera, por lo que nunca hemos de decir que no tenemos poder. Es cierto que el diablo es activo en el mundo y que tiene gran poder, pero “mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo” (1 Jn. 4:4). O, como dice 1 Juan 5:18-19: “Sabemos que todo aquel que ha nacido de Dios, no practica el pecado”. No practicar el pecado es lo mismo que decir que no sigue pecando. ¿Por qué no? “El que fue engendrado por Dios le guarda” –o sea el Señor Jesucristo− “el maligno no le toca”. Ésta, dice Juan, es la verdad acerca de todo cristiano. El cristiano no sigue viviendo en pecado porque Cristo vive en él y el maligno no lo puede tocar. No sólo que no lo puede controlar, ni siquiera lo puede tocar. El creyente no cae bajo el poder del maligno. Y luego para sellar la verdad, Juan dice en el versículo 19: “Sabemos que… [hemos] nacido de Dios”, pero por otro lado dice: “El mundo entero está bajo el maligno”. El mundo está en los brazos del maligno quien lo controla… Tiene al mundo y a los que son del mundo enteramente en sus garras y bajo su control, convirtiéndolos en sus víctimas indefensas. No hay por qué decirles a estos que “mortifiquen las obras de la carne”; no pueden hacerlo porque están en las manos del diablo. Pero el caso del cristiano es muy distinto; el cristiano es “de Dios” y el maligno ni siquiera lo puede tocar. Puede gritarle, en ocasiones puede asustarlo, pero no puede tocarlo y mucho menos controlarlo.

Estas son afirmaciones típicas del Nuevo Testamento con respecto al cristiano; y al tomar conciencia de que el Espíritu está en nosotros, tendremos la experiencia de su poder. Siendo así, somos llamados a usar y practicar el poder que está en nosotros por medio del Espíritu Santo que mora en nosotros. “Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne”. La exhortación es que pongamos en práctica el poder que está en nosotros “por el Espíritu”. El Espíritu es poder y él está morando en nosotros, y por eso el Señor nos insta a ejercitar el poder que está en nosotros.

Pero, ¿cómo se manifiesta esto en la práctica?… Para empezar, tenemos que entender espiritualmente nuestra posición porque muchos de nuestros problemas se deben al hecho de que no nos percatamos y no recordamos quiénes somos y lo que somos como cristianos. Muchos creen que no tienen poder, que no pueden hacer esto ni aquello. Lo que realmente necesitan que les digan no es que son inservibles, que no se den por vencidos, sino saber lo que dice 2 Pedro 1:2-4: “Gracia y paz os sean multiplicadas, en el conocimiento de Dios y de nuestro Señor Jesús. Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad…”. Todo lo que pertenece “a la vida y a la piedad” nos ha sido dado “mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia,…”. Dice además: “…por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas [las preciosas y grandísimas promesas] llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia;…”.

Aun así, los cristianos se lamentan y quejan de que no tienen fuerza. La respuesta para gente así es: “Todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad, le han sido dadas. Deje de lamentarse, murmurar y quejarse. Levántese y use lo que hay en usted. Si es usted cristiano, tiene el poder dado por el Espíritu Santo; no es un inservible”. Pero el apóstol Pedro no termina allí. En el versículo 9 del mismo capítulo dice: “Pero el que no tiene estas cosas tiene la vista muy corta; es ciego, habiendo olvidado la purificación de sus antiguos pecados”, −es decir, el hombre que no hace las cosas que le ha estado exhortando a hacer− “es ciego”. Es corto de vista, “no puede ver de lejos”. No tiene un concepto acertado de la vida cristiana. Está hablando y viviendo como si todavía no fuera regenerado. Dice cosas tales como: “No puedo seguir siendo cristiano. Es demasiado para mí”. Pedro le insta a conocer la verdad acerca de sí mismo. Necesita ser avivado; necesita que le abran los ojos y que le refresquen la memoria. Necesita ponerse en marcha y trabajar, en lugar de quejarse de sus deficiencias.

Además, hemos de tener conciencia que si somos culpables de pecado, estamos contristando “al Espíritu Santo de Dios” que mora en nosotros (Ef. 4:30). Cada vez que pecamos, no es sólo el hecho de hacerlo y sentirnos mal lo que más importa, sino entristecer al Espíritu Santo de Dios que mora en nuestro cuerpo. ¿Cuándo pensamos en eso? He notado que cuando alguien se me acerca para hablar de este tema, habla siempre de él mismo: “Mi fracaso”. “Caigo constantemente en este pecado”. “Este pecado me está venciendo”. Habla exclusivamente de sí mismo. No habla de su relación con el Espíritu Santo y por esta razón: El que se da cuenta que el problema principal en su vida pecaminosa es que está entristeciendo al Espíritu Sano, deja de hacerlo inmediatamente y lo encara. Ya no se preocupa principalmente de sus propios sentimientos; cuando tiene conciencia de que está entristeciendo al Espíritu Santo de Dios, entra inmediatamente en acción tomando de inmediato, las medidas que corresponden.

Otra consideración muy importante bajo este encabezado general es que debemos tener siempre presente nuestra meta final. Pedro enfatiza esto en ese mismo capítulo, diciendo: “Haciendo estas cosas, no caeréis jamás. Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 P. 1:10b-11). Dice que si hacen estas cosas que les exhorta hacer, su muerte, cuando llegue, será maravillosa; no porque de alguna manera entren al reino de Dios, sino porque gozarán de una entrada “amplia y generosa”. Será una procesión triunfante, ¡las puertas se abrirán y habrá gran regocijo! No se está refiriendo a nuestra salvación presente, sino a nuestra glorificación15 final, nuestra entrada “en las moradas eternas” (Lc. 16:9). Por lo tanto, debemos mantener nuestra mirada en esa meta. Nuestro problema más grande es que estamos siempre mirándonos a nosotros mismos y mirando al mundo. Si nos consideráramos más y más como peregrinos (lo cual somos), caminando hacia la eternidad, toda nuestra actitud se transformaría. Pablo declaró eso aquí [en Romanos 8:11]: Pongan su mirada en eso, dice en efecto, mantengan su mirada en la meta. Juan dice lo mismo en su primera epístola: “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Jn. 3:2-3). La causa de la mayoría de nuestros problemas como cristianos es que vivimos para este mundo y en el tiempo. Insistimos en olvidar que aquí no somos más que “peregrinos y extranjeros”. Pertenecemos al cielo: Nuestra ciudadanía está en el cielo (Fil. 3:20) y allí nos dirigimos. Si mantuviéramos esto como pensamiento principal en nuestra mente, este problema de nuestra lucha contra el pecado tomaría otra dimensión…

Pasemos ahora de lo general a lo particular, sin olvidar, al hacerlo, que todo se hace “por el Espíritu” y con una mente iluminada por el Espíritu. ¿Qué tenemos que hacer en particular? La enseñanza del Apóstol puede ser entendida mejor bajo dos encabezados principales: Directo o negativo e indirecto o positivo.

Bajo el encabezado directo o negativo, lo primero es que el cristiano tiene que “abstenerse de pecado”. ¡Es así de sencillo y directo! “Amados…”, dice Pedro en su primera epístola, capítulo 2, versículo 11: “…os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma”. Más claro, imposible. No hay ninguna indicación de que estemos “absolutamente sin esperanza” y que debemos dejar de luchar y “dejárselo todo” al Señor resucitado. “Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis…”. ¡Dejemos de hacerlo, detengámonos inmediatamente, nunca volvamos a hacerlo! Tenemos que abstenernos totalmente de estos pecados, estos “deseos carnales que batallan contra el alma”. No tenemos ningún derecho a decir: “Soy débil, no puedo y la tentación es poderosa”. La consigna del Nuevo Testamento es: “Dejen de hacerlo”. No necesitan un hospital ni un tratamiento; tienen que calmarse y reflexionar que son ustedes como “extranjeros y peregrinos”. La consigna es: “Absténganse”. No tienen por qué meterse en esas cosas. Recuerden nuevamente la enseñanza de Efesios 4: “El que hurtaba, no hurte más”. “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca”. ¡Nada de estas palabras necias ni de bromas con doble sentido! ¡No lo hagan! ¡Absténganse! Es así de sencillo y así de práctico. ¡Basta!

En segundo lugar y, particularmente, para citar de nuevo al Apóstol en Efesios 5:11-12:“Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas; porque vergonzoso es aun hablar de lo que ellos hacen en secreto”. Note que dice: “Y no participéis…”. No sólo debe abstenerse de tales cosas, tampoco debe juntarse con los que las hacen o que tienen ese estilo de vida**.**El principio rector del cristiano debe ser: No asociarse con personas de ese tipo. No tengamos comunión con el mal, sino apartémonos de él y mantengámonos lo más lejos posible de él.

Otra expresión es “…golpeo mi cuerpo…” (1 Co. 9:27). “…y lo pongo en servidumbre,…”, dice el Apóstol. “Todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio. Corred de tal manera que lo obtengáis”; es decir, el que compite en las carreras, se disciplina. Cualquiera que se entrena para participar en grandes justas atléticas cuida mucho su dieta, deja de fumar y no toma bebidas alcohólicas. ¡Qué cuidadoso es! ¡Y todo porque quiere ganar el premio! Si hace eso, dice Pablo, por coronas perecederas, cuanto más debiéramos nosotros disciplinarnos para ganar una corona incorruptible… El cuerpo tiene que ser sometido. Las palabras de nuestro Señor en Lucas 21:34, indican cómo hacerlo: “Mirad también por vosotros mismos…”, −está hablando a sus seguidores− “…que vuestros corazones no se carguen de glotonería y embriaguez y de los afanes de esta vida, y venga de repente sobre vosotros aquel día”. No comamos ni bebamos demasiado, no nos preocupemos demasiado con las cosas del mundo. Comamos lo suficiente, comamos alimento saludable, no seamos glotones. Si uno abusa de su cuerpo por lo que come o bebe o cualquier otra cosa, le será más difícil vivir una vida cristiana santificada y más difícil mortificar las obras de la carne. Por lo tanto, evitemos los impedimentos como estos y vivamos una vida normal, disciplinada y ordenada en todo sentido; de otra manera nuestro cuerpo será vencido por la pereza, el desgano, la indiferencia, el aburrimiento y la apatía; y existe una relación tan íntima entre el cuerpo, la mente y el espíritu que nos significará muchos problemas en nuestra guerra espiritual. “Golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre,…”.

Otra máxima usada por el Apóstol en esta Epístola a los Romanos, la encontramos en el capítulo 13, versículo 14: “Vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne”. Si quiere usted mortificar las obras de la carne, “no provea para los deseos de la carne”. ¿Qué significa esto? Encontramos una luz muy clara en cuanto al significado en el primero de los Salmos. Ésta es la receta: “Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos” (Sal. 1:1). Si quiere usted vivir una vida consagrada y ser capaz de mortificar las obras de la carne, no pase el tiempo parado en las esquinas de las calles porque, si lo hace, caerá en pecado. Si anda donde es muy posible que se cometan pecados, no se sorprenda si cae. Si sabe que ciertas personas tienen una mala influencia sobre usted, evítelas, manténgase apartado de ellas. Quizá diga usted: “Pero ando con ellas para poder ayudarles y, sin embargo, ellos me llevan a pecar”. Si es así, no está usted en posición para ayudarles…

El sabio dice en el libro de Job: “Hice pacto con mis ojos” (Job 31:1). “Mira derecho para adelante”, dice, “no mires ni a derecha ni a izquierda, cuida esos ojos para que no se extravíen, esos ojos que parecen moverse casi automáticamente y que buscan cosas que lo tienten e incitan a pecar”. “Haga un pacto con sus ojos”, dice Job, decídase a no mirar nada que tienda a llevarlo a pecar. ¡Si fue importante en la antigüedad, cuanto más lo es hoy, cuando tenemos periódicos, cines, anuncios publicitarios, televisores, etc.! Si alguna vez tuvo el hombre necesidad de hacer pactos con sus ojos, es ahora. Tenga cuidado con lo que lee. Si lee ciertos periódicos, libros y revistas que sabe que le pueden hacer daño, evítelos. Tiene que evitar cualquier cosa que lo dañe y que debilite su resistencia. No mire en su dirección, no tenga nada que ver con ellos… La Palabra de Dios le dice que “mortifique las obras de la carne”, que “no provea para los deseos de la carne”. Gracias a Dios por un evangelio poderoso; gracias a Dios por un evangelio que nos dice que ahora somos seres responsables en Cristo, que nos llama a actuar de una manera que glorifica al Salvador. Entonces, “no proveáis para los deseos de la carne”.

**Mi próximo punto es de suma importancia: Hágale frente a los primeros indicios y movimientos de pecado y tentación en su interior; enfréntelos en el momento cuando aparecen.**Si no lo hace, está perdido. Fracasará, como nos enseña la Epístola de Santiago: “Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte”. (Stg. 1:13-15). El primer indicio es tentación, una leve inquietud de lascivia y seducción. En ese momento es cuando tiene que hacerle frente y solucionarlo. Si no lo hace en esta etapa, será vencido. Córtelo de raíz; hágalo inmediatamente; nunca le dé el más mínimo poder. No lo acepte para nada. Quizá se sienta inclinado a decir: “Y bueno, no es que vaya a hacer esto”. Ay, si lo acepta usted en su mente y empieza a entretener la idea, a jugar con ella en su imaginación, ya ha sido vencido. Según nuestro Señor, ya ha pecado. No tiene que realmente cometer el acto; con que lo piense es suficiente. Darle un lugar en su corazón es pecado a la vista de Dios, quien nos conoce a la perfección y lee aun lo que sucede en nuestro corazón y nuestra imaginación. Por lo tanto, córtelo de raíz, no tenga nada que ver con él, deténgalo al instante, al primer indicio, antes de que ese proceso indigno descrito por Santiago empiece a suceder.

Pero recuerde esto –y esto puede ser nuestro próximo punto–, eso no significarepresión**.** Si uno solamente reprime una tentación o este primer indicio de pecado, es probable que vuelva a aparecer otra vez y ahora con más fuerza. En esto, coincido con la psicología moderna. La represión es siempre mala. “Bueno, entonces ¿qué hago?” −puede preguntar alguno−. Respondo: Cuando siente usted ese primer indicio de pecado, levántese y diga: “No voy a tener nada que ver con esto”. Exponga la cosa y diga: “Esto es pecaminoso, esto es vil, esto fue lo que expulsó al primer hombre del Paraíso”. Arránquelo, mírelo, denúncielo, aborrézcalo por lo que es; sólo entonces, lo habrá extirpado. No tiene que echarlo fuera con un espíritu de temor y de timidez. Sáquelo a la vista, expóngalo y analícelo; y luego denúncielo por lo que es hasta aborrecerlo.

Mi último punto bajo este encabezado, es que, si a pesar de todo, cae usted en pecado (¿y quién no?), no se cure con demasiada facilidad, ni demasiada prisa. Busque 2 Corintios 7 y lea lo que dice: “La tristeza que es según Dios produce arrepentimiento”. Encare una vez más lo que ha hecho. Mírelo, analícelo, expóngalo, denúncielo, aborrézcalo y confiéselo. ¡Pero no de manera que caiga usted en la profundidad de la depresión y desesperación! Siempre tendemos a ir a los extremos; somos demasiado superficiales o demasiado profundos. No hemos de curar “la herida […] con liviandad” (Jer. 6:14), pero tampoco tenemos que caer en la desesperación y depresión y decir que todo está perdido, que no podemos ser cristianos en absoluto y volvemos a estar bajo condenación. Eso es igual de equivocado. Tenemos que evitar ambos extremos. Comprométase a hacer un examen sincero de usted mismo y de lo que ha hecho, y condénese a sí mismo y su obra sin reservas.; pero luego sea consciente que al confesárselo a Dios, sin presentar ninguna excusa “él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Jn. 1:9). Si hace esto “superficialmente”, volverá a caer en pecado; y si cae en el desánimo, se sentirá sin esperanza, al grado que caerá en pecado repetidamente. Un ambiente de desesperanza y fracaso lleva a más fracaso. No caiga en ninguno de estos errores, en cambio, ocúpese de la obra de la manera como el Espíritu siempre nos instruye que lo hagamos.

Tomado de Romans: An Exposition of Chapter 8:5-17, The Sons of God (Romanos: Una exposición del capítulo 8:5-17, los hijos de Dios), pp 132-144, publicado por The Banner of Truth Trust. Usado con permiso. www.banneroftruth.org


David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Quizá es el mejor predicador expositivo del siglo XX. Sucesor de G. Campbell Morgan como pastor de Westminster Chapel, Londres, Inglaterra, 1938-68; nacido en Cardiff, Gales.

Y esto es lo primero que hace el Espíritu para la mortificación de cualquier lascivia: Convence al alma de toda su impiedad, cercena todos sus ruegos, descubre todos sus engaños, detiene todas sus evasivas, tiene respuestas para sus pretensiones, obliga al alma a admitir su abominación y a caer bajo el peso de sentirla… Sólo el Espíritu establece en el corazón, la expectativa de recibir alivio de Cristo. —John Owen