Creemos que Dios creó al hombre del polvo de la tierra y lo hizo y lo formó a Su propia imagen y semejanza, bueno, justo y santo, capaz en todas las cosas de conformarse a la voluntad de Dios. Pero en su vanagloria, el hombre no entendió esto, ni reconoció su excelencia, sino que voluntariamente se sometió al pecado y, en consecuencia, a la muerte y la maldición, escuchando las palabras del diablo. Él transgredió el mandamiento de vida que había recibido y por el pecado, se separó de Dios, quien era su verdadera vida, habiendo corrompido su naturaleza completa por lo cual se hizo a sí mismo responsable de la muerte corporal y espiritual. Y habiéndose hecho malvado, perverso y corrupto en todos sus caminos, el hombre ha perdido todos los excelentes dones que había recibido de Dios y solo ha conservado unos cuantos vestigios de ellos, los cuales, sin embargo, son suficientes para dejarlo sin excusa ya que toda la luz que está en nosotros se transforma en oscuridad, como nos enseñan las Escrituras: la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron (aquí el apóstol Juan llama “tinieblas” a la humanidad).

Por lo tanto, rechazamos todo lo que se enseña contrario a esto en relación con el libre albedrío del hombre, ya que el hombre no es más que un esclavo del pecado y no tiene nada de sí mismo a menos que le sea dado del cielo. Porque ¿quién puede jactarse de ser capaz de hacer algo bueno por sí mismo cuando Cristo dice: Nadie puede venir a mí si no lo trae el Padre que me envió? ¿Quién puede gloriarse en su propia voluntad si entiende que la mente puesta en la carne es enemiga de Dios? ¿Quién puede jactarse de su conocimiento si el hombre natural no acepta las cosas del Espíritu de Dios? En pocas palabras, ¿quién se atreve a sugerir algún pensamiento, sabiendo que no somos suficientes en nosotros mismos para pensar que cosa alguna procede de nosotros, sino que nuestra suficiencia es de Dios? Y por lo tanto, lo que el apóstol dice con justicia debe mantenerse seguro y firme, que Dios es quien obra en nosotros tanto el querer como el hacer, para Su beneplácito. Porque no hay voluntad ni comprensión conforme a la voluntad y el entendimiento divinos, sino lo que Cristo ha obrado en el hombre, lo cual Él nos enseña cuando dice: separados de mí nada podéis hacer.