Nuestros pecados secretos a los ojos de Dios
Edward Payson (1783-1827)
“Has puesto nuestras iniquidades delante de ti, nuestros pecados secretos a la luz de tu presencia” (Salmos 90:8 LBLA1)
Es un hecho bien sabido que la apariencia de los objetos y las ideas que nos formamos de ellos, se ven muy afectadas por la situación en la que se encuentran con respecto a nosotros y por la luz con la que se ven. Los objetos vistos a distancia, por ejemplo, parecen mucho más pequeños de lo que son en realidad. Un mismo objeto, visto a través de distintos medios, suele tener apariencias muy diferentes. Una vela encendida o una estrella, parecen brillantes durante la ausencia del sol; pero cuando esa luminaria regresa, su brillo es eclipsado. Puesto que la apariencia de los objetos y las ideas que nos formamos de ellos se ven así afectadas por circunstancias ajenas, se deduce que dos personas no se formarán, exactamente, las mismas ideas de ningún objeto, a menos que lo vean bajo la misma luz o se ubiquen con respecto a él en la misma situación.
Estas observaciones tienen una relación directa e importante con el tema del presente discurso. Nadie puede leer las Escrituras, sincera y atentamente, sin percibir que Dios y los hombres difieren, ampliamente, en la opinión que tienen respecto a casi todos los objetos. Y en nada difieren más ampliamente que en la opinión que se forman del carácter moral del hombre, y de la malignidad y culpabilidad del pecado. Nada puede ser más evidente que el hecho de que, a los ojos de Dios, nuestros pecados son, incomparablemente, más numerosos, agravados y criminales de lo que nos parecen a nosotros. Él nos considera merecedores de un castigo sin fin, mientras que nosotros, apenas si percibimos que merezcamos castigo alguno.
Ahora, ¿de dónde surge esta diferencia? Las observaciones que acabamos de hacer nos informarán. Dios y los hombres ven los objetos a través de un medio muy diferente y están ubicados con respecto a ellos en situaciones muy distintas. Dios está presente con cada objeto. Lo ve cercano y, por tanto, percibe su verdadera magnitud. Pero muchos objetos, especialmente los de naturaleza religiosa, son vistos por nosotros a distancia y, por supuesto, nos parecen más pequeños de lo que realmente son. Dios ve todos los objetos con una luz perfectamente clara; pero nosotros vemos la mayoría de los objetos de forma tenue e indefinida. En conclusión, Dios ve todos los objetos tal como son; pero nosotros los vemos a través de un medio engañoso que la ignorancia, los prejuicios y el amor propio interponen entre ellos y nosotros.
Apliquen estas observaciones al caso que nos ocupa. El salmista, dirigiéndose a Dios, dice: “Has puesto nuestras iniquidades delante de ti, nuestros pecados secretos a la luz de tu presencia”. Es decir, nuestras iniquidades o abiertas transgresiones, y nuestros pecados secretos, los pecados de nuestros corazones, están colocados, por así decirlo, plenamente, ante el rostro de Dios; inmediatamente, bajo sus ojos. Él los ve en la luz pura, clara y reveladora de su propia santidad y gloria. Ahora, si queremos ver nuestros pecados tal como Él los ve —es decir, tal como realmente son— si queremos ver su magnitud, su negrura y su criminalidad, y la malignidad y la culpabilidad de cada pecado, debemos colocarnos lo más cerca posible de su ubicación y mirar al pecado, por así decirlo, a través de sus ojos. Debemos colocarnos a nosotros mismos y a nuestros pecados en el centro de ese círculo que está irradiado2 por la luz de su semblante, donde todas sus perfecciones infinitas son desplegadas claramente, donde se ve su impresionante majestad, donde sus glorias concentradas resplandecen, arden y deslumbran con un brillo insufrible3. Para [hacer] esto, debemos, en pensamiento, dejar nuestro mundo oscuro y pecaminoso —donde Dios es invisible y casi olvidado, y donde, en consecuencia, el mal de pecar contra Él no puede percibirse plenamente— y subir al cielo, la peculiar morada de su santidad y gloria. [Allí,] Él no se oculta tras el velo de sus obras y de las causas segundas4 como aquí, sino que resplandece como el Dios develado y es visto tal como es.
Intentemos pues, oyentes míos, este venturoso vuelo. Sigamos el camino por el que nuestro bendito Salvador ascendió al cielo y elevémonos hacia la gran capital del universo, hacia el palacio y el trono de su gran Rey. A medida que nos elevamos, la tierra desaparece de nuestra vista. Ahora, dejamos atrás mundos, soles y sistemas. Ahora, alcanzamos los límites máximos de la creación. Ahora, desaparece la última estrella y no se ve ningún rayo de luz creada. Pero una nueva luz comienza a resplandecer y a brillar sobre nosotros. Es la luz del cielo que se derrama en un torrente de gloria desde sus puertas abiertas de par en par, esparciendo el continuo día meridiano5, a lo largo y ancho de las regiones del espacio etéreo6. Pasando, rápidamente, a través de esta expansión del día, las canciones del cielo comienzan a estallar en nuestros oídos. Voces de dulzura celestial, pero fuertes como el estruendo de muchas aguas y como la voz de grandes truenos, se oyen exclamar: “Aleluya, porque el Señor nuestro Dios todopoderoso reina… Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos” (Ap. 19:6; 5:13).
Un momento más y habremos traspasado las puertas. ¡Estamos en medio de la ciudad, estamos ante el trono eterno, estamos en la presencia inmediata de Dios! ¡Todas sus glorias resplandecen a nuestro alrededor como un fuego consumidor! La carne y la sangre no pueden soportarlo. Nuestros cuerpos se disuelven en su polvo original, pero nuestras almas inmortales permanecen y se presentan como espíritus desnudos ante el gran Padre de los espíritus. Aunque habiendo perdido nuestras moradas de barro, no hemos perdido nuestros poderes de percepción. No, ahora somos todo ojo, todo oído; ni podemos cerrar los párpados del alma para apartarnos por un momento de los esplendores deslumbrantes y sobrecogedores que nos rodean y que aparecen como luz condensada, como ¡gloria que puede palparse! No vemos, en efecto, forma ni figura. Sin embargo, toda nuestra alma percibe con claridad y certeza intuitivas, la presencia inmediata y sobrecogedora de Jehová.
No vemos ningún rostro. Sin embargo, sentimos como si un rostro de terrible majestad, en el que resplandecen todas las perfecciones de la divinidad, nos iluminara a dondequiera que nos volvamos. No vemos ningún ojo. Sin embargo, un ojo penetrante y escrutador, un ojo de omnisciente pureza, atraviesa nuestras almas con la mirada, como un relámpago, parece mirarnos desde todos los ángulos del espacio circundante. Nos sentimos como envueltos en una atmósfera o sumergidos en un océano de existencia, de inteligencia, de perfección y de gloria; un océano del que nuestras mentes laboriosas, sólo pueden captar una gota; un océano cuya profundidad no podemos sondear y cuya amplitud nunca podremos explorar plenamente. Pero mientras nos sentimos, completamente incapaces de comprender este Ser infinito, nuestros puntos de vista acerca de Él, hasta donde llegan, son perfectamente claros y definidos. Tenemos las percepciones más vívidas, las impresiones más profundamente grabadas de una mente infinita, eterna, inmaculada, en la que las imágenes de todas las cosas —pasadas, presentes y futuras— se ven de la manera más armoniosa, dispuestas en el orden más perfecto y definidas con la mayor exactitud. [Percibimos] una Mente que dispone con infinita facilidad, pero cuyas voliciones7 están asistidas por un poder omnipotente e irresistible, y que siembra mundos, soles y sistemas, a través de los campos del espacio, con mucha más facilidad que el labrador que esparce su semilla sobre la tierra. [Percibimos] una Mente de la que han fluido todos los arroyos que han regado, alguna vez, cualquier parte del universo con vida, inteligencia, santidad o felicidad, y que todavía está llena, desbordante e inagotable. Percibimos también con igual claridad y certeza que esta Mente infinita, eterna, omnipotente, omnisciente, toda sabia, toda creadora es, perfecta y esencialmente, santa, una llama pura de santidad, y que como tal, considera el pecado con un inexpresable e irreconciliable odio y aborrecimiento. Con una voz que resuena a través de la amplia extensión de sus dominios, le oímos decir, como Soberano y Legislador del universo: “Santos seréis, porque santo soy yo Jehová vuestro Dios” (Lv. 19:2). Y vemos su trono rodeado; vemos el cielo lleno sólo con aquellos que obedecen, perfectamente, este mandato. Vemos miles de miles y diez mil veces diez mil, ángeles y arcángeles —inteligencias puras, exaltadas y gloriosas— que reflejan su imagen perfecta, arden como llamas de fuego con celo por su gloria y parecen ser tantísimas concentraciones de sabiduría, conocimiento, santidad y amor. [Éste es] un séquito idóneo para el tres veces santo, Señor de los Ejércitos, cuya santidad y gloria que todo lo llena, ellos proclaman sin cesar.
Y ahora, oyentes míos, si están dispuestos a ver sus pecados en su verdadero color; si quieren estimar, correctamente, su número, magnitud y criminalidad, llévenlos al lugar santo. [Allí] no se ve nada más que la blancura de la pureza inmaculada8 y los esplendores de la gloria impoluta. [Allí] el sol mismo, aparecería sólo como una mancha oscura. Y allí, en medio de este círculo de inteligencias seráficas9 con el Dios infinito derramando en torno a ustedes toda la luz de su rostro, revisen sus vidas, contemplen sus ofensas y miren cómo se manifiestan. Recuerden que el Dios, en cuya presencia están, es el Ser que prohíbe el pecado, el Ser de cuya Ley eterna, el pecado es la transgresión, y contra Quien se comete todo pecado.
Teniendo esto en cuenta, presentemos lo que el salmista llama en nuestro texto, “nuestras iniquidades”, es decir, nuestros pecados más graves y manifiestos. Veamos cómo aparecen a la luz del rostro de Dios.
¿Alguno de ustedes ha sido culpable de lenguaje impío, profano, pasional o indecente, lenguaje corrupto? ¿Cómo suena tal lenguaje en el cielo? ¿A los oídos de los ángeles, a los oídos del Dios que nos dio la lengua para fines nobles? Saca a relucir todo el lenguaje de este tipo que hayas pronunciado alguna vez. Míralo escrito como en un libro… Mientras lo lees, recuerda que el ojo de Dios lo está leyendo al mismo tiempo. Luego di: “¿Es éste un lenguaje adecuado para que lo pronuncie un ser inmortal? ¿Es éste un lenguaje adecuado para que Dios lo escuche?”. Especialmente, que cada uno se pregunte si, alguna vez, ha violado el Tercer Mandamiento al usar el nombre de Dios de manera profana o irreverente. Si lo ha hecho, que exponga sus transgresiones de este tipo y vea cómo aparecen a la luz de la presencia de Dios. Pecador, éste es el Ser, cuyo adorable nombre has profanado y Quien, dirigiendo hacia ti una mirada de terrible desagrado, dice: “No tendré por inocente al que tome mi nombre en vano”. ¡Oh, qué aspecto de espantosa y atrevida impiedad contra el cielo, asume esto cuando se ve en esta situación!
¿Alguno de ustedes ha sido culpable de decir falsedades? Si es así, que exponga todas las falsedades, todas las expresiones engañosas que haya proferido alguna vez y vea cómo aparecen en la presencia del Dios de la verdad, de ese Dios que ha declarado que aborrece la lengua mentirosa y que todos los mentirosos tendrán su parte en el lago de fuego. ¡Oh, lo que significa ser condenado por falsedad ante un Dios como éste!
¿Alguno de ustedes ha sido culpable de perjurio o falso juramento, ya sea en su país o en el extranjero? Si es así, pueden ver aquí al terrible Ser de Quien se burlaron al llamarlo a atestiguar la verdad de una mentira deliberada y conocida. Y, ¿cómo, piensa usted, que aparece tal conducta a sus ojos? ¿Cómo aparece, ahora, ante los tuyos? Cuando prestaste ese falso juramento, cuando dijiste: “Que Dios me ayude a decir la verdad”, en efecto, elevaste una plegaria para que su venganza cayera sobre ti, si lo que jurabas era falso. ¿Y no tomará Dios tu palabra? ¿No caerá sobre ti la venganza que imprecaste10? Oh, ten por seguro que así será, a menos que un profundo y oportuno arrepentimiento y la fe en Cristo lo prevenga11.
¿Alguno de ustedes ha transgredido el mandamiento que dice: “Acuérdate del día de reposo para santificarlo”? Tales transgresiones, lo sé, parecen muy triviales en la tierra; pero ¿le parecen así a Aquel que dio este mandamiento? ¿Lo parecen en el cielo, donde se observa un Sabbat eterno? Que aquellos que han sido culpables de tales transgresiones, oigan una voz de la gloria que los rodea diciendo: “Yo, con Quien ustedes están en deuda por todo su tiempo, pues les permití seis días para la realización de sus labores necesarias y reservé sólo uno para Mí, tan solo uno para ser empleado, exclusivamente, en adorarme y en ocuparte en tu propia salvación. Pero incluso, me negaste este único día. Cuando lo empleaban en mi servicio, lo consideraron fatigoso. [Ustedes] por tanto, lo emplearon, en todo o en parte, en servirse a ustedes mismos, demostrando así que no están, en absoluto, cualificados ni capacitados para disfrutar de un Sabbat sin fin en mi presencia”.
¿Alguno de ustedes —debemos hacer la desagradable pregunta— ha sido culpable de violar el mandamiento que prohíbe el adulterio y sus vicios afines? Si es así, expongan esas abominaciones y vean cómo se ven en el cielo, en presencia de los santos ángeles, a la vista de ese Dios tres veces santo que ha dicho: “Y vendré a vosotros para juicio; y seré pronto testigo contra los adúlteros… y tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre” (cf. Mal. 3:5; Ap. 21:8).
¿Alguno de ustedes ha sido culpable de fraude, injusticia o deshonestidad? ¿Tienen en su poder alguna porción de propiedad ajena, sin el consentimiento justamente obtenido del propietario? Si es así, expongan sus ganancias deshonestas. Extiendan las manos contaminadas por ellas y miren cómo se ven en el cielo en presencia de ese Dios que ha dicho: “Que ninguno agravie ni engañe en nada a su hermano; porque el Señor es vengador de todo esto” (1 Ts. 4:6).
¿Alguno de ustedes ha sido culpable de intemperancia12? Si es así, que se miren a sí mismos y vean cómo un borracho, un ser racional, auto-degradado al mismo nivel de las bestias y revolcándose en el fango de su propia contaminación, se ve en el cielo, en la sociedad de espíritus angélicos puros, a la vista de ese Dios que lo dotó de poderes intelectuales y así, lo capacitó para ser elevado en igualdad con los ángeles.
Mientras atendían las observaciones anteriores, probablemente muchos, tal vez la mayoría de mis oyentes, se habrán sentido como si no estuvieran, personalmente, implicados en ellas, como si no fueran culpables de ninguna de estas groseras iniquidades. De hecho, espero que, al menos de algunas de ellas, ninguno de ustedes sea culpable. Pero éstas no son, de ninguna manera, las únicas iniquidades de las que Dios toma nota. Pues nuestro texto nos informa, además, que Él ha puesto los pecados secretos —los pecados de nuestros corazones— a la luz de su presencia.
Llevemos entonces, nuestros corazones al cielo y allí, exponiéndolos a la vista, veamos cómo aparecerán en ese mundo de luz sin nubes y pureza inmaculada.
Y, ¡oh, cómo aparecen! ¡Qué revelación se hace cuando, con el bisturí de un cirujano anatomista espiritual, abrimos el corazón humano con todos sus oscuros recovecos e intrincados vericuetos, y exponemos las acechantes abominaciones que oculta, no a la luz del día, sino a la luz del cielo! Mis oyentes, incluso en este mundo pecaminoso, el espectáculo que tal revelación exhibiría, no podría ser soportado.
El hombre cuyo corazón fuera así expuesto a la vista pública, sería desterrado de la sociedad. Es más, él mismo huiría de ella, abrumado por la vergüenza y la confusión. Todo hombre es consciente de esto y, por lo tanto, oculta su corazón a todas las miradas con celoso cuidado. Todo hombre es consciente de muchos pensamientos y sentimientos que se avergonzaría de expresar a su amigo más íntimo. Incluso, esos miserables disolutos y abandonados que se glorían en vomitar su propia vergüenza, y cuyas bocas como un sepulcro abierto, exhalan contagio moral, putrefacción y muerte, apenas se atreven a expresar a sus propios semejantes, igualmente abandonados, cada pensamiento y sentimiento que surge dentro de ellos.
Y si éste es el hecho, si el corazón expuesto a la vista aparece así de negro en este mundo oscuro y pecaminoso, ¿quién puede describir o concebir la negrura que exhibirá cuando esté rodeado por la blancura deslumbrante del cielo y visto a la luz de la presencia de Dios, la luz de su santidad y gloria? ¿Cómo se ven los pensamientos de orgullo y autoexaltación cuando se los mira en presencia de Aquel ante Quien todas las naciones de la tierra son menos que nada y vanidad? ¿Cómo se manifiestan la obstinación, la impaciencia y el descontento con las asignaciones de la Providencia, cuando se las considera ejercidas ante el trono del Soberano infinito, eterno y universal? ¿Cómo se manifiestan los sentimientos de cólera, de envidia, de venganza, a los ojos del Dios de amor y en aquellas regiones de amor donde, desde la expulsión de los ángeles rebeldes, no se ha manifestado jamás un sentimiento semejante? ¿Cómo aparecen los pensamientos impuros y licenciosos? —Pero no podemos proseguir la repugnante y enfermiza enumeración—. Seguramente, si todos los malos pensamientos y sentimientos erróneos que han pasado en incontable número por… nuestros corazones, fueran derramados en el cielo, ¡los ángeles se horrorizarían al verlos! Toda su benevolencia, apenas les impediría exclamar con santa indignación: “¡Fuera con él a la morada de sus espíritus afines en el abismo!”. Sólo para el Dios omnisciente, no sería sorprendente. Él sabe y sólo Él sabe, lo que hay en el corazón del hombre. Lo que sabe de él, lo ha descrito en términos breves, pero terriblemente expresivos. “El corazón de los hijos de los hombres está lleno de mal y de insensatez en su corazón durante su vida… Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso” (Ec. 9:3; Jer. 17:9). Así se presenta nuestro propio corazón, incluso ante nosotros, si lo miramos a la luz del rostro de Dios y recordamos que, a sus ojos, los pensamientos y los sentimientos son acciones, que una mirada lasciva es adulterio y que el odio [es] asesinato…
El tema que nos ocupa está lejos de haberse agotado y muy lejos de que se le haya hecho justicia. Pero debemos dejarlo y apresurarnos a llegar a una conclusión. Sin embargo, antes de terminar, permítanme preguntarles si no pueden percibir, ahora, la razón por la que sus pecados parecen más numerosos y criminales a los ojos de Dios que a los suyos propios. ¿No han visto ni oído nada que los convenza de que son mucho más numerosos y graves de lo que suponían? Si es así, no han entendido nada de lo que se ha expuesto. Hablando con propiedad, no han escuchado nada de lo que se ha dicho. No han visto sus pecados a la luz de la presencia de Dios; pues si los hubieran visto a esa luz, les habrían parecido, en alguna medida, como le parecen al propio Dios… ¿No pueden concebir que si estuvieran, realmente, puestos en el cielo delante del trono de Dios, con toda la luz de su gloria brillando a su alrededor, toda la majestad de su rostro resplandeciendo sobre ustedes, cada mirada de su ojo omnisciente penetrando en sus corazones, sus pecados les parecerían mucho más graves y numerosos de lo que les parecen ahora? Si es así, permítanme recordarles que se acerca un día en el que se verán obligados a ver sus pecados tal como aparecen a la luz del rostro de Dios. Cuando llegue ese día, su Hijo eterno, el Juez designado, será visto viniendo en las nubes del cielo con todas las glorias de su Padre resplandeciendo a su alrededor y todos los brillantes ejércitos del cielo siguiéndole en su séquito. Sentado en un trono de resplandeciente blancura, con un rostro ante cuyos terrores huirán espantados los cielos y la tierra, Él convocará ante Sí, a toda la raza humana y allí, hará pasar revista a sus vidas, expondrá al descubierto todos sus pecados secretos, abrirá los más íntimos recovecos de sus corazones… Pero la convicción de pecaminosidad y culpa llegará entonces, demasiado tarde. No hay arrepentimiento disponible más allá de la tumba. Aquel que sea hallado pecador en el Día del Juicio, continuará siéndolo y será tratado como un pecador para siempre. Oh, entonces, oyentes míos, sean convencidos, ahora, de venir a la luz para que sus obras sean reprendidas y puestas en orden delante de ustedes.
Tomado de Pecados evaluados a la luz del cielo (Sins Evaluated by the Light of Heaven) en Las obras completas de Edward Payson (The Complete Works of Edward Payson), Vol. 2, reimpreso por Sprinkle Publications.
Edward Payson (1783-1827): Pastor congregacional estadounidense de la Iglesia Congregacional de Portland, Maine; nacido en Rindge, New Hampshire, USA.
Footnotes
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LBLA (Siglas de La Biblia de las Américas) – El autor escribió este artículo originalmente en inglés, usando la Versión King James (KJV). Aunque, por lo general, no usamos la LBLA, ésta coincide aquí, literalmente, con el original y el inglés de la KJV. ↩
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Irradiado – Iluminado. ↩
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Insufrible – Imposible de soportar. ↩
-
Causas segundas – Medios por los cuales se ejecuta la divina Providencia. ↩
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Meridiano – Perteneciente a la fuerza del sol a mediodía. ↩
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Etéreo – Celestial; excelso. Intangible. ↩
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Voliciones – Actos de voluntad y elección. ↩
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Inmaculada – Sin mácula o mancha; libre de tacha. ↩
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Seráficas – Relacionado con los serafines, los ángeles de la orden superior. ↩
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Imprecación – Expresión del deseo de que alguien sufra el castigo, condenación, execración. ↩
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Prevenir – Acudir con anticipación. ↩
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Intemperancia – Falta de dominio propio en el consumo excesivo de bebidas alcohólicas. ↩