En la justificación, Dios ha declarado justos a los pecadores culpables mediante la fe en la obra consumada de Cristo y lo ha hecho “por su gracia como don” (Romanos 3:24). Por lo tanto, aquellos que son salvos gratuitamente a través del evangelio también son llamados, empoderados y motivados para vivir una vida que refleje a Dios y le agrade. Motivados por el deseo de agradar y honrar al Señor, los cristianos deben luchar por la santidad (Hebreos 12:14) y ser hacedores de la palabra (Santiago 1:22). Hacemos morir el pecado (Colosenses 3:5) y vivimos en todas las cosas para Dios (Colosenses 3:17). Al hacerlo, nuestras vidas dan testimonio de la bondad de Dios, el poder del Espíritu Santo y la realidad del evangelio. Impulsados por la gracia, los creyentes crecen en el conocimiento de Dios, obedecen los mandamientos de Cristo, caminan en el Espíritu, mortifican el pecado y persiguen las prioridades y propósitos de Dios (Marcos 12:30-31; 1 Corintios 10:31; 1 Juan 5:2- 3). Esto da como resultado la piedad, que aumenta progresivamente en la vida del creyente.