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Introducción: el peligro de las distracciones
Por favor, abran sus Biblias en el libro de Hechos, capítulo 20. En mis 27 años de ministerio pastoral yo he ido a muchas conferencias para pastores, y una cosa que sé de la primera sesión —la que abre una conferencia para pastores— es que es muy fácil estar distraídos. Ayer su vuelo fue cancelado, como nos cancelaron el nuestro; apenas ayer están aclimatando aquí, están reuniendo con amigos y tomándose selfies, están buscando la mesa de libros, están recibiendo textos de las personas que dejaron allá en su casa, están checando cómo están sus hijos. Todas esas cosas. Pero esas distracciones realmente son superficiales.
Las distracciones realmente más significativas son las que tenemos como pastores, o esposas de pastores: distracciones que se vuelven un peso en nosotros mientras servimos a la iglesia. Y algo más: nos reunimos aquí y todos traemos diferentes cargas, responsabilidades, muchas cosas que están cargando nuestro corazón, situaciones que dejan nuestras mentes perplejas, o circunstancias que cargan nuestras almas. En medio de todas esas cargas y retos que vienen con el ministerio pastoral, es muy fácil que nuestra visión de lo que es el ministerio pastoral se vuelva borrosa; es muy fácil, con todo lo que tenemos que abrumar, que nos distraigamos con todas las complicaciones y perdamos de vista lo que realmente es importante en términos del nombre de esta conferencia: cuál es exactamente nuestro llamado.
Quiero empezar nuestro tiempo aquí con un texto esencial, especialmente para pastores. Pablo se está dirigiendo aquí a los ancianos de Éfeso; así que este es un discurso que se le dio a pastores, para preparar a los pastores para los retos del ministerio. Y si leemos este texto con cuidado y con atención, tanto su contexto como su contenido pueden, con la gracia de Dios, penetrar a través de las distracciones de lo que es la primera sesión, porque este texto tiene la intención de cautivar nuestra atención, de enfocar nuestras mentes y de clarificar nuestro llamado.
Hechos 20: el encargo final de Pablo a los ancianos de Éfeso
Vamos a ver juntos Hechos 20, vamos a leer desde el versículo 17 hasta el 28.
17 Desde Mileto mandó mensaje a Éfeso y llamó a los ancianos de la iglesia. 18 Cuando vinieron a él, les dijo: «Ustedes bien saben cómo he sido con ustedes todo el tiempo, desde el primer día que estuve en Asia. 19 He servido al Señor con toda humildad, con lágrimas y con pruebas que vinieron sobre mí por causa de las intrigas de los judíos. 20 Bien saben cómo no rehuí declararles a ustedes nada que fuera útil, y de enseñarles públicamente y de casa en casa, 21 testificando solemnemente, tanto a judíos como a griegos, del arrepentimiento para con Dios y de la fe en nuestro Señor Jesucristo. 22 »Ahora yo, atado en espíritu, voy a Jerusalén sin saber lo que allá me sucederá, 23 salvo que el Espíritu Santo solemnemente me da testimonio en cada ciudad, diciendo que me esperan cadenas y aflicciones. 24 Pero en ninguna manera estimo mi vida como valiosa para mí mismo, a fin de poder terminar mi carrera y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio solemnemente del evangelio de la gracia de Dios. 25 »Y ahora, yo sé que ninguno de ustedes, entre quienes anduve predicando el reino, volverá a ver mi rostro. 26 Por tanto, les doy testimonio en este día de que soy inocente de la sangre de todos, 27 pues no rehuí declararles todo el propósito de Dios. 28 »Tengan cuidado de sí mismos y de toda la congregación, en medio de la cual el Espíritu Santo les ha hecho obispos para pastorear la iglesia de Dios, la cual Él compró con Su propia sangre.
Para que sintamos el peso de este texto, el contexto aquí es muy importante. Pablo va camino a Jerusalén —eso lo podemos ver en el versículo 16—; llega a Jerusalén para el día de Pentecostés, que era en el mes de mayo, y no quiere que lo retrasen en Éfeso. Así que convoca a los ancianos de Éfeso para que lo vean, y eso significa que tuvo que enviar un mensajero varios días hasta Éfeso, y los ancianos tuvieron que viajar varios días para venir a ver a Pablo. Así que los convoca para una reunión, un encuentro final, estratégico y crucial. Estos son hombres con los que él había pasado tres años: los había evangelizado, había servido con ellos, él los había colocado en el ministerio; estos eran sus hijos espirituales y amigos muy queridos.
Este es un momento muy conmovedor. Pablo no sabe todo lo que le depara el futuro, pero él sí sabe —como dice el versículo 23— que le esperan cadenas y aflicciones, y sabe algo más: que ninguno de estos queridos amigos y colaboradores en el evangelio volverá a ver su rostro en esta vida. Por eso hay llanto al final del capítulo. Y también sabe que en los próximos días —versículo 29— vendrán lobos feroces a esta iglesia, que no van a perdonar al rebaño, y que algunos surgirán de entre ellos mismos para desviar a las personas del evangelio. Así que este momento es conmovedor, es final y es urgente.
En momentos como estos, ¿cuáles serían tus últimas palabras a tus hijos espirituales? Les estás entregando la iglesia a ellos, y tú sabes que vienen problemas tremendos. ¿Qué les dirías? Es tu última oportunidad de invertir en ellos, tu última oportunidad para prepararlos para los días que vienen, tu última oportunidad para fortalecerlos para que sean fieles a Cristo.
Pues vemos el encargo final de Pablo en el versículo 28: tengan cuidado de sí mismos y de toda la congregación, en medio de la cual el Espíritu Santo les ha hecho obispos para pastorear la iglesia de Dios, la cual Él compró con Su propia sangre. Un erudito le llama a esto «el centro práctico y teológico» del discurso de Pablo. Este es el encargo final de Pablo, y creo que podemos decir que es su definición cristalizada de lo que es la responsabilidad pastoral. Y noten que no menciona la relevancia cultural de la iglesia; tampoco los manda a tener un involucramiento sofisticado con la cultura; no menciona nada de la política, ni de otro tipo de promociones, de venta de libros o de redes sociales; no hay nada aquí que vaya a cautivar la atención de los blogs, de los blogueros, o de los que andan dando conferencias. Dos cosas nada más: les dice que tengan cuidado de sí mismos y de la congregación, del rebaño. Y ese mandamiento es imperativo: dice «tengan cuidado».
Pablo, para «ejercer supervisión» o «tener cuidado», usa un verbo que comunica una atención urgente. Si ven en los evangelios, esta es la palabra que usaba el Señor Jesucristo cuando nos decía: cuidado, cuidado, guardaos muy bien, vigilen, tengan mucho cuidado, estén muy interesados en esto, manténganse en un estado de alerta alta. Y ese imperativo, como muchos otros aquí en este discurso, sugiere una actividad constante que no para: continuamente estén atentos, incansablemente tengan cuidado, nunca dejen de estar atentos, de tener cuidado de ustedes y de la congregación.
El enfoque de este mensaje —y el tema de esta conferencia— está en la primera prioridad: el pastor y su llamado a una vida piadosa. «Tengan cuidado de ustedes mismos» —y el orden en el que están estos dos imperativos, estas dos cosas a las que hay que tenerle cuidado, es muy significativo—, porque tú no puedes cuidar o tener cuidado de la iglesia, del rebaño, si no tienes primero cuidado de ti mismo. No importa qué tan duro trabajes: no puedes ser un pastor fiel siendo descuidado de tu vida, de tu corazón, de tu carácter, de tus motivos, de tu comportamiento. Y esto le hace eco al encargo que le hizo Pablo a Timoteo, años después, en primera de Timoteo capítulo 4:
16 Ten cuidado de ti mismo y de la enseñanza. Persevera en estas cosas, porque haciéndolo asegurarás la salvación tanto para ti mismo como para los que te escuchan.
Así que esa es la demanda sencilla que este texto nos pone al empezar esta conferencia, y la podemos resumir de esta manera —este es mi mensaje, y este es el mensaje de la conferencia—: el cuidado vigilante de mi propia vida es la primera responsabilidad que yo tengo como pastor. Un cuidado vigilante de mi propia vida es mi trabajo número uno.
Y con todo lo que viene a nuestras manos como pastores —y hay muchas responsabilidades necesarias: cuidar nuestra doctrina como Cristo crucificado se la dio a los corintios en el evangelio, manejar con precisión la palabra de verdad, soportar con paciencia el mal que padezcamos, corregir a los que se oponen con gentileza, reprender, regañar, exhortar, pero con paciencia—, eso es suficiente material para tener aquí toda una vida de conferencias de Fieles. Pero con todo lo que hacemos para cuidar, enseñar y pastorear al pueblo de Dios, nada trasciende a nuestra responsabilidad de, en primer lugar, tener cuidado de nosotros mismos.
Hermanos, el llamado al ministerio pastoral es un llamado a la piedad, a la santidad; un llamado a guardar nuestros corazones, a huir de la tentación, a mortificar el pecado, a buscar la justicia y a caminar humildemente en nuestra propia vida, con nuestras familias, con nuestros colegas pastores y con el pueblo de Dios; un llamado a permanecer en Cristo, a tener comunión con Él en la oración. Y vamos a explorar más de todas esas cosas esta semana, por medio de hombres que son más piadosos que yo. Pero yo quiero empezar esta tarde siendo guiado por Pablo, con toda la claridad, el peso, la urgencia y la esperanza que Pablo nos provee aquí: un cuidado vigilante de mi propia vida es mi primera responsabilidad como pastor.
Ahora bien, en este texto que es tan rico y tan denso —aquí podríamos pasar toda la semana solo en este texto—, Pablo nos da varias razones muy fuertes, motivaciones sobre por qué guardar y tener cuidado de nuestra propia vida como primera responsabilidad. Pablo fundamenta este mandamiento en unas realidades bíblicas enormes, y vamos a ver dos de esas razones aquí de nuestro texto.
Primera razón: por Aquel que nos llamó y la naturaleza de ese llamado
Noten las palabras de Pablo con mucho cuidado: «tengan cuidado de sí mismos y de toda la congregación, en medio de la cual el Espíritu Santo les ha hecho obispos». Aquí aprendemos algo: aunque fue Pablo quien evangelizó a los de esa iglesia y levantó a esos hombres, el orden de su llamado no es exactamente lo que vemos a primera vista. Aquí el orden del llamado es que lo prioritario no es la congregación primero; ese llamado no sucedió por la iniciativa de los ancianos, de los pastores, ni por sus logros. Fue el Espíritu Santo el que los hizo pastores, el que los designó y llamó para ser pastores. Y eso tampoco fue idea tuya. Noten que fue el Espíritu Santo el que los llamó a ser pastores.
A veces leemos esas palabras muy rápido, pero debemos ponerles mucha atención: ¿quién te hizo pastor? Aquel que, junto con el Padre y el Hijo, habita en luz inaccesible; aquel que es alto y sublime, que mora por la eternidad, y que es santo. Y es importante leer este texto en el contexto del libro de Hechos, porque ahí vemos que el Espíritu Santo no solo traspasó corazones e hizo que naciera la nueva iglesia del pacto, dieciocho capítulos antes, en el capítulo 2; también preservó la pureza y la santidad de la iglesia ejecutando a Ananías y a Safira, quince capítulos atrás; también tiró al suelo y dejó ciego al peor perseguidor de la iglesia, y lo convirtió en su siervo, como siete capítulos atrás; y protegió a la iglesia ejecutando al rey Herodes, ocho capítulos antes, en el capítulo 12. Esto fue todo lo que hizo el Espíritu Santo, y no es alguien con el que se puede jugar.
Y si es el Espíritu Santo el que me hace pastor —¿qué te hace a ti ser un pastor?—, el que nos salva, el que mora en nosotros y el que por su gracia nos da dones que no merecemos, para que sean usados no para nuestro beneficio, sino para honrarlo a Él y para exaltar a Cristo, el que celosamente protege su propia gloria y la santidad de su propio pueblo… si eso es verdad, ¿qué clase de pastores deberíamos ser? Deberíamos ser pastores que, en el temor de Dios, tenemos sumo cuidado de nuestras propias vidas.
Yo supongo que esos ancianos a los que Pablo les estaba hablando ya lo habían escuchado antes, porque conocían a Pablo y habían sido entrenados por Pablo, y así es como Pablo se veía a sí mismo. Vean cómo habla Pablo acerca de él mismo ahí en nuestro texto: vean en el versículo 18, «ustedes bien saben cómo he sido con ustedes todo el tiempo, desde el primer día que estuve en Asia; he servido al Señor con toda humildad, con lágrimas y con pruebas que vinieron sobre mí». Vean en el versículo 19 «servido al Señor»: ahí tampoco usa la palabra normal para servir; usa una palabra que se usaba para los esclavos, y significa llevar a cabo las labores de un esclavo, entregarte a ti mismo en servicio a otro. Porque Pablo sabía quién lo había llamado, y eso fue lo que lo llevó a la manera en la que él hacía su ministerio: sirviendo al Señor con toda humildad, con lágrimas, con pruebas.
Cuando tú te ves como Pablo —llamado por un Dios santo y sirviendo a un Dios santo— vas a servir con humildad, vas a servir con lágrimas, lo vas a hacer con un corazón sincero, y no vas a ser un pastor profesional; vas a servir aun al pasar por las pruebas, y tal vez hasta vas a abrazar con alegría el sufrimiento por tu Maestro, y vas a tener cuidado de tu vida.
El hecho de que él era propiedad de Dios determinaba por completo la identidad de Pablo, daba forma a todo su ministerio. Y aquí vemos algo de la declaración de misión de la vida de Pablo, en el versículo 24, y esto es lo que informaba su actitud en cuanto a las prisiones y las cosas difíciles que le aguardaban en Jerusalén: «pero en ninguna manera estimo mi vida como valiosa para mí mismo, a fin de poder terminar mi carrera y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio solemnemente del evangelio de la gracia de Dios». Si tomamos este versículo con seriedad, eso te produce humildad. La vida de Pablo, su existencia terrenal, no tenía ningún valor independiente; su vida, sus placeres, sus valores, su seguridad, no tenían nada valioso para él. Él no atesoraba esas cosas, ni demandaba esas cosas, ni peleaba por esas cosas; su único interés era terminar su carrera y ser fiel al llamado que Cristo le había dado.
Y esa es la razón por la que vemos también, en otros textos —creo que en primera de Corintios 9—, la razón por la que Pablo usa la metáfora de una carrera: «yo me disciplino a mí mismo y lo mantengo bajo control, y lucho contra el pecado y huyo de la tentación, porque quiero terminar la carrera, quiero recibir el premio, no quiero ser descalificado, no quiero deshonrar al que murió por mí».
Hermanos, en el corazón de nuestro llamado como pastores está un llamado a la santidad. Vean los requisitos para un pastor en primera de Timoteo 3 y en Tito 1: todos esos requisitos, con la excepción de uno, están relacionados con el carácter. No hay nada ahí de tipos de personalidad, de niveles de educación, de posición social; todo se trata del carácter de la vida de un hombre. ¿Y qué está detrás de eso? Yo creo que esto es lo que está detrás: bíblicamente hablando, lo que hay detrás de este llamado pastoral es un carácter que testifica del poder transformador de una vida.
Y esta es nuestra tentación: es muy fácil para un pastor sumergirse a sí mismo en el servicio a Dios y descuidar al Dios al que sirve, y luego descuidar su alma, su matrimonio, su familia, el bienestar espiritual de sus hermanos en el ministerio. Y esta es la ironía: cuando hacemos eso —cuando descuidamos a Dios y su llamado personal para con nosotros— fallamos precisamente en aquellas cosas que son las que nos califican para el ministerio pastoral. Un pastor fiel tiene cuidado de su vida, y al hacerlo da un ejemplo: un ejemplo que da testimonio de la realidad del mensaje que él proclama. No un ejemplo perfecto, pero un ejemplo fiel.
Creo que uno de los momentos más interesantes —o de los que más van a recordar de esta conferencia— tal vez no va a suceder aquí en el auditorio, sino en la mesa de libros; y conociendo a los hombres que planean esta conferencia, les aseguro que ustedes van a ir ahí y a experimentar un banquete de buenos libros, llenos de buena enseñanza bíblica y sana doctrina, que van a moldear sus mentes, que van a informar su servicio. Eso es un don, un regalo, y vayan y háganlo. Pero sepan esto: es mucho más fácil darle más atención, tener más cuidado de los libros, que tener cuidado de nuestra propia vida. Es bueno leer, y es crítico hacerlo, pero no es tan difícil. Lo que sí es difícil es humillarnos; lo difícil es negar nuestras pasiones; lo difícil es poner el honor de Cristo por encima de nuestra reputación.
Esta conferencia está diseñada para equiparlos para estudiar también, pero no solo sus libros: estudien sus propias almas, háganse sabios acerca de su alma, tengan sumo cuidado de sus almas. La sana doctrina es absolutamente esencial, no es negociable, nos da vida; pero para el pastor no es suficiente, porque el llamado del pastor es un llamado a tener carácter. Nuestras vidas inevitablemente le van a dar un testimonio al mundo de lo que somos: si vivimos una vida de integridad, vamos a dar un testimonio preciso y correcto de lo que proclamamos; pero si no vivimos vidas de integridad, entonces nuestras vidas van a estar diciendo algo falso acerca de nuestro Salvador, de su misericordia y de su gracia. No queremos —yo sé que ustedes no quieren, y yo no quiero— que una vida infiel mía apague la voz del evangelio de Cristo que proclamo. Tengan sumo cuidado de ustedes mismos por causa de Aquel que los llamó y que los cambió; los llamó a un llamado santo, a dar testimonio de Él.
Segunda razón: por aquellos a los que hemos sido llamados a servir
La primera razón fue por Aquel que nos llamó; la número dos es por aquellos a los que hemos sido llamados a servir. A mí me encanta el libro de Hechos, y gran parte de este libro se trata de la misión del evangelio avanzando; pero este texto tiene una riqueza eclesiológica muy grande. Si vemos con atención, vamos a ver que este texto transpira el corazón de Dios por su pueblo, y es la misma manera como se refiere a tu iglesia: «tengan cuidado de sí mismos y de toda la congregación», o de todo el rebaño.
Cuando Pablo se refiere al rebaño, una cascada de textos del Antiguo Testamento debería inundar nuestra mente, porque una y otra vez el Antiguo Testamento se refiere a Israel como el rebaño de Dios, como el pueblo de su prado, como las ovejas de su mano, a las que Él guía, las cuida y las protege y las dirige, como lo hizo el Señor Jesús: Él es el buen pastor, y Hebreos lo llama el gran pastor de las ovejas, que conoce a las suyas. Piensen ahorita sobre los miembros de sus iglesias, allá en su ciudad: ellos son preciosos para el Señor.
Y en el Antiguo Testamento también, a los líderes de la nación se les llamaba pastores, porque eran designados para brindarles el cuidado pastoral de Dios a su pueblo, y esa es la razón por la cual, cuando ellos descuidaban a las ovejas, cuando eran malvados con las ovejas o abusaban de ellas, Dios los condenaba de una manera tan severa. Los invito a que en uno de sus tiempos devocionales lean todo el capítulo 34 de Ezequiel. Cuando leemos aquí «rebaño», piensen en su gente, y piensen en el cuidado que Dios tiene de ellos: Él los va a cuidar con más fiereza que la que tú cuidas a tus propios hijos. Y luego piensen en el efecto de sus vidas, de su carácter, de su ejemplo, de las relaciones entre su equipo de pastores; piensen en el efecto que todas esas cosas tienen sobre su gente. Es un ejercicio muy importante.
Y Pablo agrega aquí, en el versículo 28, hacia el final, que ellos fueron llamados para pastorear «la iglesia de Dios», y aquí brotan más ecos del Antiguo Testamento y de Israel, como la ekklesía de Dios, la asamblea de Dios, aquellos que Dios reúne o convoca para adorar en su presencia. Aquí estamos disfrutando una conferencia, pero sus miembros los están esperando allá en su ciudad: ellos son un pueblo privilegiado que habita también en la presencia de Dios. Y el posesivo aquí —«la iglesia de Dios»— explota con aplicaciones pastorales: la iglesia le pertenece a Dios, es de Él, no de nosotros; es la creación de Dios, no de nosotros; es la posesión de Dios, no de nosotros. Y eso significa que cosas enormes están en juego en cuanto a cómo dirigimos nosotros nuestra vida como pastores; nuestro primer llamado es ser ejemplos, y el griego aquí es bien claro: tener cuidado de nosotros mismos es para el propósito específico de ser efectivos en tener cuidado del pueblo de Dios.
Una de las cosas más alarmantes que yo he visto —y tal vez ustedes también lo han visto— es lo ofensivo que es para los creyentes cuando los pastores no tienen cuidado de sus vidas. Y no me refiero únicamente a la inmoralidad, que obviamente puede hacer explotar a una iglesia; también me refiero al orgullo, a la amargura, a la ambición egoísta. Yo les podría presentar personas que antes se deleitaban en la iglesia, pero por el efecto dañino de la vida de un pastor —y no únicamente debido a eso, pero sí fue algo significativo— algunos de ellos ya ni siquiera van a la iglesia, se alejaron de la iglesia y de los pastores, y algunos ni siquiera están caminando con Cristo. En inglés se usa una frase, «deconstruyeron su fe» —es una manera elegante de decir apostasía—; puedo pensar en iglesias que antes eran vibrantes y ahora son una cáscara de lo que solían ser, y muchas de ellas ya ni siquiera existen, porque las iglesias se dispersan cuando el pastor es golpeado, cuando lo consideramos desde la perspectiva de Dios.
Así que tenemos que preguntarnos: ¿cuál es la influencia de mi vida, de mi corazón, de mis hábitos, de mis acciones, de mis actitudes, sobre las ovejas de Dios, a quienes Él ama y a quienes Él protege? ¿Qué ejemplo estoy dando yo en la iglesia de Dios, entre quienes Él habita? Porque la iglesia es, de todas las entidades que existen sobre la tierra, la más querida y la más cercana al corazón de Dios. ¿Cómo la estás tratando? ¿Cómo estás tratando a la novia de Cristo? ¿Qué ejemplo le estás dando a la novia de Cristo?
Y no debemos pasar por alto el más grande indicador del amor de Dios por esa iglesia. Véanlo en el versículo 28, hacia el final: «para pastorear la iglesia de Dios, la cual Él compró con su propia sangre». Tal vez la más profunda definición de una iglesia: las personas que temporalmente son encomendadas a su cuidado, a quienes se les da el mandamiento de seguir tu ejemplo. ¿Quiénes son ellos? La iglesia que Él compró con su propia sangre. Cada iglesia representada aquí —tu iglesia, con todos sus gozos, con sus retos y también con sus frustraciones—; ahorita hay personas en tu iglesia que están pecando, es trabajo duro. Pero ellos son la posesión personal de Dios, comprados por Él, por un precio infinitamente alto, preciosos para Él, y deberían ser preciosos para nosotros.
El gran pastor puritano Richard Baxter le dio este consejo a los pastores: cada vez que miramos a nuestras congregaciones, recordemos, creyéndolo, que ellos son los que la sangre de Cristo compró, y por lo tanto deben ser tomados en cuenta por nosotros con el más profundo interés y con el más tierno afecto. Si contemplamos qué fue lo que compró a nuestras congregaciones, eso va a producir en nosotros un tierno afecto por nuestras congregaciones, y te va a motivar a vivir de tal manera que tu vida siempre los apunte hacia el Salvador.
El tema de esta conferencia —el llamado del pastor a una vida piadosa— es un tema peligroso, hermanos, porque si este énfasis lo aplicamos de una manera no sabia, o con la motivación incorrecta, puede producir lo contrario: autojustificación, pastores legalistas, pastores que están consumidos por las cosas externas, pastores que lo único que quieren es que todo mundo sepa cómo hacen ellos las cosas, o pastores que son arrogantes en su propio ejemplo. El Señor no nos llama, como pastores, a un programa de logros con autojustificación; Él nos cautiva y nos empodera para vivir vidas para su gloria. Y nada va a inspirar más nuestra búsqueda de la piedad que contemplar lo que Cristo tuvo que hacer para comprarnos, y para comprar el privilegio de que tú vas a servir a tu gente de una manera más efectiva cuando le permitas a la sangre de la cruz de Cristo motivarte, cuando eso te asegure del amor de Dios, te inspire a vivir una vida que refleje la de Cristo, y todo para su gloria y para el bien de aquellos que Él compró con su sangre.
La esperanza no está en nosotros
Y así de sobrio y de urgente como es este llamado de Dios a los pastores por medio de Pablo, ahí no es donde concluye Pablo. Vean el versículo 32: «ahora los encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia, que es poderosa para edificarlos y darles la herencia entre todos los santificados». Las palabras de Pablo, por más pesadas que sean, más bien expresan una profunda confianza. ¿Cómo van a poder hacer esto? Pablo ya se va; vienen lobos, y gente que va a salir de entre ellos mismos para intentar apartarlos de ser fieles. Lo que Pablo les dice aquí no era la manera más efectiva de reclutar voluntarios para el ministerio pastoral, pero esta es la razón por la que Pablo tenía confianza en cuanto al futuro de esta iglesia y de ese rebaño: «yo los encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia».
Pablo se los encomienda al cuidado y a la protección de Dios. Cuando se despide de estos hombres a los que ya no va a volver a ver, le transfiere a Dios la responsabilidad por esa iglesia; su esperanza no está en ellos, su futuro no depende de que tengan un desempeño perfecto, ni de sus habilidades pastorales, ni de su fuerza de voluntad. Su futuro tampoco depende de los lobos ni de los futuros apóstatas. Su futuro depende del Dios que los compró y que los sostiene, y quien, a través de la palabra de su gracia —que es el evangelio— está activo para edificarlos, para fortalecerlos, para protegerlos y para sostenerlos, y finalmente para llevarlos a la herencia que Él ha preparado para ellos: vida eterna y gozo en la presencia de nuestro Salvador.
Y como podrán ver por este mensaje, el llamado a la santidad para un pastor es un llamado muy serio, es un llamado muy sobrio; pero no es un llamado áspero, ni frío, ni mecánico. Y esta es la razón: Dios ama a los pastores —no nada más los usa, Dios ama a los pastores—, y ama a las esposas de los pastores, y a los líderes de grupos pequeños, y a los miembros del equipo de alabanza, y a los ujieres, y a los administradores, y a los fotógrafos: a todos aquellos que están dando sus vidas para servir a aquellos por los que su Hijo murió. Pablo no nada más se los estaba aventando a Dios diciendo «Señor, aquí están, tómalos»; los estaba encomendando a las manos fuertes y amorosas de Aquel que había muerto por ellos, que es lo suficientemente fuerte para guardarlos, y Él ama darle a los pastores la gracia suficiente para que ellos apunten y encaminen a su pueblo hacia su Salvador.
¿Quién es el que está detrás y garantiza la productividad de tus labores y esfuerzos? Es el que te llamó. Que puedas tener cuidado de ti mismo y de la congregación es el poder que fluye desde la cruz de Cristo. Yo estaba meditando en esto esta semana, y si no fuera por ese trabajo —un peso tan fuerte que nos pone este texto— me aplastaría, me aplastaría. Y no es nada divertido tener que preparar un sermón sobre cómo cuidar tu vida; pasé toda la semana peleando, peleando contra Satanás, contra la condenación y la tentación de hablarle a Carlos y decirle: «Carlos, tú predica este mensaje». Pero esta es la razón por la que lo pude hacer, y esta es la razón por la que podemos tener cuidado de nuestras vidas, y la razón por la que podemos servir a su pueblo: sabiendo Él lo peor de nosotros, aun así nos llamó, y por su Espíritu nos empodera para vivir vidas que le traigan a Él gloria, para servir a su pueblo, para poder correr nuestra carrera, y recibamos con estas manos sucias e indignas una herencia gloriosa. Todo para la gloria de Jesús.
Vamos a orar. Padre celestial, las palabras de Pablo a los corintios vienen de manera muy pesada ahora mismo: «¿quién es suficiente para estas cosas?». Nuestra suficiencia viene de Cristo, que nos hizo aptos para ser ministros de un nuevo pacto, no en la letra de la ley, sino en el espíritu. Oro que esta semana, Padre, tu Espíritu esté obrando poderosamente, no haciéndonos vernos más a nosotros mismos, sino que nos lleve a verte a ti, a mirarte a ti, para ver tu gracia, tu gloria, y la gloria de nuestro llamado como pastores, para ver lo precioso que es tu pueblo para ti. Para ser frescamente inspirados y frescamente equipados, aun esta semana, por tu Espíritu, transformándonos; que nuestras vidas sean dignas del llamado que hemos recibido, y que apunten a todos los que servimos hacia ti. Y todo para tu gloria, y el bien de tu iglesia. En el nombre de Jesús oramos, amén.