
Dios verdadero, Vida eterna,
Redentor de los pecadores,
entrego mi cuerpo, mi alma, intelecto, voluntad, y afectos a ti.
Llamo al día, al sol, a la tierra, los árboles, las piedras,
el viento, la lluvia, la escarcha, la nieve,
a mi casa, la cama, la mesa, la comida,
a mis libros, bebida, ropa,
como testigos de que vengo a ti para que mi alma descanse
de los truenos de la culpa y el temor a la eternidad.
Concédeme un corazón circuncidado para amarte, un espíritu recto para buscar tu gloria, un fundamento interior que tú aceptes, un interés en la sangre que purifica, la justicia que justifica, la redención que libera, para que no sea hallado hipócrita en el Día del Juicio.
Por amor a tu cruel muerte, toma mi tiempo, mi fuerza, dones, talentos, utilidad y piedad, que con propósito sincero consagro a ti. No permitas que el pecado halle morada en mi corazón para oscurecer mi visión, ni que acto insensato marchite mis dones.
Presérvame de las caídas por las que otros tropiezan, para que tu nombre no sea blasfemado ni herido, para que tu pueblo no sea afligido, para que tus enemigos no se endurezcan, para que mi paz no sea quebrantada.
Dame un corazón lleno de amor hacia ti y hacia otros. Permíteme descubrir en esta vida quién soy delante de ti, para no descubrir en la eternidad que fui alguien distinto.
Prepárame para la muerte, para no morir tras larga aflicción ni de repente, sino tras breve enfermedad, sin confusión ni desorden, y con un sereno tránsito en paz, con un adiós a los hermanos. No permitas que mis días terminen como madera vieja en una casa, sino concédeme un silencioso paso de un mundo al otro.
Inscribe estas peticiones en tu libro, preséntalas ante tu Padre, y pon tu Amén sobre ellas, como yo lo hago en mi parte del pacto.