Cristo y la santificación
Octavius Winslow (1808-1878)
Por medio de revelaciones sencillas, íntimas y minuciosas de la cruz de Cristo, el Espíritu santifica eficazmente al creyente. Éste es el verdadero y gran método de santificación evangélica. En esto radica el secreto de toda santidad verdadera y, permítanme agregar, de toda felicidad verdadera. Porque si separamos la felicidad de la santidad, separamos aquello que, en el Pacto de Gracia, Dios ha unido sabia e indisolublemente. La experiencia del verdadero creyente tiene que dar testimonio de ello. Sólo somos felices en la medida en que somos santos; a medida que el cuerpo de pecado es diariamente crucificado y a medida que el poder del principio de pecado en nosotros se va debilitando y se conforma mejor al ejemplo de Jesús. Por lo tanto, no busquemos un andar feliz aparte de un andar santo. Probablemente, tendremos pruebas; de hecho, las tendremos si estamos dentro del pacto del Señor porque Él mismo ha dicho: “En el mundo tendréis aflicción” (Jn. 16:33). Tendremos desilusiones —caminos escabrosos, cielos invernales, pero si andamos en comunión con Dios, caminando en la luz, creciendo en todo lo que concierne a las cosas de Dios, [con] el Espíritu de adopción morando en nosotros, podremos avanzar hacia una entrega filial y sin reservas— ¡Oh, hay felicidad inmarcesible, aun en la profundidad misma de aflicciones exteriores! Un andar santo es un andar feliz. Éste es el orden divino y, por lo tanto, tiene que ser sabio y bueno.
El Espíritu santifica, de manera especial y eficaz, por medio de la cruz de Jesús. Ampliemos este punto, no sólo porque Él mismo lo presenta en su Palabra, sino también por la firme convicción de que poco se puede avanzar en santidad sin un conocimiento creciente de Cristo como la santificación del creyente. Una referencia a la Palabra de Dios pone esta verdad en su correcta perspectiva. “Y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt. 1:21). No sólo los salvará de la culpa y condenación del pecado, sino también del poder o la soberanía del pecado, de manera que “el pecado no se enseñoreará de vosotros” (Ro. 6:14)… También, “a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús” (1 Co. 1:2). Pero la referencia más impresionante sobre esta verdad importante se encuentra en el versículo 30 del mismo capítulo 1 de 1 Corintios, donde menciona, especialmente, al Señor Jesús como hecho por Dios la santificación de su pueblo: “Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención”. Es esencial para una comprensión correcta del tema, saber en qué sentidos es Cristo hecho nuestra santificación, de modo que creyendo en Él y recibiéndole como tal, “crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo” (Ef. 4:15).
En primer lugar, la obra expiatoria de Cristo sienta el fundamento de la santificación. Abre el camino por el cual Dios, por así decir, puede tratar con el alma, la importante cuestión de su santidad. Sólo sobre la base de la honra a su Ley, su santidad asegurada y su justicia satisfecha, puede Dios, en su misericordia, tener comunicación con el pecador. Vemos aquí la gran gloria de Jesús como el Dios-Hombre Mediador. Su obra expiatoria abre el cauce por el cual Dios, sin comprometer ni una perfección de su naturaleza, puede comunicar al alma, el poder salvador y santificador de su gracia. La obediencia y el derramamiento de la sangre de nuestro Amado Señor están siempre conectados en la Palabra divina con la santificación de la Iglesia. Bastarán unos pocos ejemplos para demostrarlo.
Refiriéndose a la santificación legal, pero imperfecta de los sacrificios bajo la ley, el Apóstol presenta un argumento a favor de la santificación superior por medio de la sangre de Jesús. “Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?” (He. 9:13-14… Consulte el lector también los siguientes pasajes: Ro. 5:9; 1 P. 3:18; Col. 1:14, He. 2:14-15; 1 Jn. 4:10).
Es así que la sangre expiatoria de Jesús sienta el fundamento de todos los niveles de santificación futuros. La cruz de Cristo es, por así decir, el punto de partida del alma en esta gloriosa carrera de santidad y la meta a la cual retorna. Por ella, el cuerpo de pecado es herido, y herido fatalmente. De ella fluyen perdón, paz y santidad. Y a través de ella, el alma se acerca a Dios cada día en entrega santa a su servicio. Nadie sueñe con una verdadera mortificación del pecado, de una santificación real del corazón que no se relacione constante, cercana y confiadamente con la sangre expiatoria de Jesús. El Espíritu Santo trae la cruz al corazón y lo constriñe a morir al pecado. “Con Cristo estoy juntamente crucificado” (Gá. 2:20), “a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte” (Fil. 3:10). “Yo traigo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús” (Gá. 6:17) —y ve cómo la cruz levantó [a Pablo] por encima del mundo y lo hizo morir a él—. “Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo” (Gá. 6:14). Así fue que Pablo anheló y obtuvo santidad.
La intercesión de nuestro Señor Jesús ruega y asegura la santificación del creyente. En este sentido, puede decirse que “nos ha sido hecho por Dios… santificación”. Es posible que el lector cristiano no perciba bien la relación estrecha de cada gracia y bendición espiritual que recibe con la defensa de Jesús a la diestra de Dios. (¡Señor, aumenta nuestra fe en esta verdad grandiosa y santificadora!). Estando aún sobre la tierra, nuestro amado Señor comenzó esa obra de intercesión para la santificación de la Iglesia la cual, para completar y continuar más plenamente, ascendió a lo Alto. Ésta era la carga de su oración y constituye, como observa John Owen, “el manantial bendito de nuestra santidad”; —“Santifícalos en tu verdad” (Jn. 17:17)—. Y no sólo lo dejaría, por así decir, como un modelo de la intercesión de su sacerdocio exaltado, sino también para brindar una evidencia de su éxito con el fin de alentarnos. A Pedro, a punto de pasar por una tentación severa, le dijo: “Yo he rogado por ti, que tu fe no falte” (Lc. 22:32). Y su fe no faltó. Fue zarandeado, severamente sacudido, puesto duramente a prueba ¡pero no faltó! No se perdió en el refinamiento ni una partícula del oro puro, ni un grano del trigo puro en el zarandeo. ¿Por qué? Porque Jesús había intercedido y su intercesión fue totalmente vencedora. ¡Oh, las bendiciones vastas y valiosas que fluyen dentro del alma gracias a la intercesión de Cristo! Nunca sabremos el alcance total de esto hasta que pasemos dentro del velo. Sabremos entonces, el secreto de nuestra vida espiritual, de todos nuestros apoyos, consolaciones y victorias: por qué el barco en la tormenta entre las rocas no terminó en un naufragio; por qué, cuando azotaban las tentaciones, las angustias presionaban, las aflicciones abrumaban y prevalecía la incredulidad, nuestra fe no faltó y nuestra (pequeña embarcación) no se soltó de sus amarres y que “de lo profundo” (Sal. 130:1) pudimos clamar: “A Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús” (2 Co. 2:14). El secreto entonces, se revelará; la intercesión de Jesús nuestro gran Sumo Sacerdote.
Cuán dulce y consolador es para el creyente en la hora de su muerte, cuando confinado a su cuarto solitario o languideciendo en su lecho de “enfermedad” (Is. 38:12), recuerda a nuestro excelso Emanuel. Sumido profundamente en el dolor para llevar en oración a su espíritu angustiado —su cuerpo tan debilitado por la enfermedad y atormentado por el dolor, que ni siquiera puede tener un pensamiento espiritual— ¡Oh, qué dulce es en ese momento la intercesión de Jesús! Cuán dulce es saber en la hora extrema del alma, cuando se han agotado el sentimiento y poder humanos, que Jesús ha entrado al cielo “para presentarse ahora por nosotros ante Dios” (He. 9:24). Y cuando toda expresión humana ha dejado de ser sobre la tierra, cuando el corazón está destrozado y los labios sellados, levantar los ojos y ver a nuestro Hermano mayor, el Hermano nacido para nuestra adversidad, excelso Sumo Sacerdote, agitando el incensario de oro ante el trono mientras la nube de su mérito expiatorio se presenta ante el trono de misericordia, llevando a la persona, el nombre, las circunstancias y las necesidades del que en la tierra sufre; ¡evangelio precioso que muestra al ojo de la fe una perspectiva dulce como ésta! Cuando no tienes ya la capacidad de pensar en Él, alma afligida, Él está pensando en ti. Cuando no puedes orar a Él, Él está orando por ti porque está “viviendo siempre para interceder” (He. 7:25). Pero nuestro Señor Jesús es la santificación del creyente en, aún otro, aspecto bendito.
Veámoslo como la Cabeza de toda plenitud intercesora de su pueblo. “Agradó al Padre que en él habitase toda plenitud” (Col. 1:19). “Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia” (Jn. 1:16). He aquí la santificación del creyente que lamenta la existencia y el poder del pecado en él, sintiendo que es más pesada su carga y más profunda la causa de su tristeza. En su creciente descubrimiento del mal escondido —cada sucesiva introspección puede ser más profunda y tenebrosa que la anterior— ¿a dónde más que a Jesús acudirá? ¿Hacia dónde puede volar más que a su cruz? Acorralado por todos los costados por una hueste de filisteos espirituales, sin que aparezca ninguna vía de escape, el Espíritu eterno conduce al alma a una mirada sencilla de Jesús, le muestra el vasto tesoro de su gracia y recibe gratuitamente a todos los que a Él acuden. ¿Y qué encuentra en esa plenitud? Todo lo que anhela: El perdón del pecado, esconder su imperfección, vencer la incredulidad y romper el poder de una terrible corrupción. Se encuentra con que hay lo suficiente en Cristo para hacerlo santo; que al llevar simplemente sus pecados a Jesús, le son perdonados; al llevarle sus marcadas debilidades, desaparecen; al llevarle sus necesidades, son satisfechas. En suma, encuentra que Cristo es su “sabiduría, justificación, santificación y redención” (1 Co. 1:30).
Tomado de Las obras del Espíritu Santo (The Works of the Holy Spirit), reimpreso por The Banner of Truth Trust.
Podemos referirnos a los creyentes como aquellos que son santificados por Dios el Padre, es decir, son apartados para un fin especial. Fueron apartados antes de ser creados, fueron legalmente apartados porque Cristo los compró, son manifiesta y visiblemente, apartados por el llamado eficaz del Espíritu de gracia. —Charles Spurgeon
Octavius Winslow (1808-1878)