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Me produce mucha humildad estar aquí; es muy dulce estar aquí, tener aquí a mi esposa. Y es muy dulce que hayas honrado a Abelardo: yo he conocido a este hombre por 27 años, y no quisiera que me tradujera nadie más; este hombre es una ilustración de lo que vamos a predicar esta noche. Hemos experimentado muchas cosas estos tres días, de una manera que nos ayude a preservar lo que el Señor ha estado haciendo aquí. Así que abran sus Biblias en la carta de Pablo a los Romanos, Romanos capítulo 12.
Una revista americana muy conocida tenía un artículo cuyo título de inmediato captó mi atención: «una teoría unificada de campo de Bob Dylan» —ustedes tal vez no sepan quién es Bob Dylan, el más influyente escritor y compositor en Estados Unidos de los últimos sesenta años— y el artículo tenía este subtítulo: «él ya está en sus años ochenta, ¿cómo se mantiene fresco?». Y otra cosa interesante es que ahí comparaban a Dylan con algunos de los más grandes artistas, y él, a su propia manera, es un fenómeno de creatividad longeva. Y el artículo continúa explorando el secreto de la longevidad de Dylan como artista, pero me estimuló una pregunta —una pregunta que me interesa mucho más, y una pregunta mucho más importante—: ¿habrá algún secreto que asegure la productividad a largo plazo, duradera y efectiva, de un pastor? ¿Qué hace la diferencia entre un pastor que corre fiel hasta el final, y un pastor que no lo hace, uno que empieza bien, y por algún tiempo corre rápido, pero que eventualmente se desvanece, pierde su energía por los propósitos de Dios, y a veces hasta abandona la carrera por completo?
En el diario de un pastor había un momento, el de su ordenación, cuando un ministro mucho más grande se le acercó y le habló de una manera muy solemne; lo miró a los ojos y le dijo: «recuerda que muy pocos hombres, y muy pocos ministros, mantienen hasta el final el filo que estaba en su espíritu al principio». ¿Cómo vamos nosotros, como individuos y como pastores, a mantener hasta el final el filo que estaba en nuestro espíritu al principio? ¿Cómo vamos a continuar corriendo duro, buscando la piedad, matando el pecado, aplicando todo lo que hemos oído esta semana?
Podemos identificar varios factores que contribuyen, pero creo que vamos a ver un factor muy prominente en el texto que vamos a ver esta noche; y está en un lugar sorpresivo, casi oculto en una letanía de mandamientos. Pero en esta cadena de imperativos encontramos un versículo que creo que nos revela el secreto para la longevidad pastoral, para esa fidelidad y esa productividad que perdura, y que no se disipa a medida que nos hacemos más viejos, sino que se vuelve más fuerte; y es una virtud que con frecuencia se pasa por alto, y que se puede descuidar muy fácilmente. Vamos a darle atención; y si la cultivamos y la protegemos, esta es una virtud que nos promete cosas grandes —promesas para el pastorado, para tu equipo de pastores, para tu iglesia y para cada cristiano—.
¿Cuál es ese secreto? Creo que lo encontramos casi oculto en este torrente de mandamientos en Romanos 12; está en el versículo 11: «no sean perezosos en lo que requiere diligencia» —pero también puede decir, «en su celo por el Señor»— «sean fervientes en espíritu, sirviendo al Señor». Creo que aquí Pablo nos revela el secreto: la olvidada virtud del celo, la pasión por Cristo. Y le llamo secreto porque muy a menudo lo pasamos por alto: ¿qué tanto has reflexionado tú sobre el celo por Dios? ¿Cuántos sermones has oído acerca de eso? Y en medio de la manera en que nos exaltamos en el mundo evangélico sobre nuestra competencia y nuestro profesionalismo, el celo es opcional; en nuestra cultura, donde ahora se celebra la ironía, el ser cool y el ser sarcásticos, no vas a encontrar que se celebre el celo —¿quién quiere que le llamen «celoso»?—.
Y aun bíblicamente, no es tan explícitamente prominente como otras virtudes, al menos si lo medimos por el número de palabras; pero no hacemos teología por el número de palabras. Si somos perceptivos, vamos a ver que está presente en todas partes en la Biblia, dondequiera que veamos a Dios: Isaías 9, por ejemplo, dice «el celo del Señor de los ejércitos hará esto»,
7 El aumento de Su soberanía y de la paz no tendrán fin sobre el trono de David y sobre su reino, para afianzarlo y sostenerlo con el derecho y la justicia desde entonces y para siempre. El celo del Señor de los ejércitos hará esto.
y a veces irrumpe en la vida de Jesús: «el celo por tu casa me consume»,
17 Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: «El celo por Tu casa me consumirá».
en todo lugar donde el evangelio es algo en lo que se reflexiona, y cuando su fruto se celebra, y cuando su misión se persigue. Y ese celo, aunque se le manda a todos los creyentes —y si tú estás aquí y no eres pastor ni líder, esto también es para ti, y también tiene promesa para ti— pero yo creo que esta virtud tiene una relevancia especial para los pastores; y es el texto el que me hace llegar ahí, como dice el versículo 8 de Romanos 12: ahí Pablo exhorta al que dirige, y creo que ahí tiene en mente primariamente a los que dirigen la iglesia. Él no dice «dirijan con sabiduría» —aunque eso es muy necesario—; tampoco dice «dirijan con gentileza» —aunque eso también es imperativo—; tampoco dice «dirijan con pureza» —aunque eso no es negociable—; dice «dirijan con diligencia», pero es con celo. El celo por Dios debe ser una virtud característica del pastor, y es una virtud que, por la gracia de Dios, puede asegurar una productividad y fidelidad duraderas.
Y esto es lo que yo amo acerca del celo: para todos nosotros, independientemente de nuestra edad, o de nuestra experiencia en el ministerio, o de nuestros dones pastorales, es una virtud que debemos valorar, que debemos proteger y que debemos buscar ansiosamente. Así que esta noche voy a explorar esa virtud olvidada del celo, y nos vamos a dejar guiar por Romanos 12; y yo creo que el Señor quiere alojar esta virtud en nuestras mentes y corazones como una prioridad pastoral, lo más importante; él quiere encender esta virtud en nuestros corazones para fortalecernos, para preservar nuestra fidelidad pastoral. Esa es nuestra meta esta noche; y, guiados por este texto, vamos a explorar esto con tres encabezados, tres dimensiones que oro que se nos graben en el corazón.
Uno: el imperativo del celo
Así se nos presenta este versículo: no es explorado, no es explicado, es mandado. Versículo 11: «no sean perezosos en lo que requiere celo, sean fervientes en espíritu sirviendo al Señor»; versículo 8: «el que dirige, con celo». No es una opción, es un mandamiento; tenemos que estar claros aquí: lo que Pablo está mandando es celo piadoso.
El celo es una de esas cosas que asumimos, pero que raramente definimos, porque todos tenemos imágenes de gente muy celosa en nuestras mentes —muy extrovertida, o en algún ministerio público muy impactante— y eso excluye a los más callados entre nosotros, a los que somos menos públicamente prominentes. Pero esta no es una virtud superficial, y no es función de tu personalidad; Pablo no nos está diciendo aquí que imitemos a los que tienen una personalidad tipo A.
Hay varias palabras que se traducen como «celo»; la principal es la que está aquí en nuestro texto, y que en otras partes se traduce como hacer las cosas con intensidad, con sinceridad; es menos que una emoción, la palabra habla de un compromiso serio, intenso, hacia algo o con alguien, de una devoción a una causa, una determinación tenaz, una inmutable resolución a un propósito. Así que es una combinación de sinceridad y compromiso, deseo y determinación; pero tenemos que llenar toda la película, porque hay algo así como el celo falso, como Jehú en el Antiguo Testamento, que se jactaba de su celo, y en realidad era un celo por la violencia, y no por la obediencia.
Y los puritanos nos ayudan mucho aquí; ellos nunca pasaban por alto el celo, lo estudiaban con un detalle escrupuloso; de hecho, catalogaron y condenaron todo celo falso, todo celo ciego. Este es un ejemplo de los celos falsos que identificaron los puritanos: celo por cosas triviales, celo que nos produce orgullo, lo que es apresurado, lo que se desanima con las dificultades, lo que levanta controversia, lo que divide, lo que resiste a la autoridad, lo que es áspero, lo que es intratable —podemos llamarlo calor sin luz— y eso no es una virtud, y eso puede ser destructivo. Y no estamos hablando solamente de pura pasión, de sentimientos fuertes, de un dogmatismo empedernido, o de una personalidad muy ruidosa; ninguno de esos es el celo piadoso.
El celo sagrado no solo se trata del calor de nuestras emociones, sino del enfoque de nuestros afectos, porque lo vemos ahí en el texto: el versículo 11 nos muestra el objeto de nuestro celo. «No sean perezosos en el celo, sean fervientes en espíritu, sirviendo al Señor»: sirvan al Señor. Este fervor interno, las energías de la mente, de la voluntad, de nuestra alma, tienen una meta, tienen un blanco: deben estar involucradas en servir a Cristo.
Y cuando consideramos el contexto, el paisaje en el que se nos da este mandamiento, vemos que esta frase está saturada de significado. Los que leían Romanos acababan de recibir la más magnífica exposición del evangelio que jamás se ha escrito: once capítulos exponiendo el clímax de la historia de la redención, celebrando el más grandioso acto —porque el sacrificio de su Hijo, a la misma vez, vindicó su justicia y rescató a los pecadores— eso está en Romanos 1 al 4; y ellos también vieron el efecto transformador de ese evangelio, esa gracia transformadora, eso es Romanos 5 al 8; y leyeron el final de Romanos 8, donde nos dan preciosas promesas: nada nos puede separar del amor de Cristo, en todo somos más que vencedores en Cristo. Así que este torrente de mandamientos, en el capítulo 12, no son simplemente notas de pie de página del evangelio de Pablo, son las implicaciones necesarias del evangelio: aquellos salvados por el Hijo de Dios están unidos al Hijo de Dios, y se les da la mismísima vida del Hijo; y eso debe producir en nosotros una expresión de celo por la gloria del Hijo.
Cuando Pablo dice «tengan celo y sirvan al Señor», no está llamando a cristianos especiales a un heroísmo espiritual, sino que es una repercusión del evangelio, cuando es soltado en medio del mundo y de nuestras vidas: arde con pasión, pero arde con un enfoque. Todas las energías del alma son encendidas por el Espíritu, que empieza a arder con pasión por Jesucristo; nosotros ardemos por conocerlo, ardemos por agradarle, ardemos por glorificarle.
J. C. Ryle nos habla de una manera bien clara, como un rayo láser, de lo que es este celo; dice esto: «un hombre celoso, en la religión, es preeminentemente un hombre de una cosa. No es suficiente decir que él es sincero, entregado, comprometido, ferviente en espíritu; él solo ve una cosa, le interesa una cosa, vive para una cosa, está cautivado por una cosa, y esa cosa es agradar a Dios. Ya sea que viva o que muera, ya sea que sea rico o pobre, ya sea que agrade a los hombres o los ofenda, ya sea que lo vean como sabio o como necio, ya sea que reciba honor o vergüenza, todas estas cosas no le preocupan a este hombre celoso; él arde por una cosa, y esa cosa es agradar a Dios y avanzar su gloria».
Reconocieron una cosa: escuchen la voz de David, «una cosa he demandado de Jehová, que yo lo busque todos los días»;
4 Una cosa he pedido al Señor, y esa buscaré: que habite yo en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor y para meditar en Su templo.
escuchen ahí la voz de Cristo, «una cosa es necesaria, Marta»;
41 El Señor le respondió: «Marta, Marta, tú estás preocupada y molesta por tantas cosas; 42 pero una sola cosa es necesaria, y María ha escogido la parte buena, la cual no le será quitada».
escuchen ahí la voz de Pablo, «una cosa hago, olvidando lo que queda atrás, estirándome a lo que está delante».
13 Hermanos, yo mismo no considero haberlo ya alcanzado. Pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, 14 prosigo hacia la meta para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.
Y para el cristiano, esa una cosa es Jesucristo: ¿quién es como él? Majestuoso en su eternidad, maravilloso en su condescendencia, fiero en su santidad, pero tierno en su cuidado, y glorioso en su sacrificio. Y el celo abraza cuando una cosa te cautiva, te cautiva cuando agita tus emociones, cuando inflama tu alma, e impulsa a darte a ti mismo por y para él; eso es el celo sagrado.
Este es el propósito de Dios, y el privilegio para cada cristiano; pero es algo que se requiere de manera especial de los pastores que cuidan a los de Dios. Como dijimos esta semana, no se trata de dones exquisitos, una personalidad impresionante, logros académicos o mucha experiencia pastoral; puedes tener todo eso, y aún te puede faltar este imperativo, esta virtud requerida. Puedes tener todo eso, y te puede faltar una firme, una devoción tenaz, a la causa y a la gloria y al evangelio de Cristo.
Pero nuestro texto es realista, porque anticipa retos que vamos a tener para obedecer este mandamiento; y eso nos lleva al punto número dos: los enemigos del celo.
Dos: los enemigos del celo
Continuamos trabajando con nuestro texto, en el versículo 11: «no sean perezosos en lo que requiere celo, sean fervientes en espíritu, sirviendo al Señor». Y aquí se nos exhorta a tener ese celo, pero el texto implica que es algo que podemos descuidar; y el lenguaje que usa Pablo aquí tiene mucho significado espiritual: no dice nada más «no sean perezosos», no dice «que no sean flojos»; dice «no sean perezosos en el celo» —no descuiden esta virtud específica, cuídenla—.
El celo es como una fogata en un desierto muy frío: no puedes darte el lujo de que se te apague, la avivas, la atizas, la alimentas, porque tu vida depende de ese fuego. El pastor debe mantener ese celo, y eso requiere diligencia, porque podemos permitir que esa llama del celo se apague, y tal vez hasta se puede extinguir por completo. Es muy importante que estemos conscientes de eso, porque típicamente el celo no se apaga de repente; esa llama del celo rara vez se apaga por una sola ráfaga de viento. El celo, más bien, se erosiona poco a poco, y la erosión siempre sucede lentamente, gradualmente, y a veces hasta imperceptiblemente; así que tenemos que aprender a discernir cuando está disminuyendo en nuestras vidas, porque las señales a veces son muy sutiles.
A lo mejor ya no te interesa tanto participar en la alabanza los domingos en la mañana, y a lo mejor lo que más te preocupa es tu participación, y cómo vas a servir, en lugar de tener un encuentro con Dios; o cuando no estás predicando, te enfocas más en estar criticando el sermón, en lugar de estar consciente de que Dios te está hablando a ti a través de ese sermón. Tus apetitos empiezan a cambiar, y ya no lees para tu propia alma; y en lugar de eso puedes leer —tú menciónalo— muchas otras cosas, los blogs, comentarios políticos, o te pones a ver las redes sociales, y se te van hasta cuarenta minutos. El celo puede empezar a ser cubierto por cosas que no tienen sentido, y tal vez por cosas malvadas; y todo es gradual, podemos explicarlo de una manera ligera. Todas esas cosas son señales de que tu celo se está erosionando, pero esas son las señales, los síntomas; ¿cuáles son las causas por las que se erosiona nuestro celo, cuáles son los enemigos del celo? No creo que sean complicados, y sus efectos, a veces, solo los podemos ver volteando hacia atrás. Voy a sugerirles rápidamente algunos.
En primer lugar, el más obvio: el efecto mortal del pecado. El más grande enemigo de nuestro celo. Como pastores, muchas veces enseñamos sobre el pecado, tenemos hasta una caja de herramientas para eso, y podemos enseñar acerca del pecado mientras al mismo tiempo ignoramos los efectos terribles que está teniendo en nosotros; y puede conducirnos a un naufragio, va a dañar tu vida espiritual, porque es mortal para el celo sagrado. Es una tragedia ver que, cuando un pastor se va haciendo más grande, decrece su sensibilidad contra el pecado, y al contrario, empieza a tener una mayor tolerancia al pecado; yo no quiero que eso me suceda a mí. ¿Se acuerdan de la advertencia de Richard Baxter? Las apostasías tienen comienzos pequeños, siempre empiezan pequeños. Cuando oímos de un escándalo, de un pecado grande que comete un pastor, muy rara vez oímos, o reflexionamos, en que eso empezó con algo pequeño; y sería muy sabio que nos preguntáramos a nosotros mismos dónde podría haber un comienzo pequeño en mi vida —una pequeña tolerancia al pecado— y pudiera ser tan fácilmente la amargura o la ira, como la lujuria. El verdadero celo se mantiene alerta, y odia y se opone vigorosamente aun a esos comienzos pequeños; el verdadero celo anhela ser como Aquel por quien tiene ese celo.
Segundo peligro: las fatigantes tareas de los pastores. Para los pastores, esto es inevitable; me encanta estar con pastores, cada día ustedes llevan las cargas de otros, a través de sus dolores, de sus pruebas, de las complicaciones que les han traído sus pecados —y a lo mejor están pensando ahorita en situaciones de sus miembros— y a veces eso puede causar que nuestros afectos y nuestro celo disminuyan; y les quiero decir que no están solos. Cada uno de nosotros hemos estado ahí, estamos ahí, o estaremos ahí; y tenemos a un Salvador que está celoso, celoso no solo de tu trabajo, sino de ti, y que les dice a los pastores fatigados: no abandones esa obra, ven a mí.
Un tercer enemigo: los efectos desalentadores de la falta de fruto. Nosotros trabajamos por años, y el crecimiento no llega; la gente está luchando, nuestra predicación parece que no logra sus efectos deseados, la consejería no produce ningún avance, no logra mar… y empiezas a dirigirte a tu oficina, o al domingo por la mañana, sin maravillarte ya del privilegio que Dios te ha dado al llamarte; cuando ese maravillarse se empieza a disminuir, pon atención.
Número cuatro: los efectos debilitantes de alguna lucha que dura mucho tiempo. Y esto puede ser algo personal o pastoral, puede ser algo físico, algo relacional, algo circunstancial: tu matrimonio, tu familia, tu equipo, ha sido muy duro por tanto tiempo, y parece que no va a terminar. Un pastor puritano escribió sobre esto: «tenemos a muchos que empiezan bien, que están en fuego y deseosos, mientras disfrutan de las compañías piadosas, o cuando tienen estímulos externos, mientras no son asaltados con tremendas tentaciones; cuando las cosas iban bien, ellos estaban en fuego y deseosos en la obra de la Reforma; pero cuando las cosas se alteran desde afuera, ellos se alteran desde adentro, hasta el punto de perder totalmente su celo».
En Gracia Soberana hace poco celebramos nuestro 40 aniversario como familia de iglesias, y eso me trajo a la mente otro enemigo insidioso del celo: los efectos enfriadores de la competencia. A medida que hemos madurado como familia de iglesias, tenemos bastantes cosas buenas: tenemos una declaración de fe que nos define, unas políticas de gobierno que nos protegen, tenemos colaboraciones globales que nos enriquecen, y son bendiciones en las que nos regocijamos. Pero hay una vulnerabilidad en esas bendiciones: la idea de que la competencia, la organización, el conocimiento, la dirección que tenemos, va a garantizar que vamos a seguir siendo exitosos en el futuro; porque hay muchas denominaciones que alguna vez fueron prominentes, tenían una confesión histórica, una política de gobierno bien detallada, tenían a clérigos muy educados y una liturgia respaldada por los años, y administración de calidad corporativa, y terminaron como parábolas de lo que es rebajar el estándar. Pregúntense: ¿qué se va a decir de nosotros dentro de cuarenta años?
Algunas de las más serias advertencias de la Escritura tienen que ver con el enfriamiento del celo, con la declinación de esa pasión espiritual, porque estamos en iglesias. Vemos esas iglesias en Apocalipsis, en Éfeso y en Sardis: a Éfeso no le faltaba sofisticación teológica, pero abandonaron su primer amor, eso en Apocalipsis 2:4;
4 Pero tengo esto contra ti: que has dejado tu primer amor.
piensen en su conversión, cómo era su amor por Cristo al principio, y cómo es su amor por Cristo ahora. Sardis tenía una reputación de estar viva, pero lo que tenían estaba a punto de morir; y el Señor le dice: «despierta».
1 «Escribe al ángel de la iglesia en Sardis: “El que tiene los siete Espíritus de Dios y las siete estrellas, dice esto: ‘Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, pero estás muerto. 2 Ponte en vela y afirma las cosas que quedan, que estaban a punto de morir, porque no he hallado completas tus obras delante de Mi Dios.
Y ningún regaño ha dolido a través de los siglos como el de Laodicea, porque ellos tenían una tibieza que le producía náuseas al Señor: no era ni fría ni caliente, no traía ni ese calor, ni tampoco ese refrescamiento. Se acuerdan del remedio que le dio Cristo, en Apocalipsis 3:19:
15 ‘Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! 16 Así, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de Mi boca. 17 Porque dices: “Soy rico, me he enriquecido y de nada tengo necesidad”. No sabes que eres un miserable y digno de lástima, y pobre, ciego y desnudo. 18 Te aconsejo que de Mí compres oro refinado por fuego para que te hagas rico, y vestiduras blancas para que te vistas y no se manifieste la vergüenza de tu desnudez, y colirio para ungir tus ojos y que puedas ver. 19 ‘Yo reprendo y disciplino a todos los que amo. Sé, pues, celoso y arrepiéntete. 20 Yo estoy a la puerta y llamo; si alguien oye Mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él y él conmigo.
«Sé celoso, y arrepiéntete; ábreme la puerta, ven y cena conmigo». «Dices: soy rico, soy próspero, no necesito nada; pero no me tienes a mí, tu amor por mí no… por mí». Hermanos, nuestro celo no avanza sin oposición; así que no seamos perezosos en él, debemos vigilar, buscar tenerlo.
Tres: la búsqueda del celo
Y eso nos lleva a mi tercer punto. Ya vimos el imperativo, ya vimos a los enemigos, y ahora vamos a ver la búsqueda del celo; hablando en los términos del pastor que ya leímos, ¿cómo mantenemos nuestro filo hasta el final? Manténganse conmigo por un momento: incrustada ahí en nuestro texto está la clave para buscar ese celo, y para mantenernos en él.
Primero, la clave: ahí está en nuestro texto, «no sean perezosos en el celo, sean fervientes en espíritu». Ese no es un contraste simple, porque la segunda frase nos dice cómo mantener nuestro celo, y cómo no ser perezosos en ese celo: «sean fervientes en espíritu» —y en mi traducción en inglés hay una nota con una alternativa, y ahí viene con una S mayúscula en inglés, «Spirit», o en español una E mayúscula, «Espíritu», porque está hablando del Espíritu Santo—; y yo les quiero sugerir que es como lo debemos leer, porque Pablo muy rara vez usa la palabra pneuma, «espíritu», para referirse a la condición psicológica de una persona; casi siempre la usa para referirse al Espíritu Santo. Y en esta carta, Pablo ya ha conectado de una manera muy profunda la presencia del Espíritu con nuestra vida interior; piensen en el capítulo 8: recibimos al Espíritu, caminamos de acuerdo al Espíritu, ponemos nuestra mente en el Espíritu, mortificamos las obras de la carne por el Espíritu, y el Espíritu da testimonio a nuestro espíritu, el Espíritu intercede con gemidos indecibles por nosotros.
¿Están conmigo? Y eso alimenta esa metáfora evocativa: «sean fervientes» más literalmente quiere decir «hiervan», «hagan burbujas», «estén en fuego»; esta es la idea, sean llevados a hervir, sean llevados a estar en fuego, estén ardiendo, pero por el Espíritu Santo, porque es el Espíritu de Dios el que crea este celo sagrado. Es el Espíritu el que nos agita y nos enciende, el que inclina nuestras almas a Cristo, nuestros afectos, y nos mueve hacia Cristo; esa es la realidad: el celo no es un logro, es un milagro, es un regalo de la gracia que levanta nuestras cargas, y que somete nuestro amor por otras cosas —a veces por nosotros mismos, por nuestra comodidad, por nuestra reputación, por nuestra gloria—. Los afectos piadosos no están dentro de nuestro poder, porque son afectos que produce Dios.
El celo piadoso no es simplemente entusiasmo; como escuchamos esta semana, es enamorarnos de Cristo, lo cual entonces va a canalizar nuestras más grandes pasiones y esfuerzos a conocerlo, a honrarlo, a servirlo y a magnificarlo. Crear eso no está en nuestro poder; lo que está en nuestro poder, y como pastores es nuestra obligación, es buscarlo. Pero, buenas noticias: esto debe tener un efecto liberador en nosotros. No es una meta inalcanzable que solo unos cuantos muy dotados pueden alcanzar; sí, es para Mike, y es para Juan, pero también es para mí, no es para personalidades grandes o líderes prominentes, es para cada cristiano, y es un mandamiento también para los pastores. Así que este mandamiento es, realmente, una invitación de venir a Dios, a encontrarnos con Dios, y recibir de Dios una resolución inquebrantable de magnificar a Cristo y su causa. Esa es la clave: solo el Espíritu puede generar y sostener ese celo piadoso.
Pero también hay una paradoja en esta búsqueda: el celo no es nuestra verdadera meta; el celo es un fervor que el Espíritu enciende, y que es tenaz en guiarnos a nuestra verdadera meta. Nuestra meta es Cristo, y su sonrisa, y su gloria en nuestras vidas, y en la iglesia, y en las naciones; eso es a lo que apunta nuestro texto. Así que esta es mi paráfrasis: sean llevados a hervir, a arder, por el Espíritu Santo, para un servicio totalmente consagrado y gozoso a nuestro Señor Jesucristo. Ese es nuestro llamado fundamental como pastores, y debemos buscarlo, debemos luchar por eso; y, como escuchamos esta semana, no vamos a lograrlo sin esfuerzo.
Y voy a ser breve aquí, pero, ¿cómo luchamos? Hay dos luchas que debemos tener: una negativa y una positiva. Negativa: tenemos que estar alertas, vigilantes, y resistir con toda nuestra fuerza cualquier cosa que pueda apagar nuestro celo, todo aquello que pueda erosionar nuestra inquebrantable… si no matamos el pecado, va a apagar el celo. Y la batalla positiva también es sencilla, pero es una batalla —Carlos nos predicó de eso esta semana, y Mike habló de eso esta semana— nosotros, de una manera implacable, nos colocamos en los senderos en los que Dios envía sus medios para encender nuestro celo. Y no me refiero solamente a tener nuestro devocional y leer el siguiente capítulo; yo quiero decirles que me refiero a que cada día tenemos que luchar: hay que venir a la palabra cada día, a leerla, a meditarla, a orar, hasta que esté totalmente consciente de Cristo, y de su corazón por mí, y de su presencia conmigo, y de su provisión de gracia para mí, para el día que estoy a punto de vivir, y para las responsabilidades que tengo, y para las circunstancias que voy a enfrentar. Yo quiero salir de ahí con todos mis afectos sabiendo —no nada más sintiendo, sabiendo— que yo soy de él y él es mío, que estoy satisfecho con él, y tengo fe para con él, y feliz en Dios, y con expectativas alegres de parte de Dios; y ese celo, aun si es una llamita, que sea un celo por ver a Cristo magnificado en mi vida.
Y yo sé que no son así ustedes, pero muchas veces, en las mañanas cuando yo me levanto, puedo ver todo menos a Cristo; y lo que quiero decir con eso es que no veo a Cristo sonriéndome por causa de la cruz, y no lo veo sentado en su trono, gobernando este mundo, gobernando mi vida. Y entre más viejo me vuelvo, más desesperado estoy; y a veces las circunstancias se entrometen, y a veces no me puedo levantar de mi tiempo devocional hasta que haya visto bien todas esas cosas, hasta que lo haya visto a él, especialmente verlo crucificado por mí, y resucitado por mí, y ahora morando en mí, y para siempre por mí y a favor de mí.
Y si escuchas un mensaje como este, y te sientes débil, inadecuado, buenas noticias: eso es lo que te califica para esto; y de hecho, el que no te sientas débil e inadecuado es un problema más grande. Pastores, hacemos muchas cosas, sí o no, y la mayoría de nosotros las hacemos de una manera nada espectacular; la mayoría de nosotros somos pastores ordinarios. Pero hay algo extraordinario que le podemos dar a nuestra gente, y una de las cosas más importantes que le podemos dar: a lo mejor no les puedo dar un gran sermón, y a lo mejor no les doy mucha organización, o tal vez no les puedo dar mucha sabiduría en la consejería; pero, por la gracia de Dios, les puedo dar esto: un corazón que está ardiendo, animado por Cristo y sus prioridades y su gloria. Hermanos, si no les podemos dar nada más, démosles esto.
En su libro Hermanos, no somos profesionales, el doctor John Piper dice esto: «¿están realmente nuestras ocupadas agendas y computadoras enfriando nuestra hambre de vida en Cristo, y ya no digamos el hambre de nuestra gente y del mundo? ¿No está nuestra gente anhelando realmente estar con un hombre que ha estado con Dios?». Y después escribe esto otro: «la gran presión para nosotros hoy es ser productivos, pero la necesidad de la iglesia es pastores que sienten el peso y la gloria de la realidad eterna incluso en medio de una junta de trabajo, que llevan en su alma tal sentido de Dios que ellos proveen, con su sola presencia, una reorientación constante y vivificante hacia el Dios infinito».
Ya sea que estés predicando, o aconsejando, o interactuando informalmente, todo tu ministerio pastoral será fortalecido, y tu influencia profundizada, y tu ejemplo más convincente, y la confianza de la gente se te dará con mayor facilidad, cuando ellos perciban celo piadoso en ti; cuando ellos perciban que todo lo que tú haces fluye de una pasión por Cristo; cuando ellos perciban que tus labores, aunque sean débiles, las haces con una dependencia absoluta de Cristo. Así que piensen ahorita en su contexto pastoral: ¿está su congregación, o el individuo que está ahí enfrente de ustedes, encontrándose con un hombre que ha estado con Dios, con un hombre que lleva en su corazón un profundo sentido de Dios?
Yo tengo esto escrito en una nota en mi teléfono, y lo leo con mucha frecuencia: «¿la gente está encontrando en mí no una frivolidad, o una distracción, o el estar muy ocupado, o ser muy cool, sino una calidez, un gozo, una gratitud, una gentileza, un interés, una sabiduría y una fe que los deja animados y estimulados, y más conscientes de Jesucristo, de su valor, de su belleza, de su fidelidad y de su poder?». Yo quiero dejar a mi gente con eso; eso es lo que hacemos los pastores subalternos de Cristo, porque parte de nuestro trabajo como pastores es reflejarle a nuestra gente el corazón de Cristo con ellos. No trato de impresionarlos; yo soy como un espejo gigante que está inclinado para reflejar la disposición que Dios tiene para con ellos, y cuando ellos se encuentran conmigo, se encuentran con el corazón de Dios de una manera apropiada para su situación; y ellos van a tener gozo, y yo me regocijo con ellos; si están quebrantados, yo lloro con ellos; si están pecando, yo les comunico un interés amoroso y sobriedad.
Yo quiero predicar, y aconsejar, y caminar a lo largo de la plataforma el domingo en la mañana saludando a las personas, o sentarme en la oficina de consejería, o hacer anuncios, y quiero personificar en mí mismo, y amar, las realidades que creemos, que amamos y que proclamamos: pastorear y orar. Como pastor, yo oro, yo anhelo, y oro de tal manera que yo camine, y ame, y conozca a Cristo, de tal manera que otros digan: «yo quiero vivir así». Y les quiero decir algo: ya sea que lo sepan o no, las personas de tu iglesia te están estudiando, pastor; y van a ser estimulados por eso, y serán atraídos, y será entonces que Cristo será magnificado en sus vidas.
Charles Spurgeon les dijo esto a sus estudiantes, y esto nos debe animar a todos: «como regla, el verdadero éxito es proporcional a la entrega del predicador; tanto hombres grandes como pequeños triunfan si ellos están completamente vivos para Dios, y fracasan si no lo están; y en muchos casos, el éxito ministerial puede atribuirse casi totalmente a un celo intenso, a una pasión cautivadora por las almas, y un entusiasmo anhelante en la causa de Dios; y creemos que, en cada caso, con las demás cosas siendo iguales, el éxito es en proporción a cuánto arden sus corazones con un amor santo».
El otro día hablábamos en el panel: Gracia Soberana acaba de poner por escrito, hace poco, lo que llamamos nuestras siete virtudes formativas, que son cualidades que deben fluir de una centralidad en el evangelio intencional, y cualidades que queremos que caractericen a nuestras iglesias, a nuestros pastores y a nuestra gente: la humildad, el gozo, la gratitud, el aliento, el servicio, la generosidad y la piedad. Y también discutimos sobre qué otras virtudes podíamos agregar; y yo creo que si tuviera que escoger una más, una virtud que nuestro contexto realmente caracterizó en la generación fundadora, una virtud que ellos modelaron —no eran perfectos, su exégesis en ocasiones nos haría reír, su desarrollo teológico le podríamos llamar «una obra en proceso»— pero, ¿saben qué hicieron ellos? Ellos comunicaron a Cristo como glorioso, ellos buscaron una búsqueda intensa de Dios, y predicaron la palabra de Dios con intensidad, y a los jóvenes les hacían ver el ministerio pastoral como algo excitante. Ellos tenían muchas fallas —les faltaba sofisticación, teológicamente hablando, les faltaba entrenamiento, les faltaba sabiduría— pero tenían esta virtud: tenían celo, tenían una devoción encendida por Cristo y por su causa.
Y mi oración es que yo, y que todos aquí, no perdamos esta virtud; que luchemos hasta que veamos que el Espíritu Santo enciende en nosotros un celo piadoso, que mantenga a cada pastor que viene a Fieles apasionado por Cristo, dependiendo de Cristo, agarrado a Cristo, con una devoción tenaz. Hermanos, esto es lo que nos va a impulsar a correr la carrera, y esto es lo que nos va a inspirar para buscar esas disciplinas de la piedad; y esto es lo que nos va a motivar para mortificar el pecado; y esto es lo que nos va a llevar a orar, y nos va a atraer para pasar tiempo con Cristo. Que el Señor nos dé, por su Espíritu, esta clase de celo. Vamos a orar.
Padre celestial, nos maravillamos de que tú nos hayas llamado a ser pastores, líderes, esposas de pastores; y para los que no son pastores, que nos hayas llamado a ser tus hijos. Nosotros estábamos muertos y ciegos a ti, te ignorábamos; pero tú hiciste a Cristo glorioso a nuestros ojos, y preeminente en nuestras vidas, y no queremos perder eso, solo queremos más. Así que oro por mí y por todos mis amigos aquí: danos la gracia para posicionarnos a nosotros mismos, a recibir, por tu Espíritu, todo nuestro ser inquebrantable por nuestro Señor Jesucristo, y por sus propósitos, y por su gloria. En el nombre de Jesús lo pedimos, amén.