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Padre, te damos gracias, Señor, por todo lo que nos has traído hasta ahora; gracias por Mike, Señor, que nos ayudó de una manera práctica a buscar nuestros tiempos contigo. Señor, podemos hablar de buscar tu rostro, pero si no lo agendamos, si no intencionalmente apartamos el tiempo, si no tomamos el tiempo para salir de nuestro ajetreo, para apartarnos y escucharte y meditar en tu palabra, oh Dios, no vamos a tener el beneficio de tu palabra siendo depositada en nuestro corazón, aumentando ese propósito de verdad, Señor, que nos forma, que nos conforma a tu imagen, y que opera poderosamente por medio del Espíritu Santo para conformarnos a la imagen del Señor Jesús. Gracias por ese recordatorio, Señor, por esa instrucción; ayúdanos a poner en práctica lo que estamos escuchando, oh Dios. Te pido, oh Dios, que me ayudes también, y ayudes a mis oyentes, porque mis hermanos acaban de comer, Señor, y son las cuatro de la tarde, y les va a dar sueño; te pido que tu Espíritu Santo los despierte, los agite, los entusiasme con un tema que es fundamental, Señor: que tú nos dices que permanezcamos en ti, y nuestra comunión incluye, oh Dios, nuestra obediencia. Queremos recibir tu palabra, queremos meditar en tu palabra para luego obedecer tu palabra, y ser como Jesús, que aprendió obediencia, Señor, por lo que sufrió; nosotros también queremos aprender obediencia. Ayúdame en lo personal, Señor, también, para poder servirlos eficazmente, fielmente a tu palabra, Señor, a decir las cosas que provienen de tu Espíritu y no de aquello que proviene de mi criterio, de mis ideas, sino realmente ser fiel expositor de lo que tú dices y lo que tú nos enseñas. Te pido esto, Señor, que me des de tu gracia y la unción de tu Espíritu Santo para poder servirlos eficazmente. En el nombre de Jesús te lo pido, amén.
Hebreos 12; vamos a leerlo, voy a leer del 1 al 4.
1 Por tanto, puesto que tenemos en derredor nuestro tan gran nube de testigos, despojémonos también de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos envuelve, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, 2 puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, quien por el gozo puesto delante de Él soportó la cruz, despreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios. 3 Consideren, pues, a Aquel que soportó tal hostilidad de los pecadores contra Él mismo, para que no se cansen ni se desanimen en su corazón. 4 Porque todavía, en su lucha contra el pecado, ustedes no han resistido hasta el punto de derramar sangre.
Por tanto, dice, porque ustedes saben lo que está en el capítulo 11: el relato de los héroes de la fe del Antiguo Testamento, de cómo ellos habían perseverado en fe y habían demostrado ser fieles, permaneciendo y confiando en el Señor. Y dice entonces el autor: «por tanto, puesto que tenemos en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos también de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos envuelve, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús». Quiero hablar de nuestro caminar en obediencia principalmente; mi hermano Juan Sánchez va a hablar hoy en la noche sobre nuestra lucha contra el pecado, así que no voy a pasar mucho tiempo en esos primeros dos versículos, donde habla precisamente de despojarnos del peso y del pecado que nos envuelve, porque lo que yo quiero hablar es hacia dónde está apuntando esa frase.
Correr con los ojos puestos en Jesús obediente
Ustedes lo leen: «despojémonos de todo peso y el pecado que nos envuelve», ¿para qué? Fíjense que esta es la imagen de un atleta; es literalmente como si el autor de Hebreos le estuviera diciendo: quítate la pantalonera, quítate la chamarra, quédate en shorts, apriétalos, para que puedas correr la carrera. El objetivo no es tanto que te quites el peso, que te quites todo aquello que te pueda estorbar; ¿cuál es el objetivo? El objetivo es que corras la carrera, que termines la carrera, que llegues a la meta, y te está diciendo cómo debes correr. Entonces esto es lo que me dice a mí: que la primera parte, de despojarte del peso y del pecado, de la resistencia contra el pecado, tiene un objetivo, y mi propuesta es que ese objetivo es la obediencia. La carrera de la fe —creo que Mike mencionó la imagen deportiva que Pablo menciona en primera de Timoteo— es una imagen deportiva donde estamos ejerciendo un esfuerzo, donde estamos intencionalmente queriendo avanzar; estamos hablando de esa carrera, de las diferentes maneras en que la Escritura habla de nuestro caminar por fe, nuestra vida en Cristo, nuestra respuesta a lo que él está haciendo.
Ahora voy a hablar de la obediencia. Aquí, en este texto, en estos cuatro versículos, no se menciona la palabra obediencia; se menciona la carrera que tenemos por delante, y menciona específicamente que debemos correr la carrera con los ojos puestos en Jesús. Pero el autor tiene una imagen de Jesús específica en su mente cuando está señalando «puestos los ojos en Jesús», que también vamos a ver. Pero antes de entrarle a este texto, quiero recordarles cuando menos tres verdades que todos sabemos, pero que luego no las apropiamos ni las tenemos cerquita de nuestro corazón, en lo que se refiere a la obediencia.
La primera verdad que quiero recordarles es un texto que leímos el año pasado los que vinieron el año pasado: segunda de Pedro capítulo 1, versículo 3.
3 Pues Su divino poder nos ha concedido todo cuanto concierne a la vida y a la piedad, mediante el verdadero conocimiento de Aquel que nos llamó por Su gloria y excelencia.
Lo que nos está afirmando Pedro es que ya tenemos todo lo que necesitamos; ya se nos han dado sus preciosas y maravillosas promesas para que podamos llegar a ser partícipes de su naturaleza divina y gloriosa. El problema es que nosotros, hermanos, cuando hablamos de obediencia, o hablamos de esa carrera, o hablamos de crecer en piedad, se nos olvida la provisión que ya tenemos, y pensamos que estamos como solos, o en nuestras propias capacidades, tratando de correr una carrera, y no es así. Esto es un problema: a veces encuentro que hay incredulidad en la aplicación de la verdad a nuestras vidas. Mike terminó hablando de esto, de que no terminemos en una incredulidad, diciendo «sí, pues se dice muy fácil, pero yo tengo ciertos retos». No: aquí dice que tú tienes todo lo que necesitas, ya se te concedió, para tu vida en la fe y para la piedad.
La segunda verdad: fuimos creados de nuevo para obediencia, y esto es algo que yo no escucho puesto así de esa manera. Romanos 8:29 dice que fuimos escogidos para ser conformados a la imagen de Jesús. ¿Cómo es la imagen de Jesús? Jesús es perfecto en su obediencia; y si nosotros fuimos creados de nuevo para ser conformados a la imagen de Jesús, quiere decir que fuimos creados de nuevo en Cristo para obedecer y perseverar en la obediencia. Fuimos creados para obediencia. Dice Efesios 2:10 que somos hechura suya,
10 Porque somos hechura Suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas.
Creados en Cristo Jesús de nuevo, dice, para hacer buenas obras, para hacer aquello que se nos ha puesto delante para que hagamos. Si Mike decía que tenemos que dedicar tiempo para pasar con el Señor, fuimos creados por Dios de nuevo para poder disfrutar de esos tiempos; fuimos creados de nuevo para obediencia, ya no somos esclavos del pecado. La obediencia, hermanos, es más congruente con nuestra nueva naturaleza que el pecado; y a veces escucho cristianos que me hablan más, y creen más, y están más convencidos de su pecaminosidad que de su nueva naturaleza en Cristo. La Escritura nunca dice «fuiste creado para que sigas siempre batallando con tu pecado porque nunca lo vas a vencer», y ese mensaje yo lo oigo constantemente: «no, pues es que somos pecadores, somos pecadores, no puedo evitarlo». Eso no es cierto: fuimos liberados de esa esclavitud para ser conformados a la imagen de Jesús. Esa verdad es la que debemos creer y sobre la que debemos establecernos. Y si yo me levanto en la mañana, yo no voy a partir el día diciendo «Señor, aquí está este humilde pecador, arruinado por el pecado, mi naturaleza pecaminosa»; yo me pregunto: Jesús, y la nueva naturaleza que tú me diste, ¿cuál es más poderosa? ¿Cuál va a tener victoria? Entonces, si vamos a hablar de obediencia, vamos a hablar de esa nueva naturaleza.
La tercera verdad —y esto es recordarles cómo terminamos la sesión anterior—: la marca de un discípulo, la marca de un hijo fiel, debe ser su obediencia. Jesús dijo: «¿por qué me dicen Señor, Señor, y no hacen lo que yo digo?». Y acabamos de ver en Juan 15 que la manera en que nosotros manifestamos nuestro amor a nuestro Señor, nuestra devoción a nuestro Señor, es nuestra obediencia, y eso es lo que trae gloria a nuestro Padre. Repito el versículo que les leí al final esta mañana, Juan 14:21:
21 El que tiene Mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por Mi Padre; y Yo lo amaré y me manifestaré a él.
O sea, nuestra obediencia es la manera en que nosotros respondemos al amor del Padre en nuestra vida. Entonces, todo esto para decir —creo que Mike dijo, no sé si lo dijo exactamente así— que nadie llega a la piedad viviendo a la deriva. A la deriva siempre vas para atrás: un barquito en un río, tú lo dejas, y siempre va a ir para atrás; la única manera de navegar contra la corriente es que rememos, o que nos sople el viento. Yo diría —o lo dije en la mañana— no hay crecimiento en piedad si no permaneces en comunión con Cristo Jesús. Y ahora les quiero decir: no hay crecimiento en piedad si no hay una perseverancia en obediencia, y perseverancia significa constancia y crecimiento, y creo que eso es lo que nos está trayendo aquí Hebreos.
La primera cosa que quiero hablar de este texto es que debemos perseverar en la carrera de la fe, puestos los ojos en Cristo obediente. Perseveramos en la carrera de la fe, puestos los ojos en el obediente. Cuando el autor nos está llamando a despojarnos de todo aquello que nos impide correr la carrera de la fe, está hablando de despojarnos del pecado y de todas aquellas otras cosas que nos impiden crecer. La razón por la que tenemos que apartarnos para meditar en la palabra es porque estamos rodeados de distracciones, estamos rodeados de entretenimiento. Alguien puso este ejemplo: que si tú empiezas ese ejercicio mundial popular que billones de seres humanos están practicando, el ejercicio del dedo, así o así —esto de las pantallas— tú puedes empezar a hacer esto y de repente te das cuenta de que ya pasaste dos horas haciendo eso. Yo los he visto en los aeropuertos, los chavos sentados ahí, muchachas y jóvenes y señoras y señores, todos haciendo esto: eso es un peso que nos impide correr la carrera. Hay que despojarnos para poder ser fieles y caminar hacia Cristo, y que se cumpla el propósito de Dios en nuestra vida.
En otras palabras, la obediencia —lo pongo yo de esta forma— requiere movimiento, y movimiento en la dirección de buscar la voluntad de Dios en nuestra vida. Eso implica que no hay obediencia ni hay crecimiento en dirección de la voluntad de Dios sin que haya arrepentimiento; el arrepentimiento es la consecuencia natural de nosotros buscar la voluntad de Dios, porque en una postura estática, o yéndonos a la deriva hacia atrás, nosotros necesitamos esa intencionalidad hacia delante, hacia la voluntad de Dios, y eso implica que dejas atrás algo. El arrepentimiento es el otro lado de la moneda de la obediencia, porque, obviamente, si tú vas a caminar en dirección de Jesús, tienes que caminar en dirección contraria de todo aquello que te está jalando en la dirección contraria, ya sea tu pecado o cualquier otra cosa que te esté impidiendo avanzar hacia el Señor. Entonces, el arrepentimiento implica ese movimiento positivo en dirección a la semejanza de Cristo, en dirección a buscar nuestra santificación. Por eso tenemos que despojarnos, dejar atrás, renunciar a todo lo que es contrario o impida nuestro avance en dirección de la obediencia a Cristo.
Pero nos despojamos, hermanos, para correr: es la segunda parte de esa exhortación del autor. «Despójate también de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos envuelve, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante»: ese es el imperativo más fuerte de ese versículo. Corre, quítate, despójate, deja atrás, para que corras con paciencia —dice la Nueva Biblia de las Américas—; lo traducen como paciencia, pero esa palabra también se puede traducir como perseverancia. Es una palabra que me llamó la atención, cómo el diccionario la define: la palabra griega significa una resistencia animada, un aguante, o perseverancia, pero con esperanza, con alegría. En otras palabras, como el corredor que va corriendo y tiene una esperanza, y dice «yo corro, y voy a seguir corriendo, y lo que me espera es llegar a la meta y ganar la medalla»; es una paciente persistencia, es correr pacientemente una carrera.
Y como les digo, es una imagen deportiva, de una competencia en la que hay que llegar a la meta para obtener un premio. Y la ilustración sirve, porque piensen, con las Olimpiadas: todos traemos la mente de las Olimpiadas, y vemos que los muchachos van y corren, o brincan, o lanzan la jabalina, o lo que sea, y son jóvenes de veinte años que están practicando el deporte desde que tenían seis u ocho años, para llegar a las Olimpiadas a los veinte. Para ellos, correr es su vida, el practicar es su vida; no están corriendo de manera ocasional, no es como que a mí se me ocurre «quiero ir a las Olimpiadas, entonces voy a correr aquí unos dos meses y voy a ir a las Olimpiadas». Claro que no: el correr es para ganar la carrera, es algo para lo que tienes que estar preparado y capacitado, y perseverar en ello. Lo que decía Mike: te va a costar sudor, te va a costar esfuerzo, como a un atleta le cuesta que te tienes que levantar temprano, y lo tienes que hacer, y al siguiente día otra vez, y al siguiente día otra vez. Y la obediencia, hermanos, es algo que debe ser nuestra vida, si queremos llegar a la meta.
El que ya está en la meta: Jesús, autor y consumador de la fe
El que está en la meta dice: «consideren pues a Jesús, el autor y consumador de nuestra fe». El pionero, el primero, el fundador de nuestra fe, el precursor de nuestra fe, el que ya corrió la carrera y va adelante de nosotros, y nos ha dejado no solamente el ejemplo de su desarrollo, sino que nos ha dejado la obra terminada y completa: como que Jesús iba corriendo la carrera, y a la misma vez que iba corriendo la carrera, iba generando el camino para que luego nosotros corramos la misma carrera detrás de él, con los ojos puestos en él. Él es el autor, y él es el que ya terminó, y está del otro lado diciendo «vengan, vengan, vénganse por este mismo camino, esta es la carrera»; es el pionero, el precursor, el perfeccionador, el consumador de nuestra fe, el que hace posible, el que asegura de una manera determinante que nosotros vamos a poder terminar esa carrera, porque Cristo ya la terminó, porque él ya lo hizo, y lo hizo para nosotros, y lo hizo por nosotros, y ahora nos llama a que lo hagamos. Quiere decir que te está diciendo: tú puedes seguir la carrera, sígueme, ven.
Es como cuando mis nietas están aprendiendo a caminar, y me paro yo delante de ellas y les digo «tú puedes, ven, ven», y a veces no se atreven, dicen «me voy a caer»; me están diciendo eso, o «me va a caer» —y les digo— «ven»: nos está diciendo el Señor, por ese camino que él ya estableció. Y Cristo hizo esa carrera de la fe porque él era —como dice el evangelio de Juan— alguien que veía la obediencia a su Padre como lo más natural, lo más obvio y lo más característico de su vida. Fíjense, les voy a leer tres versículos del evangelio de Juan; una vez tuve ganas de leer un evangelio completo, entonces leí todo el evangelio de Juan en una sentada, y esto es lo que me impactó. Juan 4:31-34, por ejemplo, dice:
31 Mientras tanto, los discípulos le rogaban: «Rabí, come». 32 Pero Él les dijo: «Yo tengo para comer una comida que ustedes no saben». 33 Entonces los discípulos se decían entre sí: «¿Le habrá traído alguien de comer?». 34 Jesús les dijo: «Mi comida es hacer la voluntad del que me envió y llevar a cabo Su obra».
¿Se acuerdan ustedes el episodio donde está la mujer samaritana en el pozo? «¿Le habrá traído alguien de comer?», y Jesús les dice: mi comida es hacer la voluntad del que me envió y llevar a cabo su obra; de esto es de lo que yo me alimento, de obedecer la voluntad de mi Padre. Fíjense, Juan 6:38, fíjense esta afirmación de Jesús:
38 Porque he descendido del cielo, no para hacer Mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.
Juan 8:29:
29 Y Aquel que me envió está conmigo; no me ha dejado solo, porque Yo siempre hago lo que le agrada.
Este es el Jesús al que el autor de Hebreos nos dice que pongamos los ojos: no dice «Cristo», dice «Jesús», el autor, que como ser humano encarnado, el Hijo de Dios encarnado, caminó la carrera de la fe en obediencia absoluta a su Padre, y fue el pionero, y el que la terminó, para que nosotros luego podamos seguir ahí.
Jesús aprendió obediencia por lo que padeció
¿Ahora, por qué dice que pongamos nuestros ojos en él, en el versículo 3? Dice: «quien, por el gozo puesto delante de él, soportó la cruz, despreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios». Porque este es el que soportó la cruz; el que nosotros debemos tener nuestros ojos puestos en él, es una imagen específica en Jesús, quien en obediencia caminó hacia la cruz, y soportó toda la humillación y toda la injusticia que vivió. Esa palabra «soportó» es la misma palabra que está traducida aquí, en el versículo 1, «corramos con paciencia»: Jesús obedeció con paciencia, con perseverancia, hasta la cruz; perseveró en su obediencia hasta la cruz. O sea, esto no es una acción pasiva, sino una acción positiva de Jesús, de perseverar hasta el final bajo la opresión, bajo el dolor, bajo la humillación; no fue que se resignó a recibir los latigazos, decidió intencionalmente obedecer a su Padre hasta el final.
El autor de Hebreos ya había mencionado a Jesús en términos similares; denle la vuelta ahí a Hebreos capítulo 5, uno de los pasajes más sorprendentes del Nuevo Testamento, Hebreos 5, versículo 7.
7 Cristo, en los días de Su carne, habiendo ofrecido oraciones y súplicas con gran clamor y lágrimas al que lo podía librar de la muerte, fue oído a causa de Su temor reverente. 8 Aunque era Hijo, aprendió obediencia por lo que padeció; 9 y habiendo sido hecho perfecto, vino a ser fuente de eterna salvación para todos los que le obedecen, 10 siendo constituido por Dios como sumo sacerdote según el orden de Melquisedec.
Cristo soportó la cruz, y aprendió, dice, obediencia por lo que padeció. ¿Cómo es que Cristo aprendió obediencia? ¿Que no sabía él obedecer, si dice que él vivía para hacer la voluntad de su Padre? Quiere decir que Cristo experimentó algo tan extraordinario que llevó su obediencia a un nivel que era extraordinario incluso para él; su obediencia fue probada, y no fue probada porque hubiera pecado, ni porque estuviera siendo tentado a desobedecer, sino que estaba experimentando una prueba, una tentación —y es muy obvio que está haciendo referencia a Getsemaní—. Ahí enfrentó su más grande prueba; ahí fue donde su corazón enfrentó la realidad de lo que iba a suceder en la cruz: el Hijo amado de Dios encarnado iba a ser ejecutado y juzgado por Dios su Padre como el más vil de los malvados, literalmente clavado en un madero como un maldito.
Y dice la Escritura en Lucas 22, dice: «saliendo Jesús, se encaminó como de costumbre», versículo 39, «hacia el monte de los Olivos, y los discípulos también lo siguieron».
39 Saliendo Jesús, se encaminó, como de costumbre, hacia el monte de los Olivos; y los discípulos también lo siguieron. 40 Cuando llegó al lugar, les dijo: «Oren para que no entren en tentación». 41 Y se apartó de ellos como a un tiro de piedra, y poniéndose de rodillas, oraba, 42 diciendo: «Padre, si es Tu voluntad, aparta de Mí esta copa; pero no se haga Mi voluntad, sino la Tuya». 43 Entonces se apareció un ángel del cielo, que lo fortalecía. 44 Y estando en agonía, oraba con mucho fervor; y Su sudor se volvió como gruesas gotas de sangre, que caían sobre la tierra.
La prueba de Jesús no era el temor a la muerte, sino la horrible, la inconcebible realidad de que iba a recibir sobre sí mismo la copa de la ira de Dios por el pecado de toda la humanidad. Yo trato de imaginar lo que sería esto: una sentencia que estaba destinada a crucificar —imagínate tú al peor de los pecadores, un violador de niños que luego de violarlos los asesinaba; imagínate lo peor que pueda ser una persona, con un niño y con el cadáver, y lo hace múltiples veces, lo cual ha sucedido en la realidad, hay personas que han hecho eso— esa persona merece ser crucificada. Ahora multiplica esa maldad por millones y millones y millones de veces: esa culpa acumulada sobre la cabeza de Jesús, y la ira de Dios que merece ese pecado, cayendo sobre su cabeza. Cuando Jesús contempló eso, cayó de rodillas, dijo: «Señor, si es posible, pase de mí esta copa»; y dice Hebreos 5 que fue oído por su temor reverente. El Padre lo rescató de la cruz —fíjense en la oración, cuál era: «Padre, si es tu voluntad, aparta de mí esta copa», pero la oración continúa: «no se haga mi voluntad, sino la tuya»— y el Padre le dijo: te escucho, me gusta tu oración, y te voy a contestar; y se hizo la voluntad de Dios.
Entendemos esto con este texto que no puedo evitar leerles, porque nos revela lo que estaba pasando en la pasión de Cristo: está en Isaías 50.
5 El Señor Dios me ha abierto el oído; y no fui desobediente, ni me volví atrás. 6 Ofrecí Mi espalda a los que me herían, y Mis mejillas a los que me arrancaban la barba; no escondí Mi rostro de injurias y salivazos. 7 El Señor Dios me ayuda, por eso no soy humillado, por eso he puesto Mi rostro como pedernal, 8 Cercano está el que me justifica; ¿quién discutirá conmigo? Comparezcamos juntos.
El profeta Isaías está poniendo palabras, revelando proféticamente, cientos de años antes de que sucediera, lo que estaba moviendo a Jesús en ese momento: no fui desobediente; no fue desobediente al Señor, no se hizo para atrás, soportó todo porque sabía. No dice «soy humillado»: no soy humillado, porque el Señor Dios me ayuda. Y efectivamente, el Señor lo rescató de la muerte; el Señor reivindicó a su Hijo, lo resucitó, y dice Efesios capítulo 2 que lo resucita y lo exalta hasta lo sumo. No hay mayor exaltación que la que Cristo recibió por su obediencia a su Padre.
Vean la fe de Jesús, y cómo terminó en la carrera: no fue derrotado, fue escuchado —como dice Hebreos— por su temor reverente, y fue vindicado por el Señor, fue justificado por el Señor. Jamás habrá un hombre que viva lo que Jesús experimentó, jamás habrá un hombre que tenga la santidad de Jesús y que experimente la pena máxima de Dios sobre su cabeza por el pecado máximo acumulado de la humanidad pecadora. Pero el Hijo de Dios es ahí donde aprendió la obediencia total, y donde su obediencia aseguró la eterna salvación para los suyos, que a su vez —dice ahora el autor— lo obedecemos a él: «vino a ser fuente de eterna salvación para todos los que le obedecen», Hebreos 5:9.
Entonces, ¿cómo lo hizo Jesús? Estamos con nuestros ojos puestos en Jesús, viéndolo a él correr esa carrera y terminar victoriosamente, y estarnos esperando, donde él nos promete que vamos a ser resucitados como él, y nos vamos a sentar a su diestra, donde él está sentado. Y esto me llamó la atención: en los pasajes de Getsemaní, Jesús les insiste a sus discípulos y les repite tres veces: «oren para que no entren en tentación». Y yo siempre lo había visto como que Jesús les está diciendo «oren para que no entren en tentación» porque se están quedando dormidos, «oren para que no se duerman» —se despertaron, ¿verdad?—. ¿Qué estaba orando Jesús? ¿Por qué no entró en la tentación de la desobediencia? Porque oraba: «no se haga mi voluntad, sino la tuya». La postura de Jesús —lo voy a decir así, pero espero que no me malentiendan— la postura de Jesús nos modela el movimiento del arrepentimiento; porque mientras tú estés viviendo, orando y buscando «no se haga mi voluntad, sino la tuya», estás en esa postura de arrepentimiento en dirección a la obediencia. Entonces Jesús toda su vida la vivió en esa postura; Jesús nunca se volteó para satisfacer sus deseos personales, siempre permaneció en esa dirección, en la dirección de la obediencia. Entonces la obediencia de Jesús, hermanos, no fue algo ocasional, fue una manera de ver su vida, cuyo máximo objetivo era hacer la voluntad de su Padre para agradarlo en todo.
Y te hago la pregunta: ¿cómo ves tú la obediencia? Si vamos a hablar de obediencia, ¿la ves como decir «claro, para eso fui creado, esa es mi naturaleza, eso es lo que yo debo buscar»? ¿O la ves como «ya van a hablar de obediencia, ay, pues me voy a salir de aquí sintiéndome culpable»? ¿O la ves como algo ocasional, «voy a obedecer cuando sea tentado»? ¿O no te despiertas pensando: «el día de hoy tengo el privilegio de caminar la carrera de la obediencia como Jesús, a lo que me ponga el Señor delante, pero yo voy a seguir orando para no caer en tentación: Señor, hágase tu voluntad y no la mía»? La verdad de las cosas, hermanos, es que no vemos la obediencia como lo natural, lo cotidiano —lo que hablaba Mike, que esto debe ser lo preeminente en nuestra vida, lo más importante de lo que estamos haciendo—. No hay crecimiento en piedad si no hay perseverancia en la obediencia, si no vivimos con la intención de perseverar pacientemente, de soportar esta vida para caminar y terminar la carrera. Por eso empecé con esas verdades, por eso en el mensaje anterior estuve hablando de nuestra unión con Cristo: si estoy unido a Cristo, fui muerto al pecado junto con él, y fui vivificado con Cristo; con el poder —lo que decía Jeff— que se nos dio, el poder de la cruz, por la vida de la resurrección de Jesús, fuimos levantados para que andemos en novedad de vida, una vida nueva, una vida que les propongo debe ser considerada así: yo fui resucitado con Jesús, unido a Jesús en su vida, para vivir una nueva vida caracterizada por nuestra obediencia, caracterizada por una intencional, constante, cotidiana vida de obediencia.
Y aquí está la promesa: si Cristo fue oído por su temor reverente y triunfó por su obediencia, nosotros también seremos oídos y triunfaremos, si no desmayamos en el propósito de vivir para agradarlo. Y no piensen «bueno, pues es que a Jesús le era fácil obedecer porque él no tenía pecado, no tenía naturaleza pecaminosa»; pues nosotros sí tenemos naturaleza pecaminosa, pero tampoco nosotros estamos llamados a morir por los pecados de todos los hombres. Si dice que Jesús aprendió obediencia, hermanos, es porque ahí la agonía de Jesús fue algo real: las gotas de sangre que caían fueron algo real, al punto de que el Padre le envió un ángel para que lo fortaleciera y pudiera seguir su camino de obediencia.
El gozo puesto delante de nosotros
Ahora, cuando hablamos de poner los ojos delante de nosotros, dice el versículo: «puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, quien por el gozo puesto delante de él soportó la cruz». ¿Cuál era el gozo que estaba delante de los ojos de Jesús? ¿Qué era el propósito, qué era lo que Jesús quería ganar con su obediencia? Él quería ganar la aprobación de su Padre, el agradar a su Padre, el cumplir la voluntad de su Padre; él quería ser recibido y ser exaltado por su Padre, ser vindicado y ser justificado por su Padre, él quería volver a ser sentado a la diestra de su Padre. Su recompensa y su gozo, hermanos, estaban en vindicar a su Padre, en cumplir toda justicia, en que se hiciera la voluntad del Padre para la salvación del mundo; esa era su recompensa.
Entonces este pasaje, fíjense, presenta un paralelismo: así como Cristo tenía un gozo puesto delante de sus ojos, nosotros ahora vamos a tener delante de nuestros ojos algo que va a ser nuestro gozo. ¿Y quién es el que dice que pongamos delante de nuestros ojos, cuál es nuestro gozo? Nuestro gozo es Jesús. Nuestro gozo y meta, y lo que va a motivarnos a continuar la carrera, es Cristo mismo delante de nuestros ojos; es Cristo que nos está esperando, y nos está esperando, dice la Escritura, para darnos una recompensa en el día final. Nuestro gozo es terminar la carrera de la fe en obediencia, buscando agradarlo a él, como él hizo para agradar a su Padre. La meta es llegar a Jesús, la meta es que se cumpla el propósito de Dios en nuestra vida, que es ser santificados en su semejanza, para llegar a ser como él.
Ahí, en el capítulo 10 de Hebreos, les dice el autor que ellos estaban experimentando grandes luchas, y que habían aceptado el despojo de sus bienes, y dice que ellos tienen una mayor, mejor y más duradera posesión —versículo 34—; pero el versículo 36 del capítulo 10 dice:
34 Porque tuvieron compasión de los prisioneros y aceptaron con gozo el despojo de sus bienes, sabiendo que tienen para ustedes mismos una mejor y más duradera posesión. 35 Por tanto, no desechen su confianza, la cual tiene gran recompensa. 36 Porque ustedes tienen necesidad de paciencia, para que cuando hayan hecho la voluntad de Dios, obtengan la promesa.
Otra vez esa palabrita, «tienen necesidad de perseverancia», para que cuando hayan hecho la voluntad de Dios obtengan la promesa. Entonces, para correr la carrera, hermanos, el gozo que está adelante de nosotros es necesario que lo estemos viendo; la perseverancia viene porque no estamos corriendo a ciegas, sino que estamos corriendo una carrera con una meta definida, y con una recompensa, un premio, una promesa al final, que debe ser nuestro gozo. Dice: cuando hayamos cumplido o hecho la voluntad de Dios, obtenemos la promesa; seguimos hacia delante. Me encantan todos estos versículos, porque la perseverancia implica movimiento, implica avanzar, implica no retroceder; nosotros no somos los que retroceden, dice el capítulo 10. La obediencia es avanzar cada vez más y más en buscar hacer la voluntad de Dios en nuestras vidas, nos estamos extendiendo hacia delante.
Y ahí es donde me encanta este pasaje —se los voy a leer, está un poquito largo, pero se los voy a leer, porque a mí me ha servido muchísimo— que está en Filipenses capítulo 3, versículo 8: el apóstol Pablo lo describe, y alguien lo mencionó, como que el objetivo de Pablo era llegar a conocer a Cristo, que la meta para Pablo era Cristo, y ser conocido por él.
8 Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por Él lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo, 9 y ser hallado en Él, no teniendo mi propia justicia derivada de la ley, sino la que es por la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios sobre la base de la fe, 10 y conocerlo a Él, el poder de Su resurrección y la participación en Sus padecimientos, llegando a ser como Él en Su muerte, 11 a fin de llegar a la resurrección de entre los muertos. 12 No es que ya lo haya alcanzado o que ya haya llegado a ser perfecto, sino que sigo adelante, a fin de poder alcanzar aquello para lo cual también fui alcanzado por Cristo Jesús. 13 Hermanos, yo mismo no considero haberlo ya alcanzado. Pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, 14 prosigo hacia la meta para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.
Fíjense toda esta terminología: de esforzarse, de llegar, de extenderse; no es que ya lo haya alcanzado, o que ya haya llegado a ser perfecto, sino que sigo adelante. Ven la perseverancia: a fin de poder alcanzar aquello para lo cual también fui alcanzado por Cristo Jesús. Y me encanta esa imagen, porque es así: el Señor extendió su mano desde su trono y me sacó del reino de las tinieblas, y me trasladó al reino de la luz admirable, y me dice: ahora ven. Y entonces mi respuesta es: yo quiero alcanzar, yo me extiendo hacia delante. Dice: «no es que ya lo haya alcanzado, o que ya haya llegado a ser perfecto, sino que sigo adelante, a fin de poder alcanzar aquello para lo cual también fui alcanzado por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no considero haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta, para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús».
Hermanos, yo quiero vivir así; a mí me motiva esto. Sí, hay un peso, sí hay una realidad, sí hay algo de lo que nos tenemos que despojar; pero aunque estuvieran mil demonios agarrándome, mi postura no debe ser de derrota, mi postura es «yo me voy a extender hacia delante, porque yo tengo una meta y hay alguien que yo quiero alcanzar». La postura de la perseverancia, de la obediencia, de la santificación, la postura de crecimiento en piedad, hermanos, es que nosotros estamos orando «hágase tu voluntad, Señor, no la mía», y yo estoy extendiéndome porque quiero obtener el premio; ese es mi gozo.
Cierre: nos falta gloria
Hermanos, en la vida cristiana, creo que en el mundo evangélico, en el mundo evangélico reformado, nos falta gloria —lo he dicho aquí en Fieles—: nos falta hablar de la gloria, nos falta hablar de ese día. Nos falta, como estuvo toda la exhortación de Hebreos, queremos la promesa, queremos el premio, queremos la herencia, queremos la gloria. La santificación —lo que debe motivar nuestra santificación— es el anhelo de la gloria, el anhelo de la gloria y la participación con la gloria de Cristo. Corramos con perseverancia la carrera de la fe, con los ojos puestos en la meta, que es el gozo de alcanzar a Cristo y recibir de sus manos nuestra recompensa.
Yo les he dicho a los jóvenes —y ahora yo estoy en la edad en que ya contemplo más seguido el día de mi muerte— que no vamos a entender nosotros lo que es la gracia de Dios y lo que es la asombrosa obra de Cristo Jesús hasta que no estemos en ese día final. Así es como yo me lo imagino, así es como me sirve a mí, porque no se mueren todos los cristianos a la misma vez —bueno, depende de tu escatología—, pero no se mueren todos los cristianos así, y el tribunal es uno solo, es un solo trono, es un solo tribunal donde está Cristo juzgando. Yo me imagino que voy a ir en la fila, y adelante de mí va a haber una viejita, y luego va a estar acá atrás y atrás de mí —a lo mejor a alguien que atropellaron, no sé, me lo imagino así, como las películas—. Y llegas a ese día, y tú dices: no, pues a la viejita yo creo que sí la va a hacer. Pero cuando estemos ahí, y pensar que el que va enfrente de nosotros, de la boca de Jesús salen estas palabras: «apártate de mí, hacedor de maldad», y vengan los ángeles, gigantes del lado del trono, y agarren a esa persona y la lancen al infierno eterno; y luego sigo yo, «¿quién sigue?, Carlos Contreras», y volteé y el Señor a verme, y que de la boca del Señor salga esto: «bienvenido, siervo fiel, pasa al gozo de tu Señor». Ahí voy a entender la magnitud de la gracia de Dios, ahí se va a consumar mi gozo, ahí voy a recibir el premio, ahí voy a entrar a la gloria; ahí va a valer la pena todo el esfuerzo que tú quieras imaginarte que un ser humano pueda hacer aquí en esta vida para ganar ese lugar. Ahí no te vas a acordar de que un día te levantaste temprano para buscar al Señor, te fuiste a un retiro, hiciste un ayuno de tres días; nada de eso te vas a acordar, no más vas a decir: qué grande es mi Señor, y cómo valió la pena vivir para él.
Nos falta gloria, hermanos, tenemos que extendernos hacia delante; dejen ustedes que se ponga de pie Jesús y venga para acá y les diga «déjame darte un abrazo», cuando lo único que quieren es esconderse bajo sus pies. Tenemos que pensar en la recompensa, y que ese es el gozo que tengamos adelante, si es que queremos realmente crecer en piedad; tenemos que pensar en ganar el premio, y dejar atrás lo que tengamos que dejar atrás, y caminar en perseverancia en obediencia.
Dice Santiago 1:12:
12 Bienaventurado el hombre que persevera bajo la prueba, porque una vez que ha sido aprobado, recibirá la corona de la vida que el Señor ha prometido a los que lo aman.
En segunda de Timoteo dice, en aquel himno:
12 Si perseveramos, también reinaremos con Él;
Si perseveramos, también reinaremos con él; recibiremos la corona de la vida, viviremos la eternidad participando de su gloria, disfrutando de su presencia sin el pecado. No habrá más arrepentimiento en el cielo, hermanos, ya no habrá arrepentimiento en el cielo, no más; habrá una sola dirección: disfrutar de la gloria, de la gracia, del amor, de la presencia, de la gloria de su santidad, de la gloria de su gracia, de la gloria de su magnificencia, por siempre. Yo quiero eso, y si yo mantengo eso delante de mis ojos, como Pablo lo hacía, yo me voy a extender hacia delante, y las cosas se quedan atrás, no van a representar un peso. Y si está representando eso, si están representando eso, es que nos estamos conformando con cosas que no sirven, que se van a quemar, que van a perecer, que van a ser juzgadas, y nosotros estamos en una complacencia pensando que esta vida es para disfrutarla. No hay crecimiento en piedad, no hay perseverancia en la obediencia, y la carrera de la fe en obediencia se vive con los ojos puestos en Jesús, que es nuestro gozo para siempre. Amén.