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Señor, quiero pedirte que nos sigas bendiciendo, nos sigas hablando, nos sigas iluminando. Ilústranos lo que tú quieres de nosotros, y como veremos en este texto, Señor, tú lo que quieres es ver fruto en nuestras vidas: un fruto que se refleje, Señor, en nuestro hablar, en nuestra conducta, en nuestra fe, en nuestro amor, en nuestras obras; que se refleje en nuestro carácter, donde realmente estemos nosotros creciendo en semejanza a Cristo. Y Señor, podamos crecer en esa santidad, reflejando tu santidad delante del mundo, para gloria tuya. Quiero pedirte, Señor, que ilumines este texto, esta analogía, esta metáfora que está contenida aquí, para que podamos entender aún mejor que lo que tú nos estás pidiendo, lo estás produciendo en nuestras vidas, y que tengamos esa fe, esa esperanza y esa expectativa de que tú darás fruto a través de nosotros para gloria del Padre. Te pido que me ayudes, Señor, para poder ser efectivo el día de hoy, servir a mis hermanos, y agregar una semilla, agregar un ladrillo de verdad, Señor, a lo que tú estás construyendo entre nosotros esta semana. Te pido que me ayudes, y que por obra de tu Espíritu Santo pueda yo comunicar tu verdad —no la mía— a través de tu palabra, usando mis palabras; obra tú ese milagro, Señor, para beneficio de todos los que me escuchan. Te lo pido en el nombre de Jesús, amén.
Vamos a leer Juan capítulo 15, y voy a leer del versículo 1 al versículo 6.
1 »Yo soy la vid verdadera, y Mi Padre es el viñador. 2 Todo sarmiento que en Mí no da fruto, lo quita; y todo el que da fruto, lo poda para que dé más fruto. 3 Ustedes ya están limpios por la palabra que les he hablado. 4 »Permanezcan en Mí, y Yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco ustedes si no permanecen en Mí. 5 Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en Mí y Yo en él, ese da mucho fruto, porque separados de Mí nada pueden hacer. 6 Si alguien no permanece en Mí, es echado fuera como un sarmiento y se seca; y los recogen, los echan al fuego y se queman.
Introducción: el temor de quedarnos cortos
He tratado, cuando menos en un par de ocasiones, de ver algunas de las transmisiones de las Olimpiadas, y me ha llamado la atención cuántos corredores que se esperaba que fueran campeones y ganaran la medalla de oro, algo les pasa: les ganan otros corredores que no estaban esperados a ganar; algunos se caen, se tropiezan, y los que esperaban llegar no llegaron. Pero lo que más me llama la atención —y me identifico un poco con ellos— es cuando están en las eliminatorias, las preliminares, y están eliminando personas, y pasan solamente los primeros tres o los primeros cuatro. Pienso en los que salen en los últimos lugares: ¿cómo se están sintiendo, que están corriendo contra los mejores del mundo y ellos no tienen esa calidad? No voy a hablar de los mexicanos, pero de vez en cuando se cuela alguno. Pienso: ¿cómo me sentiría yo de arrancar una carrera, y luego ver que hay quienes inmediatamente se van adelante, y yo vengo en último lugar, en un estadio donde hay cincuenta mil personas, haciendo el ridículo?
Les digo esto porque, cuando estaba escuchando a Jeff anoche, me empecé a sentir un poquito así, como que «híjole, ya me están dejando atrás». Bueno, uno como viejo se empieza a sentir así, como que los jóvenes te empiezan a dejar atrás; pero sí pensé en eso, Señor, me siento como que no estoy dando el ancho, como que no me estoy esforzando. No quiero, en mi edad madura, ya como viejo, aflojar, y que de alguna forma, en mi caminar y en la carrera que tenemos por delante —de la que vamos a estar hablando también— me quede corto, me quede atrás, y empiece un temor. Y no quiero decir siquiera que sea un temor santo; hay una especie de sentimiento de que no estoy dando lo suficiente, no sé cómo decirlo, pero no estamos rindiendo lo que pudiéramos, o lo que espera nuestro Señor de nosotros.
Yo espero que este pasaje, en lugar de reforzar ese sentimiento, haga todo lo contrario. Hermanos, quiero animarlos: lo que nos trajo Jeff, y de lo que habló Mike y va a seguir hablando Mike, no solamente es algo posible, sino que es algo asegurado por lo que aquí Cristo está diciendo en este pasaje. No solamente tenemos la posibilidad de crecer en piedad, sino que Cristo ha asegurado la posibilidad de crecer en piedad. Y eso, para mí, hermanos —yo tiendo a ser de los que siempre piensan en lo que le falta al vaso, no en que el vaso está medio lleno, sino en que el vaso está vacío, le falta mucho, pienso siempre en lo negativo—; y cuando he leído este pasaje muchas veces, he pensado precisamente: «híjole, si no me apuro, yo voy a hacer una de esas ramas que cortan y que queman». Y no es lo que Cristo está tratando de hacer. Cristo nos está ilustrando cómo hemos de vivir estando unidos a Él, y no es tanto lo que tenemos que hacer, sino darnos cuenta de cuál es nuestra realidad espiritual, qué es lo que Cristo ha hecho para que nosotros vivamos en base a esa realidad, y lo hace por medio de esta metáfora, la de la vid.
Juan 15: la Vid verdadera
Esta es la séptima instancia en que Jesús habla diciendo «yo soy». Cuando dice «yo soy la vid», lo está haciendo en medio del discurso que el Señor empezó en las últimas horas de su vida, dejándoles a sus discípulos lo que él consideraba más importante; en medio de los capítulos 14 al 16 del evangelio de Juan está esta ilustración, esta manera de tratar de explicarles la realidad espiritual que estaba en ellos. Está hablando del Espíritu Santo: la promesa del Espíritu, la venida del Espíritu, la vida en el Espíritu, la obra del Espíritu Santo, la habitación del Espíritu Santo, para describir después, en este capítulo, visualmente, cuál es nuestra realidad espiritual como creyentes.
Él se describe como la vid verdadera; se describe como aquel que viene a fundar un pueblo nuevo, el pueblo de Dios. La Biblia describe al pueblo de Dios como la vid, y ahora Jesús dice: no, no, yo soy la vid; de mí va a salir un pueblo nuevo, una nueva humanidad, como decía John Stott. Y nosotros somos las ramas, los sarmientos que crecen y salen de esa vid, y de los cuales, de las ramas, sale el fruto esperado. Esta descripción que hace Cristo nos puede ayudar a imaginar, a tratar de comprender, una realidad espiritual que es literalmente imposible para nosotros comprender del todo con nuestra mente: nuestra unión con Cristo. Una unión donde, si lo ponen a pensar, una rama no produce la vid, sino que nace de la vid; y de una manera particular, en la planta que da las uvas, es diferente el sarmiento en su apariencia que la misma vid: la vid es un tronco, y los sarmientos son como unas guías, así que van saliendo, y las tienen que sostener en unos alambres para que el fruto no caiga al piso y se eche a perder.
Esta ilustración nos ayuda a entender lo que somos como parte de esa vid: Cristo es la vid, y él es el que da a luz las ramas, el que produce las ramas, el que da vida a las ramas, y el que asegura que esas ramas produzcan el fruto deseado. Nosotros, hermanos, no nos unimos a Cristo: Cristo nos hace nacer de él, y él entonces da a luz a un pueblo que es parte de él, que nace de él; por eso se describe como la cabeza de un cuerpo: la cabeza es la fuente, es el origen de la iglesia, de su cuerpo.
Pero, para entender esta metáfora, tenemos que tener en mente que Cristo, cuando se refiere a sí mismo como la vid, está refiriéndose a la obra nueva del evangelio, a cómo él viene a cumplir el propósito de Dios que está a través de toda la Biblia: que él quiere un pueblo que sea exclusivamente de él, y que él sea exclusivamente el Dios de ese pueblo. Ese es el propósito de Dios, y eso es lo que Cristo vino a asegurar: que él vino a llevar muchos hijos a la gloria, vino a llevarnos a Dios, vino a producir un cuerpo, vino a producir un pueblo, y él viene entonces a asegurar que ese pueblo le dé la gloria requerida a Dios, la gloria que él merece. Él es la vid que produce la iglesia que va a dar el fruto esperado por el Padre.
Nuestra unión con Cristo
Ahora, esta metáfora, esta analogía, tiene un propósito, y para nosotros en particular nos ayuda a entender la naturaleza del sarmiento. El sarmiento, la rama, nace y está unido a la vid; las ramas provienen y dependen de la vid; un sarmiento no puede existir si no permanece unido a la vid. La vida de las ramas no depende de las ramas mismas, sino de su unión y permanencia en la vid. Entonces lo que está haciendo el Señor Jesús es describiendo nuestra realidad espiritual, lo que somos unidos a Cristo: hemos nacido de nuevo por Cristo, regenerados por medio de su obra y por medio del Espíritu Santo, creados en Cristo Jesús por medio de su vida que está ahora en nosotros.
Cuando él se une a nosotros —como describe el libro de Romanos en el capítulo 6— está decidiendo participar de nuestra vida; se está uniendo a nosotros y decide vivir con nosotros, decide darnos su vida, y a la misma vez decide recibir de nosotros nuestro pecado, que paga en la cruz. Ese divino intercambio viene por nuestra unión con Cristo, donde estamos unidos a su muerte y unidos a su resurrección. Su propósito al unirnos a él es habitar con nosotros para siempre; el libro de Corintios dice que nuestros mismos cuerpos se hacen miembros del suyo:
15 ¿No saben que sus cuerpos son miembros de Cristo?
Esto es algo asombroso. La verdad de que Cristo está en nosotros y nosotros en él es un misterio, hermanos, que no nos podemos imaginar, pero es algo fundamental de cómo entendemos el evangelio; no podemos entender el evangelio como que Cristo está allá y nosotros acá, y él nos habla, y ahora está requiriendo algo de nosotros, como si de nosotros tuviera que salir algo. Aquí está diciendo que de nosotros no puede salir nada.
El doctor Marcus Johnson describe esta realidad espiritual de esta forma —no sé si puedan proyectar esta cita—: «la realidad central de nuestra salvación es que, a través de la fe y por el poder del Espíritu Santo, hemos entrado en una unión vital, personal y profundamente real con el encarnado, crucificado y resucitado Salvador Jesucristo, a través de quien fluyen a nosotros todas las bendiciones de la salvación. A través de Cristo, en Cristo, por Cristo es que nosotros recibimos todo el beneficio de nuestra salvación, incluyendo el llamado a dar fruto al Padre».
Entonces, lo que él está afirmando a sus discípulos es que en Cristo, en él, Dios Padre ha provisto para que nosotros podamos vivir una vida de piedad, podamos crecer en santificación, podamos llegar a crecer en semejanza a Cristo, ser conformados a él. En otras palabras, lo que Dios espera de nosotros, Cristo ha venido a hacer posible y a asegurarlo al unirnos a él. Esto no es algo que él nos está llamando a lograr o alcanzar, sino que es el evangelio que nos está anunciando: lo que Cristo ha venido a hacer posible en nuestra vida, para que entonces nosotros podamos vivir en Cristo como verdaderos hijos de Dios, trayendo gloria a nuestro Padre celestial.
Primer énfasis: unidos a Cristo para dar fruto
Habiendo dicho esta larga introducción, ¿qué significa lo que nos está diciendo aquí Jesús? Primero que tenemos que darnos cuenta de estos énfasis que tiene este pasaje: estamos unidos a Cristo para dar fruto —yo lo voy a poner así— para dar fruto de piedad para gloria de Dios. Fíjense en el objetivo de los sarmientos, cómo lo pone Jesús: hay un objetivo, es el primer énfasis de la metáfora; el objetivo es dar fruto. En seis versículos repite cinco veces que es necesario dar fruto. El objetivo de Cristo es inmediato, es evidente: la razón de la vid es que produzca sarmientos que produzcan fruto, y nosotros somos los sarmientos, y por ende, nuestro propósito al ser creados y unidos a Cristo Jesús es traer fruto a Dios Padre.
Ayer Mike, gentilmente, nos decía que tenemos que darnos cuenta de que fuimos llamados para esto; es un llamado prioritario, es preeminente, tiene que estar este propósito en nuestra vida. Fuimos creados en Cristo para traer fruto de gloria al Padre; no hay vuelta: no es para que tengamos una buena vida, no es para que tengamos un ministerio; es más, se los voy a poner así: ni siquiera para que nosotros seamos instrumentos para la salvación del mundo. Nuestro propósito al ser creados en Jesús es uno: dar fruto que glorifica al Padre. Entonces, ese fruto —les propongo— es un fruto de piedad, un fruto de justicia, un fruto de crecimiento en madurez, en semejanza a Cristo. Cristo viene como hermano, como primogénito, y el Señor tiene como objetivo crearnos de nuevo para conformarnos a su imagen; eso es lo que dice Romanos 8:29:
29 Porque a los que de antemano conoció, también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de Su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos.
Pablo lo describe de esta forma en Filipenses capítulo 1, versículo 9: esto pide en oración, le dice a los filipenses,
9 Y esto pido en oración: que el amor de ustedes abunde aún más y más en conocimiento verdadero y en todo discernimiento, 10 a fin de que escojan lo mejor, para que sean puros e irreprensibles para el día de Cristo; 11 llenos del fruto de justicia que es por medio de Jesucristo, para la gloria y alabanza de Dios.
Fíjense bien: fruto de justicia que se produce por medio de Jesucristo. Y cuando ustedes —si son como yo— leen esos pasajes, lo primero que piensan es: «ok, pero ¿qué es lo que yo tengo que hacer? ¿Dónde está mi esfuerzo, dónde está mi desempeño en esto?». Y entonces veo esto, y dice: «todo sarmiento que en mí no da fruto, lo quita», y al último, en el versículo 6, dice: «si alguien no permanece, es echado fuera, se seca y lo recogen»; entonces yo digo: «Señor, yo necesito permanecer, yo necesito hacer algo, yo necesito producir algo». Pero lo que Cristo está enfatizando es simplemente la imposibilidad de que una rama dé fruto separada del tronco; no para enfatizar lo que la rama debe hacer, sino para enfatizar la realidad de que la rama está unida al tronco para que cumpla un propósito. Él no está diciendo «tú necesitas unirte a mí»; está diciendo «date cuenta de que separados de mí no pueden hacer nada, y por eso yo vine a unirlos a mí; esa es su realidad, esa es su verdad, ahí es donde debe estar su fe». Es por esa unión que podemos dar fruto.
Fui creado de nuevo para dar fruto; fui creado para que la vida de Cristo se manifieste en mi vida y produzca algo a través de mí que va a traer gloria al Padre. Vean lo glorioso que es esa verdad: fuimos creados, y Cristo obra en nosotros, para que el Padre reciba gloria. Tú eres un productor de gloria para Dios. Y si yo se los hubiera dicho de otra manera —si les hubiera dicho, «levanten la mano todos los que están creados de nuevo para producir gloria para Dios»— a lo mejor nadie hubiera levantado la mano, porque dicen: «yo no, yo aquí ando batallando, apenas ando sosteniendo los pantalones que se me caen; ¿cómo yo le voy a dar gloria a Dios? ¿Cómo voy a poder contribuir o dar algo que agrade al Padre?». Como un viñador que puede recoger un ramillete de uvas, así frescas, sin lavar, que se antoja darles una mordida y probar el fruto dulce, y lo que eso produce en el viñador: así te ve a ti Dios Padre, como alguien que va a producir eso para él.
Desgraciadamente, hermanos, a veces nuestra mente y nuestro cristianismo están basados tanto en nuestro desempeño, y menos en la verdad de lo que Cristo ha hecho; y esa es la herramienta que usa Satanás para acusarnos, para tumbarnos, para sentarnos, para decir «yo no puedo hacer nada». Pero la buena noticia es que el Padre poda las ramas para que demos más fruto, y por eso a veces utiliza diferentes contextos para retarnos, para corregirnos, para levantarnos, para alentarnos; es el propósito de este llamado de Fieles. Yo le pido al Señor: Señor, alienta a tus siervos, que se envisionen y que sepan que tú tienes un propósito glorioso para ellos.
Segundo énfasis: permanecer en Cristo
El pasaje no solo nos dice cinco veces que el propósito es dar fruto, sino que nos dice cinco veces que, para que haya fruto, la rama necesita permanecer, permanecer en Cristo. En otras palabras, es necesaria una permanencia en esa unión, y aquí es donde se vuelve un poquito confuso: a ver, espérate, si yo estoy unido a Cristo y nada me puede separar de él, entonces ¿cómo es que yo tengo que permanecer? ¿A qué se refiere? Pues sabemos que separados de él no podemos dar fruto; entonces la permanencia en Cristo quiere decir lo contrario a estar separados de Cristo. Permanencia tiene que ver con habitar, con quedarse en un lugar, con no separarse, no apartarse de un lugar o de alguien; esta palabra significa que tú continúas, permaneces. No hay fruto, no hay crecimiento en piedad, si no hay permanencia. ¿Pero cómo vivimos sin separarnos de Cristo?
Esta es mi propuesta: debemos permanecer en comunión con Cristo para dar fruto de piedad que glorifica a Dios Padre. En otras palabras, para permanecer en esa unión se requiere vivir en comunión con Cristo. La Escritura nos dice que fuimos llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo, y a veces no entendemos bien lo que es la comunión: la comunión es una condición que requiere la participación de los dos que están en comunión, y que han sido unidos en un propósito común. Cristo tiene un propósito, y ese propósito lo transmite a sus sarmientos, que están unidos a él y que él dio a luz; y acabo de decir cuál es el propósito: la gloria del Padre. Cristo tiene el propósito de traer gloria al Padre —yo se los puedo demostrar en la Escritura: vean el evangelio de Juan y van a ver una infinidad de veces que el Señor dice «yo he venido para traer gloria a Dios, a mi Padre»—. Ahora, si ese es el propósito de Cristo, y nosotros estamos unidos a él, ese es nuestro propósito: él quiere producir fruto para gloria del Padre a través de nosotros. Entonces, en esa participación de un mismo propósito, habiendo sido unidos con un propósito común, nosotros debemos vivir en esa comunión, en esa realidad.
El puritano John Owen describía la comunión como un dar y recibir; o sea, es un intercambio, es una vida en donde hay una dinámica en la que yo estoy recibiendo y estoy dando, estoy comunicando y a la misma vez estoy recibiendo, estoy respondiendo y estoy dando. Esa característica de dar y recibir la podemos ver aquí en Juan, donde el Señor nos da su amor, su gracia, su vida, su palabra; donde encontramos su voluntad, donde vemos sus promesas, donde él nos habla de su poder. ¿Y qué es lo que espera el Señor como nuestra respuesta? Ahí debemos entender que lo que él espera es nuestra devoción, nuestra sumisión, nuestra dependencia, nuestra obediencia, nuestro amor, y hasta nuestra oración.
Para entender un poco más la cuestión de la comunión, me gustaría usar otra analogía bíblica: la relación entre el pueblo de Dios y nuestro Señor como un matrimonio espiritual. A través de toda la Escritura está esta analogía de cómo el Señor describe la unión con su pueblo como un matrimonio, un matrimonio en el que él siempre permanece fiel, y en el que nosotros somos llamados a permanecer en él. Tanto las cartas de Efesios como Apocalipsis hablan de esta unión matrimonial, de este matrimonio espiritual, donde él está purificando a su iglesia, preparándonos para ser presentados delante de él sin arruga y sin mancha. Si entendemos que hemos sido unidos a Cristo en ese matrimonio espiritual, entonces podemos entender un poquito mejor qué significa «permanecer»: significa que nos mantenemos intencional, celosa y fielmente en esa preciosa unidad, con nuestro afecto, con nuestra devoción, con nuestra lealtad, con esa intencionalidad de mantenernos unidos.
La Escritura, cuando habla de nuestra unión, dice que el que se une al Señor es un espíritu con él; entonces nuestra unión con Cristo es mucho más cercana y más íntima que la de un esposo con su mujer. Tenemos una unión mucho mayor que la que yo tengo con mi esposa Kena —nosotros hemos compartido una vida casi por 50 años—; mi unión con Cristo es completa, somos una cosa con Cristo, en él somos una sola carne; pero algún día nos vamos a separar, y yo nunca voy a ser separado de Cristo. Pablo describía la unión así: «ya no soy yo el que vive», a ese grado es nuestra unión, que ahora la vida que vivo, la vida que se manifiesta en mi vida, ya no soy yo, es Cristo.
Ahora, pensando en ese matrimonio, en esa unión espiritual: un hombre puede estar casado y vivir con su mujer, pero díganme ustedes si es posible que ese hombre casado con su mujer necesite permanecer en comunión con su esposa, para que su matrimonio realmente sea real —porque ese hombre puede separarse en su corazón, puede separarse hasta físicamente, y seguir casado, y decir que está casado—. Un verdadero matrimonio requiere que el marido y su mujer —y esta es una frase que se usa mucho en español, no sé cómo se traduzca al inglés— se procuren el uno al otro; es una de las pocas veces que le ganamos al inglés. Procurarse uno al otro se tiene que hacer de manera activa y continua. Ya voy a empezar a sonar como que esto es un taller matrimonial, pero no lo es: es para entender nuestra unión con Cristo. Pero díganme si no es así: que para vivir un matrimonio en comunión hay que procurarse la cercanía, hay que procurarse el conocimiento mutuo, la expresión de amor, tiene que haber un solo propósito, un solo espíritu, una sola mente entre el matrimonio, porque si no, hay separación.
Ahora, entonces, la comunión con Dios es precisamente vivir intencional y activamente buscando la cercanía con Cristo. Cuando Cristo dice «permanezcan en mí», está diciendo: tú necesitas intencional y activamente procurar estar cerca de mí, de tal forma que ese llamado que describe el Salmo 27 se haga realidad en la comunión con Dios:
8 Cuando dijiste: «Busquen Mi rostro», mi corazón te respondió: «Tu rostro, Señor, buscaré».
Cristo dice: yo quiero que tú estés cerca, yo quiero que no te separes; y nosotros decimos: Señor, voy a buscar tu rostro. Ayer no sé si fue Mike o Jeff quien dijo —no sé si aquí o en otro contexto— algo como cuando estás chiquito y tu papá te dice «mira, ya viste allá, no, ¿dónde ves?», y te agarra la cara y te orienta y te dice «ahí está, mira, velo derechito ahí»; cuando el Señor dice «busca mi rostro», él te está agarrando el rostro y diciéndote «aquí, aquí, tus ojos». Cuando nos está llamando a permanecer, nos está diciendo: «yo quiero que tú estés conmigo, que estemos unidos, que estemos caminando juntos». Y esa intencionalidad de buscar, de pasar tiempo regularmente con el Señor, en la lectura, en la meditación de su palabra, en nuestra respuesta en oración, en humilde sumisión —«sí, Señor, yo quiero agradarte, quiero buscar tu voluntad»— no es algo pasivo, es algo intencional. Y yo quiero animarte: esto no solamente es posible, es una realidad en tu vida.
Tenemos algo que no sucede en los matrimonios: a veces, cuando empezamos, recién casados, nos enojábamos, no le hablabas a tu mujer, y luego dices «híjole, ¿ahora cómo rompo el hielo, cómo le hago?», porque la quiero, ¿cómo me acerco? Y llego ahí a la cocina, «¿qué estás haciendo?», y no, pues no me contesta, ¿y qué hago? Pero Cristo no es así: Cristo nos está esperando, está ahí. Ya el domingo —y ayer también— estaba yo sentado, oyendo la predicación, tratando de recibir todo, pero pasa la música, los músicos empiezan a tocar, y me pongo de pie; y en las dos ocasiones yo creo que el Señor, como para decirme «mira, a ver si esto te sirve para tu predicación, porque sé que batallas para darte a entender», me puse de pie y sentí, experimenté, que el Señor me estaba viendo. Tú sientes así como que hay algo, como que ahí está el Señor delante de mí, no tengo que esforzarme para encontrarlo; ahí está, porque él vino para eso, vino para llamarnos a esa unión, para unirnos a él; él vino, hermanos, para hacer vida junto con nosotros.
Ese es el glorioso misterio del evangelio: cómo Dios, eterno, perfecto, el creador del universo, quiere vivir, hacer su vida por la eternidad, con alguien como yo. Oh, el misterio del evangelio: él quiere vivir conmigo, y vino a mí hace 46 años y me dijo: quiero vivir contigo, quiero habitar contigo, quiero hacer vida junto contigo, quiero estar unido contigo mucho más íntimamente, mucho más profundamente, mucho más continuamente de lo que lo vas a hacer con tu futura esposa, y lo quiero hacer por toda la eternidad. Entonces, hermanos, si tú regresas a tu casa con un fresco deseo de pasar tiempo con tu Señor, y de intencionalmente buscar esa comunión con él, creo que habremos cumplido nuestro propósito de estar aquí.
Permanecer en su palabra
Ahora, el Señor no solamente nos deja con esta idea general, sino que se mete más a fondo, y en los siguientes versículos, del siete en adelante, nos empieza a decir lo que él quiere decir cuando dice que permanezcamos con él; nos da el cómo —vamos a estar hablando más de ello durante toda esta sesión de sesiones—. Si él nos llama a una vida en común, a una unión íntima en la que hemos de responder al amor de Cristo, primero que nada quiero decirte: vamos a hablar de su palabra, pero quiero que pienses relacionalmente, no quiero que pienses intelectualmente, que esto se trata de un ejercicio intelectual; quiero que pienses relacionalmente, quiero que pienses en comunicación con Cristo. Si él quiere y requiere algo de nosotros, quiere estimular algo en nosotros para que, entonces, intencionalmente, procuremos habitar con él, que vivamos unidos a él. Y lo hace por el versículo 7 al 10:
7 »Si permanecen en Mí, y Mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y les será hecho. 8 En esto es glorificado Mi Padre, en que den mucho fruto, y así prueben que son Mis discípulos. 9 Como el Padre me ha amado, así también Yo los he amado; permanezcan en Mi amor. 10 Si guardan Mis mandamientos, permanecerán en Mi amor, así como Yo he guardado los mandamientos de Mi Padre y permanezco en Su amor.
Aquí es donde yo veo que la intención de Cristo está hablando de comunión: permanecer en Cristo significa que su palabra permanece en nosotros, y eso quiere decir que debe haber un creciente depósito de conocimiento de Dios, de conocimiento de Cristo, de su revelación, de su verdad; debe haber un depósito profundo de todo lo que él ha firmado, todo lo que él ha revelado acerca de sí mismo, todo lo que él nos ha mandado, todo lo que nos dice. Eso es lo que a mí me agrada: necesitamos conocer a nuestro Señor. Piensa relacionalmente: un matrimonio permanece firme en base al conocimiento real que se tiene de la pareja. Si tú no conoces a alguien, ¿cómo puedes decir que estás unido con esa persona, que son una sola cosa? Entre más profundo es el conocimiento mutuo, más sólida es la relación; por eso un esposo fiel procura escuchar a su mujer, para conocerla, para entenderla, para buscar agradarla. Hay muchas cosas que yo no sabía de mi esposa, que fui enterándome después de casado —ya, ya, ya están pensando en cosas negativas—, pero vamos a cumplir 42 años de casados, y le doy gracias a Dios por ella.
Igualmente debemos venir nosotros a la Biblia, porque queremos conocer más a nuestro Señor, más íntimamente: cómo piensa, qué quiere él, cuáles son sus prioridades. Venimos a escucharlo para conocerlo más, para entenderlo más, para a diario estar más conscientes de su voluntad, de sus principios, de sus valores, de su carácter, cada vez más motivados en esa relación, porque lo conocemos más profundamente. Si desconocemos al Señor, o dudamos de lo que él es, si dudamos o no creemos de lo que él ha hecho por nosotros, de cuáles son sus propósitos, de lo que nos ha prometido, de lo que espera de nosotros, hermanos, ¿cómo podemos caminar en comunión? Entonces necesitamos leer —somos un pueblo de un libro—, necesitamos estudiar para comprender mejor, necesitamos escuchar atentamente, necesitamos meditar, y una palabra que usaban mucho los puritanos, y que usa también mucho John Piper: necesitamos atesorar su palabra, tenerla como un tesoro en nuestra vida.
Cuando tú atesoras algo, significa que lo haces tuyo; si yo voy a atesorar la palabra de Dios, quiere decir que esta palabra me va a definir, va a definir cuáles son mis valores, va a definir lo que yo soy, va a definir mi vida; esta palabra va a conformar mi vida, me va a formar. Y entonces el Espíritu Santo obra a través de su palabra para conformarnos a la imagen de Jesús, y a través de su palabra es que la piedad está siendo formada en nosotros, está saliendo de nosotros, y luego está dando fruto para gloria del Padre. Y noten cómo el versículo 7 inmediatamente dice: «permanezcan en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y les será hecho». Ahí está: mi palabra, la recibes, ahora pídeme, y vas a volver a recibir; el círculo de la comunión empieza aquí, donde yo recibo esto, lo oro, y él me responde. Nuestras oraciones serán escuchadas cuando surjan de la palabra que estamos atesorando; ese dar y recibir está siendo ilustrado aquí por la palabra que revela a Cristo y su voluntad, define nuestra comunión y define nuestra oración, y eso es lo que asegura la respuesta del Padre a nuestras peticiones.
La oración debe ser informada, hermanos, y desgraciadamente —lo digo por mí mismo— muchas veces yo oro en mi carne, y traigo mis peticiones en mi carne, en lugar de venir al Padre con lo que produce, como respuesta, lo que su revelación produce en mí. Permanecer en comunión con Cristo es permanecer en ese diálogo entre lo que él nos dice y lo que nosotros le respondemos; y si nosotros respondemos en base a su verdad, entonces él recibe gloria, porque si él bendice y acepta nuestra oración, quiere decir que esta le está glorificando. Entonces, orar en respuesta a su palabra debe ser una parte fundamental de nuestra comunión. Es como si yo estuviera hablando con mi esposa, y ella estuviera abriendo su corazón, diciéndome «esta es mi necesidad, esto ha pasado, me sentí así, me sentí esto otro», y entonces yo le digo: «sabes que sí, pero sabes que mañana necesito que lleves el carro a que le cambien el aceite»; ella me está revelando algo, y lo que yo le digo y le pido no tiene nada que ver con lo que ella me está diciendo. Esa no es comunión.
El Señor dice: mira, lo que hoy te voy a mostrar, ahí está su Espíritu obrando; y la verdad, hermanos, es que cuando vamos en fe a la palabra, nunca dejamos de escuchar al Señor, siempre está su palabra obrando, él es el que está discerniendo nuestro corazón —como decía Mike ayer— y escudriña lo más profundo, y nos revela cosas; y ahí es donde tenemos que responder. Ahí es donde tenemos que pedirle: «Señor, forma este carácter en mi vida»; ahí es donde le pedimos e imploramos: «Señor, mortifica mi pecado, me estás mostrando y dando una convicción de que esto está mal; mortifícalo tú, cámbiame, quítame esto»; ahí es donde buscamos: «Señor, yo quiero entender estas cosas más, ayúdame, enséñame tú, discípulame, Señor, dame sabiduría para saber cómo responder cuando esté en estas situaciones en las que usualmente no respondo bien». Aquí es donde venimos como pastores a decir: «Señor, veo que mi gente está batallando con entender esto, ayuda tú a traer algo que le sirva, un consejo». Aquí es donde obtenemos dirección para nuestra vida, donde sabemos y entendemos lo que debemos hacer, donde él nos guía por medio de su palabra —como decía ahorita Fabricio—, donde él nos vivifica por medio de su palabra; aquí es donde vemos las glorias del evangelio, y luego vemos a nuestros hijos y decimos: «Padre, esto quiero, esto te pido para ellos, estas glorias de Cristo te pido para ellos», y entonces está informada nuestra oración, y no es una oración en la carne, donde vemos que nuestros hijos se están yendo, que les está saliendo su pecado y les brota por todos lados, y entonces, con temor, decimos: «Señor, te pido por mis hijos, por favor sálvalos, Señor, mira cómo están» —pero eso es nuestra carne, y no viene desde: «mira las glorias, mira lo que Cristo vino a hacer, Señor, esta es tu voluntad, te pido tu voluntad para con ellos»—. No sé si me explico cómo esas oraciones son diferentes. Entonces pregúntate tú: ¿qué le estás pidiendo a Dios? ¿Cómo se lo estás pidiendo? ¿Qué está motivando tu oración al Señor?
Permanecer en su amor
Ahora, no termina ahí la explicación del Señor; no es solamente esa comunión de revelación de su palabra, de definición, de información —de la palabra donde atesoramos su palabra, meditamos su palabra, nos apropiamos de su palabra, buscamos que esa palabra forme nuestra vida, nos conforme en nuestro carácter, guíe nuestras acciones, renueve nuestra mente, pensemos como él piensa, le respondamos pidiéndole que nos ayude y nos conteste—; pero dice Jesús que hay algo más, que vendrá a ser mi siguiente mensaje: «permanezcan en mi amor». Dice: «como el Padre me ha amado, así también yo los he amado» —noten quién ama primero: él nos ama a nosotros—; ahora, ustedes permanezcan en mi amor.
Pensando en el matrimonio de nuevo: ¿qué espera un cónyuge de su esposo o de su esposa? Si yo amo a mi esposa, ¿qué espero de ella? Que ella permanezca en mi amor; lo voy a poner así, que se siga dejando amar, porque la amo, yo quiero que ese amor permanezca en ella, pero también que ella permanezca en esa relación de amor conmigo. Entonces Cristo dice: permanezcan, así como yo los he amado, ustedes permanezcan en mi amor. Pero luego nos explica cómo se demuestra esa permanencia, y dice: «si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor, así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor». Sigue hablando en términos de comunión, de tú y yo: así como yo contigo, tú conmigo; así como yo tengo comunión con el Padre —como en Juan 17—, lo que el Padre me ha dado, yo se los he dado a ustedes, y ustedes vienen conmigo, yo los llevo al Padre. Es una comunión en la que, inclusive, las tres personas de la Trinidad están enlazadas.
Pero ese llamado de permanencia por amor es una permanencia en un amor en el que él nos unió a él, y que permanece; y nuestro amor es la respuesta esperada por él. ¿Pero cómo permanecemos en su amor? Guardamos su palabra. En el capítulo 14 lo repite: dice «el que tiene mis mandamientos y los guarda»,
21 El que tiene Mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por Mi Padre; y Yo lo amaré y me manifestaré a él.
El doctor Bryan Chapell, en su libro que en español se llama Gracia Sin Límites, habla de que aquí no es que tú ganas el amor de Dios guardando sus mandamientos, sino que, porque él te ama, tú respondes a ese amor guardando sus mandamientos; ya estás en esa relación, y el amor se manifiesta en esa devoción obediente, en esa sumisión confiada bajo su voluntad, convencido de que su voluntad es mejor que la nuestra. Nuestra obediencia a Cristo es lo que asegura nuestra continua comunión, porque nuestra desobediencia es lo que genera el que entristezcamos al Señor y haya esa frialdad en nuestra relación; seguimos estando unidos a él, pero ha habido una lejanía, nos estamos separando por nuestra desobediencia. Si amamos a Cristo con nuestra obediencia, entonces permanecemos en el amor del Padre y de Cristo, y él se manifiesta a nosotros; nuestra obediencia genera la sonrisa de Dios, y en nuestra comunión, la sonrisa del Señor es algo hermoso —vamos a hablar un poquito más de eso en la tarde—.
Quiero terminar con esto: en Juan 15, versículos 16 y 17, dice el Señor:
16 »Ustedes no me escogieron a Mí, sino que Yo los escogí a ustedes, y los designé para que vayan y den fruto, y que su fruto permanezca; para que todo lo que pidan al Padre en Mi nombre se lo conceda. 17 Esto les mando: que se amen los unos a los otros.
El amor resume toda la ley; el amor es la esencia de los mandamientos del Señor. En otras palabras, cuando el Señor dice «el que guarda mis mandamientos, el que guarda mi voluntad, el que me obedece», principalmente lo que está en la mente del Señor es: «yo te amo, yo quiero que tú ames». Fíjense en la secuencia: como el Padre me amó, yo le respondí; yo los amo a ustedes, respondan ustedes en amor; como yo te amo a ti, ahora tú ama a otros. La obediencia, piénsala así: siempre que hablemos de obediencia, en la mente de Jesús la obediencia tiene que ver con el amor, siempre; y nosotros muchas veces la vemos separada del amor: «yo tengo que obedecer, tengo que ser puro —ay, sí, tengo que ser puro—, tengo que hablar correctamente, tengo que dar un buen ejemplo, tengo que ser un buen esposo». Jesús dice: no te la compliques, ama; ama a tus hermanos, ama a tu esposa, ama a tus hijos, ama a tus hermanos en la iglesia, ama a tus vecinos; busca el bienestar de la gente, vive hacia afuera, tratando de buscar el bien de otros y no el tuyo, así como vivo yo, así como vine yo a hacerlo contigo. Tan sencillo, y vas a permanecer conmigo, unido, porque vas a ser como yo soy.
Cierre
Entonces, hermanos, permanecemos en Cristo en base a permanecer en esa comunión; pero si pensamos religiosamente en qué tengo que hacer, cómo voy a hacer, cómo me voy a portar, voy a ser un buen cristiano, voy a ser una buena persona, fuera de algo relacional, separado de Cristo, eso no es lo que el Señor está pidiendo. Lo que quiere, hermanos, es que tu piedad surja de tu relación con él, de tu cercanía con él, como resultado de que ya vives de tanto tiempo junto a él.
Yo tengo el gozo de tener un hijo adoptivo que llegó con nosotros cuando tenía seis años, vivió con nosotros en la casa como doce años, y ya ha vivido en diferentes lugares, primero como estudiante y después ya con su trabajo. Pero en mi hijo es donde ves que tus hijos tienen tus mismos manerismos, tu misma manera de hablar, tus mismos gustos, la manera en que agarra la cuchara; te gusta la carne, a tus hijos les va a gustar la carne, etcétera. ¿Por qué? Porque tanto viven contigo. No es que tú intencionalmente les enseñes cómo hablar, ni cómo dices los chistes, ni nada; tengo una hija a la que le gusta el rock de los setenta porque a mí me gusta el rock de los setenta. De vivir juntos, se pega. Tú vives cerca de Jesús, se te va a pegar. Entonces, hermanos, ¿cómo creen que sería su matrimonio si estuvieran continuamente detrás de su cónyuge? ¿Cómo creen que sería su relación con el Señor si lo estuvieran continuamente buscando, procurando? Y la buena noticia es que ya tienen todo para tenerlo, para gozarlo: ya están unidos a él, y él está ahí, esperándolos. Amén.