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Resumen

La ira de Dios es Su respuesta santa y justa contra el pecado — no un arrebato caprichoso ni una pérdida de control (como la ira humana caída), sino la reacción necesaria de un Dios perfectamente santo ante todo lo que se opone a Su carácter. A diferencia del amor, que es intrínseco al ser de Dios (“Dios es amor”, 1 Jn. 4:8), la ira no es un atributo eterno de Su naturaleza en el mismo sentido: es Su respuesta al pecado, y por tanto cesará cuando el pecado sea erradicado — pero mientras el pecado exista, un Dios santo no puede permanecer indiferente ante él sin dejar de ser santo.

La Confesión de Fe de Westminster, al tratar la caída del hombre, enseña que por el pecado el hombre quedó “sujeto a la ira de Dios y a la maldición de la ley” (CFW VI.6) — la miseria del pecador no es solo la ausencia de comunión con Dios, sino la exposición activa a Su justa indignación. Los Cánones de Dort lo dicen sin rodeos sobre los que rechazan el evangelio: “la ira de Dios está sobre ellos” (C1-A4). Y precisamente porque la ira de Dios es real y merecida, el evangelio es una noticia tan buena: Cristo fue “hecho maldición por nosotros” (Gá. 3:13) para que quienes están en Él ya no estén bajo esa ira, sino bajo Su favor (Rom. 8:1).

Bases bíblicas

  • Romanos 1:18 — “la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que con injusticia restringen la verdad”.
  • Juan 3:36 — “el que no obedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él”.
  • Efesios 2:3 — “éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás”.
  • Nahúm 1:2-3 — “el Señor es celoso y vengador… es lento para la ira, pero grande en poder, y el Señor no dejará sin castigo al culpable”.
  • Romanos 5:9 — “justificados ahora por Su sangre, seremos salvos de la ira de Dios por medio de Él”.

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