El Señor promete bendecir a aquel “que es humilde y contrito de espíritu” (Isaías 66:2). La humildad es una visión precisa de Dios y de nosotros mismos. Es fundamental para todas las demás virtudes formadoras, porque sin humildad no experimentaremos ni el deseo ni la gracia necesaria para cultivarlas. El evangelio nos humilla cuando llegamos a comprender que

8 Porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe, y esto no procede de ustedes, sino que es don de Dios; 9 no por obras, para que nadie se gloríe.

Esta humildad ante Dios impulsa la humildad hacia los demás. De acuerdo con el ejemplo de Jesús, se nos manda:

3 No hagan nada por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de ustedes considere al otro como más importante que a sí mismo, 4 no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás.