La grabación abre con los anuncios del culto (bienvenida a dos visitas, grupos en casa, jornada de limpieza del 10 de octubre) — se excluyen por no ser parte del sermón.
Rey Soberano, te doy la gloria, Señor, porque es por causa tuya que estamos aquí, es para tu gloria que estamos aquí, y quiero rogarte, Señor, que yo, que soy un hombre débil, pecador, que como vamos a ver hoy batallo con el pecado, tú me des hoy la capacidad sobrenatural de compartir tu Palabra con tu pueblo, para que hoy tu pueblo sea edificado para tu gloria, Señor, para que podamos cambiar nuestras vidas a la imagen de Jesús. Señor, yo confieso que eso es algo que yo no puedo hacer, yo no puedo ni siquiera cambiarme a mí mismo — necesitamos, por lo tanto, que sea tu Espíritu el que obre para traer arrepentimiento, fortaleza y santificación en nuestras vidas, en nombre de Jesús. Amén.
Introducción
Hoy vamos a hacer algo que no acostumbramos, pero que queremos que se vuelva costumbre: leer el pasaje juntos, de pie, en la Nueva Biblia de las Américas, que es la versión que usa esta iglesia — proyectado en pantalla para quien no traiga Biblia o traiga otra versión.
8 Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. 9 Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad. 10 Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos a Él mentiroso y Su palabra no está en nosotros. 1 Hijitos míos, les escribo estas cosas para que no pequen. Y si alguien peca, tenemos Abogado para con el Padre, a Jesucristo el Justo. 2 Él mismo es la propiciación por nuestros pecados, y no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.
Oremos nuevamente, Señor: nuevamente te suplico por tu ayuda, por tu gracia, por la dirección de tu Espíritu. Úsame, Señor, para tu gloria, en el nombre de Jesús. Amén.
Esta semana la BBC sacó una noticia de una mujer en la India: la historia de una madre viuda de 47 años que, para poder comprar los útiles escolares de su hija (unos 31 dólares), se anotó sin entrenamiento, sin condición y sin calzado a una carrera de 3 km que daba un premio. Corrió en chanclas de plástico; a la mitad de la carrera se le reventaron y siguió descalza — y ganó. ¿Qué la motivó a darlo todo? El amor a sus hijos: el premio tenía un propósito, y ese propósito —comprar los útiles de su hija— era más grande que las adversidades. Cuando tenemos un propósito claro, firme y seguro, eso nos mueve a pesar de la adversidad.
El problema, hermano, es que nosotros somos cristianos pero muchas veces vivimos la vida cristiana sin un propósito claro. Tenemos propósitos económicos, familiares, de compra —“me quiero comprar el nuevo iPhone”— pero necesitamos propósitos claros en nuestra vida cristiana. Lo que vamos a ver hoy en Primera de Juan nos va a recordar uno de esos propósitos, quizás uno de los más importantes.
El sermón de hoy se titula Una nueva relación con el pecado, y lo vamos a ver en tres puntos: primero, que el pecado es real; segundo, que ahora que estamos en Cristo tenemos un propósito claro; y tercero, que tenemos un rescate suficiente.
Antes de entrar al primer punto, un diagrama de la estructura de Primera de Juan: cada libro de la Biblia tiene una estructura, como una película tiene partes y un clímax. El mensaje central de Primera de Juan es que Dios nos ha llamado a tener comunión con Él —representada en el centro del diagrama con dos anillos entrelazados— y esa comunión, a lo largo de toda la epístola, descansa sobre tres ejes: se basa en la verdad, camina en la luz, y se basa en el amor. Hace ocho días vimos que Dios es luz y que no hay ninguna tiniebla en Él, lo cual significa que Dios no tiene ninguna relación con el pecado. Y ahí está el problema: el Dios que es luz quiere tener comunión con alguien como yo, que soy pecador. Esa es la pregunta que Primera de Juan empieza a contestar: las personas que tienen comunión con Dios tienen ciertas características, de la misma manera en que un corredor de atletismo, con los años, va adquiriendo cierto tipo de cuerpo. La primera de esas características es la que vemos hoy — la resumimos así: rechaza el pecado, aunque es un poco más complejo que eso.
I. Un pecado real (1:8-10)
A. La negación del pecado
En la iglesia a la que Juan escribía —probablemente Éfeso— había personas que decían “nosotros no tenemos pecado”. Puede sonarnos chocante, pero seguramente nosotros también tenemos una comprensión pobre de lo que es el pecado: cuando pensamos en pecado, la primera imagen que viene a la mente es la de “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”. El versículo 8 describe a alguien que puede decir “yo soy bueno” — no le pego a mi esposa, no le soy infiel, no ando de borracho, no le hago daño a nadie, no he matado, no ando de chismoso, no he pecado. El problema es que con esa comprensión estamos midiendo el pecado horizontalmente: si me comparo con otros, siempre voy a encontrar gente peor que yo — y a mí me encanta compararme con los que están peor. Pero el pecado no nos invita a compararnos entre nosotros: la referencia que debemos perseguir es el modelo de Cristo, que nunca pecó.
El versículo 10 es más específico: “si decimos que no hemos pecado” — estas personas no solo decían que no pecaban en general, sino que ante acusaciones concretas (“tuviste una actitud orgullosa”) respondían “jamás”. Y todos tenemos esa actitud: cuando alguien nos dice que fuimos imprudentes al manejar, o mi esposa me señala un error, mi primera respuesta natural es “fíjate tú primero”. La sentencia del versículo 8 es que esa persona se engaña a sí misma; la del versículo 10 es más tremenda todavía: si Dios dice que eres pecador y tú dices que no, le estás diciendo a Dios que es mentiroso.
B. La realidad del pecado
Debemos intentar definir qué es el pecado, porque nuestra comprensión no siempre es clara. El pecado consiste en una rebelión en el corazón del hombre contra Dios y sus mandamientos — no es solo lo que hacemos, es una actitud del corazón contra Dios y lo que Él ha mandado en su Palabra. Primera de Juan lo llamará más adelante infracción de la ley, y la ley se resume en los dos grandes mandamientos: amar a Dios con todo el corazón, alma, mente y fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo. Pecado es una actitud del corazón que no quiere amar a Dios sobre todo ni amar al prójimo. Por eso, cuando hay una discusión en el hogar por quién lava los trastes, no es realmente por los trastes: es porque me amo más a mí que a ti. Un esposo es infiel porque ama más su deleite que a su esposa y su familia — y, peor aún, porque ama más su placer que a Dios.
La Escritura divide a la humanidad en dos grupos: los que están perdidos y son esclavos del pecado, y los que han puesto su fe en Jesús y por esa fe han sido liberados del dominio del pecado. Si eres creyente, Cristo te ha hecho libre — ya no te domina el pecado — pero hay algo que los teólogos llaman el pecado remanente, y ese va a ser un problema con el que lidiaremos todos los días hasta que el Señor nos llame. Es como una persona diabética: la diabetes no se cura, pero hay una diferencia enorme entre vivir consciente de esa condición y estar a punto de un coma diabético por habérsela olvidado — un diabético no puede decir “hoy se me antojó comerme un pastel de dos kilos con una coca de dos litros”. Es una realidad que ya no te domina, pero que sigue presente.
Resumen I.B
A pesar de que hemos sido liberados del dominio del pecado, la presencia del pecado en el creyente persistirá hasta que muramos.
Resumen estructural
Dios no tiene ninguna comunión con el pecado. Dios nos ha invitado a tener comunión con Él. El pecado es una realidad con la que lucharemos toda la vida. ¿Te das cuenta del problema?
C. La gracia de la confesión (v. 9)
Entre el versículo 8 y el 10 está el 9 — y ahí está lo más importante, como la carne de una hamburguesa entre los dos panes.
9 Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad.
Hay una solución para que gente como nosotros, que va a lidiar con el pecado toda la vida, pueda tener una relación con Dios — y depende enteramente de que Dios es fiel y justo. Ser fiel significa que Él siempre cumple lo que promete, a diferencia de nosotros, que le decimos a la familia “vamos a ir a la alameda” o “te voy a comprar otro celular” y no cumplimos.
9 Reconoce, pues, que el Señor tu Dios es Dios, el Dios fiel, que guarda Su pacto y Su misericordia hasta mil generaciones.
Y es justo: el que justifica al impío y el que condena al justo son ambos abominación al Señor.
15 El que justifica al impío y el que condena al justo, ambos son igualmente abominación al Señor.
Un juez que declara inocente a un asesino con todas las pruebas en su contra sería injusto — así también Dios no puede declarar justo a un impío ni condenar a un justo. El pecado merece un justo castigo, y un Dios justo siempre lo castiga. Y aquí está el problema: en nuestro estado natural, ¿quién de nosotros es justo? ¿Quién no ha mentido esta semana?
Pero, ¿qué significa confesar? En el idioma original, confesar es homologeo — decir lo mismo: no se trata de repetir las cosas como un perico, sino de empezar a considerar el pecado de la misma manera en que Dios lo ve. Y no se refiere a un acto puntual, sino a un estilo de vida. Así, este Dios fiel y justo perdona nuestros pecados cuando los confesamos delante de Él, y nos limpia de toda maldad.
Resumen I.C — idea clave punto I
En su fidelidad y justicia, el Señor perdona y limpia a su pueblo cuando confiesa su maldad, a pesar de que lucharán con el pecado toda la vida.
En la vida práctica
¿Qué significa que voy a luchar contra el pecado toda la vida? Que no soy mejor que nadie — los cristianos tenemos la mala fama de criticar y juzgar a otros, cuando deberíamos ser las personas más compasivas con los pecadores. Cuando veo a un borracho en la calle, en pésimas condiciones, lo que debo pensar es que yo tengo todo el potencial de estar igual que él; cuando veo caer a un hermano, en vez de “ya lo veía venir”, debería recordar que él está luchando con el pecado y va a luchar con él toda su vida, igual que yo.
También debe producir temor — no cinismo, sino conciencia de mi potencial. Cuando era novio, mi esposa me preguntaba “¿verdad que tú nunca me vas a abandonar?” y yo le decía “no, sería incapaz”. Ahora le digo: yo, Enrique Villegas, tengo todo el potencial de hacer lo peor. Eso no es mi identidad —mi identidad está en Cristo— pero es mi potencial, como cuando vas en autopista a más de 100 km/h junto a máquinas que te pueden pulverizar: sabiendo el peligro, checas tus llantas, tienes cuidado, esquivas al tráiler que viene como loco.
Y de ahí se sigue algo muy concreto: cuando alguien te señala un pecado, no deberías reaccionar como el diabético que le dice a la enfermera “¿y usted quién se cree para juzgarme?” cuando ella solo le dice que tiene el azúcar alta — deberías agradecer, no enojarte, porque en el fondo, si nos enojamos, es porque seguimos pensando “pecador serás tú, yo no”. Necesitas identificar los pecados con los que luchas —orgullo, envidia, mentira, lujuria— y vencerlos, sabiendo que cuando los venzas vendrán otros. Y necesitas ver el pecado como Dios lo ve: Dios lo aborrece porque va contra Su carácter y porque conoce toda la destrucción que produce. Imagina a alguien a punto de serle infiel a su cónyuge, pensando solo en el placer inmediato, o a un joven buscando alivio en una sustancia — ¿qué pasaría si por un momento pudiéramos ver con claridad todo el daño y el dolor que esa acción va a producir? Hay un puritano que oró: “muéstrame mi pecado, Señor, para que pueda ver su horror” — y creo que tenemos que aprender a orar así.
II. Un propósito claro (2:1a)
1 Hijitos míos, les escribo estas cosas para que no pequen.
“Hijitos míos” son las palabras de un padre a sus hijos pequeños: Juan se acerca a ellos porque los ama y se preocupa por ellos. El propósito de Juan al escribir es que no pequemos — y ese es también el propósito de Dios para tu vida. Romanos 8:29 dice que su propósito es formarnos a la imagen de Jesús, y Efesios 4 nos enseña que nuestra meta es llegar a la medida de Cristo. El Señor quiere que pensemos en el pecado y reflejemos su gloria, de manera imperfecta y defectuosa todavía, pero que la reflejemos — y lo hace porque te ama. Esta es la meta de Dios, y Dios hará todo lo necesario para lograrlo.
Estoy leyendo un libro, Gracia para crecer en santidad, del pastor Carlos (no alcancé a copiar bien la cita esta semana, así que la leo del libro): “Hemos sido apartados para que seamos suyos y para que Él sea nuestro. Todo lo hace por su gracia, o sea, gratuitamente y no por nuestro mérito, sino por su buena y amorosa voluntad. Dios te salva porque te ha escogido para hacerte su hijo o su hija en santidad. El llamado a la santidad es para que vivamos en comunión con Él.”
Dios quiere limpiarte del pecado y que tú y yo venzamos el pecado en la vida diaria. Piensa en ese pecado horroroso con el que estás luchando —los arranques de ira, la irresponsabilidad, la envidia, el orgullo, la mentira, la lujuria— identifícalos, y aunque a veces estemos hartos de nosotros mismos y digamos con Pablo “miserable de mí”, Dios quiere que venzas ese pecado, y si Dios lo quiere, nosotros también debemos quererlo. Esa es una de las metas de la vida cristiana: dejar de caer en esos actos cotidianos de pecado.
Una oración de un viejo puritano (leída completa)
Eres mi Señor y Dios, y te serviré. Te he escogido como mi herencia para siempre, y esperaré tu salvación. Escucha el suspiro de tu prisionero y libera a tu cautivo. Mi corazón está contigo. Oro para que el pecado ya no reine en mi cuerpo mortal. No quiero tener nada más que ver con el reino de la iniquidad. Rompe las cadenas, desata las esposas y saca mi alma de la prisión. Examíname, Señor, y conoce mi corazón. Pruébame y conoce mis pensamientos. ¿Hay algo de maldad en mí? ¿Obedeceré voluntariamente los mandamientos del pecado? ¿Albergo alguna iniquidad en mi corazón? Es verdad: mi corazón lucha contra ti. Se amotina y se rebela contra ti. ¿Pero me resigno a ello? ¿Es acaso un placer para mí? ¿Estoy en paz con eso? Señor, tú lo sabes. No puedo librarme de la iniquidad en mi corazón, no puedo hacer las cosas que quisiera, no puedo orar como lo debería. No puedo escuchar como lo haría, ni pensar, ni hablar, ni vivir como lo debería. Donde quiera que vaya, el pecado va conmigo. Donde me quede, él también se queda. Si me quedo quieto, ahí está conmigo. Si huyo de él, me persigue. No puedo descansar, no puedo trabajar, no puedo hacer nada, el pecado siempre me acecha. Y, sin embargo, bendito sea tu nombre, esto hago: lucho contra él. Lucho contra esto, aunque a veces me derriba. No confío en él, aunque me halaga. No lo amo, aunque me alimenta. Mi corazón está contigo, Señor, a ti te sigo. Gimo y lucho con dolor, esperando tu redención. Hasta el día en que muera, no me rendiré. Moriré peleando. Moriré esperando. Moriré orando. Sálvame, Señor. No te tardes, Dios mío. Amén. — Richard Alleine
Idea clave punto II
Aunque la lucha con el pecado persistirá, compartimos el firme propósito de Dios de vencer el pecado.
Esto tiene que ser tu meta todos los días: necesitas escudriñar tus caminos, porque confesar el pecado implica analizar tu día para saber qué confesar, y aprender a nombrarlo como Dios lo ve. No es orar “Señor, ya sabes cómo es mi esposa, a veces se pone insoportable y le grité, pero tú me entiendes” — cuando la Escritura llama a eso ser “homicida de corazón”. Y cuando un hombre o una mujer se le van los ojos tras otra persona en la calle, la Escritura no lo llama “echarse un taco de ojo”: lo llama “adúltero de corazón”. Tenemos que ver el pecado y confesarlo como Dios lo ve, orar activamente pidiendo que Él ponga en nosotros el querer y el hacer, creer en su Palabra, y regresar a los hábitos de gracia: la oración, la Palabra y la comunión con la iglesia.
III. Un rescate suficiente (2:1b-2)
Si el pecado es real y tenemos un nuevo propósito, lo más extraordinario es el rescate que el Señor nos ha dado. “Y si alguien peca” no es un “si” hipotético — Juan ya sabe que vamos a luchar con el pecado y a fallar.
A. Abogado
1 …tenemos Abogado para con el Padre, a Jesucristo el Justo.
Esta palabra, “abogado”, es la misma que en otros versículos se traduce como “consolador”: alguien llamado para estar a tu lado. Aquí habla del papel de Cristo intercediendo, delante del Padre, al lado de Dios. Imagina que te meten a los separos y tienes una llamada: le llamas a tu abogado y te dice “estoy de vacaciones, ahí te ves” — nuestro Abogado nunca hace eso, está donde lo necesitamos. Y es “el Justo”: cumplió perfectamente toda la ley; a diferencia de nosotros, que siempre luchamos con el pecado, Él siempre lo venció.
B. Nuestra propiciación
Todo pecado genera una deuda delante de Dios.
2 Él mismo es la propiciación por nuestros pecados,
Dios es justo y no puede pasar por alto ningún pecado — si lo hiciera, sería injusto. No es como cuando llegan visitas de sorpresa y metemos toda la ropa sucia y los trastes en un cuarto, escondemos la basura bajo los sillones y abrimos la puerta con aromatizante como si nada — Dios nunca hace eso; el pecado es demasiado serio como para echarlo debajo de la alfombra. Pero cuando Juan dice que Cristo es la propiciación, significa que Él no es solo el Abogado: es la ofrenda que se entregó voluntariamente para recibir el castigo que merecíamos nosotros. En el Antiguo Testamento la propiciación era el sacrificio que se entregaba —como en Levítico, cuando uno entregaba un borreguito y Dios descargaba su ira sobre él en lugar del ofrendante— y así también, según Isaías 53, el castigo de nuestra paz fue sobre Él, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios. Esto no es un trámite burocrático y frío: es el más grande acto de amor de Dios por ti — tu castigo y mi castigo cayeron sobre Jesús.
Resumen III.B
Cristo mismo es la propiciación que satisface la justicia de Dios, haciendo posible que un Dios justo perdone sin dejar de ser justo.
C. El alcance de la propiciación
2 …y no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.
Esto debería sorprendernos: no solo pagó por quienes creen en Él, sino que alcanza para perdonar a todo el mundo.
23 Por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios. 24 Todos son justificados gratuitamente por Su gracia por medio de la redención que es en Cristo Jesús, 25 a quien Dios exhibió públicamente como propiciación por Su sangre a través de la fe.
Si pones tu fe en Cristo, el castigo que te correspondía se transfiere a Jesús — y esa verdad está disponible para todo el mundo: cualquier persona, en cualquier nación, que ponga su fe en Jesús, es perdonada, porque el castigo recae sobre Él.
Idea clave punto III
Cuando pecamos, tenemos en Cristo un Abogado justo y una propiciación suficiente para cualquier pecador, de cualquier nación.
Conclusión
Vimos que el pecado es real, pero que el Señor, en su carácter justo y fiel, perdona incluso a los que lucharán toda la vida. Vimos que ahora tenemos un nuevo propósito, luchar contra el pecado, y que esa lucha persistirá, pero compartimos el mismo propósito de Dios: vencerlo. Y vimos, finalmente, que nuestro rescate fue suficiente — cuando pecamos, tenemos en Cristo un Abogado justo y una propiciación suficiente para cualquier pecador, de cualquier nación.
Argumento
Nuestra relación con el pecado ya cambió, porque Cristo nos ha dado el perdón cuando fallamos y nos ha llamado a vencer el pecado.
Pero tengo que preguntarte algo: si tú eres como yo, vas a pecar hoy, vas a confesar ese pecado, te va a doler, y vas a volver a caer. Hay pecados que ocultamos perfectamente —hemos aprendido a fingir, a borrar historiales, a usar navegación privada, a pensar mal de los demás en el corazón— y seguramente le has preguntado al Señor, como Pablo, “¿quién me librará de esto?“. Hay dos salidas falsas: la de los falsos maestros —“no es para tanto, tranquilo, el 90% de la población también ve pornografía, aquí todos son gritones”— o hundirte en la culpa. Pero quisiera cerrar con Romanos 8:
33 ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. 34 ¿Quién es el que condena? Cristo Jesús es el que murió, sí, más aún, el que resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.
Como nuestra lucha con el pecado es diaria, todos los días vamos a necesitar a nuestro Abogado. Así que, si estás luchando con el pecado: primero, corre a tu Abogado, no te escondas de Él — cuando peques, tu primer impulso no debe ser esconderte ni minimizarlo; es absurdo que un creyente deje de venir a la iglesia porque falló, como si aquí solo vinieran los que no fallan, esta iglesia estaría vacía. Segundo, descansa en que Él ya pagó: si te sientes culpable, si tu conciencia te acusa o el diablo te acusa, tu pecado ya fue pagado, y tu perdón no depende de lo que tú hagas o des. Y en tercer lugar, lucha contra el pecado todos los días, paso a paso: si quieres correr hoy un maratón no vas a aguantar, pero si cada día te despiertas con una nueva mentalidad, orando “Señor, dame tu gracia para vencer este pecado con el que estoy luchando”, Él te la va a dar.
Y si nos estás visitando: el problema más grande que tienes es tu condición delante de un Dios santo. No es que tengas que hacer algo ni cumplir requisitos: necesitas a Alguien, un Abogado que esté contigo e interceda por ti delante de un Dios santo — y no hay otro Abogado más que Cristo. Te invito a que te acerques a Él y confíes en que, en su muerte, Él ya pagó.
Que el Señor nos conceda la gracia de nunca vivir atrapados en la desesperación o en la negación del pecado; que corramos confiadamente a Cristo, nuestro Abogado, y descansemos en que Él ya pagó por nosotros, para que por su gracia avancemos y venzamos el pecado paso a paso. Señor, concédenos tu gracia para entender que, aunque nunca dejaremos de luchar con el pecado, el precio ya fue pagado; y concédenos este propósito firme de luchar contra el pecado y el poder para vencer. Te lo ruego, Señor, en Cristo Jesús. Amén.
Tras la predicación, la iglesia cantó, y el pastor guio un tiempo de confesión congregacional en oración, seguido de la convivencia y comida de la iglesia — se excluyen por no ser parte del cuerpo del sermón.