Todas las cosas pertenecen a Dios, el dador de toda buena dádiva y todo don perfeto (Santiago 1:17). El evangelio de Jesucristo es un acto de generosidad cósmica. La cruz es el púlpito del amor de Dios y el desbordamiento de su gracia y misericordia para con los pecadores indignos. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él, no se pierda, sino que tenga vida eterna (Juan 3:16)”. La demostración de la generosidad divina continúa porque, “El que no escatimó a los suyos Hijo si no lo entregó por todos nosotros, ¿Cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Rom 8:31) Como beneficiarios de tal generosidad, ahora tenemos toda la motivación y la gracia para ser igualmente generosos con nuestro tiempo, dinero y talentos en nombre del pueblo de Dios y para la misión de Dios. Damos con alegría y gratuitamente, sabiendo que “Dios ama dador alegre” (2 Corintios 9:7).