Introducción
1 Juan 2:29 - 3:3
29 Si saben que Él es justo, saben también que todo el que hace justicia es nacido de Él. 1 Miren cuán gran amor nos ha otorgado el Padre: que seamos llamados hijos de Dios. Y eso somos. Por esto el mundo no nos conoce, porque no lo conoció a Él. 2 Amados, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que habremos de ser. Pero sabemos que cuando Cristo se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos como Él es. 3 Y todo el que tiene esta esperanza puesta en Él, se purifica, así como Él es puro.
Señor, te suplico que me concedas la dirección de Tu Espíritu Santo para la bendición de Tu pueblo, para que Tu palabra haga la obra que Tú determinaste que haría en nuestros corazones. Te lo ruego en el nombre de Jesús. Amén.
Hermano, hoy vamos a empezar recordando lo que hemos visto en Primera de Juan. La epístola empieza con el apóstol Juan hablándonos de Dios. Sé que eso suena muy genérico, pero a lo largo de toda la carta Juan va a enfatizar dos atributos de Dios: que Dios es luz y que Dios es amor. De hecho, Primera de Juan está partida exactamente —perdón por la redundancia— en dos mitades. En la primera, Juan nos presenta a Dios como un Dios de luz y las consecuencias de eso para el pueblo de Dios. Y déjame recordarte que cuando se habla de que Dios es luz, se está enfatizando su santidad: hemos visto que este Dios de luz no tiene ninguna relación con el pecado. Lo que Juan nos dice es que este Dios de luz y de amor quiere tener comunión con sus hijos.
¿Sabes cuál es el problema? Que ninguno de nosotros puede decir que no tiene pecado. La pregunta que hicimos al principio de la serie era cómo es posible que este Dios absolutamente santo pueda tener una relación con personas como tú y como yo, que seguimos fallando. Porque la idea es esta: si Dios es luz, y no tiene comunión con el pecado, y tú y yo seguimos pecando, ¿cuál debería ser la conclusión? Que Dios no puede tener ninguna relación con nosotros. Pero es ahí donde Juan nos presenta lo que Cristo hizo por nosotros: al morir en la cruz, se ofreció como propiciación —una palabrita que vimos hace varias semanas—, es decir, cargó sobre sí mismo el castigo que yo merecía por mi pecado. Y por eso ahora este Dios santo y lleno de amor puede tener una relación con su pueblo, e invita a su pueblo a que reflejemos su carácter.
Hasta ahora hemos visto que hay tres características de nuestra comunión con Dios. La primera es que se basa en la verdad. En los primeros versículos Juan nos dijo: «señores, no les vengo con cuentos chinos, no me estoy sacando algo de la manga; nosotros lo vimos, lo tocamos». Nuestra comunión con Dios debe basarse en lo que Dios dice de sí mismo; si quieres tener comunión con un Dios diferente al de la Escritura, simplemente ese no es Dios. Y después hemos visto que es una comunión que camina en la luz.
Esta es la séptima semana, y a lo largo de las seis anteriores Juan nos ha ido presentando qué características tienen los hijos de Dios. Vamos a recordarlas rápidamente. Primero, Juan nos aclara qué significa que Dios es luz, y que no hay ninguna tiniebla en Él. Luego nos dice que nosotros, que ahora somos sus hijos, tenemos que cambiar también nuestra relación con el pecado; eso es lo que vimos en 1 Juan 1:8 – 2:2. Aunque seguiremos fallando, no podemos ver el pecado igual. ¿Vas a fallar? Claro que vas a fallar, pero ahora hay una determinación en los hijos de Dios que nos hace rechazar el pecado. ¿Y por qué lo rechazamos? Porque ya fuimos perdonados. También vimos que, ahora que hemos nacido de Dios, Él ha puesto en nosotros la capacidad de guardar sus mandamientos. Vimos que los hijos de Dios rechazan al mundo, ese sistema que se opone al evangelio y trae principios contrarios a él. Y lo último que vimos es que Juan nos anticipó que habría muchos anticristos, pero que los hijos de Dios ya tenemos la verdad, podemos discernirla y permanecemos en ella.
Hoy vamos a abrir a partir del capítulo 3, y te vas a dar cuenta de que el vocabulario de Juan empieza a cambiar, aunque, curiosamente, va a abordar exactamente los mismos temas. Hasta vas a pensar: «¿que no ya predicó eso el pastor?». Es como un espejo. ¿Recuerdas la simetría cuando ibas a la escuela? Hay figuras que doblas por la mitad y son idénticas. Así es Primera de Juan: de lo que ya nos habló en los primeros tres capítulos nos va a hablar exactamente en los siguientes dos, pero ahora desde la perspectiva de que Dios es un Dios de amor. Este diagramita es el que he estado usando de manera interna para estudiar Primera de Juan; creo que lo vamos a subir a las redes.
Hoy vamos a estar en 1 Juan 2:29 – 3:3 para hablar acerca de la evidencia presente de nuestra herencia futura. Y vamos a verlo en dos puntos muy sencillos. El primero tiene un nombre muy interesante: de tal padre, tal hijo. Y el segundo —intenté encontrar algo que sonara igual, pero no lo encontré— es la evidencia de la esperanza. Y mira, hermano, si después del sermón te duermes o no te acuerdas de nada, acuérdate de esto: como hijos amados de Dios y herederos de la gloria de Cristo, demostremos nuestra identidad con una vida de justicia y de pureza. A eso nos está llamando Dios.
I. De tal padre, tal hijo (2:29 – 3:1)
29 Si saben que Él es justo, saben también que todo el que hace justicia es nacido de Él.
Vamos a empezar por el principio, y quiero que me acompañes al versículo 29. Observa lo que Juan nos está preguntando. ¿Sabes cómo me imagino a Juan? En el púlpito, diciendo: «¿Cuántos creen que Dios es justo?». ¿Y cuántos crees que responderían? «¡Amén!», ¿verdad? Eso es lo que Juan está preguntando: señores, ¿ustedes saben que Dios es justo? Y si alguien conoce a Dios, lo que va a responder es: por supuesto que sí, Dios es justo. Pero antes de avanzar, observa que Juan dice que, si saben que Dios es justo, entonces hay otra cosa que también saben. ¿Cuál es? Que todo el que hace justicia es nacido de Él. Es muy sencillo.
Hay una cosa con la que lidio todos los días de mi vida: toda la gente me dice que soy idéntico a mi padre, y no es algo que me encante, ¿sabes? Yo siempre digo que no me parezco para nada, pero la gente dice que sí. Y mi hija tiene un problema todavía peor: ella se parece a mí. Gracias al Señor que sacó facciones de su mamá y la mejoraron un poquito. Pero, hermano, aquí Juan nos presenta una verdad muy sencilla: si Dios es justo, entonces sus hijos también son justos. Así de sencillo. Y observa algo que vamos a enfatizar en un momento: Juan no nos está diciendo «tienes que hacer justicia». Eso sería como si yo le dijera a mi hija: «si quieres ser mi hija, te tienes que parecer a mí», algo ilógico. Es cierto que hay hijos que no se parecen físicamente a sus padres, pero hay otros rasgos que heredamos: el que no se parece a su papá tiene los mismos gestos, o camina igual, o es igual de gruñón, o le gustan las mismas cosas. De manera natural, los hijos se parecen a sus padres. Este es el mismo principio que Juan nos presenta: si Dios es justo, ustedes tienen que saber que todo el que hace justicia es nacido de Él.
Lo primero que tenemos que preguntarnos, entonces, es qué significa que Dios es justo. Una definición muy sencilla es la que ofrece Wayne Grudem:
La justicia de Dios quiere decir que Dios siempre actúa de acuerdo con lo que es recto. 1
Es decir, el Señor nunca hace nada incorrecto. Jamás desobedece los mandamientos; Él mismo los puso, y sería contradictorio. Podemos ver la justicia de Dios en muchas áreas. La vemos en su fidelidad: Él siempre cumple sus promesas, a diferencia de los padres humanos, que prometemos algo y muchas veces no lo cumplimos. Cada vez que Dios promete algo, lo cumple, como acabamos de cantar. Y la vemos, sobre todo, en la cruz. La cruz de Cristo es la más grande manifestación de la justicia de Dios, y la única solución para nosotros, porque un Dios justo no podría aceptar y recibir a pecadores sin más ni más; eso sería una injusticia. Imagínate que le dices a tu hijo: «si no te comes la sopa, no vas a ver la tele», y que él no se la come, y en vez de prohibirle la tele le pones su canal favorito, le compras palomitas y un refresco, y hasta lo llevas al cine. ¿Qué te parecería eso? Absurdo. Dios no puede hacer eso; sería negarse a sí mismo, porque Él es justo. En la cruz de Cristo, lo que Dios hizo fue cargar nuestra maldad sobre Jesús para poder declarar justos a quienes se acercan a Dios por medio de la fe en Cristo.
Y otra vez, lo que nos dice Juan es que, si Dios es justo, sus hijos se parecen a Él. ¿No has oído ese dicho: «hijo de tigre, pintito»? Eso nos dice Juan: los hijos de Dios se parecen a Dios. Ojo, esto puede tender a una herejía. Acabamos de cantar un canto que dice «como Tú podremos ser», y quiero aclararlo, aprovechando que estamos hablando de esto: no significa que tú algún día seas Dios, eso es una herejía; no significa que algún día vayas a ser todopoderoso, eso es absurdo. Se refiere a su carácter. Como somos sus hijos, podemos reflejar el carácter de nuestro Padre. ¿Por qué? Porque así somos.
Te cuento algo. Cuando yo era joven —no sé si ya cambié, quiero pensar que sí—, mi madre siempre me decía: «es que caminas igual que tu padre». Y había un tío, el tío Artaldo, que ya falleció, que me decía: «caminas igual que tu tío Artaldo». Y cuando yo veía caminar a mi tío, decía: «no, no puede ser, yo no puedo caminar así». Y me esforcé por dejar de caminar así; camino más chueco, pero diferente, ¿verdad? Ahora ya es con mi propio estilo. Pero, hermano, el principio es el mismo: si nuestro Padre es justo, nosotros nos parecemos a Él. Y justo eso quiero aclarar: no es que un hijo deba parecerse a su padre; es que el hijo se parece a su padre, y ya, se acabó. Juan no nos está diciendo «comprueba que eres hijo de Dios practicando la justicia». No. El hijo de Dios simplemente se parece a su Padre y practica una vida de justicia. Es algo totalmente natural para el hijo de Dios.
Resumen
Si Dios es justo, sus hijos —los únicos que pueden practicar la justicia bíblica— se le parecen: reflejan su carácter.
Los hijos de Dios son los únicos que pueden practicar la justicia bíblica. Guarda eso. Esto es muy difícil de entender en el abstracto, pero Dios nos dio una ilustración preciosa. En 1 Juan 2:1, el apóstol ya nos dijo que Jesucristo es el justo. Porque tú me puedes preguntar: «bueno, ¿en qué consiste una vida de justicia?». La respuesta es: mira a Cristo. ¿Recuerdas lo que hizo Jesús en Lucas 4, cuando se presenta el diablo y lo tienta? Cristo vence la tentación utilizando la Palabra de Dios. Ese es el justo. ¿Recuerdas cómo obedeció todos los mandamientos? ¿Recuerdas su compasión frente a los enfermos, los oprimidos y los necesitados? Y la más grande muestra de la justicia de Cristo es que amó tanto a Dios y tanto a su prójimo que puso su vida por nosotros. Así que, muy sencillo: una persona justa es una persona que vive como Cristo vivió.
Y la pregunta es: ¿cómo estamos nosotros? Te voy a ser muy honesto, hermano: si nos miramos a nosotros mismos, podemos pensar que no nos parecemos tanto a Jesús. Y aquí debemos tener mucho cuidado, porque podemos tomar dos posturas y ninguna nos conviene. Puede venir alguien que diga: «claro, Cristo y yo, casi gemelos; soy tan misericordioso, tan humilde». Debes tener cuidado de tener un concepto demasiado alto de ti mismo. Pero también debes tener cuidado de lo contrario, de quien dice: «soy un miserable, un pecador». Analiza tu vida a la luz de la Escritura. Y déjame decirte esto: si ya eres un hijo de Dios, ya te pareces a Cristo. Es como nuestros hijos, que se parecen, no son idénticos, gracias al Señor, pero se parecen. Probablemente tu justicia y la mía no van a ser perfectas —Juan ya nos anticipó que es imposible que dejemos de pecar—, pero sí tenemos que parecernos al menos un poquito a Cristo.
¿Y cómo es que podemos vivir de esta manera? Vamos a ser honestos: vivimos en un mundo justo o injusto. Injusto, profundamente injusto. ¿Qué es más fácil: mantenernos puros o caer en la promiscuidad y la lujuria del mundo? Abres cualquier página y te sale contenido sexualmente explícito. La publicidad de hoy escandalizaría a nuestros abuelos. Vivimos en un mundo injusto, pero podemos practicar la justicia. ¿Sabes por qué? Observa el verbo: porque hemos nacido de Él. Hay un dicho que dice: «árbol que nace torcido…». Hoy andamos con muchos dichos, ¿verdad? Y ¿qué crees? Hay cierta sabiduría en eso; los dichos son sabiduría popular. Tú y yo éramos un árbol torcido. ¿Y qué hizo el Señor? No nos enderezó: hizo que ese árbol torcido volviera a nacer y volviera a crecer, ahora derechito. Eso es lo que el Señor está haciendo, porque hemos nacido de Dios. Es lo que dice el mismo apóstol Juan en su Evangelio:
12 Pero a todos los que lo recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, a los que creen en Su nombre, 13 que no nacieron de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios.
Así que, mi querido hermano, si has puesto tu fe en Jesús para salvación, si te has arrepentido de tu maldad, si lo has recibido, eres un hijo de Dios, y los hijos de Dios practican la justicia. ¿Por qué podemos hacerlo? Hay un pasaje en Ezequiel donde el profeta anticipa lo que Dios haría en sus hijos:
26 ‘Además, les daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de ustedes; quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne.
Hay veces que escucho a cristianos —es más, yo mismo he orado—: «Señor, quita mi corazón de piedra». ¿Y qué crees que nos diría el Señor? Ya lo quité. Tú ya tienes un nuevo corazón; por ser mi hijo, ya tienes la capacidad de practicar la justicia. Porque eso es algo que recibimos cuando creemos en Cristo, y lo vimos el domingo pasado: la unción del Santo, el Espíritu de Dios, una nueva naturaleza. Los hijos de Dios ya tenemos lo que necesitamos para practicar la justicia. Aquellos que realmente hemos creído, lo podemos hacer.
Entonces, la sentencia es muy sencilla: los hijos de Dios practican la justicia. Y eso nos lleva a algo: necesitamos buscar esa evidencia en nuestra propia vida. ¿Recuerdas la pregunta que Juan está contestando? «¿Cómo puedo saber si soy un hijo de Dios?». Y la respuesta de Juan es contundente: los hijos de Dios se parecen a Dios; como Dios es justo, ellos practican la justicia. Una justicia imperfecta, quizás, pero practican la justicia. Juan nos invita entonces a examinarnos honestamente, para verificar si realmente somos hijos de Dios.
Y lo quiero aclarar, hermano, porque te voy a ser honesto: cuando yo era un creyente nuevo y leí este pasaje, me atormentaba. Porque no nos está diciendo necesariamente que tengas que tener una vida perfecta. Te voy a ser totalmente transparente: la primera vez que escuché este pasaje era un adolescente, tenía catorce años, y ¿qué crees, hermano, a esa edad? Estaba batallando profundamente con la lujuria. Y cuando leí este pasaje, ¿qué crees que pensé? «Estoy tronado, definitivamente yo no soy un hijo de Dios», porque veía mi propia vida. Y déjame decirte algo: hay pecados que no podemos vencer del todo, pero es muy diferente que tengas un pecado con el que luchas constantemente, que aborreces, y que cuando caes en él te lamentas y le pides perdón al Señor, a que te hayas acomodado a un estilo de vida pecaminoso. De lo que Juan nos está hablando es de una persona cuya vida no refleja para nada la justicia de Dios. Y debemos examinar nuestra vida, porque si tu vida no se parece en nada al carácter de tu Padre, ¿qué crees? Significa que no es tu Padre.
Ilustración: El caso de la UNAM
Hace unos meses hubo un escándalo con los exámenes de admisión de la UNAM. Según los datos que investigué, cerca del 30 % de los aspirantes a carreras de alta demanda obtuvieron un porcentaje atípico, con más de 100 aciertos. Las posibilidades eran dos: o misteriosamente todos se volvieron unos genios, o hubo trampa. Lo que aplicó la UNAM, aunque sujeto a controversia, fue muy sensato: que repitieran el examen. Si ya pasaste un examen en línea y sacaste 100 aciertos, te va a ir igual cuando lo presentes en papel.
Imagínate la ilusión de los tramposos, los que sabían que habían usado herramientas de inteligencia artificial, cuando vieron su resultado publicado: 98. Sabían que habían hecho trampa, y ahí estaba su nombre con una nota casi impecable. Pero llegó el momento en que se demostró que era una falsificación.
¿Sabes cuál es el problema, hermano? Que nosotros no podemos falsificar que somos hijos de Dios. Eso es lo que Juan nos dice aquí: para verificar que tu fe no sea una falsificación, debemos ver si estamos viviendo en justicia. Así que es mejor que hoy hagamos una evaluación honesta.
Ahora, hay otra cosa que Juan también nos aclara. Acuérdate de que él está hablando de los falsos maestros. Primero, debo ver mi propia vida. Pero una tendencia súper común en las iglesias es la del submarino que saca su periscopio: «habla fulano de tal… ya me imaginaba yo que era un anticristo, se le notaba a leguas». Hermano, no. Nuestra actitud jamás debe ser la de condenar a otros creyentes. Eso es lo que hacemos: «¿ya viste que fulano de tal, para mí que no es hijo de Dios?». ¿Sabes cómo se llama eso? Es un pecado que se llama murmuración. ¿Sabes qué es lo que tengo que hacer? Si ves que alguien en la iglesia está viviendo en injusticia total, que su vida está en peligro, ponte tus pantalones y acércate a esa persona y dile: «amigo, pienso con humildad que no estás viviendo a la luz de la Escritura». Porque eso es lo que hacen los hijos de Dios. Eso también, por cierto, es practicar la justicia.
Lo que sí nos dice Juan es que de quienes debemos tener cuidado es de los falsos maestros. Hace ocho días hablamos de los anticristos, personas que traían enseñanzas sensacionalistas pero que negaban a Jesús. Aquí Juan nos diría: mira sus vidas. Mira lo que Cristo mismo nos dice en Mateo 7:
15 »Cuídense de los falsos profetas, que vienen a ustedes con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. 16 Por sus frutos los conocerán. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los cardos?
Hermano, ¿qué significa esto? Significa que hay personas que enseñan la Palabra y no dan buenos frutos: su vida real, no la que proyectan en redes sociales, su carácter, su estilo de vida. No hablo de una falla, de que cayeron, sino de un comportamiento que sostienen a largo plazo, que puedes notar en la manera en que tratan a su esposa y a sus hijos, en cómo se acercan al sexo opuesto, en cómo manejan sus finanzas; en todo esto no dan evidencia de ser hijos de Dios. Te pongo un ejemplo muy obvio: Naasón Joaquín. El Señor nos dice: «por sus frutos los conocerán». No puedes decir que ese cuate es un profeta o un apóstol, como dicen sus seguidores, si su vida niega a Cristo. Y no es el único: hay falsos maestros de la prosperidad que siguen enseñando mientras sus vidas niegan a Jesús.
Pero no se trata de hacer una cacería de brujas. Si tú me ves a mí, tengo un montón de errores en mi carácter. No se trata de tachar a cualquier pastor o maestro de falso porque no vive en justicia. Vuelvo a aclarar: no se trata de encontrar fallos en alguien para tacharlo de falso maestro, sino de discernir cuándo viven un estilo de vida que contradice el carácter justo de Dios.
Resumen I.A
Una vida justa es evidencia de los hijos de Dios: una realidad que debemos examinar con honestidad en nosotros y discernir con sabiduría en los demás.
Ahora acompáñame al versículo 1 del capítulo 3, porque esto nos va a llevar a la segunda mitad del punto.
1 Miren cuán gran amor nos ha otorgado el Padre: que seamos llamados hijos de Dios. Y eso somos. Por esto el mundo no nos conoce, porque no lo conoció a Él.
«Miren cuán gran amor nos ha otorgado el Padre». Mi querido hermano, ¿alguna vez has visto a un niño pequeño, de tres o cuatro años, cuando le regalan algo nuevo? Vienes con él y te dice: «¡mira, mira, mira lo que me regalaron! ¿Ya lo viste? ¡Mira, mira!». Es lo que Juan está haciendo aquí. ¿Y sabes por qué? Porque Juan está inmensamente sorprendido por el amor de Dios, y eso que Juan no era una persona que se impresionara fácilmente. Imagínate: había visto a Jesús multiplicar los panes y los peces, caminar sobre el agua, dar vista a los ciegos, devolverle el oído a los sordos, resucitar muertos, detener la tormenta con una palabra, y había visto a los demonios sujetarse a Él. Juan no se sorprendía fácilmente, pero esto sí lo sorprendió: el amor que Dios reveló en Cristo. ¡Qué gran amor nos ha dado!
Yo siempre digo que el amor natural de los seres humanos es un amor condicional. ¿Qué significa eso? Que antes de que Cristo me transformara, yo amaba siempre y cuando pudiera obtener algo de ti. Por eso hoy los matrimonios son desechables: digo que te amo mientras obtengo algo de ti, y cuando eso se acaba, vamos por el siguiente. Pero el amor de Dios es totalmente incondicional. Siempre preguntamos esto: ¿qué puede obtener Dios de nosotros? Nada, y nos amó. Pero no solamente no había nada deseable en nosotros: a los ojos de Dios éramos abominables, le dábamos asco, y merecíamos su castigo. Mira lo que dice Romanos 5:8:
8 Pero Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.
Y tenemos que recordar esto, hermano: Dios aborrece profundamente el pecado, no lo soporta. El Salmo 5 nos dice:
4 Porque Tú no eres un Dios que se complace en la maldad; El mal no mora en Ti. 5 Los que se ensalzan no estarán delante de Tus ojos; Aborreces a todos los que hacen iniquidad.
Quédate con esa frase: «aborreces a todos los que hacen iniquidad». Si no conoces la palabra iniquidad, es un sinónimo de pecado. Tú y yo éramos pecadores; lo que Dios tenía para nosotros era su castigo, su ira. Y aun así nos amó.
Importante
El amor de Dios fue tan grande que entregó lo más preciado al más grande castigo para rescatar a quienes no eran dignos.
Hermano, esa es la clase de amor con la que Dios nos ha amado, y deberíamos estar profundamente sorprendidos. ¿Sabes por qué? Porque ahora ya somos hijos de Dios. Es lo que dice Juan: «para que seamos llamados hijos de Dios, y eso somos». Ya es una realidad en aquellos que hemos creído en Cristo. Nada puede separarnos del amor de Dios. Dios jamás nos rechazará ni nos olvidará; no importa lo que ocurra, no importa cómo te sientas, los hijos de Dios siempre serán hijos de Dios. Y si Dios amó tanto a sus hijos, si su salvación resultó tan cara, entonces puedes vivir confiado, puedes vivir tranquilo. Todo lo que ocurra en tu vida, Dios lo va a usar para bien. Si te diagnostican una enfermedad que no esperabas, podemos estar tranquilos, porque somos hijos de Dios. Si las cosas financieras no van como quisieras, podemos estar tranquilos, porque somos hijos de Dios. Y si estás luchando con el pecado, debes creer que Dios ya te ha dado lo que necesitas. Mira lo que dice Romanos 8:32:
32 El que no negó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también junto con Él todas las cosas?
Todas las cosas: las que necesitas para crecer, para la salvación, para vencer el pecado, para practicar la justicia.
Resumen I.B
Nuestra condición de hijos de Dios es la expresión más gloriosa de su amor, el fundamento más firme de nuestra seguridad y la provisión más poderosa para vivir en justicia.
El versículo 1 termina con una frase: «por esto el mundo no nos conoce, porque no lo conoció a Él». Una manera de explicarlo sería traducir: «por eso el mundo no nos entiende». El mundo no comprende a Cristo. Es ilógico. ¿Recuerdas que cuando Pablo predica a los filósofos griegos, de pronto empiezan a burlarse de él? Porque el evangelio les parece ilógico: ¿qué clase de Dios todopoderoso moriría por los indignos? Ningún ser humano haría lo que Dios hizo por nosotros. El mundo no entiende a Cristo, no entiende al Señor, no entiende los propósitos de Dios; y como ahora nuestra mente ha cambiado, como el Señor nos ha capacitado para vivir en justicia, ¿qué crees? No nos comprende. Es ilógico ser justos en un mundo injusto. ¿Qué locura motiva a alguien a no participar de la corrupción, de la promiscuidad? ¿Qué tipo de loco o de tonto pretende ser honesto en esta sociedad? Eso es lo que el mundo piensa de nosotros: no puede comprender a los hijos de Dios. Y déjame decirte que muchas veces esa incomprensión se convierte en odio; por eso el mundo nos persigue.
Resumen I.C
El mundo no puede comprender a los hijos de Dios que practican la justicia en un mundo injusto.
Lo que estamos viendo en este punto son dos caras de la misma moneda. Por un lado, la vida justa es una evidencia de que somos hijos de Dios; por otro, a sus hijos Dios les demostró su amor y ya les ha dado lo que necesitan para vivir en justicia. Esa es la idea de este punto. Te lo repito: el amor del Padre nos hace sus hijos, y no solo nos hace sus hijos, sino que nos capacita para vivir en justicia; y nosotros damos muestra, evidencia, de que somos sus hijos cuando vivimos en justicia.
Idea clave punto I
El amor del Padre nos hace sus hijos, y esta relación se evidencia en una vida de justicia.
II. La evidencia de la esperanza (3:2-3)
Acompáñame ahora al punto dos: la evidencia de nuestra esperanza. Ponte en 1 Juan 3:2 y quiero que observes el texto:
2 Amados, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que habremos de ser. Pero sabemos que cuando Cristo se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos como Él es.
«Aún no se ha manifestado lo que habremos de ser». ¿Qué habremos de ser? Lo que sigue diciendo Juan es que llegará un día en que seremos semejantes a Él. Hay un pasaje en 1 Corintios 15 que quiero que leamos; búscalo en tu Biblia:
51 Así que les digo un misterio: no todos dormiremos, pero todos seremos transformados. 52 en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la trompeta final. Pues la trompeta sonará y los muertos resucitarán incorruptibles, y nosotros seremos transformados. 53 Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. 54 Pero cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: «Devorada ha sido la muerte en victoria. 55 ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde, oh sepulcro, tu aguijón?».
¿Comprendes lo que estamos leyendo? Algún día este cuerpo lleno de corrupción y de decadencia será transformado a la semejanza de Cristo. La muerte será vencida. Pero ojo, hermano, porque el texto nos dice que aún no se ha manifestado lo que hemos de ser. ¿Y eso qué significa? Que si hoy ves a un cristiano, jamás podrías adivinar lo que será. Algún día nuestros cuerpos serán semejantes al cuerpo del Cristo resucitado. ¡Esto es glorioso!
Sé que a veces bromeamos porque nos duele envejecer; es mejor hacer bromas antes de que otros las hagan por nosotros. Decimos que las canas y las arrugas son naturales. Pero lo más tremendo de vivir en este mundo no es el envejecimiento. Vamos a enfrentar —a menos que mueras joven— enfermedades terribles: diabetes, hipertensión, cáncer, problemas de hígado o de riñón. Los cristianos enfrentamos todas las adversidades propias de vivir en un mundo caído. Nuestros cuerpos también se desgastan, se enferman; el corazón de los cristianos se cansa, su hígado colapsa, sus riñones fallan; hay muchos casos en que las células de sus cuerpos se rebelan en contra de ellos. Aún no se ha manifestado lo que vamos a ser. Somos débiles, lloramos, cedemos a la presión del mundo, experimentamos dolor, frustración, desesperación; nuestra fe se debilita. Pero cada sufrimiento nos acerca más a la promesa. Por eso dice Pablo:
18 Pues considero que los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada.
Mi querido hermano, cuando Él se manifieste, cuando Cristo venga en las nubes y haga nuevas todas las cosas, entonces seremos semejantes a Él. Dejaremos de luchar con la enfermedad, con el dolor, con la muerte, con el pecado. Mira cómo lo resume Pablo en Filipenses 3, precioso:
20 Porque nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también ansiosamente esperamos a un Salvador, el Señor Jesucristo, 21 el cual transformará el cuerpo de nuestro estado de humillación en conformidad al cuerpo de Su gloria, por el ejercicio del poder que tiene aun para sujetar todas las cosas a Él mismo.
Observa cómo lo dice: «el cuerpo de nuestro estado de humillación». Así somos nosotros. Y métete esto en la mente: este cuerpo está en su estado de humillación. Lo debemos cuidar; debes ejercitarlo, sí. Pero por más ejercicio que hagas, ropa que te pongas o maquillaje que uses, este cuerpo seguirá en estado de humillación, decayendo día tras día, en conformidad al cuerpo de su gloria: un cuerpo semejante al de Cristo. Aunque sufrimos el dolor y la muerte propios de este mundo caído, esperamos que Cristo nos haga semejantes a Él cuando venga. Y eso, hermano, te llena de aliento: un día dejarás de luchar con el pecado y con la enfermedad.
Resumen II.A
Aunque sufrimos el dolor y la muerte en este mundo caído, esperamos que Cristo nos haga semejantes a Él cuando venga.
Pero esa no es la promesa más gloriosa de su venida, porque Juan sigue diciendo que le veremos tal cual es. Esa es la promesa más gloriosa. Si te preguntara qué es lo más bonito del cielo, ¿qué dirías? A lo mejor alguien diría: las calles de oro, el mar de cristal, el arcoíris alrededor del trono, los ángeles. ¿Y sabes qué te respondería yo? Eso es chuchería. El mayor tesoro del cielo es Cristo. Y observa lo que dice Primera de Juan: «le veremos tal cual es». ¿Tienes idea de lo que eso significa?
Hay una anécdota —una leyenda— de cuando este texto se estaba traduciendo a un idioma africano. El traductor, aunque hablaba el idioma, no era nativo, y pidió ayuda a hablantes nativos que eran hermanos de la iglesia, personas que ya habían escuchado el evangelio y creído en Cristo. Cuenta la leyenda que cuando llegaron a este pasaje, «le veremos tal cual es», dijeron: «no, no podemos poner eso. ¿Qué te parece si lo cambiamos por besaremos sus pies?». ¿Sabes por qué, hermano? No sé si puedes entender la magnitud de lo que dice Juan: lo veremos tal cual es, a nuestro Redentor, a Cristo. ¿Cómo es posible que gente caída pueda ver al Redentor? Mira lo que dice Apocalipsis 22:
3 Ya no habrá más maldición. El trono de Dios y del Cordero estará allí, y Sus siervos le servirán. 4 Ellos verán Su rostro y Su nombre estará en sus frentes.
Esta es la promesa. No hay nada más glorioso. Podremos ver y conocer personalmente a nuestro Redentor, y su belleza será tan grande que toda la eternidad no nos alcanzará para seguirnos llenando de Él. Esta es la razón por la que Pablo dice que todo lo demás es basura, hermano.
Resumen II.B
La gloria suprema de nuestra esperanza no es lo que recibiremos, sino a quién contemplaremos y disfrutaremos para siempre: Cristo mismo.
Acompáñame al último versículo:
3 Y todo el que tiene esta esperanza puesta en Él, se purifica, así como Él es puro.
Quiero que observes esto, hermano: otra vez volvemos al principio, y Juan no se anda con rodeos. No dice «el que tiene esta esperanza, que considere purificarse»; no dice «debería purificarse» ni «puede purificarse». Lo que Juan expresa nuevamente es las cosas como son. Algo tan sencillo como si yo te digo que el sol sale por el oriente. Es así, es una realidad. O si te digo que el negro es un color oscuro: no hay que ser un genio para estar de acuerdo. Es lo que Juan está diciendo: al que tiene esta esperanza, se purifica. Aquellos que tienen clara esta esperanza ya se están purificando.
Hace años había un comercial de un agua purificada —si no recuerdo mal, era Santa María— cuya publicidad salía en esos años en el Canal 5. Decían, más o menos: «si las otras aguas tienen que purificarse, ¿qué pecados habrán cometido?». ¿Nadie se acuerda de ese comercial? ¿No veían la tele ustedes, señores? ¿O es pura gente joven aquí? Mira, si dice que el que tiene esa esperanza se purifica, está dando por sentado que nuestra vida no es perfecta, que tenemos errores, que estamos contaminados; pero somos conscientes, y esa esperanza es lo que motiva a los hijos de Dios a purificarse. Porque yo no solo puedo ver lo que seré: tengo que vivir hoy de una manera consistente con cómo seré en el futuro. Aunque vivimos en un mundo caído, aunque luchamos con el pecado, aunque nos contaminamos, nos purificamos, porque quienes esperan ver a Cristo y ser hechos semejantes a Él luchan contra el pecado y se purifican continuamente.
Resumen II.C
Quienes esperan ver a Cristo y ser hechos semejantes a Él, luchan contra el pecado y se purifican continuamente, conforme a la pureza de su Señor.
La idea de este punto, hermano, es que la esperanza de ser como Cristo transforma nuestra vida desde hoy.
Idea clave punto II
La esperanza de ser como Cristo transforma nuestra vida desde hoy.
Conclusión
Hemos visto dos cosas. Primero, que el amor del Padre ya nos ha hecho hijos de Dios, y que esa relación se evidencia en una vida de justicia. Y segundo, que la esperanza de ser como Cristo transforma nuestras vidas desde hoy. Esto es lo que te empecé a decir al principio: como ya somos hijos amados y herederos de la gloria de Cristo, el Señor nos llama a que vivamos como tenemos que vivir, demostrando nuestra identidad con una vida de justicia y de pureza.
Argumento compacto
Como hijos amados de Dios y herederos de la gloria de Cristo, demostremos nuestra identidad con una vida de justicia y de pureza.
Pero cuando escuchamos palabras como muestra y evidencia, nos podemos sentir intimidados. Y te voy a ser honesto: yo mismo me pregunto, ¿qué ocurre cuando fallo? Déjame compartirte unos pensamientos finales.
Antes de que practiquemos la justicia, Cristo es nuestra justicia. Mira Gálatas 2:21:
21 No hago nula la gracia de Dios, porque si la justicia viene por medio de la ley, entonces Cristo murió en vano».
¿Qué está diciendo? Ojo: no se trata de portarse bien. Si pudiéramos ganarnos el cielo por portarnos bien, la muerte de Cristo no habría sido necesaria. Si la justicia que Dios requiere fuera simplemente hacer buenas acciones, la muerte de Cristo no tendría sentido. No estamos diciendo —y quiero ser muy enfático— que tienes que ganarte el derecho a ser hijo de Dios practicando la justicia. Eso sería una herejía. Más bien, antes de que podamos practicar la justicia, Cristo es nuestra justicia. Mira lo que dice este clásico pasaje:
Romanos 3:24
Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús.
Antes de que yo practique la justicia, ¿sabes qué necesito? Ser justificado. Que Dios me declare justo. Porque la única manera de practicar la justicia es que el Señor me haya sacado de mi estado de condenación a un estado de vida, y que ya haya puesto en mí su Espíritu. Y el punto al que quería llegar es este, Filipenses 1:9-11. Mira lo que dice Pablo:
9 Y esto pido en oración: que el amor de ustedes abunde aún más y más en conocimiento verdadero y en todo discernimiento, 10 a fin de que escojan lo mejor, para que sean puros e irreprensibles para el día de Cristo; 11 llenos del fruto de justicia que es por medio de Jesucristo, para la gloria y alabanza de Dios.
Pon mucho ojo, hermano: aquí Pablo está orando por la iglesia, y lo primero que pide es que abunden en amor. Creo que hemos sido muy enfáticos en esta iglesia: nuestra lucha más grande tiene que ser una lucha por amar más a Cristo. ¿Quieres vencer el pecado? ¿Sabes qué necesitas? Amar más a Cristo que a tu pecado. ¿Sabes por qué pecas? Porque amamos más el pecado. Lo que necesitamos es amar a Cristo de una manera más profunda; y cuando amamos más a Cristo, mira lo que sigue diciendo Pablo: eso se convierte en conocimiento verdadero. Ese conocimiento verdadero es ver las cosas como Él las ve; no verlas solo como las ve un ser humano común, sino ver la vida conforme a la perspectiva divina. Eso deberíamos estar cultivando.
Imagínate esto: cuando discuto con mi esposa, soy tan ciego que lo único que veo es su necedad; ni siquiera veo la mía, veo nada más la de ella. Pero ¿qué pasaría si, cuando discuto con mi esposa, o tengo problemas con mis hijos, o me atoro en el tráfico, o lucho con el pecado, o un hermano difícil me hace caer, en vez de verlo como un ser humano lo viera como Dios lo ve? ¿Crees que cambiaría algo en nuestra vida? Y Pablo sigue: «a fin de que escojan lo mejor, para que sean puros e irreprensibles para el día de Cristo». ¿Qué significa eso? Que si queremos crecer en pureza, lo que tenemos que desarrollar es un profundo amor por Cristo y una cosmovisión bíblica: ver el mundo como Dios lo ve, ya no ver solo tus pagos, tus problemas y tus enfermedades como cosas terrenales, sino como algo que apunta a la eternidad. Y el versículo 11: «llenos del fruto de justicia que es por medio de Jesucristo». ¿Te das cuenta de lo que está diciendo? ¿Quién produce el fruto de justicia en los hijos de Dios? Cristo, obviamente por su Espíritu. Y si no estás viendo en tu vida ni pureza ni frutos de justicia, ¿sabes qué necesitas? Amar a Cristo y ver el mundo como Dios lo ve.
Conexión con el evangelio
Cristo es nuestra justicia y Él mismo la produce en nosotros.
Así que déjame ir cerrando con unas aplicaciones.
Primero, descansa en el amor de Dios y esfuérzate por conocer ese amor profundamente. Es lo que pide Pablo: que conozcan el amor de Dios. Nuestra más grande necesidad como cristianos es comprender de una manera más clara cuánto nos ama Dios. Léelo en su Palabra. Siempre decimos lo mismo, ¿verdad?, pero no hay otra manera: si quieres comprender el amor de Dios, ve al lugar donde Él nos explica cuánto nos amó. Además, creo que debemos cambiar nuestro radar. Tenemos un radar de quejas; necesitamos ver a Dios obrando para nuestro bien. Te voy a poner un reto muy sencillo, que creo que algunos ya tienen: al final de cada día, agarra una libreta y anota tres párrafos —o tres oraciones— sobre dónde viste a Dios obrando en tu vida ese día. Va a haber días en que digas: «hoy no vi a Dios en nada». Ese es el día en que más te tienes que esforzar: ve el amor de Dios, conoce el amor de Dios, y descansa en Él. Cuando luches con el pecado, no huyas de Dios como si tuvieras que ganarte su favor, como si Él dejara de amarte porque fallaste. Acude a Él, confiesa tu pecado, recuerda el evangelio, abrázalo cuando fallas, y busca vivir de una manera digna de tu identidad.
Segundo, permanece fiel a Cristo aunque el mundo no te comprenda ni te reconozca. El Señor nos llama, como hijos suyos, a perseverar.
Tercero, aprende a enfrentar el sufrimiento, el deterioro de tu cuerpo, tu enfermedad y, eventualmente, tu muerte con la esperanza de la gloria futura. El Señor no prometió que estos cuerpos iban a mejorar para siempre; están en estado de humillación. Lo que necesitamos es recordar su promesa. Su promesa no es que estaremos mejor aquí, hoy; es que algún día, cuando Cristo vuelva, tendremos cuerpos nuevos y le veremos tal cual es. Así que cuando veas tu cuerpo deteriorándose, eso no cancela tu esperanza: debería aumentarla, porque nos recuerda que estamos esperando que el Señor complete la redención.
Cuarto, deja que la esperanza de ver a Cristo te motive a purificarte. Basado en 1 Juan 3:3, lo que nos motiva a purificarnos es la esperanza de que veremos a Cristo. Quiero que pienses de esta manera, y voy a ir a un caso muy extremo. Imagina a un hombre o una mujer que está luchando con la pornografía. Cuando yo era niño había gente que decía: «¿y con esa boca besas a tu mamá?». Hermano, con esos ojos es con los que verás a Cristo. ¿Qué ocurriría, pensando en el pasaje, si Cristo viniera en ese momento, cuando estás haciendo lo que estás haciendo? Tenemos que traer a nuestra vida una comprensión más clara y más auténtica de que Cristo puede venir en las nubes en cualquier momento.
Y para el que no encuentra evidencia alguna. Creo que puede haber personas entre nosotros que no encuentran ninguna evidencia de justicia, que miran su propia vida y lo que más ven es pecado. ¿Sabes qué necesitas? Necesitas ser hijo de Dios. No importa si tienes mucho tiempo en una iglesia: arrepiéntete. Cree en Cristo. Él es la justicia que necesitas, el único que puede hacerte su hijo y darte una vida nueva.
Llamado final
Iglesia, hoy no debemos salir de aquí preguntándonos si somos hijos de Dios: lo somos. Lo que debemos preguntarnos es: esa condición de hijo y esa esperanza que tengo, ¿estoy mostrando la evidencia? ¿Estoy descansando en el amor del Padre? ¿Estoy luchando contra el pecado mientras espero ese día? Nuestra esperanza no descansa en la perfección de nuestra obediencia, sino en la obra perfecta de Jesús, porque Él es nuestra justicia. Hermano, no permitas que tus caídas te lleven a la desesperación, sino que te acerquen a la gracia: confiesa tus faltas. Si estás sufriendo, recuerda que ese sufrimiento presente no es tu destino final: Cristo volverá y seremos semejantes a Él. Somos hijos de Dios por su gracia, y esperamos ser semejantes a Cristo en su gloria; por eso hoy somos llamados a vivir en justicia y a purificarnos constantemente.
Vivamos entonces como hijos que conocen el amor de su Padre, que perseveran en medio de un mundo que no los comprende y que luchan contra el pecado con la mirada puesta en el día glorioso en que verán a su Señor cara a cara. Quien espera ver a Cristo no puede conformarse con seguir viviendo igual.
Vamos a orar. Señor, creemos que la realidad de Tu amor, el hecho de que somos Tus hijos y la certeza de nuestra esperanza produzcan en nosotros el fruto que tiene que producir: una vida de justicia y de purificación. Señor, Tú conoces los pecados con los que estamos luchando, y no dudaría que entre nosotros hubiera un hijo Tuyo a quien Tu Espíritu le está redarguyendo, porque hay un pecado con el que ha batallado profundamente, no lo ha podido vencer, y el diablo le ha estado atacando, culpando, generando vergüenza y condenación. Señor, hoy queremos recordar que somos Tus hijos. Y en aquellos que son Tus hijos, afírmanos. Ayúdanos a producir y ver el fruto de justicia para la gloria de Tu nombre. En el nombre de Jesús. Amén.