¿Qué significa en términos prácticos vivir a la luz de la inspiración, la autoridad y la suficiencia de la Palabra de Dios? Bueno, si tú realmente crees que la Biblia es la Palabra de Dios que Él ha preservado para ti, ¿no sería tu posesión más valiosa, estimada, preciada y utilizada? ¿No te encantarían aquellos momentos en los que te sientas con ella, la lees detenidamente, estudias su contenido y meditas en su significado? ¿No te comprometerías a ser un lector ávido y a ser un estudiante de por vida de la Palabra de Dios? ¿No te esforzarías por asegurarte de entenderla e interpretarla correctamente? ¿No apreciarías a los maestros y predicadores a quienes Dios ha levantado para acompañarte en tu recorrido por su Palabra? ¿No procurarías que todo lo que deseas, piensas, dices o haces sea en la sumisión gozosa y la obediencia cuidadosa a la Palabra de Dios? ¿No desearías aplicarla a cada área de tu vida? ¿No acudirías a su consuelo y oirías su llamado? ¿No influiría ella en tus decisiones más que tus amigos, Google o las voces de Twitter? ¿No serían el estudio bíblico y el conocimiento teológico tu misión de vida? ¿No estarías buscando cada oportunidad para comunicar su glorioso mensaje a otros? ¿No lamentarías tener que confesar a veces que desatendiste o resististe su mensaje? ¿No sería lo que determina tu manera de enfrentar cada área de tu vida? ¿No sería ese tiempo a solas con tu Señor y su Palabra, lejos de la gente y las responsabilidades, tu parte favorita del día? ¿No le darías al Señor tu sentida alabanza cada día por el maravilloso regalo de su Palabra?
Si la Biblia que tenemos en nuestros hogares y podemos sostener en nuestras manos es la Palabra de Dios, ¿acaso no debería ser todo esto cierto en nuestra vida? Por tristeza, no es así. Muchos no pasamos tiempo a diario en nuestras Biblias. Muchos tenemos un conocimiento bíblico muy elemental y carecemos de entendimiento teológico. Y muchos oímos otras voces más influyentes y con más autoridad sobre nosotros, en el sentido funcional, que las Escrituras. Muy pocos somos estudiantes aplicados de la Palabra de Dios. Muchos nos alimentamos únicamente una hora a la semana cuando nos reunimos con otros para adorar. Con razón la Palabra de Dios no influye en:
- nuestro sentido de identidad,
- nuestra manera de tomar decisiones,
- nuestra manera de elegir las amistades,
- nuestra manera de abordar la educación,
- nuestra manera de asumir nuestros trabajos y profesiones,
- nuestra manera de vivir el romance y el matrimonio,
- nuestra manera de criar a nuestros hijos,
- nuestra manera de enfrentar el conflicto,
- nuestra manera de enfrentar el éxito y el fracaso,
- lo que hacemos con nuestro dinero,
- nuestras búsquedas de plenitud y satisfacción,
- nuestra manera de afrontar la dificultad,
- nuestra manera de consumir y asimilar los medios y el entretenimiento,
- nuestra relación con el cuerpo de Cristo.
Con razón, la iglesia de Jesucristo es, en muchos sentidos y en muchos lugares, un ejército disfuncional que pasa más tiempo atendiendo a sus débiles, enfermos y heridos de lo que pasa conquistando la siguiente colina en pro del reino de Dios y la obra de su glorioso evangelio de gracia. Si yo pudiera oír lo que dices y ver tu día a día a lo largo de un mes, ¿qué concluiría acerca del lugar que ocupa la Palabra de Dios en tu vida? Aparte de nuestra salvación y de su presencia que mora en nuestro interior como sus hijos, nuestra Biblia es el regalo más preciado y valioso de Dios para nosotros. La pregunta es: ¿Vivimos nuestro día a día como si esto fuera verdad?
Meditemos en la provisión de Dios para nosotros en y por medio de su Palabra, a fin de que podamos vivir conforme a lo que Él ha dispuesto en el lugar donde Él nos ha puesto.
La Palabra de Dios salva
El apóstol Pablo dice a Timoteo: “Desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras [la Palabra de Dios], las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús” (2 Ti. 3:15). Sin la Biblia no habría una narrativa de la redención, ni un claro mensaje del evangelio, ni conocimiento alguno de los atributos y el plan de Dios, del pecado y del ofrecimiento de perdón divino. Ninguna otra herramienta es más esencial en la obra divina de rescate redentor aparte de la Palabra de Dios, revestida de poder por el Espíritu de Dios. Sin la Biblia estaríamos irremediablemente perdidos, sin Dios y sin esperanza en este terrible mundo caído.
Y eso no es todo. La obra de salvación no ha terminado. Él sigue su obra en nuestros corazones sacando a la luz el pecado que queda, redarguyéndote de lo que está mal y habilitándote por su gracia para vivir de forma completamente nueva. La Palabra de Dios es esencial no solo para la gracia que justifica sino también para la gracia que santifica (Jn. 17:16-17). Si eres serio respecto a tu crecimiento en la gracia como persona soltera, como estudiante, como profesional, como padre o madre, como esposo o esposa, en tu trabajo, como amigo o vecino o miembro del cuerpo de Cristo, entonces debes dedicarte a diario al estudio de la Palabra de Dios. Si te interesa una vida en la que piensas y deseas lo que agrada a tu Señor, debes vivir en la Palabra de Dios.
Si te sientes derrotado por pecados ocultos, debes acudir a Dios en confesión, pero también debes acudir a su Palabra. Si como padre o madre luchas con el enojo o hay demasiado conflicto en tu matrimonio, debes buscar la ayuda de Dios, pero, al mismo tiempo, acudir a su principal herramienta de ayuda, su Palabra. Si el temor te oprime y te abruma el desaliento es posible que necesites buscar la ayuda de otros, pero también necesitas el consejo y el aliento de la Palabra de Dios. Si parece que te falta sentido y propósito, es la Palabra de Dios la que te dará una y otra vez razones para levantarte en la mañana y un propósito por el cual vale la pena vivir.
Dios usó su Palabra para salvarte, ahora usa su Palabra para seguir rescatándote y haciéndote crecer, y seguirá salvándote por medio de su Palabra hasta que la obra esté acabada y estés al otro lado.
La Palabra de Dios señala
En 2 Corintios 5:15 encontramos una frase muy corta que no solo tiene implicaciones explosivas, sino que señala una de las funciones más importantes de la Palabra de Dios en nuestra vida: “Y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí”. Pablo afirma que el ADN del pecado es el egoísmo. El pecado nos pone en el centro de nuestro mundo y hace que la vida gire en torno a nosotros mismos. El pecado se concentra en el yo y busca la gloria de uno mismo. Está motivado por lo que queremos, cuándo lo queremos y cómo lo queremos. El pecado convierte a cada ser humano en un ladrón de gloria que se apropia de lo que solo le pertenece a Dios. El pecado lleva a la persona a felicitarse a sí misma y a engrandecerse a sí misma. El pecado nos lleva a pensar que somos justos, sabios y fuertes, cuando no lo es así. El pecado nos hace rebeldes que rehúsan someterse a otra ley que no sea la propia. El pecado nos lleva a escribir nuestra historia en la que somos protagonistas, exigiendo la atención y el reconocimiento que creemos merecer.
Sin embargo, uno de los trabajos más importantes que lleva a cabo la Palabra de Dios es confrontarnos con otra historia. En esa historia nosotros no somos los protagonistas. En esa historia se nos da vida y aliento para servir al propósito de otro y para la gloria de otro. La historia bíblica empieza con Dios en el centro. Relata la gran guerra por la gloria en la que el gran capitán, Cristo, obtiene la victoria mediante su muerte. La guerra empieza en Génesis 3 y seguirá hasta que se gane la guerra y todo lo que existe sirva para la gloria de Dios en los nuevos cielos y en la nueva tierra.
Esa historia nos recuerda una y otra vez que gloriarse en uno mismo es la peor disfunción humana y que siempre es autodestructiva. Nos enseña que la adoración de sí mismo es esclavitud y que la verdadera libertad solo se encuentra cuando rindes tu corazón a la adoración de Dios. La Biblia nos recuerda que no solo acudes a Cristo en arrepentimiento y fe para abandonar tu pecado y recibir su perdón por la fe, sino también para abandonar tu propia gloria a cambio de su gloria divina.
Con todo, hay algo que debemos entender. Mientras exista pecado en nuestro interior habrá una guerra por la gloria en nuestros corazones. Así que cada día necesitamos velar para que el Señor sea el centro y no nosotros en la vida que se nos ha dado. Cada día necesitamos un mensaje que nos dirija a Dios. Cada día necesitamos un recordatorio de que la vida no se trata de nuestra comodidad ni del éxito de nuestros planes. No se trata de cuántas personas nos admiran y desean tenernos en sus vidas. No se trata del tamaño de nuestras casas ni de nuestra calidad culinaria. No se trata de estar en forma y libres de enfermedad. La vida se trata de Dios, de su gloria y del éxito de sus propósitos en y por medio de nosotros. La Biblia nos señala esto de principio a fin.
Buscar la gloria propia te vuelve un padre o una madre que se irrita fácilmente, que critica y reprueba. La gloria propia convierte un matrimonio en un combate por ver quién logra primero lo que quiere. La gloria propia te vuelve un amigo pesado y engreído. La gloria propia te impide sentirte satisfecho y te resulta más natural quejarte que ser agradecido. La gloria propia te hará más famoso por tus exigencias que por tu servicio. La gloria propia te llevará una y otra vez a atribuirte el mérito por lo que nunca habrías podido lograr o producir por ti mismo. La gloria propia te hace sentir amenazado o envidioso por el éxito de otros. La gloria propia te convierte en un consumidor de iglesia en lugar de un participante comprometido de su obra. La gloria propia nos engaña, nos distrae, nos atrapa y al final puede destruirnos. La gloria propia deja a su paso un montón de ruinas y personas heridas. La gloria propia nunca produce buen fruto.
La gloria propia es, en sí misma, un argumento que confirma nuestra gran necesidad de la Palabra de Dios en nuestro corazón y en nuestros pensamientos cada día de nuestra vida. Necesitamos la Palabra que nos señale una vez más una gloria que es mayor que la nuestra, la única gloria que satisfará nuestros corazones. Necesitamos que nuestra historia personal se integre poco a poco a la historia de Aquel que nos hizo y nos diseñó para vivir para su gloria. Necesitamos recordar que el señorío de Jesús ocupa el centro del evangelio de la gracia. Necesitamos oír una y otra vez que vivir como sus discípulos significa estar dispuestos a abandonarlo todo por seguirlo a Él. Necesitamos ser humillados una y otra vez, ser llamados una y otra vez para dejar de gravitar en torno a nosotros mismos. Y necesitamos ser reavivados en la dicha de reconocer que no hay nada más liberador, satisfactorio y sanador que vivir para la gloria de Dios. Eso significa que necesitamos que su Palabra nos señale una y otra vez la preeminencia de su existencia y de su gloria y nos dirija hacia ella.
La Palabra de Dios enseña
Recuerdo con cariño y gratitud mis días de estudiante de seminario. Por la gracia de Dios pude dedicar tres años de mi vida a una actividad solitaria, el estudio de la Palabra de Dios. Esto fue una bendición especial. No sé si he estado más agradecido y motivado por algo en toda mi vida. Me sumergí a fondo y, para pesar de mi esposa, al final del día yo repetía con lujo de detalle cada clase que había escuchado. Le leía largos pasajes de los densos libros de teología. Estaba obsesionado, emocionado con todo lo que aprendía. Me levantaba temprano en la mañana y me acostaba muy tarde. Era prácticamente en lo único que pensaba y de lo único que hablaba. Mi mente estaba deslumbrada por la Palabra de Dios como nunca antes.
Un día después de clases subí a toda prisa las escaleras de nuestro apartamento en un tercer piso y le dije a Luella: “No solo estoy aprendiendo el contenido de la Biblia y aprendiendo teología, sino que por primera vez estoy aprendiendo a pensar realmente, ¡a pensar de verdad!”. No solo la Biblia se abría delante de mí, sino el mundo entero en niveles de significado y comprensión que nunca antes había experimentado. Sentado allí en mi estudio de la Palabra yo estaba, de hecho, sentado a los pies del Creador del mundo y de todo lo que hay en él. Sí, la Palabra era la herramienta, pero era una herramienta en manos del supremo Maestro, mi Señor. Fui enseñado como nunca antes me habían enseñado, no solo profesores sabios y experimentados, sino también mi Maestro a través de la majestuosa sabiduría de su Palabra.
La Palabra de Dios enseña usando maneras únicas que no tienen par. Enseña cosas que no puedes aprender en ningún otro lugar. No solo te imparte conocimiento, sino también sabiduría. Te revela los misterios espirituales más profundos y secretos que podrías concebir. Como un buen maestro, la Palabra de Dios te desarma y luego te arma otra vez. Deconstruye los pensamientos y motivos de tu corazón, y luego los reconstruye.
Es imposible sentarse bajo la enseñanza de la Palabra de Dios con un corazón abierto y dispuesto y seguir igual. Cuando te enseña, te transforma en la semejanza de Aquel que te creó y te dio dones. La Biblia ha sido, de lejos, mi mejor maestro. ¿Asistes a su clase cada día con un corazón y mente dispuestos? ¿Vives tu vida como su estudiante? La Biblia es el currículo permanente de Dios y no tiene ceremonia de graduación. Sin importar cuánto tiempo hayas sido cristiano vas a necesitar hoy su instrucción tanto como la necesitaste el primer día cuando eras un bebé en la fe. Descubrirás que retomas una y otra vez los pasajes que te habían instruido antes, solo para darte cuenta de que son tan profundos que encierran muchas más enseñanzas frescas y novedosas para ti.
Me encanta la manera en que David expresa, en el Salmo 119:97-100, el poder que tienen las Escrituras para enseñar.
Me encanta la manera en que David expresa, en el Salmo 119:97-100, el poder que tienen las Escrituras para enseñar.
¡Oh, cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación. Me has hecho más sabio que mis enemigos con tus mandamientos, Porque siempre están conmigo. Más que todos mis enseñadores he entendido, Porque tus testimonios son mi meditación. Más que los viejos he entendido, Porque he guardado tus mandamientos.
Todos tenemos vestigios de maneras antiguas y antibíblicas de pensar que rondan por nuestra mente. Todos tenemos brechas en nuestra comprensión teológica. Todos necesitamos una comprensión más profunda y práctica de los planes, los propósitos y el llamado de Dios. Todos necesitamos una comprensión más completa y rica del evangelio de Jesucristo. Todos necesitamos aprender más acerca de la oscura tragedia del pecado. Todos necesitamos entender con mayor profundidad lo que significa crecer en la gracia. Y todos necesitamos aprender más acerca de cómo se aplican estas doctrinas a las situaciones, las relaciones y los lugares donde vivimos a diario. Ninguno de nosotros sabe todo lo que la Biblia tiene para enseñarnos. Si crees que ya dominas este libro, eso revela posiblemente que no has sido dominado por él.
¿Ha cambiado tu conocimiento bíblico la manera en que tratas a tus amistades, la manera en que crías a tus hijos, la manera en que te conduces en tu matrimonio, la manera en que usas tu dinero? ¿Te ha llevado la comprensión teológica a vivir con mayor esperanza, valor, amor y gozo en los lugares donde vives y te relacionas? ¿En qué área de tu vida diaria batallas en este momento para poner en práctica tu comprensión bíblica y teológica? ¿Redunda tu conocimiento bíblico en una sabiduría práctica que se aplica a tu modo de actuar y de organizar tus prioridades? ¿Sientes el mismo gozo de siempre cuando estudias la Palabra de Dios? ¿Es la Biblia tu maestro más estimado, anhelado e influyente?
La Palabra de Dios rescata
Dios ha diseñado la Biblia para que funcione como tu servicio de emergencia espiritual. Si a diario lees, estudias y meditas en su contenido, ella te rescatará una y otra vez. El concepto de rescate es a la vez sugerente y aleccionador. El rescate supone siempre que existe algún peligro cercano, es decir, algo que amenaza tu salud y tu seguridad. En un mundo caído donde el mal todavía existe y el enemigo anda por ahí como león rugiente, siempre existe algún peligro claro y presente. Pero eso no es todo.
Puesto que todavía hay pecado en nuestro corazón, nuestra tendencia es acercarnos al pecado en lugar de alejarnos de él. El hecho es que el pecado no siempre nos parece pecaminoso o peligroso. La razón por la cual el pecado puede atraer, tentar y atraparnos es porque es experto en disfrazarse como algo hermoso e inofensivo, cuando en realidad no es ni lo uno ni lo otro. Cuando un hombre desea a una mujer no le domina una sensación de peligro. En cambio, lo que ve es belleza y lo que experimenta es placer. Si estás murmurando acerca de alguien en tu teléfono portátil no sientes miedo del peligro de tus actos, sino más bien la emoción chispeante de contar algo acerca de alguien a otra persona. Si estás cometiendo el pecado de glotonería, estás tan ocupado saboreando los placeres de lo que consumes que tienes poca conciencia espiritual del peligro de tus actos. Necesitamos la función rescatadora de la Palabra de Dios no solo porque el pecado es peligroso, sino porque se disfraza de lo contrario.
El concepto de rescate también sugiere la necesidad de ayuda externa que está por fuera de lo que eres capaz de procurarte por tus propios medios. Si una persona que necesita la ayuda de un servicio de emergencia pudiera rescatarse a sí misma, no necesitaría tal servicio. La verdad aleccionadora es que en este lado de la eternidad, de algún modo, todos vamos a necesitar el rescate de la Palabra de Dios. La Biblia nos brinda el poder, la sabiduría, la dirección y la perspicacia que nunca tendríamos por cuenta propia. Una de las formas principales en que la Biblia nos rescata es por medio del contraste. Una y otra vez y de diversas maneras la Biblia contrasta el poder destructor del pecado con la belleza y la bendición de seguir a nuestro Salvador. Por medio de historias, de literatura sapiencial, de mandamientos y principios, y de la exhortación del evangelio, nos ayuda a ver la tenebrosa monstruosidad del pecado y la belleza resplandeciente de una vida que se vive bajo el señorío de Jesucristo.
Dado que somos seres incapaces de rescatarnos a nosotros mismos, debemos constantemente acogernos a la misericordia rescatadora de la Palabra de Dios.
La Palabra de Dios advierte
Seamos francos al reconocer que la Biblia contiene algunos pasajes muy amenazadores. La Biblia abunda en claras y, con frecuencia, severas advertencias. Dios advirtió a Adán y Eva acerca de lo que les costaría comer del fruto del árbol prohibido. Advirtió a sus hijos cuando iban a enfrentar nuevas tentaciones con su llegada a la tierra prometida. El tema de los profetas es la advertencia, ya sea dirigida a la idolatría de su pueblo o a las injusticias de los líderes malvados. Dios envía a Jonás a predicar un mensaje de advertencia a la malvada ciudad de Nínive. Jesús advierte seriamente a los fariseos que se creían justos y advierte a sus discípulos cuando les delega su misión. Y existen duras y temibles advertencias para los creyentes; algunas de las más fuertes se encuentran en una serie de pasajes en Hebreos (2:1-4; 3:7–4:13; 5:11–6:12; 10:19-39; 12:14-29).
¿Por qué hay tantas advertencias en las Escrituras? Están ahí porque Dios nos ama. Como bien sabes, una advertencia no es juicio. Si lo único que Dios buscara fuera juzgarte, no te advertiría primero. Los padres advierten constantemente a sus hijos. Primero nos advierten acerca de no tocar la estufa caliente, la llama de una vela o el tomacorriente. Más adelante advierten acerca de lo que es seguro comer y lo que es peligroso, y años después acerca de los peligros de la Internet y las redes sociales. Luego vienen las advertencias acerca de los peligros de conducir un auto o de la tentación sexual. Tiempo después los padres advierten acerca de los peligros específicos de vivir en residencias universitarias, las tentaciones del dinero o los desafíos de una relación romántica seria. Cada una de esas advertencias está motivada por el tierno amor de padres.
Una de las formas en la que experimentamos la paternidad de Dios es mediante su compromiso incansable de advertirnos acerca de los diversos peligros de la vida en este mundo caído. Con cada advertencia, nuestro Padre celestial nos demuestra su amor por nosotros. Cada advertencia demuestra su paciencia, su fidelidad, su sabiduría y su gracia. Cada advertencia nos recuerda su cuidado. Cada advertencia nos enseña de nuevo que Él está listo y dispuesto a perdonar y a restaurar. Cada advertencia es un llamado a confiar en Él y a seguirlo por la fe. Cada advertencia nos recuerda que nuestro Padre es infinitamente más inteligente que nosotros. Él realmente sabe más que nosotros y nosotros haríamos bien en escucharlo y obedecerlo.
Padres, ¿cómo toman la advertencia de Dios acerca de no exasperar a sus hijos? Esposos, ¿cómo toman las advertencias de Dios acerca de los peligros de la infidelidad para su compromiso matrimonial? En tu carrera, ¿cómo tomas las advertencias de Dios acerca de no amar al mundo? En cada área de nuestra vida, Dios nos bendice con advertencias que sirven de protección y prevención. Lo hace porque nos ama y porque conoce la propensión de nuestro corazón.
No desearás ser como el niño pequeño que rehúsa escuchar las advertencias de mamá y se quema el dedo con la puerta del horno. No desearás ser como el adolescente que pasa por alto las advertencias de su papá y toma decisiones que alteran el resto de su vida. Dios nos ama y por ello ha incluido advertencias en su Palabra. Con un cuidado paternal dice: “No mires eso, no digas eso, no desees eso, no hagas eso, no elijas eso, no ames eso, cuidado con eso”.
Tomar la Biblia con seriedad en tu vida diaria significa vivir conforme a la protección que te ofrecen las advertencias de tu Padre celestial. Él te advierte y tú eres bendecido. Como estudiante, jefe, padre o madre, cónyuge, trabajador, vecino, ciudadano, hombre o mujer, joven o anciano, profesional u obrero, en la vida ministerial o cotidiana, en privado o en público, ¿en qué no has logrado someter tu corazón y tu vida a las advertencias amorosas de Dios? A ti y a mí nos convendría resistir aquellas ideas de que en algunas áreas de nuestra vida somos más listos que Dios y que desatender sus advertencias sabias y amorosas no va a costarnos. Cada pecado y la disfunción personal, relacional y situacional que les siguen son el resultado de la incapacidad de atender con humildad las advertencias de Dios. Y recuerda que Él no solo te advierte, sino que te equipa con la gracia que necesitas para vivir dentro del marco de sus advertencias.
La Palabra de Dios protege
Los seres humanos necesitan límites. Esto era cierto incluso antes de que el pecado entrara en el mundo e hiciera su obra destructiva. A pesar de que vivían en un mundo perfecto y eran individuos perfectos en perfecta relación con Dios, Adán y Eva necesitaban límites. Ningún ser humano posee una base suficientemente amplia de experiencia y conocimiento ni es lo bastante sabio proféticamente para poder fijar sus propios límites. Solo el Creador que conoce a sus criaturas, el mundo que creó para ellas y la vida que trazó para ellas, puede establecer el conjunto apropiado de límites protectores y preventivos. Los límites de Dios, es decir, sus leyes, son una expresión de su amor por nosotros. Nos protegen del peligro y nos acercan a una dependencia y una comunión más profundas con Él. Dios nos honra con su ley.
Recuerda el momento en el que Dios entregó por primera vez su ley en el monte Sinaí. Dios, en una demostración de asombroso poder y autoridad divinos, había redimido a Israel de su esclavitud de cuatrocientos años en Egipto y los había librado para guiarlos por el desierto hacia la tierra que les había prometido. Sin embargo, sus hijos tenían un serio problema que podía destruirlos. Puesto que habían estado en esclavitud a lo largo de varias generaciones, ellos no tenían idea acerca de cómo vivir. Por ello, Dios les dio su ley civil, ceremonial y moral. Estas leyes fueron dadas a sus hijos como señal de su amor y su gracia. La ley organizó sus vidas, instituyó su adoración, protegió sus corazones, estructuró sus relaciones con sus vecinos y proveyó un sistema legal. Ante todo, protegió a los israelitas de ellos mismos. La ley de Dios fue una de las formas principales de Dios para proteger y preservar a su pueblo.
Lo mismo es cierto para nosotros. Dios ha conservado y reiterado su ley para nosotros en la Biblia. No existe un solo día de nuestra vida en el que no necesitemos la protección de las normas divinas tal y como han sido reveladas en su Palabra. Si eres madre, necesitas la ley de Dios para controlarte y dirigirte en tu entrega a la ardua e incesante tarea de criar a tus hijos. Como esposo, necesitas la ley de Dios para tratar a tu esposa como Dios lo ha dispuesto y para permanecer fiel a tus votos matrimoniales. Como trabajador, necesitas la ley de Dios para que encamine tu forma de trabajar, de relacionarte con tu jefe y de cooperar con tus colegas. En tu universidad necesitas la ley de Dios para que encamine tu vida en ese lugar y tu manera de cumplir con tus responsabilidades como estudiante. En tu vida privada necesitas la ley de Dios para que ponga límites a tus pensamientos, tus deseos y tu conducta.
Como lo haría cualquier padre amoroso, Dios Padre fija límites de protección para nosotros en su Palabra. Lo hace no para privarnos de nuestra libertad y quitarnos nuestro gozo, sino para que podamos ser libres del cautiverio y de la tristeza que siempre resultan cuando los pecadores eligen su propio camino. Aunque Jesucristo cumplió la ley y llevó el castigo completo por nuestra infracción de la ley, Él confirmó y restituyó la ley porque sabía que íbamos a necesitar su protección hasta que estemos al otro lado y libres de nuestra propensión pecaminosa a apartarnos por nuestro propio camino.
La Palabra de Dios alienta
Todos necesitamos aliento. Ni tú ni yo podemos vivir sin esperanza. ¿Qué es la esperanza? Es una expectativa y un objeto. Hay algo que determinas en tu corazón (una expectativa) y alguien o algo a quien miras para que la cumpla (un objeto). Dios sabía que, en este mundo resquebrajado que gime y que ya no funciona como Él lo había dispuesto, íbamos a necesitar aliento diariamente, es decir, una esperanza constante. Dios sabía que este mundo caído lleno de gente imperfecta nunca podría brindar una esperanza firme, confiable, fiel y fidedigna. La esperanza horizontal y terrenal siempre decepciona.
Así que Dios nos dio su Palabra y, al darnos su Palabra, se dio a sí mismo a nosotros. ¿Qué quiero decir con esto? Una de las bondades más grandes de la Palabra de Dios es que la gloria del Dios que la inspira está presente en cada página. Dios sabía que en este mundo íbamos a buscar la esperanza con ansias, de modo que corrió el velo de separación y se mostró a sí mismo en su deslumbrante gloria. Piensa por ejemplo en Isaías 40, donde el lenguaje humano se despliega al máximo para captar la majestuosidad de Dios.
Sin embargo, Dios no se limita a revelar su poder y su gloria, sino que también quiere que sepamos que Él es soberano (Dn. 4:34-35). Y eso no es todo. Él quiere que sepamos que está cerca: “No te desampararé, ni te dejaré” (He. 13:5). También quiere que sepamos que Él es un Dios de perdón y de gracia: “De Jehová nuestro Dios es el tener misericordia y el perdonar” (Dn. 9:9). Estos son solo dos ejemplos de los temas de la revelación de Dios mismo en su Palabra. Él sabe que necesitamos esperanza y obra por medio de su Palabra para que basemos nuestra esperanza en Él y para asegurarnos que la esperanza en Él nunca jamás nos defraudará.
¿Cómo nos anima la Palabra de Dios? Nos recuerda que la esperanza vertical no es un deseo ilusorio y confuso, sino más bien una expectativa confiada de un resultado garantizado. ¿Cómo es esto posible? Es posible porque el objeto de nuestra esperanza es el Señor del cielo y de la tierra, el Creador y Salvador que nos invita a depositar nuestra esperanza en Él.
La Palabra de Dios motiva
Aunque me gusta mucho el oficio al que he sido llamado, no siempre me despierto motivado para empezar el día. A veces me siento incapaz. A veces las responsabilidades me abruman. A veces me siento agotado. A veces pongo en duda el resultado de mi trabajo. A veces la pereza es una lucha mayor el día de hoy que ayer. A veces las dificultades me distraen. Seamos sinceros: la fe no es nuestra respuesta natural. La duda es natural, la preocupación es natural, la negación es natural, el temor es natural, pero el valor de la fe no es nuestra forma natural de vivir. Esto revela una manera más en que la Palabra de Dios constituye una bendición enorme. Dios se inclina, me busca en mi dificultad y me motiva a través de las grandiosas y preciosas promesas de su Palabra.
En las Escrituras encontramos literalmente miles de promesas. Las promesas de Dios abarcan todos los tipos de literatura bíblica y están presentes en todos los períodos de la historia bíblica. Dondequiera que se encuentra su pueblo, Dios sale a su encuentro con sus promesas. Lo hace para motivar su fe y para animarlo a obrar con valentía. Sus promesas animan, fortalecen e infunden esperanza y, por ello, nos motivan a resistir el impulso a darnos por vencidos y nos alientan a perseverar en nuestro llamado.
Gracias a las promesas que Dios nos da, nuestra capacidad o potencialidad para lograr el éxito o la victoria no se basan en nuestra propia justicia, sabiduría o fortaleza, sino en la magnitud y en la certeza de lo que Él nos ha prometido. Así, cuando sabemos que somos débiles y reconocemos nuestros fracasos, seguimos adelante en virtud de todas las bondades que Él ha prometido entregarnos, que nos ha prometido ser y hacer por nosotros.
No hace falta que yo te diga que la vida en este mundo caído puede ser desalentadora y desgarradora. Todo, desde las fallas mecánicas hasta los fracasos familiares y las amistades rotas pueden hacer la vida complicada y difícil. Y puesto que somos incapaces de ver lo que nos depara el futuro, no sabemos cuándo la vida volverá a ponerse dura. También tenemos que lidiar con nuestras propias debilidades y propensión a desviarnos. Con todo, vemos el tierno corazón del Señor que nos prodiga sus promesas y así tenemos en abundancia su gracia motivadora. Aunque vendrán temporadas duras y de sequía, Dios nos invita a entrar en la lluvia de las promesas de la Palabra de Dios para beber de ellas y recibir una esperanza y fortaleza renovadas, levantarnos de nuevo con una motivación fresca para llevar a cabo aquello a lo que Él nos ha llamado hacer en los lugares donde nos ha puesto.
No necesitas salir en busca del orador motivacional de moda para que acrecienten tu esperanza y valentía. No, solo tienes que buscar a diario la Palabra de Dios. Las promesas de Dios no solo te motivan, sino que incentivan en tu corazón tu confianza en Dios y te guían conforme al plan de vida al cual Dios te ha llamado.
La Palabra de Dios confronta
Deberíamos agradecer cada día que la Palabra de Dios funciona en la vida de sus hijos como un espejo (Stg. 1:22- 25). Cuando nos miramos con una mente dispuesta y un corazón abierto en el espejo de la Palabra de Dios, nos vemos como somos realmente. Esta imagen es en realidad muy útil. Cuando en la mañana vas al baño para mirarte en el espejo, te das cuenta del deterioro que la noche ha producido en tu apariencia física; de lo único que puedes estar seguro es que tu espejo nunca va a mentirte. Siempre te va a confrontar con tu verdadera apariencia. Probablemente nunca te hayas sentido tentado a dudar o cuestionar la precisión de lo que tu espejo te revela acerca de ti.
Lo mismo sucede con el espejo que es tu Biblia. Lo que te revela acerca de ti es siempre exacto y fidedigno. Sin embargo, el espejo de tu Biblia no tiene los límites de tu espejo del baño que solo puede mostrarte tu yo físico. En cambio, el poder protector y restaurador y la belleza del espejo de tu Biblia dejan expuesto tu yo espiritual, es decir, tu corazón. Considera las palabras de Hebreos 4:12: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”. La Biblia tiene un poder que ningún otro libro tiene. La Palabra de Dios tiene la capacidad de discernir y revelar los verdaderos pensamientos y propósitos de tu corazón.
¿Por qué es tan importante? ¿Por qué es tan esencial? ¿Por qué debemos celebrar cada día la función de espejo de la Palabra de Dios y su imagen del amor de Dios que rescata, protege y redime? Porque el pecado enceguece (He. 3:12-13). No me cuesta ningún esfuerzo ver el pecado de mis amigos y parientes, pero muchas veces me sorprendo cuando el mío queda revelado. Debemos renunciar a la idea de que nadie nos conoce mejor que nosotros mismos. Esta idea te va a llevar a resistir todo aquello que el espejo de la Palabra revela y que tú no has visto aún, porque al confiar en tu propio conocimiento creerás que su juicio es impreciso. La verdad es que, mientras haya pecado morando en nuestro interior, habrá imprecisiones en nuestra percepción de nosotros mismos porque tendremos puntos ciegos espirituales.
Todos necesitamos con urgencia algo que pueda combatir nuestra ceguera y confrontarnos con lo que somos al profundo nivel formativo de los pensamientos y los deseos de nuestro corazón. La Palabra de Dios nos ha sido nada con esta precisa función.
Sin embargo, nuestra ceguera espiritual es aun más generalizada de lo que acabo de describir. Si eres ciego físicamente sabes que eres ciego y empiezas a desarrollar una serie de habilidades vitales para manejar esta sustancial limitación física. No sucede lo mismo con la ceguera espiritual. Tal vez el aspecto más aterrador y debilitante de nuestra ceguera espiritual es que, a diferencia de la ceguera física, el ciego espiritual no solo es ciego, sino que es ciego a su ceguera. Tenemos la tendencia a pensar que tenemos una visión de nosotros mismos que es muy acertada, cuando en realidad padecemos de una ceguera que nos impide vernos a nosotros mismos, y ni siquiera lo sabemos. Cuando crees que ves bien no buscas aquello que puede ayudarte a ver. Por consiguiente, todos necesitamos a diario usar las Escrituras como usamos los espejos de nuestra casa. Somos conscientes de que no vemos nuestro yo físico de manera exacta, por lo que no pasa un solo día sin que nos miremos frente a un espejo, recibamos su confrontación y, a partir de ello, hagamos los ajustes físicos necesarios a nuestra apariencia. Tenemos que mirarnos en el espejo de la Palabra de Dios todos los días, sometiéndonos humildemente a su confrontación que revela el corazón, y acudir a Dios en busca de su gracia que rescata, perdona, capacita y transforma.
Sin importar cuál sea tu lugar en la vida, sin importar cuáles sean tus oportunidades y responsabilidades diarias, sin importar cuáles tentaciones te atormenten con frecuencia, sin importar cuánto tiempo hayas caminado con tu Señor, agradece que tu Biblia es el espejo más poderoso, penetrante y exacto del mundo. La confrontación constante frente a este espejo es uno de los mayores regalos que Dios en su amor y en su gracia te ofrece.
La Palabra de Dios convence
Lamentablemente, todos tenemos la malsana capacidad de justificarnos a nosotros mismos, es decir, de argüir que el mal que hemos hecho no es tan malo después de todo. Somos demasiado hábiles para hacernos sentir bien por lo que Dios dice que no está bien. Necesitamos algo más aparte del poder que tiene la Palabra de Dios para confrontarnos. Es maravilloso que Dios haya diseñado las Escrituras para exponer y confrontarnos al nivel más profundo de los pensamientos y los deseos de nuestro corazón. Es una gracia suya que, al mirarnos en las páginas de la Palabra, no solo veamos a Dios en toda su gloria, sino a nosotros mismos con claridad. Con todo, mientras exista pecado en nuestro interior seguiremos eludiendo la confrontación de las Escrituras, pensando que sus verdades se aplican más bien a otras personas que a nosotros, y alejándonos en la misma condición en la que llegamos.
Por consiguiente, todos necesitamos el poder de la Palabra de Dios de traer convicción. Sí, el Espíritu Santo es el que convence, pero su herramienta primordial son las Escrituras. Si tu pecado no te aflige, no habrá confesión ni arrepentimiento. Así funciona la convicción: No puedes afligirte por lo que no has visto, no puedes confesar lo que no lamentas y no puedes arrepentirte de lo que no has confesado. Nuestra liberación constante del pecado y el crecimiento hacia la madurez cristiana dependen de la obra del Espíritu Santo que da vista a nuestros ojos y produce congoja en nuestros corazones. Primera de Tesalonicenses 1:5 nos lo revela: “Pues nuestro evangelio no llegó a vosotros en palabras solamente, sino también en poder, en el Espíritu Santo y en plena certidumbre, como bien sabéis cuáles fuimos entre vosotros por amor de vosotros”. No existe un solo día de nuestra vida en el que no necesitemos el Espíritu Santo que nos imparta con poder la Palabra de Dios para traer convicción, producir congoja y resultar en confesión. Padres, ustedes que llevan a cabo la dura tarea de la crianza necesitan el poder de convicción de la Palabra. Jefes, ustedes necesitan a diario el poder de la Palabra de Dios que saca a la luz lo que hay oculto en el corazón. Pastor, tú necesitas la Palabra de Dios para traer convicción a tu propia vida al igual que para capacitarte para tu ministerio. Estudiante, cuando enfrentes todas las responsabilidades y tentaciones de tu vida universitaria, necesitas este poder que transforma el corazón. En la forma de manejar nuestro dinero, administrar nuestro tiempo, cuidar nuestro cuerpo, usar nuestra mente, vivir nuestras relaciones y cumplir nuestras labores cotidianas, necesitamos la obra combinada de la Palabra y del Espíritu que trae convicción. El Espíritu Santo seguirá convenciéndonos de pecado hasta que este ya no exista, y la herramienta de la cual se sirve para hacerlo es tu Biblia.
La Palabra de Dios guía
¿Cuándo fue la última vez que necesitaste usar tu teléfono portátil como linterna, tal vez para buscar algo en el garaje, leer un menú en un restaurante con poca luz o buscar algo en el patio en la noche?1 ¿Por qué la necesitaste? Tu respuesta probablemente incluye alguna alusión a oscuro o aoscuridad. Eres un pecador que vive con otros pecadores en un mundo caído y, por ende, todos los días encuentras oscuridad. Aunque disfrutes comidas campestres en días soleados dignos de una foto en Instagram, la realidad es que la vida se parece más a una caminata a medianoche por el bosque. En un día cualquiera, posiblemente encuentres más oscuridad que verdad, tanto interna como externa. De modo que, para avanzar sin peligro y llegar a tu destino, necesitas algo que ilumine tu camino.
Ningún pasaje bíblico expresa mejor esta necesidad y la provisión de Dios que el Salmo 119:105: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino”. Necesitas luz para tu matrimonio y la crianza de tus hijos. Necesitas luz para tu trabajo y tus relaciones con tus vecinos. Necesitas luz para tus luchas con los deseos y las tentaciones. Necesitas luz que te ayude a enfrentar lo inesperado. Necesitas luz para enfrentar las dificultades que se presenten. Necesitas luz cada vez que alguien peca contra ti. Necesitas luz para enfrentar las debilidades del cuerpo y las penas del corazón. Necesitas luz para aquellos momentos en los que estás solo y te sientes abrumado. Necesitas luz para todas las incógnitas que toquen a tu puerta mañana, pasado mañana y el resto de tu vida.
Es difícil encontrar una mejor descripción del Salmo 119:105 que el comentario de Charles Spurgeon, gran predicador del siglo XIX:
“Lámpara es a mis pies tu Palabra”. Somos caminantes por la ciudad de este mundo, obligados muchas veces a atravesar su oscuridad; nunca nos aventuremos allí sin la luz de la Palabra, no sea que nuestros pies resbalen. Cada hombre debe hacer uso de la Palabra de manera personal, práctica y constante, a fin de que pueda ver su camino y su situación a cada paso. Cuando la oscuridad se instala y me envuelve, la Palabra del Señor, cual antorcha encendida, alumbra mi camino. En la antigüedad, a falta de lámparas fijas en las ciudades de Oriente, cada viajero llevaba su propia linterna para evitar caer en una zanja de desagüe o tropezar con pilas de desechos que se acumulaban en la ruta. Esta es una imagen real de nuestro caminar por este mundo sombrío: si las Escrituras no alumbraran como llama resplandeciente nuestros pasos, no sabríamos cuál camino tomar ni cómo recorrerlo. Uno de los beneficios más prácticos de las Sagradas Escrituras es su guía en los actos cotidianos de la vida: no nos ha sido dada para deslumbrarnos con su resplandor, sino para guiarnos mediante su instrucción. Aunque ciertamente la cabeza necesita ser iluminada, más precisan los pies de dirección o, de lo contrario, tanto cabeza como pies acabarán en una zanja. Feliz el hombre que se apropia de la Palabra de Dios de un modo personal y la utiliza de manera práctica como su consuelo y consejera, una lámpara a sus pies.1
No tienes que sangrar por la nariz ni lastimarte los pies estrellándote con árboles y tropezando con sus raíces. No tienes que andar a tientas con temor en la oscuridad. ¡La luz del mundo te ha dado la luz de su Palabra! Ella alumbrará tus pies en medio de la oscuridad para que no tropieces ni caigas.
¿Cuál debería ser nuestra actitud y nuestra manera de pensar acerca del amoroso y esencial regalo que nos ha dado Dios en su Palabra? Ante todo, debemos acercarnos a las Escrituras con un sentir profundo y constante de necesidad. Esto significa que, cada vez que abrimos el libro, oramos para que Dios nos conceda ojos para ver y un corazón dispuesto, tierno, humilde y abierto. También significa que no leemos la Palabra de Dios con una actitud casi de culpa, por simple deber u obligación cristiana. No. Abordamos nuestra lectura y estudio de la Biblia con un gozo sincero. ¿Cuál es el ADN del gozo? La respuesta a esta pregunta es importante: gratitud. Rara vez percibes gozo en una persona quejumbrosa. Estamos agradecidos por la Palabra de Dios porque en ella lo encontramos a Él, encontramos su gracia salvadora, encontramos sabiduría extraordinaria, encontramos dirección para nuestro diario vivir y encontramos esperanza para volver a empezar mañana. También debemos abordar la Palabra de Dios con compromiso. Debemos comprometernos a estudiarla, pero, más que eso, a someter nuestro corazón y nuestra mente a lo que encontramos en ella. Debemos tomar la determinación de combatir, en el poder de la gracia de Dios, cualquier reticencia en nosotros a su mensaje y su llamado. Por último, cada vez que encontramos la Palabra de Dios, pactamos con Dios que procuraremos aplicarla de manera fiel y específica a nuestra propia vida. Esto significa que nuestra vida devocional se traduce en vida práctica dondequiera que estamos y en todo aquello que decidimos, hablamos, hacemos y reaccionamos. Hacemos todo esto con corazones llenos de asombro porque Dios nos ame tanto que nos honre con un libro tan poderoso para comunicarnos vida y transformarnos.
Sin embargo, debes saber también que tu Biblia no te ofrece un manual para el manejo de cada cosa. No te da un libreto para manejar cada situación. No te dice exactamente qué decir a tu adolescente que quiere discutir todo a las 9:35 el martes por la noche o cómo comunicar exactamente el evangelio a tu colega de trabajo o qué decir exactamente a tu esposo desanimado. Permíteme ilustrar lo que las Escrituras te dan.
Me cautiva la espontaneidad del jazz, la forma en la que un grupo de músicos empiezan una pieza, pero luego tocan melodías y giros sobre el mismo tema que no están escritos en la partitura. El jazz es una forma de espontaneidad planeada. La razón por la cual estas melodías no degeneran en una disonancia caótica es la parte planeada que hace que el jazz funcione. Los intérpretes tienen la capacidad de despegar en trayectorias individuales de manera armónica porque todos concuerdan y subordinan su intervención a dos realidades fundamentales. Estas dos realidades hacen viable su individualidad y creatividad. La pieza con la que empezaron fue escrita en una tonalidad y en un compás o estructura rítmica determinados. Siempre y cuando ellos interpreten dentro del marco de esa estructura planeada, tienen la libertad de improvisar y ser creativos y a la vez mantenerse en armonía con el conjunto.
Tu Biblia no es exhaustiva en el sentido de hablar acerca de todo e incluir una partitura para cada acción, reacción o respuesta posibles. No obstante, la narrativa bíblica, con su ley y su evangelio, te brinda una tonalidad y una estructura rítmica para tu corazón y tu vida. Siempre y cuando te mantengas dentro de la estructura sabia y amorosa que Dios ha revelado, cuando improvisas (y tendrás que hacerlo) lo harás en hermosa armonía con Él. Dios no te ha dado una partitura para cada situación, pero te ha dado su ley, su sabiduría, su revelación de sí mismo, su plan para el mundo y su evangelio que estructuran la forma en que debes pensar y lo que debes desear en las situaciones y relaciones de tu vida cotidiana. Por ejemplo, Él te ha dicho que críes a tus hijos en “disciplina y amonestación del Señor” (Ef. 6:4), pero no te ha dicho exactamente qué decirle a tu hijo de siete años que protesta por todo el viernes en la mañana. Te ha dicho que ames a tu prójimo como a ti mismo, pero no ha dado la partitura para llevarte bien con ese colega ultracompetitivo. Te ha dicho que administres bien tus recursos, pero no te ha dicho si debes o no hacer una inversión particular.
La Biblia no dictamina cada nota que tengas que tocar a lo largo de toda tu vida, pero sí te da todo lo que necesitas para que puedas tocar en armonía con tu Salvador en cada área, y el hecho de que sea así constituye un regalo maravilloso de la gracia divina.
Mientras escribía este capítulo, mi esposa Luella me mostró una lectura devocional de Charles Spurgeon que había leído esa mañana, y me recomendó leerla. Cuando lo hice, supe de inmediato que debía ser el texto de cierre de este capítulo. Que la Palabra maravillosa de Dios obre en ti como dice Spurgeon.
“Mucha paz tienen los que aman tu ley, y no hay para ellos tropiezo” (Sal. 119:165).
Sí, un verdadero amor por el gran Libro nos traerá gran paz del gran Dios y será una gran protección para nosotros. Vivamos constantemente en la compañía de la ley del Señor y ella producirá en nuestros corazones un sosiego que nada más puede generar. El Espíritu Santo obra como Consolador a través de la Palabra y derrama en abundancia esas benignas influencias que calman las tempestades del alma.
Nada es piedra de tropiezo para el hombre en el que mora la Palabra de Dios en abundancia. Él toma su cruz diaria y se convierte para él en deleite. Está preparado para la tribulación de fuego y no la considera algo extraño, como para dejarse abatir por ella completamente. Tampoco tropieza con la prosperidad, como muchos, ni se deja aplastar por la adversidad, como sucede con otros, porque vive más allá de las circunstancias cambiantes de la vida externa. Cuando su Señor pone delante de él algún gran misterio de la fe que hace clamar a otros, “dura es esta palabra, ¿quién la puede oír?”, el creyente la acepta sin dudar, porque sus limitaciones intelectuales quedan resueltas por su temor reverente a la ley del Señor, que es para él la autoridad suprema a la cual se inclina gozosamente. Señor, obra en nosotros este amor, esta paz, este descanso, en este día.2
Footnotes
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Charles Haddon Spurgeon, Treasury of David, vol. 5, Psalms 111–119 (Londres: Marshall Brothers, s.f.), 342, Christian Classics Ethereal Library, www.ccel.org. ↩
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Charles Haddon Spurgeon, Faith’s Checklist, lectura del 9 de abril, Spurgeon Archive, archive.spurgeon.org/fcb/fcb-bod.htm. ↩