Solo hay un Dios verdadero. Él es infinito en su ser y en perfección. Es invisible, no tiene cuerpo, partes o pasiones. Es inmutable, inmenso, eterno y excede la comprensión humana. Es todopoderoso, sabio y sumamente santo. Es completamente libre y absoluto, trabaja en todo conforme al consejo de su propia voluntad justa y para su propia gloria. Es incomparable en su amor, su gracia, su misericordia y su compasión. Es extraordinario en bondad y verdad, en perdonar la iniquidad, la transgresión y el pecado. Recompensa a quienes le buscan con diligencia. Es justo y temible en sus juicios. Aborrece el pecado y no deja impune al culpable.

Dios es la fuente de toda vida, gloria, bondad y bendición, en sí mismo y de Él mismo. Solo Él se basta a sí mismo, en sí mismo y para Él mismo. No necesita criatura alguna que Él ha creado ni deriva gloria de ellas. Antes bien, revela su gloria en ellas, por medio de ellas, hacia ellas y sobre ellas. Él es el único manantial de todo ser. Todas las cosas son de Él, por medio de Él y para Él. Él tiene el sumo soberano dominio sobre todas las cosas para hacer por medio de ellas, para ellas y con ellas todo lo que le plazca. Él ve todas las cosas y nada está oculto de Él. El conocimiento de Dios es infinito, infalible e independiente de todo lo que creó. Para Dios no hay azar ni incertidumbre. Todos sus propósitos, obras y mandamientos son santos. Él merece toda la adoración, el servicio y la obediencia que le place requerir de ángeles, seres humanos y todas las demás criaturas.

En la unidad de la Deidad hay tres personas de una sustancia, poder y eternidad: Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo. El Padre no es engendrado ni procede de nadie. El Hijo es eternamente engendrado del Padre. El Espíritu Santo procede eternamente del Padre y del Hijo. Véanse Génesis 17:1; Éxodo 3:14; 34:6-7; Deuteronomio 4:15-16; 6:4; 1 Reyes 8:27; Nehemías 9:23, 33; Job 22:2-3; Salmos 5:5-6; 90:2; 115:3; 119; 145:17; 148:13; Proverbios 16:4; Isaías 6:3; 46:10; 48:12; Jeremías 10:10; 23:23; Ezequiel 11:5; Daniel 4:25, 34-35; Nahúm 1:2-3; Malaquías 3:6; Mateo 28:19; Juan 1:14, 18; 4:24; 5:26; 14:11; 15:26; Hechos 15:17-18; Romanos 11:34-36; 1 Corintios 8:4, 6; 2 Corintios 13:14; Gálatas 4:6; 1 Timoteo 1:17; Hebreos 4:13; 11:6; 1 Juan 5:7; Apocalipsis 5:12-14.1

Cómo entender la doctrina de Dios

¿Cómo puede alguien leer el intento anterior de describir a Dios en su inmensurable gloria y no sentir sobrecogimiento y estupefacción?

Este es nuestro Dios. Es santo de todas las formas posibles, en todo lo que Él es y en todo lo que Él hace. Él es la fuente de todo lo que existe y no necesita nada de lo que existe. Su conocimiento de todo es siempre exacto y jamás necesita que le enseñen cosa alguna. Nunca nada lo toma por sorpresa, nunca está desprevenido, ni confundido ni angustiado. Nunca necesita descubrir algo y nunca requiere desaprender o volver a aprender nada. Lo que Él piensa, se propone, declara y hace es siempre justo y verdadero. Sus juicios nunca son errados, sesgados ni falsos.

Todo lo que existe depende de Él para existir. Solo Él se sienta en el trono del universo y gobierna conforme a su voluntad santa y absolutamente sabia. Su gobierno perfecto no depende de la instrucción ni del consejo de otros. Él hace lo que le place y lo que le place es siempre justo y lo mejor.

Él es la fuente y la definición de bondad, amor, gracia, misericordia y perdón. Él es santo y justo y, al mismo tiempo, es paciente y tierno. Todos los buenos dones materiales y espirituales vienen de Él. Él odia el pecado, pero perdona a todos los que acuden a Él en confesión sincera.

Dios es una Trinidad compuesta por tres personas, pero todas de una sola sustancia: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. No son designaciones de tres funciones, sino tres personas distintas. La Trinidad es la comunidad suprema que funciona en perfecta unidad y amor, sin desavenencias, conflictos ni desacuerdos.

Estoy aquí sentado en silencio delante de la luz de mi pantalla, pasmado frente a lo que acabo de escribir. Aunque las palabras son exactas, expanden tu mente y estimulan tu imaginación, se quedan cortas y no logran abarcar la inmensidad del ser y de la gloria de Dios. En mi corazón digo con el salmista: “¿Quién como Jehová nuestro Dios?” (Sal. 113:5). Es la pregunta retórica por excelencia que espera la respuesta contundente: “¡Nadie!”. Nadie ha existido ni existirá jamás que se asemeje a Él en lo más mínimo. Existe una descomunal línea divisoria de santidad, poder, gloria, conocimiento, sabiduría, amor, gracia, justicia, soberanía y suficiencia entre el Creador y la criatura. La línea no puede ser cruzada y nunca será traspasada. Así que nos postramos en asombro, en sumisión, en dependencia, en adoración y en amor ante su formidable majestad.

Aunque fui criado en un hogar cristiano, el Dios que tenía en mente en mi juventud era una pseudodeidad reducida, muy ajena al Dios de la Biblia. Mi hermano Tedd venía a casa desde su universidad y empezaba a hablarme acerca del control absoluto de Dios sobre todas las cosas. Para mí era una pieza de la doctrina de Dios que nunca había oído ni entendido del modo que él la comunicaba. Nuestras conversaciones me dejaban desbordado de preguntas, herían mi orgullo y me causaban enojo. Durante una de nuestras discusiones me enojé tanto que me quité un zapato y se lo lancé. Uno o dos días después, él me trajo una Biblia de bolsillo y un rotulador amarillo y dijo: “Este verano lee toda la Biblia y marca todos los ejemplos en los que Dios gobierna sobre todo de manera soberana”. Acepté el desafío, que no solo corrigió mi teología deficiente, sino que cambió el curso de mi vida. No solo me conmovió la imagen del gobierno absoluto de Dios, sino que me dejó pasmado su inestimable gloria.

Aunque pocos creyentes adolecen de un Dios demasiado grande, muchos adolecen de un Dios que tristemente es demasiado pequeño. Todos tenemos que cuidarnos de que nuestras limitaciones para concebir o imaginar restrinjan nuestra teología de Dios y su gloria. No podemos permitirnos abrazar una teología que encoja a Dios a un tamaño manejable. El problema es que cuando intentas comprender cualquier concepto o término, tu proceso de comprensión parte siempre de la óptica de tu propia experiencia. Si yo empleo el término padre, tú definirás ese término conforme a tu experiencia personal con tu propio padre, hasta que yo precise bien a qué me refiero. En lo que respecta a Dios, ninguna experiencia en mi vida es comparable a su persona y a lo que Él es en la pureza y la santidad, en el alcance de su gloria. A continuación, presentaré algunas ideas acerca de la gloria de la gloria de Dios.

La gloria de la gloria de Dios

Nunca olvidaré esa noche. Mi boleto me ubicó en primera fila y valió la pena. Nunca me impresionó más una composición musical como aquella noche en la que escuché a la Orquesta Sinfónica de Chicago. La música fue enérgica, premonitoria, evocadora, cautivante y gloriosa a la vez. Hubo momentos en los que deseé que la noche nunca terminara y momentos en los que quise ponerme de pie y salir corriendo del auditorio. Hubo momentos en los que la música me sacudía el pecho y momentos en los que me seducía con un susurro. Hubo momentos en los que el disfrute musical chocaba con el miedo musical en una bella disonancia. Cuando terminó el concierto me sentí a la vez triste y agotado. Quería más y a la vez sentía que había tenido suficiente. No sabía por qué ese concierto en particular me había afectado de tal modo hasta que miré el programa y leí la frase debajo del título de la obra. Decía: “Dios, la más formidable palabra que se haya pronunciado”.2

Me había deleitado con el maravilloso intento de un talentoso compositor (cuyo nombre no logro recordar) por describir a Dios en toda su gloria sublime y con todos sus matices en una sola obra musical. En cierto modo fue un esfuerzo triunfal y en otro un fracaso rotundo y vergonzoso. El hecho de que un ser humano crea que puede captar la gloria de Dios en una sola manifestación artística es a lo más ilusorio y, en el peor de los casos, vano. Comprimir lo que es infinito en lo que es finito es infinitamente más absurdo que tratar de meter el cuerpo entero de un elefante en un dedal sin que quede nada por fuera. Eso no va a suceder sin importar cuán talentoso sea quien lo intente ni cuánto se esfuerce en lograrlo.

El compositor había hecho un trabajo admirable, pero con su obra prima había captado menos de una gota del inagotable océano que es la gloria de Dios. Me resultaría imposible enumerar todos los versículos que hablan de la gloria de Dios porque la gloria no funciona de esa manera. La gloria no es una cosa como un zapato, un filete de carne, una vela o una cabaña. Esos son objetos físicos que pueden describirse cuidadosamente con palabras que proyectan una imagen exacta en tu mente de aquello que se habla. Se puede hacer un dibujo o tomar una fotografía de un zapato y al verlos se puede saber lo que era, pero la gloria no es así. Ninguna imagen puede por sí sola captar la gloria. La gloria sencillamente no se puede retratar. La gloria no es tanto una cosa como una descripción de una cosa. La gloria no es una parte de Dios; es todo lo que Dios es. Cada aspecto de la persona de Dios y cada parte de lo que Dios hace es glorioso. Aun así, eso ni siquiera alcanza a ser una descripción de la gloria de Dios. Dios no solo es glorioso en todo, sino que su gloria es gloriosa.

Con todo, las Escrituras ponen la inmensidad de la gloria de Dios en la pequeñez del lenguaje humano a fin de que podamos, al menos, tener una idea de lo que es. Por ejemplo, el profeta Isaías, bajo la inspiración del Espíritu Santo en Isaías 40, despliega las posibilidades del lenguaje humano a fin de darnos un atisbo de la gloria de Dios: “¿Quién midió las aguas con el hueco de su mano…?”. ¡Imagina cuánta agua podría caber en la palma de tu mano y luego piensa que Dios podría sostener todo el líquido del universo en su mano sin derramar una sola gota! “¿Quién… pesó los montes con balanza y con pesas los collados?… He aquí que las naciones le son [a Dios] como la gota de agua que cae del cubo… despliega [los cielos] como una tienda para morar” (Is. 40:12, 15, 22). Isaías emplea descripciones gráficas colosales para ayudarnos a entender un indicio de lo glorioso que es Dios. Con todo, estas mismas descripciones llamativas y útiles se quedan completamente cortas a la hora de captar la majestuosa gloria de Dios.

No podemos entender por completo la gloria de Dios a partir de algunos pasajes porque la razón por la cual la gloria es gloria es porque escapa y desafía esa clase de descripción y definición. Puedes decir, por supuesto, que Dios es glorioso, porque tu Biblia lo declara, pero no puedes describir con palabras, de manera precisa y completa, la gloria que declaran las Escrituras. Tal vez el único modo factible de entender algo de la grandeza de la gloria de Dios sea leer toda la Palabra de Dios una y otra vez, buscando en ella su gloria divina. ¿Por qué? Porque la gloria de Dios no está oculta en su Palabra; no, su gloria es tan grande que está presente en cada página de su libro.

Cuando la Biblia habla de la gloria de Dios, ¿a qué se refiere? La gloria de Dios es la grandeza, la belleza y la perfección de todo lo que Él es. En todo lo que Él es, Dios sobrepasa en su grandeza cualquier descripción humana. Cada atributo y cada acto de Dios es absolutamente hermoso en todo sentido. Dios es totalmente perfecto en todo lo que es y en todo lo que hace. A esto nos referimos cuando hablamos de la gloria de Dios. Es la realidad asombrosa de que existe alguien en el universo que es, en todo, el más grandioso, el más hermoso y el más perfecto. Él es gloriosamente grande, gloriosamente hermoso y gloriosamente perfecto. No hay nadie como Él, no tiene par y con nadie se le puede comparar. Él es el gran Otro, en una categoría propia que excede nuestra capacidad de cálculo, de comprensión o descripción. Cada parte de Dios es gloriosa en todas las formas posibles. Él es glorioso; nada más se puede agregar. Y, puesto que Dios es glorioso en todas las formas posibles, solo Él se levanta en este vasto universo como el único que es digno de la adoración, la entrega y el amor de cada corazón humano.

La guerra por la gloria

Debemos entender que, puesto que Dios es glorioso, la vida es una gran guerra por la gloria. Dios nos ha configurado a todos para la gloria. Somos seres humanos orientados a la gloria. Nos atraen las cosas gloriosas, ya sea una obra de teatro emocionante, una obra musical cautivadora o una comida extraordinaria. Dios nos creó con esta orientación hacia la gloria incorporada con el propósito de que esta nos lleve a Él. Puesto que somos seres orientados a la gloria, nuestra vida siempre va a guiarse por la búsqueda de algún tipo de gloria. ¿Qué gloria ha cautivado tu corazón aquí y ahora y cómo determina tu forma de responder a las situaciones, lugares y relaciones en tu vida?

El pecado nos convierte a todos en ladrones de gloria. Aunque Dios nos creó para vivir vidas impulsadas por la gloria de Dios, el pecado nos lleva a vivir para nosotros mismos (2 Co. 5:14-15). El pecado nos convierte a todos en ladrones de gloria. Exigimos ser el centro de nuestro mundo, un lugar que debería ser para Dios y solo para Él. Nos atribuimos el mérito por aquello que solo Dios podría hacer. Queremos ser soberanos y queremos ser adorados. Establecemos nuestra propia ley y castigamos a las personas que se interponen en nuestro camino e infringen nuestras normas. Nos convencemos a nosotros mismos de que tenemos privilegios que realmente no nos corresponden. Nos quejamos cuando no logramos obtener todo lo que queremos. Al vivir para nuestra propia gloria, robamos la gloria que solo le pertenece a Dios.

Solo la gloria de Dios puede satisfacer el hambre de gloria en nuestros corazones. Todos experimentamos en nuestro interior el hambre de gloria. En cierto modo, todo lo que pensamos, deseamos, elegimos, hacemos y decimos lo hacemos por buscar gloria. Aunque todos queremos en nuestra vida aquello que es glorioso, este apetito nunca va a satisfacerse por medio de las cosas creadas. Si pudieras experimentar las situaciones, los lugares, las relaciones, las experiencias, los logros o las posesiones más gloriosas en la vida, aún así tu corazón no estaría satisfecho. La creación no tiene la capacidad de traer contentamiento a nuestro corazón. El propósito de la creación no es satisfacer nuestros corazones, sino dirigirnos a la gloria de Aquel que sí puede saciar nuestra hambre y, a al saciar nuestra hambre, dar paz y descanso a nuestro corazón.

Solo la gracia de Dios tiene el poder para ganar la guerra de gloria que se libra en nuestros corazones. Esta guerra de gloria no se libra por fuera de nosotros, sino en nuestro interior. En el corazón de cada pecador reside una profunda y constante deslealtad en lo que concierne a la gloria. Todos tenemos la tendencia constante a recaer en nuestra propia gloria. Lo hacemos porque para un pecador es más natural vivir para la gloria de uno mismo que reconocer y vivir para la gloria de Dios. Nos creemos la mentira de que las cosas creadas e imperfectas pueden hacer lo que solo puede hacer la perfección de la gloria de Dios. En nuestro engaño nos convencemos a nosotros mismos de que realmente podemos satisfacer nuestra sed bebiendo de pozos secos. De modo que nuestra única esperanza es que este Dios de gloria invada nuestra vida y nos rescate del robo que es buscar nuestra propia gloria. Por eso Jesús tuvo que venir a la tierra, para vivir una vida justa por nosotros, morir por nuestro robo y resucitar derrotando el pecado y la muerte. En su asombrosa gracia, Jesús estuvo dispuesto a venir en una misión de rescate de la gloria y, gracias a esto, hay esperanza para nosotros de librarnos al fin de nuestra propia gloria y vivir para siempre a la luz de la gloria de Dios que sí satisface.

Solo existe un ser en el universo que es supremo en gloria, supremo en grandeza, supremo en belleza y supremo en perfección, y Él es todas estas cosas en todo lo que es y en todo lo que hace. Dios no tiene discrepancias de gloria ni tiene rival de gloria. Todo viene de Él, todo lo que existe sigue existiendo por medio de Él y todo es hecho para Él (Ro. 11:36). Él es la estrella deslumbrante y brillante en el centro de la eternidad, de la historia, de la realidad física, de la realidad espiritual, de lo presente y lo por venir. Toda la vida se encuentra en Él. Vivir a la luz de la gloria de Dios no se trata solo de ser espiritual. Se trata de recuperar nuestra humanidad, porque esa es la vida para la cual ha sido diseñado cada ser humano. Tal vez la visión de Dios en 1 Crónicas 29 es lo que debería cautivar los pensamientos de nuestra mente y la imaginación de nuestro corazón cada día, seamos hombre o mujer, niño o adulto, joven o viejo, soltero o casado, rico o pobre, cualquiera sea nuestra raza o etnia y sin importar dónde vivimos y trabajamos. Escribe este pasaje en una tarjeta y pégala en el espejo donde te miras cada mañana.

Asimismo se alegró mucho el rey David, y bendijo a Jehová delante de toda la congregación; y dijo David: Bendito seas tú, oh Jehová, Dios de Israel nuestro padre, desde el siglo y hasta el siglo. Tuya es, oh Jehová, la magnificencia y el poder, la gloria, la victoria y el honor; porque todas las cosas que están en los cielos y en la tierra son tuyas. Tuyo, oh Jehová, es el reino, y tú eres excelso sobre todos. Las riquezas y la gloria proceden de ti, y tú dominas sobre todo; en tu mano está la fuerza y el poder, y en tu mano el hacer grande y el dar poder a todos. Ahora pues, Dios nuestro, nosotros alabamos y loamos tu glorioso nombre (1 Cr. 29:10-13).

Ahora, vuelve al principio de este capítulo y lee de nuevo la descripción de la majestad de Dios. Dedica tiempo para que el asombro de Él cautive una vez más los pensamientos, los deseos y las emociones de tu corazón. Y luego salta de gozo porque, por la gracia, estás conectado a este Dios admirable.


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Footnotes

  1. Paráfrasis del autor de la doctrina de Dios como aparece en apartes de la Confesión de Fe de Westminster, cap. 2.

  2. Esta sección es una adaptación de mi artículo “Why the Doctrine of Glory Matters”, Church Leaders, 6 de septiembre de 2018, www.churchleaders.com