Mucho se puede y conviene decir acerca de lo que significa vivir a la luz de la existencia y de la gloria de Dios. Lo más sublime que puede contemplar tu mente es su existencia. Quizás por ello las primeras palabras de la Biblia, “en el principio, Dios”, no son solo las cuatro palabras más importantes de la Biblia, sino también las cuatro palabras más importantes que se hayan escrito, examinado, estudiado, escudriñado y explicado. Puesto que la existencia de Dios es tan fundamental, todos tienen una posición al respecto y todos viven dentro de su marco conceptual acerca de ella. No existe un lugar donde la existencia de Dios no afecte y determine tu manera de vivir. No existe un sistema filosófico, científico, psicológico, político, sociológico, educativo o un pasatiempo que no se defina por si se cree o no en la existencia de Dios y la idea que se tiene acerca de quién es Él. La manera en que tratas a tus hijos, a tu pareja, a tu vecino, a tus colegas de trabajo, a tu jefe, a tus padres, tu actitud frente a tus labores cotidianas, a las alegrías y las desilusiones de la vida, tus finanzas, tu cuerpo, tu sexualidad, tu educación, tu identidad, tu significado y propósito, la vida y la muerte, todo será moldeado de alguna manera por tu visión de Dios. Para ningún ser humano en ningún lugar es posible vivir una vida carente de Dios como referencia. Esta orientación está integrada en nuestra humanidad, por lo que es importante consagrar tiempo a pensar acerca de lo que significa vivir la creencia de que Dios realmente existe y que Él es la persona que dice ser en su Palabra. Así pues, permíteme delinear algunas implicaciones de esta verdad fundamental. No he organizado los apartes siguientes en ningún orden de importancia porque todos son igualmente importantes.

Cuatro maneras de responder a la existencia de Dios

Cuando hablamos acerca de cómo las personas responden a la pregunta de la existencia de Dios, por lo general las ubicamos en dos categorías: las que creen en Dios y las que no. Sin embargo, cuanto más te acercas al plano común en el que todos vivimos, nos relacionamos y trabajamos, estas categorías resultan tristemente inadecuadas. Quisiera proponerte ampliar las categorías.

Primero están las personas que niegan la existencia de Dios. El Salmo 14 dice que cualquier persona que dice en su corazón que no hay Dios es un necio. Y Romanos 1 explica por qué. Dios ha hecho su existencia tan evidente en su creación que es preciso negar la evidencia que tienes cada día por delante a fin de defender tu negación. Como señalaré en el punto siguiente, la revelación de Dios en la creación está a disposición de todos y frente a los ojos de todos sin importar quiénes sean ni dónde vivan. Aún así, a causa del poder de la ceguera espiritual y del engaño del pecado, las personas no solo protestan contra la existencia de Dios, sino que también irrespetan y se burlan de quienes creen que Él existe.

Es necesario ser conscientes de que quienes creemos en la existencia de Dios y nos esforzamos por vivir a la luz de ella estamos, por lo general, al margen y no en el centro de las posiciones de influencia en nuestra cultura. Aunque no debemos vivir en desánimo ni derrota porque el plan santo de Dios sigue adelante, sí debemos ser conscientes de la narrativa distorsionada de la realidad que repiten sin cesar las personas que han cerrado su mente a la realidad primordial de la existencia humana, que es la existencia de Dios. Esto no significa que debamos aislarnos en una cámara de resonancia monacal. Por la gracia común de Dios, las personas que niegan su existencia aún pueden hacer aportes maravillosos a nuestra vida. Y Dios nos ha llamado a vivir “en” el mundo al tiempo que no somos “del” mundo. Estamos llamados a ser como una ciudad asentada sobre un monte que es imposible no ver en la noche. Así pues, esto significa que debemos vivir con una mente bíblica y teológicamente informada y comprometida. No podemos ser la luz que estamos llamados a ser si en vez de estar “en” la cultura que nos rodea nos volvemos “de” ella.

Padres, este es un punto importante para ustedes. Tus hijos en el sistema de educación pública y en la universidad serán educados por maestros brillantes y talentosos que conocen bien sus materias, pero que en su mayoría piensan que hemos evolucionado al punto de que podemos prescindir de los principios no probados de la religión antigua. Esto significa que estos expertos no pueden ofrecer a tu hijo una visión precisa del universo ni un sentido exacto de quiénes son ni de lo que deberían hacer, sin importar lo bien que sepan comunicar los hechos relativos a sus materias. Tus hijos serán entretenidos por sistemas que poco se interesan en la existencia de Dios y rara vez ceden lugares de influencia a aquellos que sí se ocupan de ella. Tienes una responsabilidad mayor de interactuar desde una perspectiva bíblica con los contenidos que aprenden tus hijos en la escuela y que consumen en las plataformas mediáticas populares.

Una segunda categoría de personas responde a la existencia de Dios afirmando que, aunque creen en el concepto de “dios”, al parecer no les interesa conocerlo y su “creencia” no cambia en nada su manera de vivir. Tristemente, hay millones de personas en esta categoría. En realidad, no creen en Dios, sino en el concepto de “dios”. Por lo general, estas personas no tienen algo parecido a una vida espiritual ni algún tipo de amor o adoración de Dios. Su dios es distante, impersonal, desapegado, indiferente, apático, inactivo, carente de poder o autoridad. Sea cual sea el concepto que tienen de Dios, dista por completo del Dios que describen las Escrituras.

Es importante entender que muchas personas que afirman creer en “dios” no son, conforme a la descripción bíblica, personas de fe. Su creencia en “dios” es, a lo sumo, una función de su mente, pero no una transacción de su corazón que transforma la vida. Estas personas aparecen en las encuestas como parte del porcentaje de personas que creen en Dios, pero no se aparecerían en un culto dominical, y mucho menos ofrecerían sus vidas en un servicio gozoso y obediente a Dios.

El tercer grupo de personas cree en el Dios de la Biblia y, en consecuencia, han acudido a Dios en confesión, rendición y adoración. Estudian las Escrituras para poder conocer mejor a Dios y servirlo con mayor profundidad y coherencia. No piensan en Dios como un concepto filosófico abstracto, sino como un ser divino con quien tienen una relación gracias a la vida justa y el sacrificio aceptable de Jesús.

Una persona que ejerce una fe bíblica en el Dios que revelan las Escrituras busca aplicar la verdad de Dios a cada área de su vida. Busca vivir en pos de Dios, vivir para la gloria de Dios y vivir en dependencia de su gracia que rescata, perdona, transforma y libera. Se goza en agradar al Señor y se entristece cuando quebranta sus mandamientos. Disfruta vivir en comunión con otros creyentes y busca maneras de ser un instrumento de la gloria de Dios en las vidas de otros.

Si yo pudiera sentarme contigo y ver un vídeo de tus últimas seis semanas en casa, en tus clases, en tu trabajo, con amigos y vecinos y en tu tiempo libre, ¿llegaría a la conclusión de que encajas bien con la descripción del tercer grupo?

Hay una última categoría de respuesta a la existencia de Dios. Confieso que esta categoría me incluye y, supongo, también a quienes leen este libro. No existe nada más importante, central, cautivador y formativo que mi creencia en y mi relación con mi Salvador y Señor. Él no solo es el centro de mi cosmovisión, sino la fuente de toda mi esperanza en esta vida y en la vida venidera. Si pudieras ver el vídeo de mi vida te darías cuenta de la forma en que mi creencia en Dios y mi relación con Él me motivan y dirigen cada día. Lo amo con todo mi corazón y todo lo que hago se desprende de mi adoración a Él… aunque no siempre.

Este “no siempre” alude a una categoría a la que, en cierto sentido o de algún modo, en tanto que el pecado viva en nuestro interior, pertenecemos todos los creyentes. Es la categoría del ateísmo práctico. No, no me refiero al rechazo filosófico o teológico de la existencia de Dios. A lo que me refiero aquí es a los momentos en los que pensamos, deseamos, hablamos o actuamos como si Dios no existiera. Puede ser el momento en el que hacemos trampa en un examen o cedemos a la murmuración. Puede ser un momento cuando damos lugar a la lujuria o buscamos ser el centro de atención acaparando el mérito por algo. Puede ser comprar algo que no necesitamos y por ello nos quedamos sin dinero para aportar a la obra del reino de Dios. Puede ser tratar mal a tu esposa o hacerle exigencias egoístas a tu esposo. Puede ser un momento cuando decides que la aceptación de tus amigos es más importante que obedecer a tus padres. Puede ser permitirte arrebatos de ira contra los niños a quienes fuiste llamado a criar con paciencia y fidelidad. O puede ser un instante de agresividad al volante o enojo contra un colega de trabajo. Tal vez sea una circunstancia en la que, en sentido funcional, adoras algo creado más que al Creador. Aunque no haya incoherencias en nuestra teología de Dios, todos tenemos contradicciones funcionales en la manera en que vivimos dicha teología en los lugares, las situaciones y las relaciones de nuestra cotidianidad.

El ateísmo práctico no es principalmente una función de la mente; es, en el fondo, una batalla del corazón. Una estrofa del maravilloso himno antiguo “Fuente de la vida eterna” expresa esta idea.

De la gracia cada día y sin remedio soy deudor; que cual lazo ligue a ti hoy este errante corazón. Se inclina bien, lo sé mi Dios, a alejarse de tu amor: tuyo es, aquí lo tienes, pon tu sello sobre mí.1, 1758, en Trinity Hymnal (Suwanee, GA: Great Commissions Publications, 1990), n.o. 457.]

Todos necesitamos confesar esta lucha y clamar pidiendo la gracia protectora, rescatadora y habilitadora para que quienes profesamos haber entregado nuestra vida a creer en la existencia, la gloria, el poder y la gracia del Dios de la Biblia seamos cada vez menos el centro de todo y actuemos menos como si Él no existiera. También es importante tener corazones dispuestos a confesar nuestros momentos de ateísmo práctico cada vez que Dios, en su gracia, nos redarguye y los revela. ¿En qué áreas eres propenso a actuar, reaccionar o responder como si Dios no existiera?

Vemos la belleza de la gracia de Dios en su revelación de sí mismo en la creación

Los cielos cuentan la gloria de Dios, Y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Un día emite palabra a otro día, Y una noche a otra noche declara sabiduría. No hay lenguaje, ni palabras, Ni es oída su voz. Por toda la tierra salió su voz, Y hasta el extremo del mundo sus palabras (Sal. 19:1- 4).

Es asombroso pensar que nuestro Señor, que es ilimitado en amor y generoso en su gracia, diseñara a propósito el mundo físico creado no solo para señalarlo a Él, sino para revelar su carácter. No es casual que la creación entera sea un gran dedo que señala a Dios. Este mensaje de la existencia y de la gloria de Dios es tan omnipresente e ineludible que no es una exageración decir que Dios es literalmente el entorno en el que todos en la tierra se despiertan y viven cada día. Este mensaje abarca cada período de la historia humana, cada lugar sobre el planeta, cada grupo racial y étnico. Está presente en jóvenes y viejos, hombres y mujeres, ricos y pobres. Es visible a los ojos de todo el mundo y habla el lenguaje de todos. La revelación de Dios en la creación no discrimina a ninguno. Las personas morales e inmorales la ven. Los rebeldes y los obedientes la ven. Los orgullosos y los humildes se despiertan a su mensaje cada mañana.

No debe pasar desapercibido que Dios, quien nos creó a su imagen y nos hizo para gozar de una relación de amor y adoración con Él, diseñara el ambiente en el que vivimos como un recordatorio constante de Él. El mundo creado está repleto de gloria. Luella y yo vimos una vez un documental sobre elefantes y quedamos maravillados ante la cultura de esos animales que comprendimos por primera vez. Ese despliegue impresionante es solo una ventana que revela la gloria de Dios. Hay tanta gloria creada por ser vista que es imposible captarla toda.

La ves en las dunas de arena en Dubai y en los exuberantes valles verdes de Nueva Zelanda. Ves su gloria en la tundra congelada de los polos y en las densas selvas amazónicas. La ves en las incansables alas de un colibrí y en la pesada marcha del elefante. Ves su gloria en el calor radiante del sol y en el titilante cielo de la noche. La ves en la multitud de rostros en las calles de Nueva York y en la soberbia de los leones de la sabana africana. La escuchas en el ritmo de las olas del mar y en el susurro del viento entre los árboles. Ves su gloria cuando el agua hierve y la hueles en una carne bien asada. La ves en el paso de las estaciones y en la regularidad de la mañana y de la noche. Peces, aves y flores no paran de señalar a Dios. El parque de tu localidad, tu mascota favorita y el jardín de la casa son dedos que apuntan hacia Él. Hay un despliegue de gloria de veinticuatro horas, los siete días de la semana, gratuito y a disposición de todos.

¿Por qué haría Dios esto? Lo hizo porque Él no solo es un creador glorioso, sino también glorioso en gracia. Él nos creó de tal modo que pudiéramos conocerlo, servirlo, amarlo y adorarlo en todo lo que hacemos. Él sabía que el pecado desviaría la mirada de nuestros ojos y apartaría la lealtad de nuestro corazón, de modo que hizo su presencia inevitablemente visible. Él no exige que nosotros merezcamos este mensaje. Él se revela de manera libre para que nosotros lo reconozcamos, lo busquemos, confiemos en Él y vivamos para servirle. No se trata solamente de una misión de revelación, sino de una misión de rescate. El mensaje de la creación no excluye a nadie y deja a todos sin excusa.

Como ves, este poderoso mensaje de la creación significa que, conforme al plan de Dios, es más natural reconocerle que negarle. Esto significa que la adoración no es una respuesta de unos pocos seres humanos espirituales, sino que debería ser la respuesta natural de todas las personas frente al despliegue de gloria que nos saluda cada día, por doquiera que miramos. El hecho de que este no es el caso en la mayoría de las personas nos recuerda una vez más el poder cegador del pecado. Si puedes mirar la creación con todo su despliegue de gloria y no ves a Dios, eres un ser humano profundamente ciego y en gran desventaja.

En esto hay un llamado para todos nosotros. Es un llamado a los padres, a los esposos y a las esposas, a los amigos y vecinos, a los trabajadores y jefes, a los estudiantes y maestros a que busquen maneras de funcionar como un instrumento que ayude a ver a otros. Padres, una de las luchas más aterradoras que enfrentas en tus hijos es la nociva capacidad que tienen de ver el mundo que les rodea y no ver a Dios. Si no ven a Dios se ungirán a ellos mismos como su propio dios y se convertirán en el centro de su vida. Entonces resistirán tu crianza y no te permitirán que los prepares para vivir en el mundo de Dios a la manera de Dios. Habla con tu vecino acerca del Dios que está detrás de las rosas y el atardecer. Cuenta a tus amigos que cada vez que vas al parque y caminas por el bosque piensas en Aquel que lo creó todo. Haz todo lo posible por dar a los ciegos ojos para ver y ora para que, cuando empiecen a ver a Dios, lo busquen.

Por último, recuerda con humildad que tú también necesitas este despliegue diario de gloria porque tienes un corazón propenso a desviarse. A veces pasan días sin pensar en Dios y, al estar ausente de tus pensamientos, te vuelves propenso a tomar tu vida en tus propias manos, a hacer tu propia voluntad y no la suya. Expresa tu gratitud por la gracia de este despliegue diario y ora para que te dé ojos abiertos y un corazón que recuerde. Toma la determinación de no arrancar una flor, hervir un huevo, mirar por la ventana, acariciar al perro o hacer puré de patatas sin detenerte un momento a adorar, y luego pide la gracia para perseverar en ello.

La respuesta más humilde es reconocer la existencia de Dios

Las primeras cuatro palabras de la Biblia, “En el principio Dios” (NBLA), nos ponen en nuestro lugar. Nosotros no empezamos las cosas, no las controlamos, el mundo no funciona conforme a nuestros planes, no sabemos lo que va a suceder y no sabríamos quiénes somos ni lo que se supone que deberíamos hacer si no fuera por el Creador. Nunca seremos el centro de todo y no hay mayor delirio que actuar como si lo fuéramos. Cada parte de nuestra condición de criaturas está definida por límites. Tenemos límites de sabiduría y entendimiento, límites de fortaleza y capacidad, límites físicos y espirituales de toda índole.

Solo Dios está por encima de todo y conoce todo. Solo Dios planea y controla todo. Solo Dios no tiene límites en su sabiduría, justicia y fuerza. Solo Dios es capaz de asegurarnos que su voluntad se hará siempre. Solo Dios tiene el derecho y el entendimiento para establecer las reglas según las cuales viven sus criaturas. Aunque somos hechos a su imagen, somos pequeños, débiles y menesterosos. De modo que necesitamos una buena teología bíblica centrada en Dios que nos haga humildes, que nos ponga en nuestro lugar. Inclínate ante el trono del Dios todopoderoso y déjate estremecer por su gloria. El orgullo se desmorona ante el trono del Dios todopoderoso (cf. Is. 6:1-6).

  • La santidad de Dios descubre lo impíos que somos.
  • El poder soberano de Dios saca a la luz nuestras debilidades.
  • La soberanía de Dios evidencia lo poco que en realidad podemos controlar.
  • La omnisciencia de Dios nos confronta con los límites de nuestro conocimiento y entendimiento.
  • El amor de Dios revela cuán faltos de amor podemos ser.
  • La fidelidad de Dios confronta nuestro corazón errante.
  • La gracia de Dios deja ver cuán críticos y poco perdonadores somos muchas veces.
  • La paciencia de Dios evidencia nuestra irritabilidad e impaciencia.
  • La justicia de Dios revela nuestro pecado.

Ser humilde no es ponerse una fachada artificial de desprecio por uno mismo. No, la humildad es estar dispuesto a reconocer quién eres. Solo es posible tener una imagen acertada de ti mismo cuando te examinas a la luz de la santidad y la gloria de Dios.

Este es el problema: mientras el pecado siga siendo un problema para nosotros, el orgullo también lo será. En el origen de cada pecado hay orgullo. El orgullo no solo es querer hacer las cosas a tu manera, sino convencerte a ti mismo de que tu manera es mejor que la manera de Dios. Es pensar, al menos por un momento, que eres más listo que Dios. Orgullo es atribuirse el mérito por algo que nunca habrías podido lograr o producir por ti solo. Es llamarte a ti mismo más justo de lo que eres y, por ende, no buscar la ayuda ni la protección de la gracia de Dios. El orgullo te lleva a ser crítico e impaciente con aquellos a quienes consideras menos justos que tú. El orgullo antepone tu placer a los placeres de Dios. Es estar tan seguro de tu conocimiento teológico y bíblico que resistes la instrucción y el consejo.

Orgullo es esperar y exigir de otros aquello que tú mismo no estás dispuesto a hacer. El orgullo canjea constantemente el llamado y los mandamientos de Dios por algo que es instantáneo, cómodo y placentero para ti. La persona orgullosa ansía ser reconocida, vista, recibir reconocimiento y atención. El orgullo nos lleva a usar a las personas a quienes estamos llamados a servir. Una persona orgullosa se aferra a las ofensas y encuentra razones para no perdonar. Dado que una persona orgullosa considera que está bien, no tiene por costumbre clamar a Dios cada día para pedir su gracia rescatadora. El orgullo nunca producirá una buena cosecha.

La triste ruptura, discordia y disfunción que existen en la sociedad humana son parte de la cosecha tenebrosa de los corazones orgullosos. Es la humildad la que nos acerca a Dios. Es la humildad la que nos lleva a reconocer y confesar nuestros pecados. Es la humildad la que nos mueve a amar la ley de Dios. Es la humildad la que nos hace pacientes y perdonadores. Es la humildad la que incorpora la comunión con Dios a nuestras ocupaciones diarias. Es la humildad la que nos envía como representantes de la santa misión redentora de Dios. Es la humildad la que nos hace agentes de la justicia y la misericordia de Dios. Solo bajo la luz resplandeciente de la existencia y de la gloria de Dios puedes verte a ti mismo como eres realmente. Reconocer la existencia de Dios y su inestimable gloria nos hace humildes y nos lleva a implorar su gracia perdonadora, transformadora y liberadora.

Es importante entender lo que significa creer en Dios

Señalé anteriormente que muchas personas que dicen creer en Dios no creen en Él en el sentido bíblico de lo que significa creer. Hebreos 11:6 define dos aspectos esenciales de la fe verdadera: “Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan”.

En primer lugar, la fe se somete a la revelación de Dios de su existencia y de su carácter y la confirma. Hechos 17:22- 31 explica lo que significa creer en la existencia de Dios. Pablo se dirige a los filósofos atenienses que piensan que Él es incognoscible. La respuesta de Pablo a este argumento es declarar quién es Dios como Creador, Señor y Salvador. Creer que Dios existe significa reconocer y adorar a Dios como tu Creador, tu Señor y tu Salvador. Explicaré más adelante las implicaciones de estos compromisos de fe. Sin embargo, debo decir que es imposible profesar que se cree en Dios si no se reconocen estos tres aspectos de su revelación de sí mismo.

Sin embargo, existe un segundo aspecto de la fe bíblica verdadera que expresa la segunda mitad de Hebreos 11:6: “y que es galardonador de los que le buscan”. La fe nunca es un mero asunto mental. Es siempre una transacción de un corazón dispuesto y sumiso que altera la forma de asumir cada área de la vida. El corazón de fe realmente cree que la manera de Dios es la manera correcta y la mejor. Cree que hay bendición en seguir a Dios sin importar el costo. La fe cree que la obediencia es su propia recompensa porque protege de la amarga cosecha del pecado. La fe produce una necesidad de Dios que significa que realmente se ora sin cesar. De modo que si la fe en Dios no vive donde yo vivo cada día, si no altera la forma como vivo en mi residencia universitaria, en mi casa, en mi trabajo, en mi barrio, en mi iglesia, en el centro comercial, cuando estoy a solas y nadie me ve y dondequiera que vivo, entonces no es la clase de fe en Dios que describe su Palabra.

Quienquiera que seas, dondequiera que estés o con quienquiera que vivas, ya seas joven o viejo, lo que crees verdaderamente se refleja en tu manera de vivir. En cuanto a mí, esta verdad me lleva a implorar la ayuda y el rescate de la gracia de Dios. ¿Y qué de ti? Es mi anhelo que cada área de nuestra vida pinte un bello cuadro de lo que significa creer en Dios.

El hecho de que Dios aborrece el pecado nos consuela

¿Cuál es tu respuesta cuando en tu lectura bíblica encuentras pasajes como este? “Abominación es a Jehová el camino del impío; mas él ama al que sigue justicia” (Pr. 15:9). ¿Cómo respondes a las muchas advertencias de juicio divino contra aquellos que pecan contra Dios? ¿Qué significa para ti que Dios aborrece el pecado?

Quiero señalar algo que consuela bellamente a quienes están dispuestos a reconocer que no cumplen la medida de justicia de Dios en esto que podría resultar aterrador. Hay un consuelo tierno, duradero y esperanzador en el hecho de que el pecado ofende a Dios todo el tiempo y en todas sus formas. No desearías vivir en un mundo cuyo soberano no odie el pecado. Si Dios no odiara el pecado no tendríamos esperanza de justicia y misericordia, ni una norma de lo bueno y lo malo que nos guiara y protegiera. Si Dios no odiara el pecado, el mal reinaría sin oposición. El odio de Dios por el pecado es lo que lo lleva a restringir el mal a nivel personal y colectivo. Sin esta restricción no podríamos salir de casa de manera segura, ni conducir el auto, ni sostener relaciones o hacer negocios. El hecho de que el robo y la violencia no son la experiencia constante de cada día de nuestra vida evidencia que Aquel que se sienta en el trono del universo odia el pecado. El odio que siente Dios por el pecado hace vivible nuestra existencia.

Sin embargo, hay más. Es el odio de Dios por el pecado lo que llevó a Jesús a la cruz. En la cruz, la ira de Dios contra el pecado se entrecruzó con su gracia. Porque Dios odia el pecado, Él no quiso dejar a los portadores de su imagen en este mundo en su condición arruinada por el pecado. En su justicia santa actuó para reparar el daño que el pecado había causado. En lugar de condenación y juicio generalizados, Él derramó su gracia al enviar a su Hijo para que fuera el sacrificio expiatorio por nuestros pecados. Si Dios no odiara el pecado no habría cruz, y si no hubiera cruz no habría perdón, ni restauración de nuestra relación con Él, ni esperanza de una gracia transformadora. Sin gracia transformadora, no habría esperanza de cambio para el corazón y la vida de cada individuo. Todas las bendiciones de la gracia nos han sido dadas porque Dios odia el pecado y ama la rectitud. Gracias a que Dios odia el pecado, Él envió a su Hijo para que llevara nuestro pecado y así pudiéramos ser llamados justicia de Dios (2 Co. 5:21).

Sin embargo, hay más. Es el odio de Dios por el pecado lo que llevó a Jesús a la cruz. En la cruz, la ira de Dios contra el pecado se entrecruzó con su gracia. Porque Dios odia el pecado, Él no quiso dejar a los portadores de su imagen en este mundo en su condición arruinada por el pecado. En su justicia santa actuó para reparar el daño que el pecado había causado. En lugar de condenación y juicio generalizados, Él derramó su gracia al enviar a su Hijo para que fuera el sacrificio expiatorio por nuestros pecados. Si Dios no odiara el pecado no habría cruz, y si no hubiera cruz no habría perdón, ni restauración de nuestra relación con Él, ni esperanza de una gracia transformadora. Sin gracia transformadora, no habría esperanza de cambio para el corazón y la vida de cada individuo. Todas las bendiciones de la gracia nos han sido dadas porque Dios odia el pecado y ama la rectitud. Gracias a que Dios odia el pecado, Él envió a su Hijo para que llevara nuestro pecado y así pudiéramos ser llamados justicia de Dios (2 Co. 5:21).

Puesto que hay un dulce consuelo en saber que Dios odia el pecado, ¿no convendría que tú, dondequiera que te encuentres y sean cuales sean tus responsabilidades cotidianas o relaciones, odies también el pecado?

Es importante entender que Dios no cambia

En sentido literal, tú y yo no tenemos constantes en nuestra vida. Nosotros y todo lo que nos rodea estamos en un estado constante de cambio. Nada permanece igual. Para nosotros el cambio es la constante. Es una parte esencial de nuestra experiencia cotidiana. Gran parte de la impredecibilidad de nuestra vida y de la ansiedad que resulta provienen del hecho de que vivimos en un mundo en constante cambio. El estado constante de nuestro cuerpo es de cambio. Nuestras emociones varían ampliamente y cambian de manera constante. Las cosas físicas que nos rodean siempre están cambiando. Las cosas se deterioran, se gastan y se rompen. El hecho de que las personas cambian todo el tiempo a menudo hace nuestras relaciones confusas y difíciles.

Como todos los padres, Luella y yo experimentamos nuestra medida de frustración. Justo cuando nos sentíamos cómodos criando a nuestros hijos en cierta etapa de desarrollo, pasaban a otra. Aunque no en un sentido teológico, las iglesias a las que asistimos cambian, sus líderes cambian, su ubicación cambia y la congregación siempre está cambiando. El gobierno y la economía existen en un estado constante de cambio. Los valores de una cultura cambian y con ellos los estilos de vida de las personas, la moral pública, la educación y el entretenimiento. Las tecnologías a nuestro alrededor cambian con tal rapidez que resulta casi imposible mantenerse actualizado. Y conforme pasamos por las etapas de la vida, nuestras oportunidades, responsabilidades y tentaciones diarias mutan y cambian.

Dado que estamos cambiando constantemente y que todo a nuestro alrededor también cambia, todos buscamos alguna roca de constancia o estabilidad en la vida. A todos nos gustaría engancharnos a algo que nos garantice que va a permanecer igual sin importar las circunstancias. Lo sepamos o no, los seres humanos estamos en la búsqueda constante de aquello que es inmutable.

En vista de que el cambio continuo es la realidad segura en la que todos vivimos, nos resulta difícil comprender que Dios no cambia y asimilar las gloriosas implicaciones de esta verdad. Permíteme empezar a explicarlo de la siguiente manera. Dios no es como nosotros: Él no tiene pasado, presente ni futuro. Él existe en un eterno presente. Él siempre es quien es. Él es quien siempre ha sido y será siempre quien ha sido. Por ende, Dios nunca se transforma, nunca necesita nada y nunca aprende nada. Dios no tiene esperanzas ni sueños, desilusiones ni reproches. No hace suposiciones ni conjeturas. Su carácter y sus propósitos son inmutables. Él nunca se convertirá en algo diferente de lo que fue. Dios solo será por siempre el que es eternamente.

¿Por qué es importante esto? Es importante porque la seguridad de todo lo que creemos descansa en el hecho de que nuestro Dios no cambia. Nada condensa de modo más directo este punto que Malaquías 3:6: “Porque yo Jehová no cambio; por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos”. Como puedes ver, al igual que en el caso de los hijos de Jacob, si nuestra relación con Dios y nuestra inclusión continua en su gran plan redentor dependiera denuestra fidelidad constante, estaríamos perdidos. Nuestros corazones inconstantes no alteran su propósito amoroso. Nuestro Dios inmutable es difícil de comprender porque, en nuestra experiencia, el cambio es una parte normal y prevista de la vida. Sin embargo, la verdad de la inmutabilidad de Dios es una gloriosa gloria para todos aquellos que han puesto su confianza en Él.

El hecho de que Él te ha dicho “yo el Señor no cambio” es la razón por la cual puedes levantarte en la mañana y volver a buscar oportunidades para ser instrumento de su gracia en la vida de tus hijos, a pesar de que la labor sea exigente y muchas veces desalentadora. Es la razón por la cual puedes ser paciente y perdonador con tu cónyuge a pesar de que haya momentos en los que te sientes tentado a darte por vencido y marcharte. Es la razón que te infunde valor para permanecer firme en Cristo en tu universidad, incluso en momentos en los que te malentienden o se burlan de ti. Es la razón por la cual escudriñas su Palabra aun en las mañanas cuando estás cansado y tienes por delante una agenda apretada.

“Yo el Señor no cambio” es lo que te impulsa a amar a ese vecino que pareciera estar buscando pelea. Es lo que te lleva a correr hacia Dios y no lejos de Él cuando enfrentas tentaciones sexuales o financieras. Es lo que te da una razón para acudir a Él en confesión humilde cuando te has apartado de su voluntad. “Yo el Señor no cambio” es la roca sobre la cual descansa cada consuelo y cada llamado de tu vida como cristiano.

Permíteme darte un último ejemplo de cuán asombroso y extraordinariamente alentador es este aspecto de la doctrina bíblica de Dios. Geerhardus Vos describe gráficamente el prodigio de esta verdad de un modo que expande la imaginación. En su comentario acerca de las palabras de Dios en Jeremías 31:3, “con amor eterno te he amado”, Vos escribió: “La mejor prueba de que Él nunca va a dejar de amarnos es que Él nunca tuvo principio”.2 Si Dios te ama eternamente nunca hubo un momento en el que ese amor haya empezado, de modo que nunca habrá un momento en el que ese amor termine. Es un amor eterno y permanente. Nunca ha existido un momento en el tiempo en el que Dios no nos haya amado. Él nos ha amado eternamente. Él siempre nos ha amado y siempre nos amará.

Sea que lo creas o lo sientas, o no, Dios te ama eternamente.
Cuando la duda te asedia, Dios te ama eternamente.
Cuando sus promesas parecen ausentes y Él parece distante, Dios te ama eternamente.
Cuando su Palabra parece árida y te cuesta aplicarla a tu vida, Dios te ama eternamente.
Cuando te sientes solo e incomprendido, Dios te ama eternamente.
En tu mejor día y en el peor y más oscuro, Dios te ama eternamente.
Cuando el orgullo aplasta la gratitud, Dios te ama eternamente.
Cuando lo sigues con un corazón lleno del valor de la fe, Dios te ama eternamente.

Tu propio amor no es tu fundamento, sino el amor eterno de Dios. Vive en esta esperanza.


Me incomodan los límites que me impone un solo capítulo para delinear las implicaciones de la gloriosa gloria de la existencia y la naturaleza de Dios. Te he presentado una breve lista de las implicaciones de la realidad por excelencia que rige la existencia humana: la existencia de Dios. Sin embargo, se necesitarían volúmenes completos para agotar el tema de lo que significa creer en Dios. Cualquier tarea en la que puedas ejercitar y ocupar tu mente palidece por completo frente a la importancia de dedicar tus capacidades mentales a meditar en la doctrina de Dios. Esta doctrina es el intérprete supremo de todo lo que existe. Es la única forma válida de entender tu identidad. Provee la única vía fiable de responder preguntas de significado y propósito. Es lo único que puede darte seguridad moral. Y esta doctrina es la única manera de vivir con un gozo inquebrantable y paz en el corazón.

Quiero, pues, terminar este capítulo meditando en lo que significa vivir en pos de Dios. Podrían escribirse muchos libros acerca de la vida orientada a Dios y de cómo funciona en todas las situaciones, relaciones y lugares de nuestra cotidianidad. En vista de esta realidad, quiero concentrarme en un aspecto esencial de la vida en pos de Dios. Puedes empezar cada día de un modo que te dirija en una trayectoria hacia Él.

Afina tu corazón a diario

Te animo a que sintonices tu corazón cada mañana con la existencia y con la asombrosa gloria de Dios. Una orquesta de talla mundial no empieza un concierto con la primera nota de la sinfonía que tiene al frente. No, empieza con la afinación de los diferentes grupos de instrumentos hasta que cada músico está listo para tocar en armonía con los demás. Si quieres vivir una vida de adoración, sumisión, obediencia, celebración, dependencia, descanso y servicio en armonía con el Dios de gloria que está sentado en el trono del universo, es vital que afines tu corazón cada mañana.

Afinar tu corazón para vivir en armonía con tu Hacedor es más que cumplir con tu lectura obligatoria de la Biblia acompañada de una dosis de oración. El proceso de afinar tu corazón empieza con admitir cuán desafinada puede estar tu vida en relación con Dios. Se inicia cuando reconoces que puedes perder de vista el evangelio en tu mente en alguna situación muy emotiva, ante la presión de los compromisos cotidianos, el miedo o la tentación. Cuando pierdes de vista el evangelio, aunque sea por un momento, tomas tu vida en tus propias manos y actúas como si Dios no existiera. Recuerda que una orquesta no afina una sola vez cada tres meses, sino antes de cada concierto y sin falta. Dado que mi corazón es por naturaleza distraído e inconstante, si he de vivir en armonía con el Señor de gloria es importante que yo empiece mi día afinando mi corazón con el suyo. Necesito invertir el tiempo que sea necesario para hacerlo.

Me temo que muchos de nosotros simplemente no nos tomamos el tiempo suficiente para algo más que una breve lectura devocional y una oración que repasa las necesidades del día. Esto significa que afinar nuestro corazón nos exige a muchos levantarnos más temprano de lo usual. Soy consciente de que si tienes hijos o un trabajo exigente, si cumples con ambas labores simultáneamente o si vives solo sin alguien que te ayude con las labores cotidianas, te acuestas cansado y quieres dormir todo lo que sea posible. Sé lo que es levantarse cansado. Sin embargo, creo que descubrirás que lo que te aconsejo no solo será satisfactorio espiritualmente, sino que te proporcionará más energía. Nada se compara a empezar tu día con un corazón lleno de la presencia y de la gloria del Señor y del gozo y el valor que te infunden. Permíteme sugerir cómo puedes afinar tu corazón con el Dios que describe tu teología.

Contempla. Sigue el ejemplo de David en el Salmo 27. Corre al “templo” y contempla la belleza del Señor. Dedica tiempo cada mañana a uno de esos pasajes maravillosos de las Escrituras que te muestra la gloria de la gloria de Dios. Con ello evitas, por la costumbre o el hábito, dar por sentado aquello que alguna vez inspiró en ti asombro. Permite que tu corazón vea de nuevo y se asombre de nuevo, mañana tras mañana. Es como una buena pintura; cada vez que la observas, ves algo de manera más completa, ves algo diferente o ves el todo como nunca antes lo habías visto.

Estudia. Necesitas tiempo no solo para leer tu Biblia, sino también para estudiarla. Necesitas desentrañarla, despedazarla, reflexionar sobre lo que lees una y otra vez y meditar en sus implicaciones. Necesitas herramientas para el estudio de la Biblia que te ayuden a entender y poner en práctica lo que has leído. Esta es mi recomendación para cuando estudias: busca a tu Señor de gloria en las páginas de su Palabra. ¿Qué aprendes acerca de su carácter, de sus propósitos y de su gloria? No basta con llegar a conocer la Palabra de Dios; el objetivo del estudio de la Biblia es llegar a conocer, amar, adorar y servir al Dios de la Palabra. Tu Biblia es una narrativa de su gloria. Él es el protagonista de la historia. Empieza cada día encontrándolo a Él en su historia.

Adora. Resiste la inclinación a dejar que tu estudio de Dios en su Palabra se convierta en un mero ejercicio intelectual y académico. Recuerda que el conocimiento bíblico y la sana comprensión teológica nunca son fines en sí mismos, sino medios para un fin, y el fin es la transformación de tu corazón. Todo el propósito de la revelación de Dios en su Palabra es que los corazones idólatras sean rescatados por medio de la gracia salvadora y transformadora y se conviertan en corazones entregados a la adoración de Dios. Empieza cada día inclinándote en adoración y asombro delante del gran “Yo soy”. Háblale con alabanza por quién es Él y con gratitud por lo que Él ha hecho. Derrota cada mañana los ídolos de tu corazón adorando al único que es digno de tu adoración.

Entrega. Cada mañana entrega de manera consciente tu corazón y todo en tu vida al Señor. Entrégale el señorío de tu personalidad, de tu forma de pensar, de tu vida emocional, de tu espiritualidad, de tu vida física y de tu sexualidad. Deposita sobre su altar tus relaciones, tu dinero, tu tiempo y tu energía, tus esperanzas y sueños para que Él los use. Abre tus manos y entrégale tu casa, tu auto, tu ropero y tu colección de bienes materiales para que sirvan a su reino y su gloria. Confiesa que el día anterior volviste a tomar cosas que antes le habías ofrecido. Recuerda que la entrega que no es específica en términos de tiempo, persona, lugar y cosa no constituye una entrega verdadera.

Examina. A la luz de la santa gloria de Dios, examínate de nuevo. Solo verás tu corazón y tu vida con claridad cuando los examines a la luz escrutadora de su santidad. ¿Dónde te has desviado de su gloria para buscar el placer pasajero de las glorias del yo? ¿En qué has permitido, ya sea en tus pensamientos, deseos, palabras y acciones, cosas que te apartan de una vida enfocada en su gloria y en el servicio a su llamado?

Confiesa. Conforme examinas tu corazón a la luz de la gloria de Dios, habla palabras humildes y sinceras de confesión. Exprésate con humildad ante el Señor, sin excusas, sin culpar a otros y sin alegar que puedes salvarte a ti mismo. Mañana tras mañana, añade a tu sacrificio de alabanza el sacrificio de la confesión. Es imposible imaginar, como habitantes de un mundo caído sin estar exentos por completo de pecar, que alguna mañana no tengamos algo que debamos confesar. Empieza cada mañana saliendo de tu escondite, quitando de tus hombros la carga de pecado que llevas y entregándola al Señor, y entonces alégrate en su gracia perdonadora y restauradora.

Clama. Reconoce que los mayores peligros espirituales no se encuentran por fuera de ti sino en tu interior. Clama a tu glorioso Señor pidiendo la única cosa que, sin importar cuán maduro seas espiritualmente, eres incapaz de hacer por ti mismo, es decir, pídele que te rescate de ti mismo. Implora su gracia que abre los ojos, que convence, que redarguye, que trae confesión, que rescata. Empieza tu día con una confesión de pobreza espiritual y de tu necesidad de Aquel que es rico en gracia.

Celebra. Quienes hemos llegado a conocer al Señor de gloria y hemos experimentado la expansión de su gracia deberíamos ser las personas que más festejan sobre la tierra. Celebra no porque eres saludable, exitoso, agradable y próspero, sino porque el Señor de gloria existe y se ha convertido en tu Padre por la gracia. En lugar de comenzar tu día quejándote por lo que la jornada te depare, empiézalo saltando de gozo porque el Rey de reyes te ha recibido en su familia para siempre. Repite.

Temo que muchos hacemos compromisos espirituales que al final no perduran. Toma la determinación de incluir en tu agenda matutina el hábito de afinar tu corazón y ora pidiendo la gracia que te faculta para perseverar en ello en el largo plazo. No te permitas tener un sótano lleno de viejos compromisos espirituales, como los aparatos para hacer ejercicio cubiertos de polvo que rememoran propósitos abandonados. Ora pidiendo la ayuda divina para cultivar de por vida el hábito de afinar tu corazón con la gloria de Dios.


La doctrina que hemos estudiado en este capítulo te lleva no solo al corazón de tu espiritualidad sino a la esencia de tu humanidad. Aquel de quien habla esta doctrina es Aquel que te creó y para quien fuiste creado. No existe algo más importante a lo que puedas consagrar tu mente que la teología de Dios como fue revelada en su Palabra. Es mi anhelo que esta teología esté presente en cada habitación de tu casa y en tus lugares de trabajo y de recreo. Que guíe tus amistades, tu matrimonio y la crianza de tus hijos. Que determine la manera en que vives en tu aula, en tu sala de juntas o en tu bodega. Que gobierne lo que haces con tu televisor, tu teléfono portátil, tu tableta y tu computadora. Que marque el sendero para que corran tus pensamientos y fije vallados que protejan tus deseos. Que la doctrina de Dios marque tus momentos más públicos y los más privados. Que produzca los más profundos remordimientos y las más altas alegrías. Que satisfaga tu corazón anhelante y te brinde el descanso que nada más puede ofrecer. Y que puedas gloriarte en la gloriosa gloria de Dios no solo hoy y mañana, sino todos los días que te llevarán sin falta a tu destino final en los nuevos cielos y en la nueva tierra para gozar de comunión eterna con la Gloria.


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Footnotes

  1. Robert Robinson, “Come Thou Fount of Every Blessing” [“Fuente de la vida eterna”\