Aunque nuestra conciencia y la creación de Dios despliegan bellamente su bondad, sabiduría y poder, y por consiguiente nos dejan sin excusa, su mensaje no basta para impartirnos el conocimiento de Dios y su voluntad que son necesarios para la salvación. Dios, pues, en su sabiduría y gracia, en diversos tiempos y de diversas maneras, se reveló, declaró su voluntad, preservó y proclamó su verdad y protegió la iglesia contra la corrupción y los engaños de Satanás y del mundo dejando su verdad por escrito. Esto hace que las Escrituras (la Biblia, Antiguo y Nuevo Testamentos) sean necesarias y esenciales.

La autoridad de las Escrituras, que hemos de creer y obedecer, no depende del testimonio de hombre alguno, sino completamente de Dios, el autor de ellas. Debemos recibirlas con gozo porque son la Palabra de Dios.

El testimonio de la iglesia, junto con la doctrina de las Escrituras, su estilo majestuoso, la concordancia de todas sus partes y el hecho de que cada parte glorifica a Dios y revela el único camino para nuestra salvación, y su perfección total, dan testimonio conjunto de que es la pura Palabra de Dios. Todas las cosas necesarias para la gloria de Dios y para nuestra salvación, nuestra fe y nuestra vida han sido claramente consignadas por Dios en las Escrituras o pueden deducirse propiamente a partir de ellas, de modo que nada les falta y jamás se les deberá añadir revelación alguna, ni ideas ni tradiciones humanas.

Cabe agregar algo más. Las Escrituras en su totalidad, el conjunto de libros del Antiguo y del Nuevo Testamentos que fueron escritos por alrededor de cuarenta autores y que abarcan literatura bíblica, narrativa, historia, poesía, sabiduría, profecía, evangelios, epístolas y el Apocalipsis, se escribieron por inspiración divina y bajo la dirección de Dios. Véanse Salmos 19:1-3; Proverbios 22:19-21; Isaías 8:20; Lucas 16:29, 31; 24:27, 44; Juan 16:13-14; Hechos 15:15; Romanos 1:19-21; 2:14-15; 3:2; 15:4; 1 Corintios 2:10-12; Efesios 2:20; 2 Tesalonicenses 2:13; 2 Timoteo 3:15-17; Hebreos 1:1; 2 Pedro 1:19-20; 1 Juan 2:20, 27; 5:9.1

Cómo entender la doctrina de las Escrituras

Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad; porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa (Ro. 1:18-20).

Dios creó el mundo no solo para deleitarnos con su belleza y sustentarnos con sus recursos, sino también para cumplir un propósito moral significativo. Todo lo que Dios hizo está diseñado para confrontarnos con la existencia y la naturaleza de Dios y, de ese modo, confrontar nuestros delirios de autonomía y autosuficiencia. Cada mañana cuando nos levantamos nos topamos con Dios y nos encontramos cara a cara con su existencia. Él se revela en el viento y la lluvia, en el pájaro y en la flor, en la roca y en el árbol, en el sol y la luna, en la hierba y las nubes, en lo que vemos, olemos, tocamos y probamos. Todo lo que existe es un dedo que apunta a la existencia y la gloria de Dios. El ciclo de las estaciones señala su sabiduría y fidelidad. El hecho de que todos vemos la belleza de la creación, nos calentamos bajo su sol y nos baña su lluvia nos dirige hacia su amor y misericordia. Las tormentas estruendosas que estallan en relámpagos y sacuden con vientos impetuosos nos muestran la inmensidad de su poder. El mundo creado es un despliegue a todo color con sonido estéreo de la existencia y los atributos de Aquel que lo creó todo. El mensaje del mundo físico natural creado es tan completo y tan claro para todos que es preciso batallar para suprimir, negar y resistir lo que nos comunica.

¡Cuán bueno es Dios para entretejer en su creación recordatorios de Él! de modo que nosotros, seres portadores de su imagen creados para relacionarnos con Él, pudiéramos recordarlo una y otra vez con solo mirar el mundo que Él creó y que vemos por doquier.

Sin embargo, Dios en su infinita sabiduría sabía que la revelación general de la creación, la cual nos confronta con su existencia y su gloria, no podía impartirnos la clase de conocimiento de Él, el conocimiento necesario de nosotros mismos, una comprensión del significado y el propósito de la vida, y una conciencia del desastre del pecado y de la condición caída del mundo alrededor, que pudieran rescatarnos de nosotros mismos, conducirnos a Él para recibir su gracia salvadora y brindarnos un plan para vivir como hijos de esa gracia. Por eso nos dio el asombroso y maravilloso regalo de su Palabra.

Es importante agradecer siempre que Dios haya guiado y dirigido la escritura de cada porción de su Palabra y supervisado cuidadosamente el proceso mediante el cual los diferentes libros de la Biblia fueron protegidos, recopilados y preservados, de tal modo que pudiéramos tener en nuestras manos las palabras mismas de Dios y tener la certeza de que aquello que leemos es, efectivamente, todo lo que Él sabía que nos era esencial conocer y entender.

Cuando consideramos la doctrina de las Escrituras es imposible sobreestimar su importancia. La existencia, la inspiración, la autoridad y la confiabilidad de las Escrituras constituyen el fundamento sobre el cual se levantan todas las demás doctrinas. Si no existe tal cosa como una Escritura inspirada por Dios, si ella no me revela las verdades que son esenciales para el conocimiento de Dios, de mí mismo, del camino de salvación, entonces no tengo ningún derecho ni autoridad para decirme a mí mismo o a alguien más lo que es verdad. Si no existe una Palabra de Dios inspirada, autoritativa y fidedigna, no me queda más que determinar por mí mismo, por mi propia experiencia, mis propias ideas o la investigación colectiva con otras personas, aquello que es verdad.

De ello se desprendería la realidad de que no existe una norma establecida por Dios ni unificada a la cual todos podemos apelar. Cada persona debería descubrir por sí misma lo que le parece verdad y, a partir de eso, hacer lo que le parece correcto a sus propios ojos. Dado que resulta imposible estar seguro de que lo que piensas y crees es lo correcto, no tienes derecho a debatir con otro lo que crees; no existe un sistema de verdad que constituya una autoridad y que provea una norma unificada común de creencias y comportamientos morales. Quedamos en un mundo (que señala a Dios) donde es imposible saber con certeza lo que solo la Palabra, dictada por el Creador mismo, podía revelarnos. Nadie tendría criterio alguno para delinear doctrinas, declarar que son verdad ni dictaminar que provean el marco que guíe nuestros pensamientos, deseos, decisiones, palabras y acciones.

Cuando consideramos las Escrituras como un regalo de la gracia de Dios debemos contemplar otro aspecto. Uno de los resultados devastadores del pecado es que nos rebaja a la condición de necios. Un necio mira la verdad y ve falsedad. Un necio mira el mal y ve bien. Un necio ignora a Dios y usurpa su lugar. Un necio se revela contra la ley sabia y amorosa de Dios y escribe su propio código moral. Un necio piensa que puede vivir independiente sin ayuda. Un necio no piensa del modo en que fue diseñado para pensar, no desea aquello para lo cual fue diseñado y no hace lo que fue llamado a hacer. Con todo, lo que resulta letal de todo esto es que un necio no sabe que es un necio. Si a un necio no le dan ojos para ver su necedad, seguirá creyendo que es sabio. Por eso Dios, en la hermosura de su gracia, no fue indiferente a nuestra necedad. Dios miró la necia humanidad con un corazón compasivo y no solo envió a su Hijo para rescatar a los necios de ellos mismos, sino que también nos dio el maravilloso regalo de su Palabra, a fin de que los necios no solo reconocieran su necesidad, sino que también tuvieran una herramienta por medio de la cual pudieran poco a poco hacerse sabios.

Muchas veces he pensado que yo no sabría cómo vivir si no fuera por la sabiduría de la Palabra de Dios. No sabría cómo ser un hombre responsable sin la sabiduría de la Palabra de Dios. Sin la Biblia, yo no sabría cómo ser esposo, padre, vecino, amigo y miembro del cuerpo de Cristo, ciudadano o trabajador. Sin las Escrituras no sabría la diferencia entre lo bueno y lo malo. Sin las verdades de la Palabra no sabría cómo entender y responder al sufrimiento. Sin las Escrituras estaría confundido acerca de quién soy y cuál es el propósito de mi vida. Sin mi Biblia no sabría acerca del pecado ni entendería la verdadera justicia. Sin la Palabra de Dios no sabría cómo manejar el sexo, el dinero, el éxito, el poder o la fama. Sin las Escrituras no tendría entendimiento de los orígenes ni noción alguna de eternidad. Sin la Palabra esperaría que las personas y las cosas materiales me dieran lo que son incapaces de hacer por mí. Sin la Palabra de Dios no tendría idea de mi necesidad de rescate, de reconciliación y de restauración. Sin mi Biblia no entendería lo que significa amar ni lo que yo debería odiar. Aparte de la Palabra de Dios no tendría los parámetros de una ley sabia y santa ni una gracia sublime que me infunda esperanza.

La forma en que entiendo todo en mi vida ha sido determinado por el cuerpo de sabiduría que solo se encuentra entre el primer capítulo de Génesis y el último de Apocalipsis.

Quisiera confesar algo: he escrito más de veinte libros acerca de diversos temas, pero ninguno habría sido escrito sin el regalo que es la Palabra de Dios para mí. Si no fuera por las Escrituras, yo no tendría sabiduría alguna que valiera la pena comunicar. Y, si fuera tan osado como para intentar escribir algo, no tendría la confianza en la veracidad ni en la utilidad de lo que escribo, si no fuera por la Palabra de Dios. Mi Biblia es mi amiga y mi compañera para toda la vida. Mi Biblia es mi maestra más sabia y fiel. Mi Biblia es mi consejera y mi guía. Mi Biblia me confronta cuando estoy equivocado y me consuela en mis luchas. La Palabra de Dios me convirtió en un estudiante dispuesto y nunca dejaré de estudiar hasta que llegue a mi hogar eterno. Porque soy un necio que ha sido rescatado por la Sabiduría en persona y ha recibido de sus manos el regalo de la sabiduría de su Palabra, considero mi Biblia mi más preciada posesión material. Sé que mientras haya pecado en mí, habrá por ahí fragmentos de barro de aquella necesidad primitiva que es preciso desenterrar y reemplazar con sabiduría divina, de modo que yo me acerco a mi Biblia cada día como un hombre necesitado y agradecido. No puedo enorgullecerme de sabiduría alguna que yo posea porque toda es de mi Señor, escrita en las páginas de su Palabra.

El apóstol Pablo habla de la necedad del pecado y de la sabiduría rescatadora de la Palabra de Dios:

Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios. Pues está escrito:

Destruiré la sabiduría de los sabios, Y desecharé el entendimiento de los entendidos. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputador de este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo? Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación. Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios. Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres. Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia. Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor (1 Co. 1:18-31).

Cuando Pablo presenta este impresionante contraste entre la sabiduría humana y la sabiduría de Dios, habla acerca de las Escrituras cuyo mensaje central es el evangelio de Jesucristo. Las palabras de Pablo evocan las de David en el Salmo 119, donde vemos la sabiduría de la ley de Dios. Hay esperanza para los necios porque hay sabiduría que puede ser hallada, no en las aulas universitarias, en las páginas de un artículo de investigación, en un podcast famoso o en la lista de éxitos de ventas del New York Times, sino en las páginas de la Palabra de Dios. Es posible ser una persona altamente educada y aun así ser un necio. Se puede ser un comunicador muy capacitado y talentoso y aun así ser un necio. Se puede ser exitoso y destacado y ser un necio. Es posible tener supremacía en las redes sociales y aun así ser un necio. Es posible ser una persona en quien otros buscan consejo y aun así ser un necio. Sin embargo, nadie está condenado a quedar atrapado en su necedad porque Dios, que es la fuente de toda verdadera sabiduría, es un Dios de gracia tierna, perdonadora y rescatadora. A todos los que confiesan su necedad y acuden a Él en busca de sabiduría, Él les ofrece misericordia y gracia en su hora de necesidad.

Quiero señalar algo más. Aunque el Antiguo Testamento fue escrito originalmente en hebreo y el Nuevo Testamento en griego, Dios, en la sabiduría de su gracia soberana y tierna, ha decretado y guiado la traducción de su Palabra a las lenguas comunes de los pueblos alrededor del mundo, de modo que las verdades reveladas únicamente en su Palabra estén disponibles para todo aquel que desee conocerlas y vivir conforme a ellas. Y Él ha llamado a generaciones de académicos piadosos capaces y entrenados a participar en la traducción continua de su libro, de tal forma que nadie en el mundo se quede sin el regalo de la Palabra de Dios.

No solo tenemos el regalo de la Palabra de Dios, sino también el don del Espíritu Santo que nos guía y nos enseña e ilumina la Palabra para que podamos conocer, entender, confesar y arrepentirnos. Yo no solo necesito el contenido de la Palabra de Dios, sino también la ayuda del Espíritu Santo que me capacite para entenderla, me ayude a aplicarla, me habilite para vivirla y me capacite para transmitir su mensaje a otros. Dios me rescata de mi necedad no solo al entregarme un libro, sino también al darse a sí mismo a mí para que me revele la sabiduría de ese libro. Es algo que yo no hago como escritor. Yo escribo un libro y sigo mi camino. Al lector le corresponde interpretar lo que he escrito. Yo no me desplazo hasta el lugar donde se encuentra cada uno de mis lectores para sentarme con ellos todo el tiempo que sea necesario, aclarando lo que he escrito, asegurándome de que hayan entendido y ayudándoles a aplicar el contenido del libro a su vida diaria. Pero eso es exactamente lo que Dios hace. Él va dondequiera que va su Palabra. Él se sienta pacientemente con los lectores cada vez que abren su libro. Él les enseña conforme a la Palabra. Dios no solo es el autor de su Palabra, sino también su maestro principal. Cuando recibes la Palabra de Dios, también recibes al Dios de la Palabra, y eso es hermoso.


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Footnotes

  1. Paráfrasis del autor de la doctrina de las Escrituras como aparece en apartes de la Confesión de Fe de Westminster, cap. 1.