Sostenía otra desalentadora conversación con una de las personas más conocedoras de teología que he conocido. No existía pasillo teológico alguno que él no hubiera recorrido un sinnúmero de veces. Era un hombre seguro de sí mismo que estaba siempre listo a defenderse y dispuesto para el siguiente debate. El problema era que yo no estaba ahí para debatir con él, sino para ayudarle. Sin embargo, él era prácticamente un caso perdido. Yo era su consejero, y la razón por la que él necesitaba consejo era que existía una brecha enorme entre lo que él conocía tan bien y la manera en que vivía, lo cual le impedía funcionar adecuadamente. Su matrimonio se estaba desmoronando, ninguno de sus hijos lo respetaba y sus amigos lo encontraban cada vez más inmanejable.
En su casa, este experto en la teología de la gracia de Dios era un hombre sin gracia. Era más conocido por su criticismo impaciente que por misericordia paciente. Podía hacer una exégesis y explicar la doctrina de la soberanía de Dios, pero en las situaciones cotidianas y en sus relaciones personales era controlador. Tenía una cristología impecable, pero a diferencia de Cristo, él no amaba bien, no servía bien, no perdonaba bien. Su esposa me había pedido que los aconsejara porque su matrimonio se estaba desmoronando. Él dejó muy claro que, a su modo de ver, no necesitaba consejo alguno. Decir que había una discrepancia entre la majestuosa teología a la que había dedicado tanto estudio y la manera en que él vivía definitivamente se quedaba corto.
Sabina amaba el evangelio, nunca desatendía su lectura matutina devocional y tenía a Alexa con música cristiana por toda la casa el día entero. Cada vez que las puertas de su iglesia abrían, ahí estaba ella. Cuando había una conferencia o un concierto cristiano en su ciudad, era muy probable que asistiera. En apariencia todo iba bien con Sabina. Con todo, vivía en un miedo constante. Tenía tanto miedo de lo que otros pensaran de ella que repasaba frenéticamente en su mente las conversaciones que tenía con otras personas, reprochándose lo que había dicho y temiendo lo que su oyente pudiera pensar de ella. Tenía miedo de su jefe y siempre estaba convencida de que iba a perder su empleo. Con los años se había vuelto un poco hipocondríaca y se angustiaba ante el mínimo indicio de anomalía física. De algún modo, el grandioso evangelio transformador que ella consumía a diario no la había liberado de su cautiverio del temor.
Arturo lideraba uno de los grupos pequeños de su iglesia. Le pidieron hacerlo porque era conocedor de la Biblia y porque aparentaba ser un hombre maduro. Era capaz dirigiendo ese pequeño grupo donde junto con otras personas comentaban la Palabra de Dios. Hace poco le habían pedido participar en un entrenamiento para ancianos y parecía dispuesto a hacerlo. Los integrantes de su pequeño grupo lo estimaban a él y apreciaban su liderazgo. Sin embargo, Amanda, su esposa, tenía una experiencia diferente a la de aquellas reuniones de grupo pequeño. Cada vez que se reunían, Amanda batallaba con la diferencia entre el Arturo “público”, el estimado líder de grupo, y el Arturo “privado”, el hombre con quien estaba casado.
En casa, Arturo no actuaba como un hombre cristiano maduro. Con Amanda, Arturo era por lo general iracundo, cínico y humillante. La arrinconaba por los asuntos más triviales, por lo que ella se quedaba preguntándose qué había pasado con el hombre con el que ella pensaba que se había casado. Cuando Amanda se veía con sus amigas del grupo pequeño, a menudo sentía la tentación de estallar y decir: “Arturo no es la persona que ustedes piensan. Necesitamos ayuda”, pero sabía que no iba a ser capaz de decirlo. Aunque amaba a Arturo y le rogaba a Dios que la ayudara, sencillamente no sabía qué hacer.
Podría dar un ejemplo tras otro de la dicotomía que en muchos de nosotros (todavía existe en algunas áreas de mi propia vida) existe entre lo que profesamos creer y la manera en que vivimos. Estoy convencido de que la brecha entre la doctrina que profesamos y nuestra verdadera manera de vivir es un taller para el enemigo. Es posible que te sorprenda lo que voy a decir a continuación, pero creo que es menester decirlo y tenerlo en cuenta. El enemigo de tu alma con gusto te ofrecerá una teología formal, si en tu vida real y cotidiana puede controlar tus pensamientos y los motivos de tu corazón y, de ese modo, controlar la forma en que actúas, reaccionas y respondes.
Esta dicotomía es la razón por la cual escribí este libro. Me ha redargüido al examinar mi propia vida y me ha entristecido verla en muchos otros. Para empezar, quiero que veamos primero la importancia de la doctrina y luego pasemos a analizar lo que la Biblia dice acerca de esta dicotomía.
La importancia de la doctrina
“Papi, ¿Dios hizo los postes de teléfono?”. Parecía una de esas preguntas irrelevantes que no paran de formular los niños y que, al final de una larga jornada, pueden exasperar a cualquier padre. Habíamos estado enseñando a nuestros hijos que Dios creó el mundo y todo lo que hay en él, y nuestro hijo había estado reflexionando acerca de esa profunda idea en su pequeño cerebro. De hecho, mientras íbamos de camino a Burger King, él iba meditando en silencio en el asiento trasero mientras miraba por la ventana la hilera de postes telefónicos a lo largo de la calle. Era una inquietud profundamente teológica que formulaba el pequeño filósofo sujetado en el asiento infantil trasero. Estaba haciendo lo que Dios dispuso que hicieran los seres humanos hechos a su imagen. A veces sus preguntas nos hacían reír, a veces nos llevaban a cuestionarnos qué le pasaba por la cabeza, y otras veces sus preguntas incesantes simplemente nos hacían desear que dejara de preguntarnos tantas cosas. Sin embargo, él no pensaba dejar de hacerlo porque eso es precisamente lo que hace todo ser humano.1
Al parecer, los niños pequeños no paran de preguntar “¿por qué?”, los adolescentes se obsesionan por opinar acerca de lo que les parece justo e injusto, los esposos y las esposas discuten porque llegan a interpretaciones diferentes de una situación particular, y la persona mayor rememora el pasado con la idea de encontrarle sentido a todo. Todos lo hacemos todo el tiempo y casi nunca somos conscientes de ello ni logramos entender el profundo significado de lo que hacemos. Es la expresión de un aspecto inherente y exclusivamente humano. Aunque apunta a la esencia del modo de operar conforme al cual Dios nos ha diseñado, su importancia como factor determinante de la vida no recibe la atención que merece. Cada día, en algún momento y de alguna manera, todos procuramos darle sentido a nuestra vida. Excavamos entre montículos de artefactos de civilizaciones pasadas e intentamos comprender nuestro recorrido histórico y su significado. Consultamos sin cesar los sucesos de actualidad y barajamos las relaciones de nuestro pequeño mundo en nuestro intento por decidir cómo responder mejor a las situaciones y personas a nuestro alrededor. Nos asomamos al futuro con la esperanza de poder adivinar de algún modo lo que nos depara y prepararnos para ello. Nunca dejamos transcurrir la vida así nada más, y nunca dejamos de pensar, ni siquiera mientras dormimos.
Es importante volvernos más conscientes de la constante actividad mental que influye en las decisiones que tomamos, las palabras que decimos y las cosas que hacemos. Ya seas un plomero, un ama de casa, un músico, un padre, un estudiante, un contador, un hortelano o un deportista, lo cierto es que también eres un pensador. Si eres un ser humano, piensas (aunque algunos lo demuestran más que otros). Aunque de manera incorrecta o esporádica, piensas. Ninguna persona ha pasado jamás un día sin pensar. Todos hemos construido una superestructura de suposiciones acerca de la vida que funciona como guía para darle sentido a nuestra vida. Así que todos somos teólogos, todos somos filósofos, todos somos consejeros y todos somos arqueólogos que excavan el pasado para entender lo que fue. Y he aquí algo que es vital entender: ==Tus pensamientos siempre preceden y determinan tu actividad. Detente y vuelve a leer la frase anterior, porque es muy, muy importante. Tú no haces lo que haces por lo que estás experimentando en un momento determinado. No, tú haces lo que haces por la manera como has pensado e interpretado lo que estás experimentando en ese momento.==
Sabemos que es posible poner a tres personas en una situación idéntica, viviendo exactamente lo mismo, y observar que las tres reaccionan de tres formas completamente diferentes. ¿Por qué? Porque interpretan la situación de forma diferente. Una variación en la interpretación siempre producirá una diferencia en la respuesta.
Ahora bien, ¿qué tiene que ver esto con el propósito de las doctrinas que han sido reveladas en la Palabra de Dios? ¡Todo! El Dios que te diseñó para ser un pensador también es el Dios que inspiró a los autores del Antiguo y del Nuevo Testamentos a escribir sus verdades para que las tuviéramos a nuestra disposición. La Biblia es el resultado de un Creador amoroso que descubre a sus criaturas lo que es verdad a fin de que sepan cómo darle el sentido correcto a la vida. Sin esta revelación amorosa no sabríamos cómo conocer, no sabríamos con certeza qué conocemos y no habría manera de saber si lo que creemos que conocemos es cierto o no. Dios, que da sentido a todo, explica en la Biblia las verdades fundamentales para sus criaturas buscadoras de sentido. Cada persona que ha vivido a lo largo de la historia ha necesitado con apremio los misterios que se encuentran en las Escrituras. La Biblia no es tanto un libro religioso, reservado a los pasillos consagrados y exclusivos de la religión institucional. No. La Biblia es un libro de vida que fue dado para fines de vida, de tal modo que las criaturas a quienes es dado busquen vida en el único lugar donde la vida puede ser hallada. Las doctrinas de la Biblia no son ideología sino herramientas vivas y divinas de salvación, transformación, identidad y dirección.
Antes de que veamos cómo la doctrina de la Biblia es un instrumento para llevar a cabo estas cuatro operaciones, queremos meditar en lo que la Biblia es y en cómo funciona. Si has pasado tiempo leyendo o estudiando la Palabra de Dios, sabes que la Biblia no está organizada de manera temática. Si somos francos, a algunos eso nos resulta molesto. Desearíamos que la Biblia estuviera organizada por temas y que tuviera separadores en el margen de la página para que pudiéramos ir rápidamente a nuestro tema de interés. En cambio, la Biblia está organizada como Dios ha querido. Tu Señor ha diseñado cuidadosamente tu Biblia para que funcione de una manera particular por tu bien y para su gloria.
La Biblia es, en esencia, una gran historia redentora, una narrativa. O podría decirse que la Biblia es una historia teológica anotada. Es la historia magnífica del plan y del propósito divino de redención con anotaciones explicativas y aplicadas esenciales escritas por Dios. Esto significa que no puedes tratar tu Biblia como una enciclopedia; no funciona de esa manera. Por ejemplo, si solo buscas versículos con la palabra padre para entender algo acerca de la paternidad o la maternidad, vas a pasar por alto casi todo lo que la Biblia dice acerca de este importante llamado humano. En la medida en que cada pasaje me dice verdades que necesito saber acerca de Dios, acerca de mí mismo, acerca de la vida en el mundo caído, de los desastres del pecado y de la operación de la gracia, cada pasaje me dice algo que necesito saber acerca de cada área de mi vida. Comentaré más al respecto en el capítulo siguiente.
Entonces, ¿qué función cumple la doctrina? Primero, las doctrinas de las Escrituras proveen un resumen provechoso de la grandiosa historia de la redención. Cada doctrina capta algo acerca de Dios, de su obra y de nuestra necesidad, permitiéndonos condensar grandes cantidades de contenido y de actividad histórica en una palabra. Por ejemplo, la doctrina de la justificación capta una serie de realidades que Dios confirmó para asegurar nuestra posición delante de Él. Gracias a esta doctrina tenemos un término abreviado que nos sirve para referirnos a la gracia de Dios y que condensa todo aquello que Dios hizo para asegurar nuestra posición como hijos suyos. Podemos usar el término justificación sin tener que volver a relatar una vez más la historia con todos sus detalles. Cada doctrina bíblica provee un resumen o síntesis de aquello que Dios considera vital que conozcamos y entendamos. En segundo lugar, cada doctrina es una explicación. Por ejemplo, no entenderíamos por completo las implicaciones de la caída de Adán y Eva, el llamado de Abraham, la vida justa de Jesús, la cruz, el sepulcro vacío, la ascensión ni la fundación de la iglesia si no fuera por las doctrinas explicativas de la Palabra de Dios. Por medio de ellas, Dios nos ayuda a entender cómo hemos pecado y cómo Él, en su gracia, ha obrado a nuestro favor. No somos salvos tanto por la doctrina, sino por los acontecimientos históricos que Dios en su voluntad y en su gracia llevó a cabo a favor nuestro. Las doctrinas nos explican estos acontecimientos a fin de que podamos reconocer nuestra necesidad y busquemos la ayuda de Dios.
Ahora te invito a meditar cuidadosamente en esto: Dios nunca quiso que las doctrinas de la Biblia fueran fines en sí mismos, sino más bien medios hacia un fin. Las doctrinas que Dios ha revelado tienen un propósito más grande que hacer crecer tu cerebro teológico. Su fin es brindarte algo mucho mayor que un bosquejo y una confesión teológica. Tal vez la mejor descripción gráfica del propósito de las doctrinas de la Biblia se encuentra en Isaías 55:10-13. Isaías describe las verdades en la Biblia como lluvia o nieve que cae y riega la tierra. ¿Cuál es el resultado?
En lugar de la zarza crecerá ciprés, y en lugar de la ortiga crecerá arrayán; y será a Jehová por nombre, por señal eterna que nunca será raída (Is. 55:13).
Debemos reconocer que esta es una de las ilustraciones más extrañas de la Biblia. Si tuvieras en tu jardín una zarza, no dirías: “Si sigue lloviendo esa zarza se convertirá en un ciprés”. Si dijeras eso, quien te oye pensaría que te has vuelto loco. Nunca se te ocurriría pensar que una zarza bien regada termine transformándose en un arrayán. ¿Qué busca comunicar el profeta desafiando nuestra comprensión de la botánica? ¿Qué nos revela esta metáfora acerca de lo que Dios busca que produzcan las verdades (doctrinas) de su Palabra?
La curiosa descripción gráfica de Isaías ilustra una transformación orgánica radical. La planta que recibe riego se convierte en una planta completamente diferente. Lo mismo sucede con las doctrinas de la Palabra de Dios. Su propósito principal no es informar sino transformar. La función informativa de las verdades de las Escrituras no constituye el fin de esas verdades, sino un medio necesario para lograr el propósito de esas verdades, que es la transformación personal radical. El plan de Dios es que cuando la lluvia de la doctrina bíblica desciende sobre nosotros, nos transforma, no para convertirnos en una versión mejorada de nosotros mismos, sino para llegar a ser espiritualmente diferentes de lo que éramos antes. Cuando cae la lluvia de la verdad, los iracundos se convierten en pacificadores, los avaros en dadores, los exigentes se vuelven siervos, los lujuriosos se vuelven puros, las personas sin fe se vuelven creyentes, los orgullosos se vuelven humildes, los rebeldes se vuelven obedientes y los idólatras se vuelven adoradores de Dios.
Las doctrinas de la Palabra de Dios no fueron dadas simplemente para ocupar un espacio en tu cerebro, sino para conquistar tu corazón y transformar tu manera de vivir. Estas doctrinas existen para darte un giro completo y poner tu mundo de cabeza. La doctrina bíblica es mucho más que una guía que aceptas mediante una confesión. La doctrina es algo que vives aun en los momentos más insignificantes y cotidianos. La doctrina bíblica existe para transformar tu identidad, alterar tus relaciones y reestructurar tus finanzas. Fue pensada para cambiar la manera como piensas y hablas, tu actitud hacia el trabajo, tu conducta en el tiempo libre, tu comportamiento en el matrimonio y lo que haces como padre o madre. Fue establecida para cambiar tu manera de pensar acerca de tu pasado, de interpretar el presente y de ver el futuro.
Las doctrinas de la Palabra de Dios son un bello regalo que nos ofrece un Dios de extraordinaria gracia. No son una carga ni delinean creencias que restringen la vida. Al contrario, imparten nueva vida y una libertad renovada. Aquietan tu alma y le infunden valor a tu corazón. Te hacen más sabio de lo que habrías podido llegar a ser por naturaleza y reemplazan tu corazón quejumbroso por uno que adora con gozo. Dios te revela estos misterios porque te ama. Él es el Dador de la vida y cada doctrina en su Palabra siembra semillas de vida en tu corazón. Y, a medida que esas semillas echan raíces y crecen, tú también creces y cambias.
Dios no solo quiere tu mente; también quiere tu corazón. Y no solo quiere tu corazón, sino que también quiere todo tu ser. Sus verdades (doctrinas) son el ecosistema donde crece el huerto de la transformación personal.
Ningún pasaje capta mejor esto que 2 Timoteo 3:16-17: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”. Este pasaje es fundamental para entender cómo las verdades (doctrinas) de las Escrituras deben funcionar en nuestra vida. No solo nos muestra cuatro formas en que las Escrituras (y cada una de sus doctrinas) deben operar en nuestra vida, sino la progresión en la cual deben hacerlo, lo cual es más importante. Estos son los cuatro pasos en la progresión:
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Enseñar: la norma. Las verdades de la Biblia son las normas por excelencia de Dios. Nos revelan quién es Dios, quiénes somos nosotros, para qué fue diseñada nuestra vida, qué es verdad y qué no, por qué hacemos lo que hacemos, cómo ocurre el cambio en nuestra vida, qué ha salido mal y cómo se puede corregir. Las doctrinas de la Palabra de Dios proveen la norma, amorosamente revelada por nuestro Creador, mediante la cual podemos saber con toda seguridad lo que nunca llegaríamos a saber sin ellas.
Todas las personas se rigen por alguna norma porque todos queremos saber, y todos queremos saber que lo que sabemos es verdad. De modo que todo el mundo lleva una “biblia” por dondequiera que va, ya sea una de su propia invención personal o la norma perfecta que nos entregó Aquel que es verdad. -
Redargüir: comparar con la norma. En el proceso de redargüir se nos compara con una norma y se determina que, de alguna manera, algo falta. Este diagnóstico nos comunica lo que debemos hacer con las verdades reveladas en la Palabra de Dios. Cada verdad cumple la función de un espejo en el que podemos mirarnos y ver lo que se revela acerca de nosotros a la luz de esa verdad. Si te miras en el espejo de la perfección de Dios, te ves confrontado de inmediato con la realidad de que estás lejos de la perfección. Si te miras en el espejo de la doctrina del pecado, te das cuenta de que tú también eres un pecador. Ninguna verdad existe para ser vivida en lo abstracto o ajena a nosotros como algo impersonal. Cada verdad es una vara medidora con la cual podemos comparar nuestros pensamientos, deseos, palabras, decisiones, motivaciones, relaciones, adoración y esperanzas. El conocimiento de la doctrina no solo debería producir conocimiento de Dios, sino un conocimiento de nosotros mismos que nos infunda una profunda humildad.
El estudio teológico debe producir no solo alabanza y adoración a Dios, sino también contrición, confesión y arrepentimiento sinceros. Una verdad que no redarguye (confronta) es una verdad mal manejada. Es posible y tentador usar una doctrina bíblica de manera no bíblica cuando se omite o se resiste su función de redargüir. -
Corregir: cerrar la brecha entre mi condición actual y la condición que Dios quiere para mí. Las doctrinas de las Escrituras están hechas para corregirnos. La corrección es un proceso mediante el cual la falta o la carencia que han sido revelados se confrontan con la norma. A la luz de cada verdad revelada en las Escrituras, nuestras preguntas deben ser: “¿Qué revela esta verdad acerca de mí que necesita ser corregido? ¿Cómo se llevará a cabo esa corrección para conformarse a lo que Dios es, a la manera en que Él ha revelado que ocurre el cambio y a la luz de lo que Él ha provisto para mí en la persona y en la obra del Señor Jesús?”.
La santificación progresiva, que es la obra redentora de Dios en nosotros entre el momento de nuestra conversión y cuando llegamos a la presencia de Dios es un proceso continuo de comparación-corrección, comparación- corrección, guiado por las verdades de su Palabra y habilitado por la obra de su Espíritu. -
Instruir: poner fielmente en práctica la norma de Dios. A la luz de cada enseñanza de las Escrituras debemos preguntarnos: “¿Qué nueva lección me llama Dios a poner en práctica a diario en mis pensamientos, deseos, palabras y acciones?”. Te propones mejorar en aquello en lo cual has fallado o en lo que has sido negligente. Cada doctrina de la Palabra de Dios encierra un llamado a vivir de formas totalmente nuevas. Así, creyendo en la presencia del Espíritu Santo que mora en nosotros y en los inagotables recursos de su gracia, nos sometemos a su llamado a vivir de una manera nueva.
El pasaje de 2 Timoteo 3:16-17 nos llama a asumir las verdades de las Escrituras de un modo que establezca un patrón constante de autoexamen con miras a la confesión sincera y humilde, la cual produce un compromiso de arrepentimiento que resulta a su vez en una vida de mayor madurez espiritual y obediencia gozosa. No solo tu manera de pensar cambia, sino que cada área de tu vida se conforma más y más a la voluntad de Aquel que te creó y volvió a crearte en Cristo Jesús.
Ahora seamos francos. Esta no es la manera como nos relacionamos y respondemos siempre a las verdades de la Palabra de Dios. En todos nosotros persisten en algún lugar brechas entre lo que profesamos creer y la manera como vivimos realmente. Muchos estamos dispuestos a vivir con una contradicción funcional entre las verdades que profesamos creer y la forma en que elegimos vivir. Cabe decir entonces que las verdades en las que crees realmente son las verdades que vives, porque la fe nunca es una simple aceptación intelectual. Más importante aún es el hecho de que la fe bíblica es un compromiso del corazón que altera radicalmente la manera de vivir. Una
Esta dicotomía de la que hablo es peligrosa, le roba la gloria a Dios, debilita espiritualmente, produce idolatría y flojera moral, daña las relaciones y fractura la dinámica espiritual en el cuerpo de Cristo, lo cual le facilita al diablo el acceso a nuestro corazón y a nuestra vida. Algunos no vemos las brechas en nuestra vida. Algunos confesamos y nos arrepentimos cuando vemos las brechas. Y algunos hemos aprendido a vivir con las brechas por tanto tiempo que ya no nos incomodan.
Esta brecha salta de las páginas de las Escrituras en dos relatos específicos. Todos conocemos bien las historias de estos dos personajes. Dios en su gracia las ha preservado para nuestro bien, porque retratan individuos semejantes a nosotros y Él no quiere que caigamos en la misma trampa.
El primer personaje es Jonás. Dios llamó a Jonás a predicar advertencias de juicio a la malvada ciudad de Nínive. La sola idea de llevar el mensaje de Dios a ese pueblo despreciable le resultaba indignante a Jonás, por lo que en lugar de atender el llamado de Dios se embarcó en un navío que iba en la dirección contraria para irse lo más lejos posible. Aún así, Dios no había terminado con Jonás.
Dios envió una espantosa tormenta. Los tripulantes del barco, en su intento por comprender por qué les había sobrevenido tal tormenta, echaron suertes y la suerte cayó sobre Jonás. Así que le preguntaron a Jonás quién era y de dónde venía. La respuesta de Jonás debe llamar tu atención: “Soy hebreo, y temo a Jehová, Dios de los cielos” (Jon. 1:9). Detente a examinar y a sopesar cuidadosamente la respuesta de Jonás. “Soy hebreo”. Bueno, eso es cierto. “Temo a Jehová, Dios de los cielos”. ¿Qué? No pareciera haber señal de temor de Dios en este hombre. No tuvo ninguna dificultad en mirar a Dios a la cara y decir: “No haré lo que me pides”. No tuvo dificultad en tomar su vida en sus propias manos y hacer lo opuesto a lo que Dios lo había llamado.
Existe una brecha enorme entre la confesión cultural de este hombre hebreo y la realidad de cómo respondió a Dios y a la manera como eligió vivir su vida. El “temor” del que habla es una abstracción cultural que en nada se parece a la manera como elige vivir. Puede que sea un asunto lejano e impersonal de aceptación intelectual, pero carece por completo del poder transformador del verdadero acto de creer tal y como lo describe la Biblia. Creer de verdad lleva a una sumisión dispuesta a Dios y a una obediencia gozosa a su llamado. Dios quiere más de Jonás que una simple identidad cultural. Dios no va a conformarse con menos que la lealtad del corazón de Jonás y su sometimiento a la santa voluntad divina.
El segundo caso es igualmente llamativo. He aquí el relato de lo sucedido según el apóstol Pablo.
Pero cuando Pedro vino a Antioquía, le resistí cara a cara, porque era de condenar. Pues antes que viniesen algunos de parte de Jacobo, comía con los gentiles; pero después que vinieron, se retraía y se apartaba, porque tenía miedo de los de la circuncisión. Y en su simulación participaban también los otros judíos, de tal manera que aun Bernabé fue también arrastrado por la hipocresía de ellos. Pero cuando vi que no andaban rectamente conforme a la verdad del evangelio, dije a Pedro delante de todos: Si tú, siendo judío, vives como los gentiles y no como judío, ¿por qué obligas a los gentiles a judaizar? (Gá. 2:11-14).
Este es uno de los momentos más dramáticos en la iglesia del Nuevo Testamento. Pablo confronta a Pedro cara a cara. ¿Cuánto estaba en juego para que esta confrontación tuviera lugar? La respuesta es que mucho estaba en juego. Estaba en juego el carácter mismo y la pureza del evangelio y la obediencia fiel a la revelación de Dios. Sabemos, por lo que dice Hechos 10, que Dios había dejado claro a Pedro que los gentiles estaban incluidos en el plan de redención y que no debían ser excluidos de ningún modo ni ser tratados como ciudadanos de segunda clase. Con todo, Pedro, que había tenido compañerismo abierto con los gentiles, se apartaba de ellos cuando aparecía un grupo de judíos de la circuncisión. Con esto, actuaba en contradicción flagrante con las doctrinas del evangelio que se le habían enseñado y que él había profesado creer. Este singular momento deja ver cuán peligrosa puede ser la dicotomía entre la doctrina y la vida práctica.
Es importante señalar que aquel suceso no fue el resultado de algún cambio en la posición doctrinal por parte de Pedro. El problema no era primeramente teológico, sino de índole moral. El temor del hombre fue una motivación mayor en el corazón de Pedro que la enseñanza divina acerca de lo que era verdadero y justo. Por eso siempre debemos hacer brillar las doctrinas de las Escrituras para iluminar los pensamientos, los deseos, las motivaciones y los apetitos de nuestro corazón.
- ¿Pensamos de la manera en que las doctrinas de la Palabra de Dios nos han enseñado a pensar?
- ¿Valoramos lo que esas doctrinas nos han enseñado a valorar?
- ¿Amamos lo que esas doctrinas nos han enseñado a amar?
- ¿Aceptamos la clase de persona que esas doctrinas han declarado que seamos?
- ¿Deseamos lo que esas doctrinas nos han enseñado a desear?
- ¿Elegimos lo que esas doctrinas nos aconsejarían elegir?
- ¿Actuamos, reaccionamos y respondemos a la luz de lo que esas doctrinas nos han enseñado?
- ¿En qué lugar de nuestro corazón existe un conflicto de lealtad entre aquello a lo que esas doctrinas nos llaman y lo que queremos para nosotros mismos?
- ¿Existen lugares donde nos hemos acostumbrado a la dicotomía entre lo que profesamos creer y nuestra manera de vivir?
Estas son las preguntas que constituyen la motivación para este libro. Oro para que este libro sea una de las herramientas que Dios use para ayudarte, por su gracia que ilumina y habilita, a cerrar la brecha entre tu teología confesional y tu teología funcional, y que al cerrar la brecha haya menos oportunidad para la obra maligna del enemigo.
No me he propuesto darte una teología sistemática y exhaustiva con ideas prácticas, sino más bien un examen de doce doctrinas cardinales del evangelio para inquirir: “¿Cómo vive un individuo, ciudadano, padre, cónyuge o hijo a la luz de estas doctrinas?”. Que Dios salga a tu encuentro con su gracia rescatadora y renovadora en este recorrido que emprendemos por el bello huerto de las doctrinas de su Palabra.
Footnotes
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Gran parte de esta sección se publicó primero en mi artículo “The Importance of Doctrine”, página web Paul Tripp, 2 de julio de 2018, www.paultripp.com. ↩