Introducción
Señor, vengo humildemente ante ti a rogar por la dirección de tu Espíritu Santo. Señor, yo soy el primero que necesita tu Palabra en mi vida. Así que te suplico, Señor, que hoy hables a tu pueblo por medio de tu Palabra. Nos ponemos en tus manos, Señor, y te rogamos: trae fe, trae convicción, trae fortaleza, trae arrepentimiento, y que sea tu Espíritu hablando por tu Palabra al pueblo que tu Hijo compró, Señor. Te lo ruego en el nombre de Jesús. Amén.
Ilustración: Mi hija la “experta”
Dios nos dio la gracia de tener dos hijas, y criar niños es una aventura impresionante: cuando son muy pequeños son muy ocurrentes, y nosotros tenemos un montón de anécdotas chistosas con ellas. Una de las cosas que más recuerdo, sobre todo de una de mis hijas, es que se sentía experta para todo. Una ocasión en que íbamos a pintar su cuarto, llegó la chiquita —apenas y podía hablar— y me dijo: “hazte a un lado porque yo soy experta pintando”. Si su mamá le pedía ayuda para hacer hotcakes, decía: “yo soy experta haciendo hotcakes”. Cuando aprendió a contar hasta el 20 dijo: “ya soy experta en matemáticas”. Y era bonito escucharla con esa seguridad —¿saben cuál era el problema? Que realmente no era experta en nada.
Creo que esto refleja una realidad que todos tenemos: desde pequeños estamos buscando sentirnos importantes y reconocidos, estamos en una búsqueda de identidad.
Idea clave
Todos los seres humanos, desde pequeños, estamos en una lucha por encontrar nuestra identidad y el sentido de la vida.
Aquí nos encontramos personas de diferentes edades, condiciones sociales y físicas, pero de alguna manera seguimos reflejando ese corazón infantil. El que le va bien en el trabajo puede sentir la tentación de decir “soy experto”; y si a ti no te ha ido tan bien, vas a buscar algo más en qué sentirte así: “yo soy experto en tener una familia bonita”, o en el ejercicio, o en la belleza, o en la inteligencia. Siempre estamos buscando algo que le dé sentido a nuestra vida, cierto sentido de importancia. Y algo que hemos repetido mucho aquí en la iglesia es que todas esas cosas te van a fallar.
Si yo encuentro un sentido de satisfacción en mis hijas —si cuando les va bien digo “se ve igualita a su papá”— ¿qué voy a hacer cuando ellas pequen públicamente? Probablemente me voy a sentir avergonzado, y no les va a ir bien cuando estemos solos; a lo mejor voy a alzar la voz, las voy a amenazar. No podemos encontrar nuestra identidad en las cosas creadas. Nuestra fuente de identidad, sobre todo si eres cristiano, no está en la creación, sino en el Creador.
La frase de Calvino
Empezamos esta serie llamada “Muéstrame tu fe”, y la semana pasada vimos, muy rápido, un esbozo de la doctrina de la Palabra de Dios. Hoy queremos dar otro esbozo, acerca de la doctrina de Dios. Me gustaría empezar con una frase de un gran hombre de Dios que vivió hace unos cinco siglos, Juan Calvino:
Los hombres —y eso incluye a las mujeres— nunca son debidamente tocados e impresionados con la convicción de su insignificancia hasta que se comparan a sí mismos con la majestad de Dios.
Intenta cuajar esa frase en tu corazón. Solemos creer que somos buenos en ciertas cosas, que sabemos manejar nuestra vida, nuestro tiempo, nuestro trabajo, nuestra familia, o que somos muy sabios, muy inteligentes, muy fuertes — ¿hasta qué? Hasta que nos comparamos con Dios. Una de las cosas de las que más se acusa a los cristianos, y a veces con razón, es que muchas veces nos sentimos superiores a otros. ¿Nunca has pensado “qué bueno que no soy como fulano de tal”? Ahí es donde brota ese pequeño fariseo que todos tenemos dentro. Puedes creerte muy bueno, muy sabio, muy inteligente, muy hermosa — pero cuando contemplamos a Dios, con su majestad perfecta, su sabiduría perfecta, su santidad perfecta, todo eso queda reducido a nada.
La tesis
Idea clave
Existe una terrible inconsistencia entre lo que decimos creer sobre Dios y cómo esto afecta nuestra vida.
Decimos que creemos en un Dios grande y todopoderoso, y no podemos dejar de enojarnos. Decimos que nuestro Dios abrió el mar y resucitó a los muertos, y cuando te falta dinero para pagar la renta estás llorando y reclamándole a Dios. Hace un rato cantamos “tú eres el Dios que adoramos, todopoderoso y soberano”, y qué bonito se oía — pero cuando llega algo que no esperabas, te lamentas, te enojas, gritas, y ay de aquel que esté enfrente de ti. No hay nada más contradictorio que un cristiano orgulloso, si nuestro Dios se humilló para salvarnos. No hay nada más absurdo que un cristiano que no trata con gracia, amor y paciencia a otros — el Señor nos tiene tanta, tanta paciencia. Es absurdo que un cristiano no perdone; puedes decir “es que ya me lo hizo tres veces”, o “la Biblia dice que son setenta veces siete, son cuatrocientos noventa, ya llevas cuatrocientos ochenta y nueve, cuidado” — no, hermano, el Señor nos ha perdonado muchísimo más que eso.
Presentación del sermón
El título de este mensaje es Incomparable: la doctrina de Dios en la vida diaria, y queremos contestar tres preguntas: en primer lugar, ¿quién es Dios? Después, ¿realmente lo crees? Y finalmente, ¿cómo debería esto afectar nuestra vida?
I. ¿Quién es Dios?
Imagínate a una persona que crece completamente aislada del mundo, algo así como Tarzán. ¿Tendría esa persona conciencia de la existencia de Dios? La Biblia nos enseña que los cielos proclaman la gloria de Dios, y todas las culturas, en todos lados, se han volcado a buscar una deidad o deidades falsas — de una u otra manera, cuando contemplamos la creación hay algo que nos dice: hay algo más grande que tú. Es cierto que la creación no nos explica detalles sobre el Dios vivo, simplemente da un mensaje: alguien creó esta inmensidad. La semana pasada leíamos que por eso la Escritura es necesaria, porque nos enseña quién es ese Dios.
Ahora imagínate que te topas con una persona que ha vivido aislada en la selva durante cuarenta años, y apenas puede hablar tu idioma, y te pregunta: “he escuchado que hablan de Dios, pero nunca lo he visto, ¿quién es Dios?” ¿Qué le responderías? Es difícil dar una respuesta corta, porque tenemos sesenta y seis libros que dan testimonio de quién es Dios; hay tanto que decir que nos tardaríamos demasiado tiempo. Dios es tan grande y tan glorioso que nuestra mente no lo puede procesar. Vamos a ver cuatro pasajes; no puedo pretender ser exhaustivo, pero vamos a intentar contestar la pregunta.
Un Dios eterno, justo y misericordioso
6 «El Señor, el Señor, Dios compasivo y clemente, lento para la ira y abundante en misericordia y verdad; 7 que guarda misericordia a millares, el que perdona la iniquidad, la transgresión y el pecado, y que no tendrá por inocente al culpable; que castiga la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos hasta la tercera y cuarta generación».
Este pasaje es parte de la respuesta de Dios cuando Moisés le pidió: “Señor, muéstrame tu gloria”. Dios le dijo que no podía ver Su gloria, porque ningún hombre puede verlo y seguir con vida; lo único que hace es pasar delante de Moisés, escondido, y proclamar Su nombre. En algunas Biblias este nombre se traduce “Yahvé” en vez de “Jehová”; la NBLA, que es la que usamos, lo traduce “el SEÑOR”, muchas veces en mayúsculas — es una manera de traducir una palabra hebrea que probablemente se pronunciaba así, y que significa “Yo Soy”. Cuando Dios dice “Yo Soy” quiere decir que Él existe por sí mismo, que no necesita de nada ni de nadie para existir. Tú y yo necesitamos un montón de cosas — necesitamos que otros trabajen el campo para que tengamos verduras, necesitamos el oxígeno que llena nuestros pulmones. Recuerdas la pandemia, cuando se interrumpieron algunas líneas de suministro y vimos qué vulnerables somos. Dios no necesita nada ni a nadie para ser Dios; eso también nos habla de Su poder y de Su eternidad.
El pasaje sigue: Él es compasivo y clemente — no es un tirano sentado en su trono viendo a quién destruir, al contrario, se caracteriza por amar y tener compasión de los necesitados. Es lento para la ira, lo que nos anticipa que sí tiene ira, pero es una ira muy paciente; puede esperar, y ha esperado literalmente miles de años. Es abundante en misericordia y en verdad — nunca miente — y nos dice algo precioso: que perdona. Pero al mismo tiempo es un Dios justo, que no tendrá por inocente al culpable. Dios nos dio una ley moral, que conocemos como los diez mandamientos, y no tiene por inocente a quien los desobedece. Por ejemplo, “no darás falso testimonio” significa que no debes mentir en ninguna circunstancia — ¿quién de nosotros no ha mentido jamás? Todos lo hemos hecho al menos una vez; el problema es que somos culpables, y es un Dios que castiga, porque es un Dios justo.
Idea clave
Un Dios eterno que es a la vez justo y misericordioso.
Un Dios santo
1 En el año de la muerte del rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y la orla de Su manto llenaba el templo.
Isaías, cuando esto ocurre, llevaba ya varios años como profeta. No era un profeta como Amós, un pastor de ovejas sencillo; Isaías se había criado en el palacio, era hijo de funcionarios importantes, nunca había conocido la necesidad ni había tenido que hacer trabajos físicos pesados — su trabajo era tomar la pluma y transcribir los dictados del rey. Probablemente trabajó para uno de los más grandes reyes de Judá, el rey Uzías, durante cuya época la prosperidad de Israel era impresionante (puedes leerlo en 1 Crónicas 26). Estamos hablando entonces de un profeta que llevaba una vida de justicia, en una época de prosperidad y paz. Y lo que él ve es al Señor sentado sobre Su trono, alto y sublime — ¿alguna vez has visto a alguien de quien dices “qué porte tiene”, que no necesita hablar para comunicar algo? Imagínate qué porte tiene Dios.
2 Por encima de Él había serafines. Cada uno tenía seis alas: con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies y con dos volaban. 3 Y el uno al otro daba voces, diciendo: «Santo, Santo, Santo es el Señor de los ejércitos, llena está toda la tierra de Su gloria». 4 Y se estremecieron los cimientos de los umbrales a la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo.
Ver alguno de estos seres debía producir un paro cardíaco. “Serafín” viene del verbo hebreo seraf, que significa arder — la piel de estos seres parecía carbones encendidos. Y cuando hablaban, los cimientos de la entrada del templo temblaban. Pero concentrémonos en lo que dicen: que Dios es santo, santo, santo.
¿Qué significa que Dios sea santo? En hebreo, santo se dice qadosh, y significa “apartado”. Cuando hablamos de Dios, esto enfatiza que Él está apartado de nosotros en el sentido de que es absolutamente diferente a nosotros.
8 «Porque Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, ni sus caminos son Mis caminos», declara el Señor. 9 «Porque como los cielos son más altos que la tierra, así Mis caminos son más altos que sus caminos, y Mis pensamientos más que sus pensamientos.
En su sentido original denota que Él es absolutamente distinto de todas Sus criaturas y está exaltado por encima de ellas en majestad infinita.
Por lo tanto, se llama a Dios “el Santo”, porque Él existe en sí mismo y nada puede compararse con Él. La brecha que existe entre Él y la criatura se expresa, por lo tanto, mediante el concepto de santidad.
Alguna vez me presentaron el concepto de santidad de Dios así: ¿qué se parece más a Dios, un gusano o un ángel? Probablemente, pensando en la dignidad como valor de referencia, tu instinto te haría decir “un ángel”. Pero la respuesta correcta es ninguno — no hay nada que se pueda comparar con Dios; la distancia entre Dios y la criatura más gloriosa es inmensa.
18 ¿A quién, pues, asemejarán a Dios, o con qué semejanza lo compararán?
No hay nada en la creación que pueda compararse con Dios. Cuando decimos que Dios es santo, queremos decir que Él está allá, absolutamente distinto y grande y sublime comparado con nosotros.
La respuesta de Isaías
5 Entonces dije: «¡Ay de mí! Porque perdido estoy, pues soy hombre de labios inmundos y en medio de un pueblo de labios inmundos habito, porque mis ojos han visto al Rey, el Señor de los ejércitos».
Esta expresión, “ay de mí”, no es la del “ay” que decimos cuando alguien nos pisa. Recuerdas que Jesús dice “ay de ti, Corazín, ay de ti, Betsaida” — es un lamento profundo por el juicio que viene. Es como si Isaías dijera: “no puede ser, estoy perdido, viene juicio sobre mí; preferiría morir antes que estar delante de este Ser”. Y recuerda que era un profeta, no cualquiera sacado de la calle. Lo que realmente ocurre es que, al contemplar a Dios, toda la identidad de Isaías colapsó — él se creía justo, se creía sabio, pero al ver a Dios lo que le procesa la mente es: no soy nada.
Hay cosas en la creación que nos conmueven así — el mar, una noche estrellada, las montañas — y dices “no soy nada”. Imagínate contemplar al Creador. Piensa en un hombre que se siente súper competente en su trabajo, seguro de que va a ganar una convocatoria, y queda en último lugar: puede caer en depresión, puede decir “el examen estaba amañado”, puede reaccionar con ira, pero es muy difícil que alguien diga “no soy tan bueno como creía”. Lo que le ocurre a Isaías es algo así, elevado a la máxima potencia: se creía bueno, pero al ver a Dios dice “no soy nada, soy impuro”.
La respuesta de un Dios santo y perdonador
¿Cómo responde Dios? No le dice “tienes razón, Isaías, aléjate de mí porque no te soporto”. Tampoco le dice “no seas exagerado”.
6 Entonces voló hacia mí uno de los serafines con un carbón encendido en su mano, que había tomado del altar con las tenazas. 7 Con él tocó mi boca, y me dijo: «Esto ha tocado tus labios, y es quitada tu iniquidad y perdonado tu pecado».
Imagínate que mi hija, la que se sentía experta en matemáticas, presenta su primer examen y saca un 6. Yo podría decirle “eres una buena para nada”, o “no te preocupes, tu primo sacó cinco”, o “bueno, seis no es tan malo”, o “no eres buena en matemáticas, pero eres excelente en manualidades”. Ninguna de esas es la respuesta correcta. Podría decirle, en cambio: “no eres tan experta como creías, pero no te preocupes, porque aunque hubieras sacado cinco nunca te voy a dejar de amar, y voy a estar a tu lado para que el siguiente examen sea mejor”. Dios hace eso con Isaías, pero muchísimo más glorioso: le dice “sí, Isaías, eres un pecador, pero yo te perdono”.
Idea clave
Un Dios santo y majestuoso que perdona a quienes se acercan a Él en arrepentimiento.
Conexión con el evangelio
Esto nos genera un conflicto, porque nos gusta vivir por mérito, nos encanta saber que hemos alcanzado algo por nuestra propia fuerza — por eso la doctrina de la elección es tan difícil de procesar. Pero nadie puede ganarse el perdón ni el amor de Dios por méritos: Él te lo da, no por lo que hayas hecho, sino a pesar de eso. Y si Él te lo da, nadie puede quitártelo — pero necesitas, como Isaías, reconocer lo que eres, y eso es lo más difícil. Nos es más fácil decir “me hiciste enojar” que reconocer que tengo un problema con la ira (y bíblicamente, la ira descontrolada es como un homicidio de corazón). Si quieres conocer a este Dios de perdón, necesitas confesar tu necesidad.
Un Dios poderoso
21 ¿No saben? ¿No han oído? ¿No se lo han anunciado desde el principio? ¿No lo han entendido desde la fundación de la tierra? 22 Él es el que está sentado sobre la redondez de la tierra, cuyos habitantes son como langostas. Él es el que extiende los cielos como una cortina y los despliega como una tienda para morar. 23 Él es el que reduce a la nada a los gobernantes, y hace insignificantes a los jueces de la tierra. 24 Apenas han sido plantados, apenas han sido sembrados, apenas ha arraigado en la tierra su tallo, cuando Él sopla sobre ellos, se secan, y la tempestad como hojarasca se los lleva. 25 «¿A quién, pues, ustedes me harán semejante para que Yo sea su igual?» dice el Santo. 26 Alcen a lo alto sus ojos y vean quién ha creado estos astros: el que hace salir en orden a su ejército, y a todos llama por su nombre. Por la grandeza de Su fuerza y la fortaleza de Su poder no falta ni uno.
Este pasaje señala la omnipotencia de Dios: tiene poder sobre el universo entero, sobre los gobernantes —piensa en Putin, Biden, Trump, Xi Jinping, con sus guerras y su poder militar, no son nada al lado de Dios—, sobre la inflación, la escasez, la devaluación, sobre el COVID, la viruela del mono, el cáncer, el sida, la neumonía —eso no es nada para Él—, sobre las galaxias con sus hoyos negros supermasivos.
27 ¿Por qué dices, Jacob, y afirmas, Israel: «Escondido está mi camino del Señor, y mi derecho pasa inadvertido a mi Dios?». 28 ¿Acaso no lo sabes? ¿Es que no lo has oído? El Dios eterno, el Señor, el creador de los confines de la tierra no se fatiga ni se cansa. Su entendimiento es inescrutable. 29 Él da fuerzas al fatigado, y al que no tiene fuerzas, aumenta el vigor. 30 Aun los mancebos se fatigan y se cansan, y los jóvenes tropiezan y vacilan, 31 Pero los que esperan en el Señor renovarán sus fuerzas. Se remontarán con alas como las águilas, correrán y no se cansarán, caminarán y no se fatigarán.
Este Dios todopoderoso cuida de los suyos, aumenta sus fuerzas aun ante la muerte. Es lo que sostuvo al anciano Policarpo cuando se enfrentaba a las fieras, lo que sostuvo al reformador Huss cuando le prendieron fuego, y lo que hace que un anciano enfermo le diga a su familia: “no se preocupen por mí, voy a los brazos del Señor”.
Idea clave
Un Dios todopoderoso que fortalece y cuida a los suyos.
La encarnación
Hemos visto tres cosas de Dios y podríamos seguir dedicando tiempo a recorrer el Antiguo y el Nuevo Testamento. Pero lo más glorioso es que ese Dios no se quedó en Su trono: vino a buscarnos en la persona de Cristo. Este Dios todopoderoso se metió en el vientre de una mujer y nació como un bebé.
3 Él es el resplandor de Su gloria y la expresión exacta de Su naturaleza, y sostiene todas las cosas por la palabra de Su poder. Después de llevar a cabo la purificación de los pecados, el Hijo se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas,
Cristo es idéntico al Padre, y sostiene toda la creación: las galaxias siguen girando, la galaxia no colapsa hacia el agujero negro de su centro, la luna gira en una órbita perfecta, mi cuerpo sigue funcionando día tras día, porque Él sostiene.
18 Nadie ha visto jamás a Dios; el unigénito Dios, que está en el seno del Padre, Él lo ha dado a conocer.
Cristo da a conocer al Padre; Él mismo lo dijo: cuando alguien lo ve a Él, ve al Padre.
La redención
Volvamos a Éxodo 34, porque si pusiste atención, esta porción puede parecer muy contradictoria — algunos le llaman “la gran contradicción”. El texto dice que Dios perdona la iniquidad, la transgresión y el pecado —iniquidad es cualquier pecado, no solo uno especialmente grave— y al mismo tiempo dice que no tendrá por inocente al culpable. Por definición, un pecador es culpable. ¿Cómo es que perdona? ¿Y sabes cuál es la respuesta? Cristo. Dios es un Dios que tiene que castigar la maldad, pero la carga sobre sí mismo. Cuando el texto dice que no tendrá por inocente al culpable, significa que Dios mismo daría a alguien que cargaría el castigo. Como dice Hebreos 1:3, Él llevó a cabo la purificación de nuestros pecados: se hizo hombre, murió en la cruz después de vivir una vida perfecta, y resucitó.
Idea clave
Un Dios que se humilló y sufrió para perdonar justamente a los suyos.
Confesiones de fe
Las confesiones de fe son documentos que escribieron hermanos nuestros, la mayoría en el pasado, resumiendo la enseñanza bíblica en un párrafo corto — no son Palabra de Dios ni tienen su autoridad, pero son un excelente resumen. Esta es la Confesión Belga, escrita hace poco menos de 500 años:
Todos creemos con el corazón y confesamos con la boca que hay un solo ser espiritual al que llamamos Dios, y que Él es eterno, incomprensible, invisible, inmutable, infinito, todopoderoso, perfectamente sabio, justo, bueno, y la fuente desbordante de todo bien.
Y este es un párrafo de la Declaración de Fe de las Iglesias Gracia Soberana, el resumen que iglesias como la nuestra han hecho al intentar contestar la pregunta “¿quién es Dios?”:
Existe un solo Dios, vivo y verdadero, quien es infinito en su ser, poder y perfecciones. Dios es eterno, independiente y autosuficiente, teniendo vida en sí mismo, no tiene necesidad de nadie ni de nada. Él es un espíritu trascendente e invisible, sin limitaciones ni imperfecciones. Es inmutable y está presente en todo lugar, con toda la plenitud de su ser. Su conocimiento es completo, incluye todas las cosas reales y posibles, de tal modo que nada pasado, presente o futuro está oculto a su vista. Dios no está dividido en partes, sino que todo su ser incluye todos sus atributos. Él es totalmente santo, amoroso, sabio, justo, bueno, misericordioso, lleno de gracia y de verdad. Nuestro Dios es la fuente infinita de todo lo que existe. Creó todas las cosas y todas las cosas existen por él y para él; él es supremamente poderoso para llevar a cabo toda su santa y perfecta voluntad gobernando sobre toda su creación con absoluto dominio, justicia, sabiduría y amor. Por su trascendencia Dios es incomprensible en su ser y en sus actos, y sin embargo él se revela de tal forma que nosotros podemos conocerlo verdadera y personalmente.
II. ¿Realmente lo crees?
La mayoría de nosotros tenemos años en la iglesia. Yo pisé una iglesia por primera vez a los 7 años y tengo 33 años escuchando clases de escuela dominical, de jóvenes, predicaciones, cantos. Dijimos que creemos que nuestro Dios es justo y misericordioso, que es santo y majestuoso, que perdona, que es todopoderoso y cuida a los suyos, que se humilló y sufrió para perdonar justamente a los suyos.
19 Tú crees que Dios es uno. Haces bien; también los demonios creen, y tiemblan.
¿Tú crees que Dios es santo? ¿Crees que Dios es justo? ¿Crees que Dios es amor? “Chido, bien por ti” — es la idea. También los demonios creen, y tiemblan. Puedes haber escuchado mensajes sobre Dios, cantar cantos, aprenderte todas las confesiones de fe, y no creer esto en tu vida diaria.
Piensa en un estudiante que copia en sus exámenes y en sus tareas, y cuando lo descubren se justifica diciendo que el fin justifica los medios — niega la justicia y la misericordia de Dios al no confiar en Su provisión. O en un ama de casa que escucha la Escritura, escucha mensajes, y no es capaz de perdonar a un miembro de su familia que la ofendió — niega el perdón de Dios. O en un trabajador que ama a Dios, que viene a la iglesia, que sirve, pero que se ha metido tanto en sus actividades laborales que se ha olvidado de su familia, y su relación con Dios se está debilitando — niega que Dios es todopoderoso y cuida de los suyos.
Todos estos ejemplos —y yo puedo ser uno de ellos, soy franco— tienen algo en común: se han olvidado de lo que dicen creer sobre Dios. No basta con venir a la iglesia y cantar cantos bonitos. Necesitamos que esta verdad de creer en un Dios santo, todopoderoso, justo, que perdona, se encarne en nuestro corazón.
III. ¿Cómo debe esto afectar mi vida?
1. Necesitas construir tu identidad en Dios
No te debes sentir satisfecho por tus éxitos ni derrotado por tus fracasos, porque tú no eres ni tus éxitos ni tus fracasos. Lo que necesitamos entender es que nuestro valor no está en nosotros, sino en Aquel que dio su vida por nosotros — que tu valor no depende de ti mismo, sino del amor de Cristo por ti. Esto tiene que ver con un cambio interior que yo no puedo producir; necesitas orar, porque solo Dios puede hacerlo. ¿Alguna vez has pensado “hoy no voy a ir a la iglesia porque le fallé al Señor”? Eso es señal de que tu identidad no está en Cristo, sino en ti, porque estás pensando más en lo que tú hiciste que en lo que Cristo hizo por ti. El Señor te ama, entiende esto, no porque seas bueno, sino a pesar de que eres malo, y nunca te va a dejar de amar.
2. Necesitas buscar el asombro por Dios
Hace unos 17 años conocí a una jovencita; cuando la vi, dije “guau”. Lo único que se me ocurrió para acercarme fue preguntarle dónde vendían fichas para recargar celulares — lo más absurdo que se me pudo ocurrir— y por absurdo que parezca, ella me acompañó, y llevamos esos 17 años, 16 como esposos. Cuando la vi, dije “qué guapa es”, y buscábamos tiempo para estar juntos. Pero pasan los años, y como ella es pecadora y yo soy pecador, dejo de asombrarme, y en vez de decir “Señor, gracias por esta mujer que me has dado”, empiezo a ver todos sus defectos. ¿Sabes cuál es la receta para eso? El asombro: busca todo lo bueno que tiene y concéntrate en eso.
En el caso de Dios, todo es bueno. Necesitas ver que Dios está presente en todo, y agradecerle por todo. Si te despiertas y respiras, en vez de decir “otra vez las mismas broncas”, dile “Señor, gracias por el aire que me das para respirar”. Si el día está nublado, en vez de quejarte, dile “Señor, gracias, porque si no hubiera estas lluvias estaría pidiendo que lloviera”. Y donde debemos contemplarlo y darle gracias no es tanto en la creación, sino en Su Palabra. Te quiero poner un reto: esta semana lee un Salmo cada día y pregúntale al Salmo una sola cosa, ¿qué dice de Dios?, y anótalo en una libreta. Te aseguro que va a cambiar la manera en que ves a Dios, la vida, a tu esposa, a tu familia y los problemas del trabajo.
3. Necesitas reflejar tu fe
Si nuestro Dios es un Dios que se humilló y que fue paciente, ¿qué tenemos que hacer nosotros? Piensa en una sola persona a la que te cuesta tenerle paciencia y ser humilde —si es tu esposa, arrepiéntete de una vez— y pídele a Dios esta semana: “Señor, ayúdame a tratar a esa persona con la misma humildad con la que Tú me buscaste a mí”. También necesitas reflejar tu fe por medio de un trato lleno de gracia — ¿cómo te habla Dios en las mañanas? Con amor, con ternura, como el padre del hijo pródigo que espera que vuelva. Pídele esta semana al Señor que te ayude a tratar a tu familia, o a las personas con las que convives más de cerca, con la misma misericordia y gracia con la que Él te trata.
4. Necesitas hablar de la grandeza de Dios
Si nuestro Dios es tan grande, no podemos estar callados; si Él te ama tanto, es absurdo estarlo. Piensa en una sola persona a la que le puedas hablar de Dios, y empieza a orar por ella desde hoy: “Señor, ayúdame a hablarle a fulano de tal de la grandeza de un Dios que dio su vida y murió por mí”.
Conclusión
Tenemos un Dios inmensamente glorioso que nos amó hasta el fin, y somos llamados a asombrarnos por Su grandeza y a reflejar Su carácter. Así que, ¿dónde estás?
Cierra tus ojos, mi amigo.
Señor, te agradezco por tu amor, por tu paciencia, por…