Introducción
Vamos a estar hablando de tres preguntas: ¿qué es la santidad de Dios?, ¿qué significa que nosotros seamos llamados santos?, y ¿cómo crecer en santidad?
Ilustración: la Sagrada Familia
Si pudieras viajar a cualquier lugar del mundo, uno de los que a mí me gustaría visitar es la Basílica de la Sagrada Familia en Barcelona. La empezó a construir el arquitecto Antonio Gaudí en 1882, y más de 140 años después su construcción todavía no concluye —la torre más alta, todavía pendiente, medirá 172 metros—. Se han gastado alrededor de 370 millones de euros y han participado decenas de miles de trabajadores. Durante la Edad Media, en una época donde la gente vivía en la miseria —el más pobre de nosotros vivía mejor que un conde o un duque de entonces— las personas dedicaban no años, sino siglos, a construir las grandes catedrales. ¿Por qué? Estaban diseñadas para producir, en quien entraba, un sentimiento de asombro y de pequeñez —imagina a alguien que vivía en una choza de tres por tres metros, viendo por primera vez esas columnas inmensas y esos vitrales—. Nosotros, como iglesia, nos reunimos en un salón rentado — tenemos otra comprensión de lo que es la santidad de Dios. Pero eso es justamente lo que quiero que veamos hoy.
I. ¿Qué es la santidad de Dios?
La santidad de Dios está presente en toda la Biblia — se le llama “el Santo de Israel”, nunca “el misericordioso de Israel” o “el justo de Israel”. En Isaías 6, los serafines cantan “santo, santo, santo”, no “bueno, bueno, bueno” o “justo, justo, justo”. Y sin embargo, en ningún lugar de la Escritura se da una definición de santidad.
5 Entonces Dios le dijo: «No te acerques aquí. Quítate las sandalias de los pies, porque el lugar donde estás parado es tierra santa». 6 Y añadió: «Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob». Entonces Moisés se cubrió el rostro, porque tenía temor de mirar a Dios.
Cuando entras a una casa recién trapeada, te limpias los pies — así como usábamos el tapete sanitizante en la pandemia. Eso mismo le pide Dios a Moisés: no puedes acercarte tal como estás. Y la tierra no era santa por sí misma, sino porque Dios estaba ahí. Esta es la primera vez que aparece la palabra “santidad” en la Biblia relacionada con un lugar (antes solo apareció en Génesis 1, con el día de reposo). Y lo que produce en Moisés es temor.
«¿Quién como Tú entre los dioses, oh Señor? ¿Quién como Tú, majestuoso en santidad, Temible en las alabanzas, haciendo maravillas?»
La santidad de Dios tiene que ver con Su majestad, Su poder, y es “temible” — no rebajemos esa palabra a un temor cómodo.
Y aconteció que al tercer día, cuando llegó la mañana, hubo truenos y relámpagos y una densa nube sobre el monte y un sonido tan fuerte de trompeta, que hizo temblar a todo el pueblo que estaba en el campamento.
Cuando Dios le dice al pueblo “háganme un santuario para que yo habite entre ustedes”, el pueblo tiembla — no quieren a Dios tan cerca.
¿Cómo explicarle a alguien que nunca ha visto el mar qué se siente? ¿O a alguien que nunca ha visto una noche estrellada en el campo, o subido a una montaña? Así de difícil es explicar la santidad de Dios.
Exalten al SEÑOR nuestro Dios, Y póstrense ante el estrado de Sus pies; Él es santo.
«Clama y grita de júbilo, habitante de Sion, Porque grande es en medio de ti el Santo de Israel.»
Idea clave
La santidad de Dios es todo lo que lo aparta de la creación y lo hace digno de adoración.
La santidad de Dios es Su cualidad absoluta y fundamental. Su pureza absoluta e inmaculada que manifiesta Su gloria deslumbrante y eterna.
Cuando llegas a la iglesia con tu mejor camisa y se sienta a tu lado alguien recién llegado de hacer mole, o cuando estás en el gimnasio levantando tus mancuernas de dos kilos y llega alguien levantando cincuenta como si nada — eso mismo, elevado infinitamente, es lo que produce en nosotros la santidad de Dios: vernos pequeños e impuros.
«Sean ustedes santos, porque Yo, el Señor, soy santo, y los he apartado de los pueblos para que sean Míos.»
II. ¿Qué significa que seamos santos?
La mejor manera de entenderlo es ver cómo se manejaban las cosas sagradas en el Antiguo Testamento: si algo está en contacto con Dios, no puede estar en contacto con lo común. Yo nunca comería en el plato de mis perros, por más que los quiera — y si uno me lame los labios, voy directo a enjuagarme la boca. Esa es la idea de santidad: estar apartados para Él.
«Dile a Aarón y a sus hijos que tengan cuidado con las cosas sagradas que los israelitas me consagran, para que no profanen Mi santo nombre. Yo soy el Señor.
Si le traes algo a Dios, tiene que ser exclusivo para Él — Dios es un Dios celoso, y eso también tiene que ver con Su santidad: “tú eres mío, y no te voy a compartir con nadie”.
Entonces dije: «¡Ay de mí! Porque perdido estoy, pues soy hombre de labios inmundos y en medio de un pueblo de labios inmundos habito, porque mis ojos han visto al Rey, el Señor de los ejércitos».
Si el ser humano reacciona ante la santidad majestuosa de Dios con un sentido de total insignificancia y asombro, su reacción ante la santidad ética se revela en sí mismo en un sentido de impureza, una conciencia del pecado.
Santidad es todo lo que marca a Dios como apartado de los humanos, y en segundo lugar, todo lo que debería marcar a los cristianos como apartados para Dios.
Aquí estamos, sentados, dedicados a un montón de cosas distintas —comercio, docencia, lo que sea—; pero ¿nos mantenemos apartados para Dios? Ni siquiera cuando estamos en la iglesia logramos mantener nuestra mente apartada para Él — pensamos en el pago de la copa, en las metas del lunes.
Pedro dice que sin santidad nadie verá a Dios. Si nos consideramos creyentes, tenemos que estar buscándola.
III. ¿Cómo crecemos en santidad?
A. Necesitamos ser purificados
Hace unas semanas me estaba enfermando del estómago cada 15 días, y resultó ser mi mochila para correr, que nunca lavaba, solo le agregaba más agua. Mi esposa tenía razón — necesitaba que la limpiaran.
Entonces voló hacia mí uno de los serafines con un carbón encendido en su mano, que había tomado del altar con las tenazas. Con él tocó mi boca, y me dijo: «Esto ha tocado tus labios, y es quitada tu iniquidad y perdonado tu pecado».
La única manera en que alguien como tú o como yo puede presentarse ante un Dios santo es si ese Dios toma la iniciativa para limpiarnos — nosotros no podemos hacer nada para limpiarnos a nosotros mismos. Ese Dios todopoderoso se encarnó, vivió la vida perfecta y murió en la cruz para que todo el que cree en Él sea perdonado. Jamás podríamos estar ante un Dios santo si no hubiéramos sido perdonados por la sangre de Jesús. Pero si ya has creído en Cristo, necesitamos seguir siendo purificados.
Necesitamos buscar la santidad
Así que, amados míos, tal como siempre han obedecido, no solo en mi presencia, sino ahora mucho más en mi ausencia, ocúpense en su salvación con temor y temblor. Porque Dios es quien obra en ustedes tanto el querer como el hacer, para Su buena intención.
Para algo tan sencillo como bajar de peso —comer menos, hacer ejercicio— ya cuesta trabajo. Tenemos que buscar la santidad, apartarnos para Dios en un mundo lleno de cosas que nos llaman — pero recordando que quien obra en nosotros es Dios.
La santidad es más que comportamiento
La santidad no funciona por temor o vigilancia externa — “Dios te está viendo” no es lo mismo que transformación real; eso genera, en el mejor de los casos, comportamiento, y en el peor, hipocresía.
»¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas que son semejantes a sepulcros blanqueados! Por fuera lucen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia.
Puedes portarte bien, orar por los alimentos, llegar temprano a la iglesia, y no ser más que un sepulcro blanqueado.
Y no se adapten a este mundo, sino transfórmense mediante la renovación de su mente, para que verifiquen cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno y aceptable y perfecto.
La santidad la produce el Espíritu al contemplar a Cristo
Pero cuando alguien se vuelve al Señor, el velo es quitado. Ahora bien, el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, hay libertad. Pero todos nosotros, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu.
Un velo es algo que impide ver, y que impide ser visto — este texto nos dice que hay un velo que le impide al no creyente ver a Cristo. “El Señor es el Espíritu” es una declaración impresionante de la deidad del Espíritu: Él y el Padre están unidos. Y la libertad de la que habla no es “libertad para danzar” —como dicen algunos cantos— sino libertad del pecado, para poder ver a Dios. En la antigüedad los espejos eran de bronce o cobre pulido — te veías, pero no con total claridad; así vemos hoy a Dios: no todavía como lo veremos cara a cara, pero sí de verdad, contemplando Su gloria.
¿Qué motiva a un hombre casado, que sirve en la iglesia, a ver pornografía a escondidas los sábados en la noche? Bíblicamente, la respuesta es: gloria — eso que le produce placer y deleito. ¿Y qué motiva a alguien a correr 42 kilómetros, a pesar del desgaste y el dolor? También gloria — mi esposa me dice que hay un punto, corriendo, en que se siente libre. Ese mismo placer que nos lleva a pecar es el que, redirigido a Cristo, nos hace crecer en santidad.
La pregunta era cómo crecer en santidad. Podría decirte “ora cuatro horas al día” o “da el 25% de tu salario” — y podrías hacer todo eso sin crecer un ápice. Lo que el texto dice es que el Espíritu nos capacita para contemplar la gloria del Señor, y al contemplarla, vamos siendo transformados “de gloria en gloria” — cada vez te enamoras más de Él, te sorprende más Su gloria. ¿Dónde contemplamos esa gloria? En las Escrituras — pero puedes leer la Biblia sin ver la gloria del Señor, si tu objetivo es solo cumplir el ritual, como llevar a tu esposa a cenar y no hablarle en toda la noche. El objetivo no es el protocolo — es que algo ocurra: pedirle al Señor “muéstranos a Cristo” cada vez que abrimos las Escrituras.
Y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para Aquel que murió y resucitó por ellos.
Cuando ves a Jesús y ves cuánto te ama, respondes queriendo vivir para Él — y sin darte cuenta, vas a ser menos enojado, menos mentiroso, menos lujurioso.
Idea clave
Crecemos en santidad al esforzarnos en contemplar la gloria de Cristo bajo la guía del Espíritu.
Conclusión
Aplicacion
- Aparta un tiempo en tu día para buscar a Cristo.
- Entiende el propósito de tus pruebas: Dios no las manda por sadismo, sino porque sabe que sin ellas no nos esforzaríamos por contemplarlo. Si estás pasando adversidad, la pregunta no es “¿hasta cuándo, Señor?”, sino “¿cómo puedo ver a Cristo en esta circunstancia?”
- Si vives con alguien que necesita cambiar, no te limites a señalarle su problema — eso casi siempre termina en pelea. Llévalo a la fuente, a la Escritura, para que pueda contemplar a Cristo ahí; eso es lo que de verdad transforma, no tus palabras ni las mías.
Vamos a crecer en santidad esforzándonos por contemplar a Cristo en Su Palabra y en cada circunstancia de nuestra vida — esta es la obra que hace el Espíritu.
Señor, gracias por amar y perdonar a gente como nosotros. Tú nos llamaste cuando estábamos lejos de ti y nos sigues buscando, y a pesar de que todos seguimos distrayéndonos, buscando otras glorias falsificadas, tú sigues obrando por tu Espíritu Santo en nosotros. Señor, ahora te rogamos lo mismo que te rogábamos hace un momento: concédenos ver a Cristo, concédenos ver Su gloria, deslúmbranos, Señor. Háblanos por medio de tu Palabra en cada culto, en cada reunión, en cada canto, pero también en nuestro hogar; danos hambre por ver la gloria de Jesús en las Escrituras cada día. Ayúdanos, Señor, a ver a Jesús en nuestras circunstancias cotidianas. Te lo ruego, Señor, ayúdanos, concédenos eso, en el nombre de Jesús.
Pónganse de pie, vamos a terminar.
Señor, yo te pido que sea precisamente tu Espíritu el que obre a pesar de mí, trayendo convicción a nuestros corazones, dándonos la necesidad de buscar a Cristo, y revélalo por la obra de tu Espíritu cada día de nuestra vida. En el nombre de Jesús.