Introducción

4 Todo el que practica el pecado, practica también la infracción de la ley, pues el pecado es infracción de la ley. 5 Ustedes saben que Cristo se manifestó a fin de quitar los pecados, y en Él no hay pecado. 6 Todo el que permanece en Él, no peca. Todo el que peca, ni lo ha visto ni lo ha conocido. 7 Hijos míos, que nadie los engañe. El que practica la justicia es justo, así como Él es justo. 8 El que practica el pecado es del diablo, porque el diablo ha pecado desde el principio. El Hijo de Dios se manifestó con este propósito: para destruir las obras del diablo. 9 Ninguno que es nacido de Dios practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él. No puede pecar, porque es nacido de Dios.

Señor, te quiero rogar otra vez que tu Espíritu, en el día de hoy, obre en medio de nosotros como Tú lo prometiste: estamos reunidos en Tu nombre. Te suplico que hoy Tu Espíritu use a este hombre débil, para que Tu palabra poderosa sea expuesta con poder por Tu Espíritu, para el bien de Tu pueblo y la gloria de Tu nombre. Te lo ruego en el nombre de Jesús. Amén.

Hermano, ya llevamos ocho semanas en Primera de Juan, y la semana pasada hicimos un resumen bastante extenso de qué trata la epístola. Déjame recordarte muy rápido que lo que hemos estado viendo son las características que tienen los hijos de Dios. Y algo que espero que haya quedado bien enfático es que, hasta este punto, Juan no está diciendo «cosas que tienes que hacer»: está describiendo una realidad. Hay un dicho por ahí: «el perico donde quiera es verde». ¿Qué significa? Que tú no le puedes ordenar a un perico que sea verde; ya lo es, y tú simplemente lo describes como es. Eso es lo que ha estado haciendo Juan: hablarnos de los hijos de Dios y de las características que tenemos, aunque ninguno de nosotros las cumpla a la perfección.

Hoy vamos a hablar de un tema que, para ser honesto, es bastante confrontativo. Y creo que el Señor lo tenía soberanamente orquestado para este momento, especialmente para mi vida. Déjame contarte por qué. De varias semanas para acá he estado bastante sensible. No suelo ser un hombre muy emocional —pregúntale a mi esposa—; si me conoces, a lo mejor es muy obvio que soy un poco seco en mi manera de ser. Pero me ha confrontado mucho recordar y pensar en amigos míos que caminaron con el Señor de la mano, a quienes el Señor usó en diversos momentos, y que ahora están lejos de Él. Y créeme que no es que lo haya venido pensando: lo he venido recordando de una manera muy evidente.

El domingo pasado, ya entrada la noche, le dije a mi esposa: «¿te puedo invitar un café americano y un pan de dulce?». Como a ella le encanta el pan de dulce, fuimos. Y mientras estábamos ahí, me llegó un mensaje en el chat que manejamos los pastores de Gracia Soberana México: un pastor confesando no un pecado grave, pero sí una situación en su vida que tenía que arreglar, y que estaba considerando renunciar al pastorado.

Y mira, hermano, sé que la introducción empieza demasiado oscura. No estoy empezando con una historia, sino con cosas que tú y yo hemos visto de manera continua. Si ya tienes algún tiempo caminando con Cristo, has visto cómo personas a quienes amamos, en quienes vimos frutos evidentes de fe, eventualmente se apartan del Señor. Y el objetivo no es que las señalemos. De hecho, el pasaje que acabamos de leer debe confrontarnos a nosotros en primer lugar, porque lo que nos está llamando a hacer el Espíritu de Dios —por medio del apóstol Juan, inspirado por Él— es que revisemos nuestra vida y busquemos las señales, las evidencias, las marcas que tiene un creyente. La semana pasada pusimos el ejemplo de una pluma falsificada; podemos usar también el de un billete falso. Si tienes un billete de mil pesos —el más grande que hay—, te conviene asegurarte de que sea auténtico, ¿cierto? Y lo que tenemos nosotros es algo mucho, mucho más valioso.

Antes de arrancar con el pasaje, sé que puede producir incertidumbre, o hasta ansiedad, cuando lo leemos tal cual. Por eso, si hay algo que queremos dejar bien claro desde el principio, es esto: la gracia del Señor siempre es más grande que el pecado.

Hoy he titulado este sermón la simiente de Dios y la victoria sobre el pecado, y estamos en 1 Juan 3:4-9. Vamos a ver tres puntos. Primero, que el pecado contradice la obra de Cristo. Segundo, que el pecado revela nuestra verdadera filiación. Y tercero, que el nuevo nacimiento transforma nuestra vida. Y siempre procuro ponerlo así: si te duermes o no te acuerdas de nada, porque me tardo demasiado, acuérdate de esta verdad:

Argumento

Los hijos de Dios no pueden vivir conformes con el pecado, porque Cristo vino a destruirlo y el Espíritu les da una nueva vida para combatirlo.

I. El pecado contradice la obra de Cristo (3:4-6)

Antes que otra cosa, déjame recordarte, si has leído Primera de Juan o has escuchado los sermones —y vuelvo a insistir—, que me gustaría pedirte que permanezcas leyéndola. Sería bien bonito que pudieras leerla cada semana. Es más, el sábado, en la tarde, en vez de ver tu maratón de series o tu película favorita, agarra Primera de Juan y léela completa, con calma. Yo pienso que en veinte minutos o menos. Sería un ejercicio muy importante. ¿Por qué? Porque Juan ya nos anticipó algo: que todos los hijos de Dios seguimos luchando con el pecado. Esa es una realidad, hermano. Vamos a luchar con el pecado hasta nuestro último aliento.

Y antes de avanzar, necesito pedirte que hagas algo. De manera sincera contigo mismo, piensa cuáles son esos pecados con los que batallas. Si tú me preguntaras los míos, te podría sacar una listota de unos veinticinco, los más evidentes con los que estoy luchando. Pero tú y yo sabemos que hay pecados persistentes en nosotros. Ayer iba hablando de este tema con mi esposa, y creo que hay algunos más frecuentes. Pienso que la mayoría de los hombres, fundamentalmente, luchamos con la ira o con cuestiones del carácter. Creo que luchamos también con el manejo del dinero o del trabajo, y con pecados relacionados con nuestra sexualidad. A lo mejor agregaría un cuarto: pecados relacionados con cómo convivimos con otras personas. Hermano, te lo pido de verdad, de manera honesta —no se lo digas a tu esposa, porque ella ya lo sabe—: ¿cuáles son los pecados con los que sabes que estás luchando? Mi objetivo es que, mientras avanzamos, tengas algo concreto, y que no pensemos en el pecado solamente como algo abstracto, sino como algo real.

Suponte una persona que lucha con la ira. Lamentablemente, la ira tiene consecuencias a muchos niveles. Una persona que acostumbra darle rienda suelta, como caballo desbocado, tarde o temprano va a terminar con problemas físicos; pero no solo eso: su matrimonio se va a deteriorar, sus hijos se van a resentir, y van a empezar los problemas en diferentes áreas de su vida. Por eso, así de sencillo: no podemos ser tolerantes con esos pecados. Y nuestro problema, hermano, es que muchas veces hemos abusado de la gracia. Como sabemos que nuestro Dios es generoso en perdonar, muchas veces hemos pensado —yo lo he pensado—: «el Señor me perdona; al ratito le pido perdón y se acabó». Este pasaje, espero que le hayas puesto atención, nos confronta demasiado con esa forma de pensar.

Ilustración: Tres grados de desvío

No sé si has navegado alguna vez; yo nunca lo he hecho, aunque me he subido a algún barco turístico de los que hay en los lugares turísticos. Pero imagínate un barco que tiene que cruzar el océano y se desvía, digamos, tres grados. ¿Qué va a ocurrir? Tú puedes pensar que tres grados no es nada, pero el barco va a terminar en un lugar absolutamente distinto al que pensaba.

Así ocurre también en nuestra vida. No podemos ser tolerantes con el pecado, porque ese pecado en el que te pedí que pensaras tiene efectos terribles en nuestra vida y en la de quienes nos rodean, de tal manera que puede desviarnos por completo.

Y siguiendo con la misma ilustración: cuando tú eres el capitán y estás frente al timón, las olas y los vientos van a hacer que el timón no permanezca siempre derechito; se puede desviar. ¿Qué hace una persona sabia? Vuelve a tomar el rumbo.

Así que lo primero que nos dice Juan es esa verdad: todos los creyentes luchamos con el pecado. Mientras sigamos vivos vamos a luchar con la realidad del pecado; no te debería sorprender ver pecado en tu vida, ni verlo en la vida de tu hermano. Pero Juan nos está hablando de otra cosa. Dice el texto: «todo el que practica el pecado». Y hay una gran diferencia entre luchar con el pecado y practicar el pecado.

A. La naturaleza del pecado (v. 4)

Esa es justo la diferencia: en los hijos de Dios existe una oposición al pecado. Aunque caemos en él, no estamos conformes con permanecer ahí; nos oponemos a él y, debido a la presencia del Espíritu de Dios —como lo vamos a ver—, empezamos a experimentar victoria sobre el pecado. Es más, cuando caemos en pecado, ¿sabes qué? Hay un lamento en nosotros. ¿Recuerdas el Salmo 51, que David escribe justo después de pecar con Betsabé?

1 Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a Tu misericordia; Conforme a lo inmenso de Tu compasión, borra mis transgresiones. 2 Lávame por completo de mi maldad, Y límpiame de mi pecado.

Es decir, hermano: sí, por supuesto que los cristianos también fallamos, pero cuando fallamos, el Espíritu de Dios que vive en nosotros nos redarguye y nos impulsa a lamentarnos. Practicar el pecado, en cambio, significa que el pecado se ha vuelto parte habitual y cotidiana de mi vida. No lo cometo, o cuando lo cometo ni siquiera pienso en qué tan grave es, y no hay una oposición activa en contra de él. Practicar el pecado significa que pecas y no hay dolor; de vez en cuando hay un remordimiento, pero nada más.

Mira lo que dice Pablo en 2 Corintios 7. En este pasaje nos explica que hay dos tipos de tristeza por el pecado:

10 Porque la tristeza que es conforme a la voluntad de Dios produce un arrepentimiento que conduce a la salvación, sin dejar pesar; pero la tristeza del mundo produce muerte.

Por supuesto que los cristianos fallamos. Hay cristianos que batallan con la ira, con la mentira, con el orgullo; pero el Espíritu de Dios que vive en ellos genera una tristeza en su corazón. Lo has experimentado: cuando sabes que le fallaste a Dios, hay una tristeza. Y observa el final del texto: la tristeza del mundo produce muerte. ¿A qué se refiere?

Te pongo un ejemplo, siguiendo con la ira. Me enojo, grito, pierdo los cabales, golpeo a mi esposa o a mis hijos; y de pronto, cuando veo que mi hogar se está desbaratando, cuando veo a mis hijos resentirse en contra mía, digo: «híjoles, la regué». Ese es un tipo de tristeza que se queda ahí y no produce nada. Muchas veces lo que ocurre es que las consecuencias del pecado te alcanzan. Ese tipo de tristeza superficial, si se queda ahí, produce muerte; pero la tristeza que viene de parte de Dios produce arrepentimiento para vida.

Ilustración: El arrepentimiento superficial

Si una persona que lucha con la ira se enoja de manera habitual y no tiene conciencia de que ese desbordamiento está ofendiendo a Dios; si se justifica a sí misma en vez de reconocer que es una homicida delante de Dios; o si le pide perdón a Dios de manera superficial… ¿a qué me refiero? Imagínate que batallas con ese pecado clasiquísimo. Y el domingo siguiente —por cierto, nos toca Cena del Señor—, dices: «híjoles, Señor, le grité a mi esposa y le di sus tres cachetadas… perdóname, porque le pegué. Tú me entiendes, tú sabes que ella se las merecía».

¿Crees que eso es arrepentimiento? Ese es un arrepentimiento superficial. El arrepentimiento verdadero es un dolor en nuestro corazón por haberle fallado a Dios.

Pero quiero que sigas observando, y volvemos a 1 Juan 3:4: «todo el que practica el pecado, practica también la infracción de la ley». Esa «infracción de la ley» se oye muy teórica, ¿no? ¿Sabes a qué me parece a mí? Que es como pasarse el alto.

Ilustración: Pasarse el alto

De los que manejan —pregunta, no levanten la mano, solo piensen—: ¿cuántos nunca se han pasado un alto? Una persona levantó la mano, súper admirable; pero yo creo que, a veces por imprudentes y otras por descuido, la mayoría alguna vez nos hemos pasado un alto. Y casi siempre piensas: «es que llevaba prisa». No lo vemos tan grave.

Escuchaba un podcast de un exagente del FBI que contaba cómo son los exámenes para ingresar: son exámenes de 600 preguntas. Una pregunta es «¿qué tan frecuentemente supera usted el límite de velocidad?», y las opciones son «nunca», «poco», «muy poco», «mucho». La mayoría pone «nunca». Doscientas preguntas después viene otra: «¿alguna vez ha violado la ley?». ¿Qué crees que ponen la mayoría de los que quieren entrar al FBI? «No». Pero si ya pusiste que superas el límite de velocidad, ¿qué crees? Que violaste la ley.

Así, cuando leemos «infracción de la ley» puede sonar muy superficial. Pero mira cómo lo traduce la NTV:

1 Juan 3:4 (NTV)

4 Todo el que peca viola la ley de Dios, porque todo pecado va en contra de la ley de Dios;

Te pedí hace un momento que pensaras en el pecado con el que luchas, uno o dos con los que más batallas. ¿Sabes qué es lo tremendo del pecado? Que, según dice la Escritura, es una disposición del corazón para ir en contra de la voluntad de Dios. Es muy sencillo.

Ilustración: «Recoge tu cuarto»

Si tienes hijos y les dices: «por favor, recoge tu cuarto». No sé si alguien aquí tenga un hijo al que le encante arreglar su cuarto; si es así, pásanos tus tips, por favor. Puede ser que te obedezca inmediatamente, puede ser que se tarde y lo haga medio mal, pero bueno, siquiera lo hizo. Pero ¿qué pensarías de un hijo que te dice: «¿y por qué lo voy a ordenar? Ordénalo tú si quieres»?

Hermano, eso es el pecado. Es Dios diciéndonos: «es por acá», y el ser humano respondiéndole: «¿y yo por qué te tengo que obedecer a ti? Voy a hacer lo que se me pegue la regalada gana». Es una actitud de rebeldía profunda en contra de Dios.

El fundamento de una relación correcta con Dios está en entender una cosa: que Él es Dios y yo no; que Él es el Señor y yo no lo soy; y que, si Él es el Señor, debo someterme voluntariamente a su autoridad. Y cuando Juan habla de que el pecado es «infracción de la ley», ojo: es la misma palabra que en otros pasajes se traduce como iniquidad. Si somos muy estrictos, la iniquidad es justamente eso: el deseo o la actitud del corazón de rebelarse contra la autoridad de Dios. Lo vimos el año pasado en Levítico 26:43:

… ellos pagarán su iniquidad, porque despreciaron Mis ordenanzas y su alma aborreció Mis estatutos.

Observa lo que está diciendo Juan: una persona que vive de manera habitual en el pecado demuestra que está en oposición directa a la autoridad de Dios. Y acabamos de ver en los versículos anteriores que todo aquel que tiene la esperanza de ver algún día a Cristo y ser como Él… no puedes querer estar con Cristo si te opones a su autoridad. Mira lo que dice Mateo 7:23, donde aparece la misma palabra:

23 Entonces les declararé: “Jamás los conocí; apártense de Mí, los que practican la iniquidad”.

Resumen I.A

Practicar el pecado es la prueba irrefutable de un corazón en rebelión contra Dios.

B. El pecado es contrario a Cristo y a su obra (v. 5)

Ahora vamos al versículo 5, porque nos da otro argumento por el cual los hijos de Dios no pueden practicar el pecado: «Ustedes saben que Cristo se manifestó a fin de quitar los pecados, y en Él no hay pecado». Ya nos dijo Juan, al principio del capítulo, que Dios nos demostró su amor de una manera gloriosa al darnos a su Hijo para hacernos sus hijos. Y mira lo que dice 2 Corintios 5:21:

21 Al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él.

Piensa en el Éxodo; a mí me encantan las historias del Éxodo. ¿Viste alguna vez El príncipe de Egipto? Me encanta. ¿Qué hizo Dios para salvar a Israel? ¿Te acuerdas? Convirtió el Nilo en sangre, mandó moscas, ranas, granizos pesadísimos, aniquiló a todos los primogénitos de los rebeldes, abrió el mar para que el pueblo caminara en tierra seca. ¿Qué te parece eso? ¡Glorioso! Pero ¿qué es para Dios abrir el mar? Nada: Dios creó la inmensidad del universo con una palabra. Para Él no representa nada abrir el mar para salvar a Israel. Manifestó su poder. Pero ¿qué hizo para salvarnos a nosotros? Se hizo hombre en la persona de Jesús, vivió en este mundo caído, enfrentó a la muerte y la venció; Él mismo llevó sobre su cuerpo nuestra maldición. Hermano, ¡qué salvación tan grande tenemos!

Entonces, si Cristo se manifestó para quitar los pecados, es decir, si la muerte de Cristo fue el precio tan alto para limpiarnos de nuestros pecados, mira lo que dice 1 Pedro 2:24:

24 Él mismo llevó nuestros pecados en Su cuerpo sobre la cruz, a fin de que muramos al pecado y vivamos a la justicia, porque por Sus heridas fueron ustedes sanados.

Por medio de su muerte, Cristo consiguió nuestro perdón; pero mira lo que sigue: «a fin de que muramos al pecado y vivamos a la justicia». El plan de Dios no es solo perdonarte del pecado, sino darte el poder para vencerlo: la ira, la mentira, la envidia, la lujuria, el rencor, cualquier pecado con el que estés batallando. El objetivo de Dios al enviar a Cristo a una muerte tan terrible fue perdonarte y ayudarte… no, «ayudarte» es muy limitado: darte el poder que necesitamos para vencerlo.

Ahora, si Él pagó un precio tan alto para librarnos del pecado, ¿no crees que sería totalmente ilógico que alguien que dice amarlo se empeñe en permanecer en el pecado?

Ilustración: El piso trapeado

He puesto este ejemplo en ocasiones anteriores. Los lunes son el único día de la semana en que descanso, y no es tan descanso, porque ayudo a mi esposa en los quehaceres de la casa; ese día trapeo. Y en esta época de lluvias, llegan las chicas de la escuela a las tres de la tarde con los zapatos llenos de lodo, y antes de que entren les digo: «¿se limpian los zapatos, o se los quitan, por favor?». Porque yo limpié el piso.

Hermano, ¿qué se siente cuando te esforzaste por hacer algo, subiste toda la mañana limpiando tu casa, y tu familia entra con los zapatos como si hubieran ido al cerro del Borrego, y les dices «oye, espérate», y te responden: «ay, ya, ni que fuera para tanto trapear»? ¿Cómo te sentirías? ¿Feliz? ¿Amado?

Eso es lo que está diciendo Juan: es ilógico que alguien que dice amar a Cristo quiera permanecer en el pecado cuando Él murió para destruirlo.

Y si eres un hijo de Dios, esto debería cambiar la manera en que ves el pecado. Sí, luchamos con él, y por supuesto que vamos a caer en él; pero lo debemos ver de una manera diferente: ya no como aquel chavo que me preguntaba, hace unas semanas, cuántas cervezas puede tomar sin que sea pecado. No, hermano; esa no debe ser la actitud. La actitud debe ser: yo quiero honrar a mi Padre.

Y observa la segunda parte del versículo 5: «en Él no hay pecado». Significa, por supuesto, que Cristo nunca pecó. Pero ojo: no dice «en Él no hubo pecado», sino «en Él no hay pecado». ¿Eso qué significa? Que hasta el día de hoy, ahora que Cristo venció el pecado y estableció el camino para que los pecadores sean perdonados, adentro de Cristo —porque eso significa estar «en Cristo»—, no hay pecado. Recuerda la ilustración del bautismo: el bautismo es una imagen de nuestra unión con Cristo. Yo suelo decirle a la gente que se bautiza: imagínate esos tres microsegundos que permaneces debajo del agua; piensa que, así como el agua te cubre por completo, ahora estás en Cristo, Cristo te rodea. Y en Cristo no hay pecado. Por eso es una profunda contradicción esperar ser como Cristo mientras se coquetea con el pecado: es negar el evangelio, es pretender convivir con aquello que le costó la sangre al Hijo de Dios.

Resumen I.B

Es una profunda contradicción esperar ser como Cristo mientras se acaricia el pecado; es negar la cruz, pretendiendo convivir con aquello que costó la sangre del Hijo de Dios.

C. Permanecer en Cristo y el pecado (v. 6)

Acompáñame al versículo 6:

6 Todo el que permanece en Él, no peca. Todo el que peca, ni lo ha visto ni lo ha conocido.

Esa lectura puede ser complicada. No quiero meterme en detalles técnicos sobre el verbo; lo más sencillo es leer otra traducción. Mira cómo dice la Reina Valera Actualizada:

1 Juan 3:6 (RVA)

Todo aquel que permanece en él no continúa pecando. Todo aquel que sigue pecando no le ha visto ni le ha conocido.

El texto no nos está hablando de una perfección absoluta ni de impecabilidad, porque Juan ya nos dijo que nadie puede decir que no peca. Nos está hablando, otra vez, de la misma idea: de una persona para quien el pecado es algo de todos los días, que no lucha con él y a quien no le importa seguir pecando. Y eso nos debería meter una duda, hermano. Debería hacernos sentir incómodos.

Porque acuérdate de que Romanos 6 nos explica que quienes estamos en Cristo ya hemos sido libertados del pecado, y que el pecado ya no tiene dominio sobre los hijos de Dios. Hemos sido libertados del pecado. ¿Tú lo crees, hermano? La Biblia dice que tú y yo, los que estamos en Cristo, hemos sido libertados. Entonces, ¿por qué seguimos pecando? ¿Porque te enojaste esta semana… injustamente, ¿o no? Y siempre decimos: «es que dice “enójense, pero no pequen”». Déjame decirte: yo hasta la fecha no he conseguido enojarme sin pecar, porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios. Mi ira puede surgir por motivos justos, pero rápidamente se vuelve una ira injusta.

Entonces, si ya hemos sido libertados, ¿por qué pecamos? Y la respuesta, por incómoda que parezca, ¿sabes cuál es? Porque queremos pecar. ¿Qué es lo que hace que un hombre de Dios, un hombre que conoce la Escritura, caiga en infidelidad, destruyendo a su familia y a una iglesia? ¿Qué es lo que hace que la misma mujer que oraba en la mañana «Señor, ayúdame a vivir para tu gloria», minutos después haya perdido totalmente los estribos y esté gritando y maldiciendo a su familia? Santiago nos tiene la respuesta:

14 Sino que cada uno es tentado cuando es llevado y seducido por su propia pasión. 15 Después, cuando la pasión ha concebido, da a luz el pecado; y cuando el pecado es consumado, engendra la muerte.

El pecado nos seduce. Y tú me podrías decir: «hermano, pero a mí el enojo no me seduce; me brota inmediatamente». ¿Sabes cuál es el problema? Es como el hombre que voltea a ver, automáticamente, una falda corta. Lo que ocurre ahí es que le hemos dado tanta rienda suelta a ese pecado que ya lo haces de forma automática. Ya ni siquiera tienes que pensar, porque llevas años, quizá décadas, acostumbrado a responder así.

Ilustración: El pie en el freno

¿Te ha pasado alguna vez que estás en el asiento del copiloto y de pronto ves que el conductor se va a impactar contra algo, y te sorprendes a ti mismo metiendo el pie como para frenar? ¿Por qué, si no estás manejando tú? Es la inercia, ¿cierto? Estás acostumbrado: cuando quieres detener el auto, tu primer instinto ante el peligro es pisar el freno.

Muchas veces respondemos a la vida con ira, con mentira, con envidia, con enojo, con lujuria, porque llevamos décadas rindiéndonos a eso.

Pero cada vez que un cristiano cae en pecado, cae por una de dos razones: o porque quiere caer, o porque no es cristiano. Y aquí es donde Juan nos confronta, porque tenemos que entender que todo pecado es un acto de rebelión contra Dios y es algo incompatible con Cristo; es mucho más que decir «¿qué tanto es tantito?». El argumento conciso de Juan es este:

Resumen I.C

Permanecer pecando es una muestra clara de que no conocemos a Dios.


Idea clave punto I

Persistir en el pecado contradice la obra de Cristo y evidencia que no lo conocemos verdaderamente.

II. El pecado revela nuestra verdadera filiación (3:7-8)

A. Cuidado con los engaños (v. 7)

Vamos al versículo 7:

7 Hijos míos, que nadie los engañe. El que practica la justicia es justo, así como Él es justo.

Lo que estaba ocurriendo en la iglesia era que llegaban personas y decían: «¿ustedes le van a hacer caso a ese legalista de Juan? No, no, no. Miren: total, Jesús ya murió por ustedes; si pecas, no pasa nada: le pides perdón a Dios y se acabó». Y de ninguna manera podemos menospreciar la gracia de Dios; por supuesto que su gracia siempre es suficiente para perdonar nuestros pecados. El problema es que muchas veces utilizamos la gracia como excusa para seguir pecando. Y lo que nos está diciendo Juan es: «que nadie los engañe: eso es una mentira». Observa lo que dice: el que practica la justicia es justo, así como Él es justo. Es muy sencillo: todo el que conoce a Cristo se parece a Cristo de alguna manera, o se va pareciendo cada día más a Él.

Resumen II.A

Todo el que conoce a Cristo produce un fruto evidente de justicia.

B. Una filiación peligrosa (v. 8)

Pero mira lo que dice el versículo 8, y este está tremendo:

8 El que practica el pecado es del diablo, porque el diablo ha pecado desde el principio. El Hijo de Dios se manifestó con este propósito: para destruir las obras del diablo.

Lo que Juan nos está diciendo es horroroso. Hay personas —y ojalá que no seamos uno de ellos— que pueden reunirse por años, que pueden hacer cosas de cristianos: orar por los alimentos, ir a todas las reuniones, participar en un ministerio, a lo mejor hasta leer su Biblia todos los días. Pero en aquellos que realmente conocen a Dios se empieza a ver un fruto en su vida: la capacidad de ir dejando el pecado. Y ojo, no es perfección; nunca quieras buscar perfección. ¿Sabes qué es? Avance.

Yo lo puedo ver, con toda honestidad, en la vida de mi esposa: los pecados con los que luchaba antes siguen ahí, pero se nota una mejora evidente, se nota que ha crecido en áreas clave. Ese avance es visible: dejan vicios, cambian la manera en que hablan, la manera en que tratan a sus esposas y a sus hijos. Pero también es invisible, ¿sabes? Porque podemos dejar de decir malas palabras y, en nuestra mente, seguir saturándonos de ofensas. Alguien puede dejar de expresar envidia y por dentro estar reventando de amargura. Alguien puede dejar de voltear a ver a una mujer y seguir con pensamientos lujuriosos en el corazón.

Los hijos de Dios experimentamos victoria sobre el pecado. Nunca va a ser absoluta, pero cada día hay un avance, aunque sea con pasos de gallina; vamos avanzando en nuestra lucha. Los hijos del diablo, no: en ellos el pecado persiste, no hay arrepentimiento, solo un remordimiento ocasional; no hay lucha, solo comodidad. Y Cristo vino a destruir las obras del diablo. Como la vida de estas personas permanece en aquello que Cristo vino a destruir, hay una oposición a Cristo.

Resumen II.B

Persistir en el pecado demuestra que alguien no pertenece a Cristo, sino al diablo.

Hermano, ¿qué quiero decir con este punto? ¿Qué nos quiere decir Juan?


Idea clave punto II

La práctica habitual de la justicia o del pecado revela de quién eres hijo.

III. El nuevo nacimiento transforma nuestra vida (3:9)

Sé que aquí me dicen: «Juan es el apóstol del amor». Y yo creo que sí es el apóstol del amor, pero no es necesariamente un amor que siempre te papachea. Porque el amor verdadero tiene que decir las cosas como son. Mira lo que dice el versículo 9:

9 Ninguno que es nacido de Dios practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él. No puede pecar, porque es nacido de Dios.

Y otra vez me voy a la Reina Valera Actualizada:

1 Juan 3:9 (RVA)

Todo aquel que ha nacido de Dios no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él, y no puede seguir pecando, porque ha nacido de Dios.

Nota: no estamos hablando de perfección; estamos hablando de persistencia; estamos hablando de avance.

A. Nacer de Dios capacita para vencer el pecado (v. 9a)

La pregunta importante aquí es: dice que «ninguno que es nacido de Dios». ¿Qué significa nacer de Dios? ¿Cómo se nace de Dios? ¿Es suficiente venir a la iglesia desde que eras joven? ¿Es suficiente repetir una oración con palabras, sin fe? ¿Es suficiente tener padres cristianos? Mira lo que dice Juan 1:12, un versículo clásico:

12 Pero a todos los que lo recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, a los que creen en Su nombre,

Si observas el texto, hay dos requisitos para nacer de Dios, que en realidad son el mismo: recibir a Cristo y creer en su nombre. Y para mí el problema, hermano, es que en la iglesia contemporánea hemos rebajado el significado de «recibir a Cristo». A veces pensamos que recibir a Cristo es repetir unas palabras como si fueran palabras mágicas, y no es así. Recibir a Cristo —por eso nosotros usamos la palabra «abrazar»— tiene que ver con que alguien agarra a Cristo y dice: «este es mío y no lo voy a soltar jamás». Es aferrarte a Él, entendiendo que es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, que es la luz del mundo, que es el Señor.

Aquellos que han puesto toda su fe en Cristo, creyendo que Él es el sacrificio suficiente y el Señor de todo y de sus vidas, reciben el derecho de ser hijos de Dios. Y esas personas, que nacen de nuevo, que nacen de Dios, ven el pecado como Dios lo ve. Lo que estamos leyendo aquí es que el Espíritu de Dios produce una disposición en nuestro corazón. Este nuevo nacimiento nos hace aferrarnos a Cristo, incluso mientras luchamos con el pecado.

Observa lo que sigue diciendo el texto, en el versículo 9: «porque la simiente de Dios permanece en él». Cuando alguien cree en Cristo de esta manera, ocurre algo que nosotros hoy llamamos conversión. Hoy en día hasta la gente no creyente se burla: «ya está convertido». Pero yo creo que la palabra ha perdido su significado.

Ilustración: Conversión a la derecha

El mejor ejemplo que he puesto alguna vez son las escoltas. ¿Tú participaste en una escolta de niño? Ya confiesa; a lo mejor no te iba tan bien en la escuela. Pero ¿sabes lo que grita el comandante, verdad? «¡Conversión a la derecha!». ¿Y qué significa? Que todos giran a la derecha.

Esa es la conversión. Tú y yo íbamos rumbo a otro lugar, siguiendo nuestros propios deseos, esclavos de Satanás y rumbo al infierno; y entonces Dios nos llamó, ¿y qué crees? Giramos para empezar a caminar hacia Él. Claro: en ese camino, como ya nos anticipó Juan, nos tropezamos y caemos, y puede ser que nos desviemos un poco; pero te levantas y sigues caminando hacia allá. Eso es lo que produce el Espíritu de Dios.

Mira cómo lo ejemplifica Pablo:

… y de cómo se convirtieron de los ídolos a Dios para servir al Dios vivo y verdadero,

Es una reorientación del corazón.

Ilustración: La brújula

Déjame ponerte un ejemplo de una película no cristiana —perdóname—: Piratas del Caribe, donde el protagonista tiene una brújula. ¿Sabes a dónde lo lleva esa brújula? A donde él quiere. El problema del protagonista es que llega un momento en que no tiene idea de a dónde quiere ir.

Es como si todos nosotros tuviéramos una brújula así, dentro, que nos lleva a donde queremos, y el problema es que no tenemos ni idea de a dónde queremos ir. Pero cuando alguien cree en Cristo, el Señor toma esa brújula rota —perdóname por lo que voy a decir—, esa brújula maldita que siempre te lleva a lo que tú quieres, y la reorienta para que busquemos lo que Dios anhela. Esa es la conversión.

Este nuevo nacimiento reorienta nuestro corazón para que ahora queramos ir hacia donde Dios nos indica. Pero qué terrible sería que el Señor reorientara tu corazón y nada más: imagínate que tienes una brújula correcta, estás en el mar, te señala el norte… pero tu barco no tiene velas ni remos. Sería espantoso. Dios hace algo más.

Esa reorientación nos impulsa a dejar de practicar el pecado: lo que el creyente anhela es obedecer a Dios, porque su corazón ha sido renovado.

Resumen III.A

El nuevo nacimiento produce una «reorientación» de nuestro corazón.

B. La fuente: la simiente de Dios que permanece (v. 9b)

Mira otra vez lo que dice: «ninguno que es nacido de Dios practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él, y no puede seguir pecando, porque es nacido de Dios». Observa nuevamente: la simiente de Dios permanece en él. El significado es muy simple: cuando alguien es hijo de Dios, no puede dejar de ser hijo de Dios; ya tiene el código genético de Dios. Pero eso que se produjo en él, ¿sabes qué es? Es el Espíritu de Dios. El clasiquísimo pasaje: mira lo que dice Jesús a Nicodemo en Juan 3:5-6:

5 Jesús respondió: «En verdad te digo que el que no nace de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. 6 Lo que es nacido de la carne, carne es, y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.

Quien produjo en nosotros ese nuevo nacimiento es la persona del Espíritu de Dios. Él nos dio una nueva naturaleza, pero no solamente eso: nos da el deseo de vivir en justicia y el poder para vivir en justicia; nos da el deseo de luchar contra el pecado y el poder para vencerlo. Hay un pasaje precioso en Romanos 8. Pero antes de avanzar, necesito pedirte nuevamente que pienses en ese pecado con el que estás luchando, el que sea; tú sabes cuál es. Hay pecados muy evidentes que tu familia conoce; hay pecados que mantienes en secreto; pero, el que sea, el Señor lo conoce. Si tú has nacido de Dios, el Señor ya ha puesto en ti el deseo de dejarlo y el poder para vencerlo. Mira lo que dice Romanos 8:

3 Pues lo que la ley no pudo hacer, ya que era débil por causa de la carne, Dios lo hizo: enviando a Su propio Hijo en semejanza de carne de pecado y como ofrenda por el pecado, condenó al pecado en la carne, 4 para que el requisito de la ley se cumpliera en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.

Déjame explicarte lo que esto significa. La ley nos dio mandamientos, pero no pudo hacer que obedeciéramos. El ejemplo más sencillo: «no darás falso testimonio», que en español mexicano es «no digas mentiras» —aunque tiene muchas más implicaciones—. La ley lo único que hizo fue mostrarte qué es lo que no agrada a Dios; pero yo, solo con la ley, no la puedo obedecer. ¿Qué necesito? La ley no pudo producir obediencia; Dios lo hizo, enviando a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado y como ofrenda por el pecado. Es decir: lo que la ley no pudo hacer, el Señor lo hizo al enviar a Jesús en un cuerpo humano. Por medio de la muerte de Jesús, Dios destruyó el pecado. Pero observa lo que dice el versículo 4: «para que el requisito de la ley se cumpliera en nosotros», es decir, la capacidad de obedecer la ley, «que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu».

¿Entiendes eso, hermano? Podemos obedecer los mandamientos. ¿Por qué? Porque Cristo ya ganó eso por nosotros. Y no solo porque no andemos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. El Espíritu de Dios es Dios mismo viviendo en nosotros, llenándonos del poder de Dios para vencer el pecado. Entiende esto: el poder con el que Dios creó el universo, el Espíritu de Dios, dador de vida, vive en los hijos de Dios. ¿Y para qué vive en nosotros? No para hacer las locuras que ves en internet, de esos falsos maestros. El Espíritu de Dios te da poder para que venzas tu ira; para que venzamos la mentira, el orgullo, la envidia, la amargura, ese pecado con el que estás luchando. Si tú eres un hijo de Dios, Cristo ya te dio el deseo de vencerlo y el poder para vencerlo.

Resumen III.B

El Espíritu Santo no solo nos hizo nacer de nuevo, sino que nos capacita para vencer el pecado.


Idea clave punto III

Dios nos hace nacer de nuevo y, por su Espíritu, nos capacita para luchar contra el pecado y vencerlo.

Conclusión

Resumen

Vimos tres cosas:

  1. El pecado contradice la obra de Cristo (3:4-6). Persistir en el pecado contradice la obra de Cristo y evidencia que no lo conocemos verdaderamente.
  2. El pecado revela nuestra verdadera filiación (3:7-8). La práctica habitual de la justicia o del pecado revela de quién somos hijos.
  3. El nuevo nacimiento transforma nuestra vida (3:9). Dios nos hace nacer de nuevo y, por su Espíritu, nos capacita para luchar contra el pecado y vencerlo.

Argumento

Los hijos de Dios no pueden vivir conformes con el pecado, porque Cristo vino a destruirlo y el Espíritu les da una nueva vida para combatirlo.

Así que, si tú eres como yo y estás luchando con el pecado, no podemos conformarnos. No podemos jamás satisfacernos diciendo «así soy», y jamás podemos decir «no puedo vencerlo». ¿Sabes por qué? Porque tu Cristo ya vino a destruir el pecado, y el Espíritu que vive en ti te da la capacidad para vencerlo.

Conexión con el evangelio

Quisiera cerrar con este pasaje precioso:

13 Cristo nos redimió de la maldición de la ley, habiéndose hecho maldición por nosotros, porque escrito está: «Maldito todo el que cuelga de un madero», 14 a fin de que en Cristo Jesús la bendición de Abraham viniera a los gentiles, para que recibiéramos la promesa del Espíritu mediante la fe.

Hermano, que nosotros seamos libres del pecado tuvo un costo altísimo. Pero escucha esto: «para que recibiéramos la promesa del Espíritu mediante la fe». No merecíamos recibir al Espíritu de Dios; Cristo ganó ese derecho al hacerse maldición por nosotros. Así que tenemos el perdón de nuestros pecados en la sangre de Cristo y, nuevamente, el poder para vencerlos en su Espíritu.

Conexión con el evangelio

En Cristo, los hijos de Dios tenemos todo lo necesario para vencer el pecado.

Y si tú has fallado —porque no dudo que hay gente que ha estado luchando con el pecado y sabe perfectamente que el pecado le ha vencido—, si ese es tu caso, recuerda lo que dice Juan en 1 Juan 2:1-2:

1 Hijitos míos, les escribo estas cosas para que no pequen. Y si alguien peca, tenemos Abogado para con el Padre, a Jesucristo el Justo. 2 Él mismo es la propiciación por nuestros pecados, y no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.

Aplicaciones

1. Examina honestamente tu relación con el pecado

¿Hay algún pecado que estés tolerando, justificando delante de ti y delante de otros, o practicando repetidamente? ¿Lo ves como lo que es: una ofensa a la santidad de Dios, una rebeldía? ¿Realmente hay arrepentimiento, hay lucha, estás buscando ayuda, o solamente hay un remordimiento falso y pasajero cuando te enfrentas a las consecuencias?

2. Si no has venido a Cristo, ven a Él con fe y arrepentimiento

Si no estás en Cristo, si no eres hijo de Dios, nunca vas a vencer el pecado. Para vencer el pecado necesitas ser hijo de Dios. Así que cree en Cristo como el Salvador que quita el pecado y como el Señor a quien le rindes tu vida.

3. Haz morir el pecado dependiendo del Espíritu Santo

Hermano, tenemos que luchar. Te pongo la misma ilustración que he estado usando: si un diabético no sabe que es diabético, nunca va a poder curarse. Necesitamos saber cuál es el pecado con el que luchas, para mortificarlo, es decir, para asesinarlo.

4. Cuando caigas, corre a Cristo y vuelve a la lucha

No uses la gracia como excusa para permanecer en el pecado, pero tampoco permitas que una caída te haga huir de tu Abogado. Confiesa tu pecado, busca restauración y continúa luchando contra el pecado, confiando en la obra de Cristo.

Llamado final

Mi querido hermano, esa lucha con el pecado no va a terminar. Pero Cristo ya cambió nuestro corazón, ya perdonó nuestros pecados y ya nos dio el poder, por su Espíritu, para vencerlos. Salgamos de aquí como hijos.

No estamos llamados a hacer las paces con el pecado, sino a combatirlo confiando en Cristo: porque tenemos un Abogado cuando caemos y el Espíritu que nos da el poder para vencer.

Oración final

Cierra tus ojos y oremos. Señor, queremos rogarte que nos concedas victoria sobre el pecado. Señor, hoy te quisiera rogar que Tú, que conoces cada corazón y cada lucha, obres en nuestro corazón y produzcas arrepentimiento genuino. Sé que mi mensaje fue insuficiente; yo no tengo ninguna capacidad, pero Tu palabra es poderosa y Tu Espíritu obra en nosotros. Te ruego a Ti, precioso Espíritu de Dios, que conoces cada corazón: provoca arrepentimiento genuino, genera confesión y arrepentimiento, no del pasajero, sino ese dolor, esa tristeza que viene de parte Tuya. Genera en nuestros corazones, Señor, una actitud firme de oponernos al pecado, y la fe para creer que no solo fuimos perdonados, sino que ya podemos vencerlo; que podemos experimentar victorias, incluso con esos pecados que nos han derrotado por años. Ayúdanos a creer que por Tu Espíritu podemos experimentar victorias, y muéstralo entre nosotros, para que cuando vuelvas por Tu iglesia encuentres una iglesia que está experimentando la victoria que Cristo compró. Te lo ruego en el nombre de Jesús. Amén.