Introducción

Esta es ya la cuarta semana en Primera de Juan. Leímos juntos, de pie, 1 Juan 2:3-11.

3 Y en esto sabemos que lo hemos llegado a conocer: si guardamos Sus mandamientos. 4 Él que dice: «Yo lo he llegado a conocer», y no guarda Sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él. 5 Pero el que guarda Su palabra, en él verdaderamente se ha perfeccionado el amor de Dios. En esto sabemos que estamos en Él. 6 El que dice que permanece en Él, debe andar como Él anduvo. 7 Amados, no les escribo un mandamiento nuevo, sino un mandamiento antiguo, que han tenido desde el principio. El mandamiento antiguo es la palabra que han oído. 8 Por otra parte, les escribo un mandamiento nuevo, el cual es verdadero en Él y en ustedes, porque las tinieblas van pasando, y la Luz verdadera ya está alumbrando. 9 El que dice que está en la Luz y aborrece a su hermano, está aún en tinieblas. 10 El que ama a su hermano, permanece en la Luz y no hay causa de tropiezo en él. 11 Pero el que aborrece a su hermano, está en tinieblas y anda en tinieblas, y no sabe adónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos.

Señor, quiero rogarte que en mi debilidad, en mi incapacidad e incompetencia, me uses para que tu Palabra sea expuesta. Yo no tengo nada que ofrecer, ni siquiera mis propias palabras, pero tu Palabra es viva, es eficaz, es más cortante que toda espada de dos filos. Así que, si tú le concedes a tu iglesia usar mi vida para que tu Palabra sea explicada con claridad, y si nos concedes que esa Palabra sea implantada por el Espíritu de Dios para producir arrepentimiento y transformarnos a la imagen de Jesús, entonces podremos traer más gloria a tu nombre — y es lo que anhelamos, Señor. Concédenos eso en el nombre de Jesús. Amén.

¿Cuántos conocen a Salvador Dalí? Hay una leyenda urbana que circula en redes sobre él. Se dice que Dalí invitaba a grupos grandes de amigos a los restaurantes más exclusivos de Nueva York y París, y que cuando la cuenta subía a cifras enormes, él sacaba su chequera, anotaba el importe exacto, pero volteaba el cheque y hacía un boceto sencillo en la parte de atrás, lo firmaba, y se lo daba al restaurante. Y los dueños del restaurante preferían no cobrar ese cheque. ¿Por qué? Porque conocían a Salvador Dalí, sabían cuánto valía su trabajo. Uno de esos cheques fue subastado hace unos diez años por 25 millones de dólares. Quien no lo conocía habría tomado ese pedazo de papel como una baratija; quien lo conocía entendía su valor real. Para valorar a alguien, necesitas conocerlo.

Nosotros decimos tener una relación con el más grande artista del universo, el creador de los cielos y la tierra. Pero lo que el apóstol Juan nos plantea en estos versículos es: ¿realmente lo conoces? ¿Realmente conoces su inmenso valor y majestad? Porque el argumento que Juan va a manejar en toda la carta es que si realmente conocemos a Dios —sobre todo como Juan lo presenta, un Dios de luz que enfatiza su santidad y un Dios de amor— vamos a valorarlo inmensamente a Él y a su palabra y sus mandamientos. Si unos garabatos que hacía un hombre para evitar pagar su cuenta tenían un valor inmenso, ¿cuánto debe valer, para quien conoce a Dios, la palabra de Dios?

El sermón de hoy se titula La evidencia de un amor genuino, y lo vamos a ver en tres puntos: primero, la evidencia de un amor perfecto; segundo, un nuevo poder para cumplir un mandamiento antiguo; y tercero, la prueba final: amar o aborrecer al hermano. Y si no te acuerdas de nada más de lo que se diga hoy, que te lleves esto en el corazón: cuando alguien recibe el amor perfecto de Dios, su Espíritu nos impulsa a obedecer cada día sus mandamientos y a amar como Cristo.

I. La evidencia de un amor perfecto (vv. 3-6)

Este primer punto empieza en el versículo 3 y termina en el 6. Observa cómo empieza y cómo termina la sección: “en esto sabemos” (v. 3) y “en esto sabemos que estamos en Él” (final del v. 5). Cuando leemos la Biblia debemos tener mucho cuidado con estas repeticiones, porque son como luces encendidas: Juan nos está presentando qué evidencias debemos buscar en nuestra vida para estar seguros de que conocemos a Dios y pertenecemos a Él.

Las evidencias son importantes, sobre todo cuando se trata de algo valioso. Alguna vez me ha tocado visitar la casa de empeño. Yo llevo este anillo que tengo aquí —basta con que yo diga que es de 14 quilates y pesa 5 gramos—, pero no me creen así nomás, porque lo valioso necesita ser comprobado. Si dudas de un billete en una tienda, lo pasan por el marcador, lo levantan a la luz, lo ponen en la lámpara ultravioleta. Las cosas valiosas necesitan ser verificadas. Y si eso es así para un anillo o un billete, no deberíamos poner menos empeño en verificar la autenticidad de nuestra fe, porque de eso depende nuestra eternidad.

Hace muchos años, cuando mi esposa y yo éramos novios, le compré un anillo de compromiso con un diamante —pequeño, para que conste—. Una ocasión ese diamante se cayó del engarce, lo llevamos a una joyería para que lo repusieran, y desde entonces me quedó la duda: ¿y si nos lo cambiaron por una piedra distinta? Esa duda la cargamos varios años, hasta que una vez, al visitar la casa de empeño, llevé el anillo para que lo verificaran. Entré dudoso —no porque no supiera que la piedra original era auténtica, sino porque no sabía si me la habían cambiado—. Primera de Juan nos va a lanzar muchos retos así, para evaluar nuestra fe. Y si tienes temor de revisar si tu fe es verdadera, ya deberías estar preocupado, porque ese temor es señal de que algo no está funcionando bien. Gracias a Dios, aquella vez confirmaron que el diamante seguía siendo el auténtico. Pero la prueba final de la autenticidad de nuestra fe va a llegar cuando estemos con el Señor — así que nos conviene verificarla desde ya.

Resumen

Si tu salvación es verdadera, someterla a prueba no es motivo de temor, sino de seguridad.

Hay dos cosas que se están poniendo a prueba en estos versículos, parecidas pero con matices: en el v. 3, si lo hemos llegado a conocer; en el v. 5, si estamos en Él. El texto da por sentado que hay personas que dicen conocer a Dios y son mentirosas, tan mentirosas que se engañan a sí mismas — y eso debería ser una señal de alarma.

¿Qué significa conocer a Dios? Desde el Antiguo Testamento, una de las prioridades del pacto de Dios con su pueblo era que ellos pudieran conocerlo.

34 No tendrán que enseñar más cada uno a su prójimo y cada cual a su hermano, diciéndole: «Conoce al Señor», porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande», declara el Señor, «pues perdonaré su maldad, y no recordaré más su pecado».

Ese es el propósito de Dios en toda la historia, al crear el mundo, al darnos su ley, al enviar a su Hijo a morir y resucitar: que lo podamos conocer.

3 Y esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.

La vida eterna es conocer a Dios. La Escritura lo describe como inmensamente glorioso, la fuente inagotable de todo bien, y quien lo conoce tiene vida — es imposible conocerlo realmente y no tener vida, porque de Él brota naturalmente el gozo, la paz, la seguridad, la esperanza.

8 Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por Él lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo.

Conocer a Dios es la meta más gloriosa que cualquier persona podría tener.

La otra evidencia, en el v. 5, es “estar en Él” — estar unido a Cristo. La unión con Cristo es lo más importante que un cristiano puede tener: todas las bendiciones que Dios nos ha dado, la salvación y sus promesas, vienen a nosotros porque estamos unidos a Cristo. Es como el matrimonio: cuando dos personas se casan por bienes mancomunados, todo lo de uno pasa a ser del otro. Si un millonario se casa con alguien sin nada, en el instante en que firma, sus millones también son de ella. Eso es lo que ocurre cuando creemos en Cristo: estamos unidos a Él, y lo que yo puse en esa relación fue mi pecado —por eso Cristo fue castigado, por eso murió en la cruz, y su muerte es válida para mi salvación, porque siendo uno solo con Él, Dios la considera mía—. Y lo que Cristo puso fue toda su justicia y su perfección; por eso, cuando Dios ve a sus hijos, no ve lo miserable que seguimos siendo, sino que ve a Cristo. Cualquiera puede decir que está en Cristo y engañarse a sí mismo, así que Juan nos motiva a evaluar estas dos cosas: si conocemos a Dios y si estamos unidos a Él.

¿Cuáles son los criterios para evaluarlo? Guardar sus mandamientos (v. 3), guardar su palabra (v. 5), andar como Él anduvo (v. 6). ¿A qué mandamientos se refiere?

23 Y este es Su mandamiento: que creamos en el nombre de Su Hijo Jesucristo, y que nos amemos unos a otros como Él nos ha mandado.

Es un mandamiento con dos caras: creer en Cristo —poner toda mi confianza en Él, recibir su amor— y reflejar ese amor amando a los demás. También debemos obedecer su palabra: que sea lo más valioso que tenemos, así como aquellos restauranteros guardaron el cheque de Dalí en vez de cobrarlo. La palabra de Dios no son leyendas viejas ni cuentos con moraleja: nos revela quién es Él, su carácter, lo que ha hecho por nosotros.

Y el último criterio, quizá el más difícil, es vivir como Cristo vivió. Ninguno de nosotros puede decir que ya se graduó de eso, pero esa es la meta del Señor.

29 Porque a los que de antemano conoció, también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de Su Hijo.

Nunca lo vamos a reflejar perfectamente. Esta misma mañana me afeité frente a un espejo empañado por el vapor de la ducha; por más que lo limpié con un trapo, no quedó perfectamente claro, y tuve que moverme para verme bien. Así somos nosotros reflejando a Cristo: podemos hacerlo, pero de manera imperfecta, como un espejo que nunca queda del todo limpio.

La evidencia de que alguien conoce a Dios y está unido a Cristo es que el Espíritu de Dios le ha implantado el deseo y el poder de obedecer sus mandamientos y de amar a los hermanos.

Ahora, el v. 5 dice algo más difícil de entender: “en él verdaderamente se ha perfeccionado el amor de Dios”. ¿Es correcto decir “me puedes dar un vaso de agua”? Claro que sí, porque la preposición “de” puede comunicar muchas cosas —igual que decir “la iglesia de Aldo” no significa que la iglesia esté llena de Aldos pequeños, sino que le pertenece—. Así que cuando el texto dice “el amor de Dios”, la pregunta es si se refiere al amor de Dios por mí o a mi amor por Dios. Estoy convencido de que se refiere al amor de Dios por mí, porque si no, los traductores habrían dicho “el amor a Dios”. Y el concepto de “perfeccionar” en el Nuevo Testamento es completarse, no volverse perfecto —el amor de Dios ya es perfecto—.

16 Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna.

¿Para qué nos amó Dios? Para salvarnos, no del infierno, sino del pecado. Lo que movió a Dios a entregar a su Hijo a la muerte fue salvarnos del poder del pecado. ¿Cuándo experimentamos ese objetivo del amor de Dios cumplido en nosotros? Cuando obedecemos su palabra — ahí es cuando podemos gozar de ver cumplido en nosotros el amor de Dios.

Idea clave punto I

La obediencia a la palabra es una evidencia de nuestra relación con Dios y nos permite disfrutar del amor perfecto que ya poseemos en Cristo.

II. Nuevo poder para un mandamiento antiguo (vv. 7-8)

Pon atención a los versículos 7 y 8, porque parecen contradecirse: el v. 7 dice que no es un mandamiento nuevo, sino uno antiguo que ya conocían; el v. 8 dice que sí es un mandamiento nuevo.

El mandamiento es amar a nuestros hermanos como Cristo nos amó, y ese mandamiento es muy antiguo — desde Levítico 19:18 el Señor ya decía “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Y en Juan 13:34 el Señor enseñó un mandamiento nuevo: “que se amen los unos a los otros como Yo los he amado”.

34 Un mandamiento nuevo les doy: que se amen los unos a los otros; que como Yo los he amado, así también se amen los unos a los otros.

¿Cómo nos amó Cristo? Estuvo dispuesto a dar su vida por nosotros. El mandamiento es extremo: amar a los demás así, dispuestos a poner nuestra vida por ellos, es una marca de quienes realmente han creído en Jesús.

¿Por qué entonces es también un mandamiento nuevo? En 1 Juan 2:16 dice que el mundo pone su atención en la pasión de la carne (la sensualidad), la pasión de los ojos (la codicia) y la arrogancia de la vida — el mundo quiere placer, no ama al prójimo y mucho menos a Dios. Para la sociedad que nos rodea, amar como Cristo ama es un mandamiento viejo porque lo han escuchado durante siglos, pero que nunca han estrenado. Y para mí también era nuevo, porque yo vivía concentrado en amarme a mí mismo, en satisfacerme a mí — Santiago enseña que por ese mismo impulso hacemos guerra contra los que nos rodean. Tampoco nosotros habíamos estrenado este mandamiento.

En casa teníamos unos tenis que compré para mi esposa hace años y no le quedaron; pensé que le quedarían a mis hijas cuando crecieran, pero terminaron de crecer con el pie más grande que el de su mamá, y esos tenis quedaron ahí, nuevos y viejos al mismo tiempo — nuevos porque nadie los había usado, viejos porque llevaban mucho tiempo guardados. Así es este mandamiento: viejo porque viene del Antiguo Testamento, nuevo porque, antes de conocer a Cristo, no teníamos la capacidad de amar como Él.

Pero el texto sigue diciendo que este mandamiento nuevo es verdadero, en Él y en nosotros. Es verdadero en Cristo porque Él sí amó así:

13 Nadie tiene un amor mayor que este: que uno dé su vida por sus amigos.

Y no solo amó a sus amigos, sino también a sus enemigos, a personas que habíamos vivido en contra de su voluntad, a gente imperfecta que sigue fallando después de conocerlo — y aun así no deja de amarnos. Y es verdadero también en nosotros, porque estamos unidos a Él. Si ya estás en Cristo, tienes la capacidad de amar más allá de tus fuerzas, incluso a las personas difíciles de amar: quienes te han lastimado, quienes procuran hacerte daño, o simplemente quienes no te caen bien — a veces también las personas con quienes convives todos los días: hijos, esposa, hermanos.

Sabes cuál es mi más grande manifestación de amor algunas mañanas: lavar cuatro platos y dos sartenes antes de irme, y pensar que mi esposa debería estar tremendamente agradecida conmigo por eso. Cuando se lo he dicho, ella me responde que si yo supiera todo lo que ella hace todos los días sin que nadie le dé las gracias. Nuestro problema es que nuestro amor es limitado, chiquito y egoísta. Como ya nos lo anticipó José José, el amor acaba. Y hay una frase de una canción de Ricardo Arjona: “no te enamoraste de mí, sino de ti, cuando estás conmigo” — por definición, amamos mientras recibimos de vuelta, y por eso el amor se acaba, por eso hay enfriamiento, infidelidad, cónyuges que dejan de esforzarse, padres irritados con sus hijos, hermanos en la iglesia que murmuran unos de otros, amigos que desaparecen cuando dejas de serles útiles, paciencia que se agota en cinco minutos. Ese soy yo, Enrique Villegas: amo mientras no me cueste y mientras tú me ames más.

Pero podemos amar como Cristo, porque ese mandamiento nuevo es verdadero en Él y en nosotros. Amar al hermano es un mandamiento antiguo que se hace nuevo para mí cuando Cristo me transforma y me capacita para amar como Él.

El versículo 8 también dice que las tinieblas van pasando, porque la luz verdadera ya está alumbrando. A veces somos muy pesimistas —de la situación global, del país, de la iglesia, de nosotros mismos—, pero las tinieblas se están extinguiendo, porque esa luz verdadera, que es Cristo, ya vino al mundo. Aunque aún me falta mucho por cambiar, si esa luz ya resplandeció en mi corazón, ya tengo el poder de obedecer su palabra y de amar como Cristo.

Esta semana, Alexander Zverev ganó la final del US Open 2026. Es un hombre diagnosticado con diabetes tipo 1 desde los cuatro años; toda su vida ha tenido que inyectarse insulina, y en una edición anterior no lo dejaron participar en la final por su condición médica. Este año jugó la final, un partido de casi cuatro horas, y en cada cambio de lado se inyectaba su insulina y revisaba en vivo su nivel de glucosa. Nunca se curó, nunca se curará, y aun así venció. Esa es la misma realidad que opera en nosotros: el pecado siempre estará presente y visible en nuestra vida, pero ya no nos define — no porque lo hayamos logrado con nuestra propia fuerza de voluntad, sino porque Cristo, la luz verdadera, ya resplandeció en nosotros. Las tinieblas ya van pasando, y por eso ahora tenemos una nueva capacidad de vivir el antiguo mandamiento de amar a los demás como nunca antes pudimos hacerlo.

Idea clave punto II

Porque la luz verdadera ya resplandeció, ahora tenemos una nueva capacidad de vivir el antiguo mandamiento de amar como nunca antes fue posible.

III. La prueba final: amar o aborrecer (vv. 9-11)

A partir del v. 9, aborrecer al hermano implica vivir en tinieblas. El texto da por sentado que habrá personas que digan conocer a Dios y realmente no lo conozcan — y esto no es para juzgar a otros, sino para revisarnos a nosotros mismos.

¿Qué significa aborrecer? En términos sencillos: despreciar, considerar repulsivo, “no tragar” a alguien. No se refiere a haber tenido un problema con un hermano, porque los problemas son inevitables; se refiere a cuando dejamos ese problema sin resolver y permitimos que crezca hasta convertirse en una raíz de amargura que nos contamina a nosotros y alcanza a los demás — entonces dejamos de amar, empezamos a evitar a las personas y a aborrecerlas lentamente. Es como un matrimonio donde hubo una ofensa hace años y, aunque ya no hay gritos ni discusiones, hay una frialdad que se acentúa cada vez más; o como unos padres y un hijo que decepcionó, y en vez de acercarse en amor y confrontar, simplemente dejaron de intentarlo; o como un hermano en la iglesia que te lastimó con una traición o una decepción, y ahora simplemente lo evitas. Esto es incompatible con el amor de Cristo, porque no puedes despreciar a alguien a quien Cristo ama. Pero tú me dirás: “es que no lo soporto”. Cristo no solo lo soporta: lo ama, y es valioso para Él.

El rechazo recurrente a amar a alguien es una señal de que no estamos en Cristo, mientras que el que ama permanece en la luz (v. 10). Amar al hermano es evidencia de que permanecemos en Cristo, porque a personas imperfectas y llenas de defectos como nosotros nos es imposible sostener a largo plazo ese tipo de amor por nuestra propia cuenta — la única manera de amar así es que Dios mismo produzca ese amor en nosotros. Dale una vueltecita a la iglesia con la mirada: hay personas —me incluyo— difíciles de amar, y va a haber personas todavía más difíciles de amar. No debemos esforzarnos en amar más, sino llenarnos del amor de Cristo y permitir que ese amor desborde; y cuando te pregunten cómo puedes amar a alguien tan difícil, la respuesta es: porque yo también soy terrible, y Cristo no se ha cansado de amarme a mí.

El texto también dice que en quien ama no hay causa de tropiezo. Como los cangrejos mexicanos que nunca salen de la cubeta porque siempre están jalando unos a otros, así a veces parece la iglesia: una mala actitud produce otra mala actitud, y esa actitud se va extendiendo. Pero quien ama a los demás como Cristo no hace tropezar a otros, porque deja de pensar en sí mismo.

8 Sobre todo, sean fervientes en su amor los unos por los otros, pues el amor cubre multitud de pecados.

El amor te libera del ojo por ojo, del deseo de justificarte o de vengarte. Amar al hermano como Cristo hace evidente que permanecemos en Él.

Idea clave punto III

Al amar al hermano como Cristo, hacemos evidente que permanecemos en Él.

Conclusión

Vimos tres cosas: que la obediencia a la palabra es una evidencia de nuestra relación con Dios y nos permite disfrutar del amor perfecto que ya poseemos en Cristo; que debido a que la luz verdadera ya resplandeció tenemos una nueva capacidad de vivir ese antiguo mandamiento como nunca antes fue posible; y que amar al hermano como Cristo hace evidente que permanecemos en Él. En resumen: la obediencia a su palabra y el amor por los hermanos son la evidencia de que estamos en Cristo.

Pero déjame preguntarte: ¿puedes obedecer su palabra al cien por ciento? ¿Puedes amar como Cristo? La verdad es que ni tú ni yo podemos.

7 La mente puesta en la carne es enemiga de Dios, porque no se sujeta a la ley de Dios, pues ni siquiera puede hacerlo, 8 y los que están en la carne no pueden agradar a Dios.

El hombre en su estado natural jamás podrá agradar a Dios, jamás podrá obedecer sus mandamientos ni amar. Necesitamos confesar que, para nuestra naturaleza caída, es imposible obedecer a Dios y amar a los demás como Cristo. Entonces, ¿qué necesitamos? Ya lo vimos al principio: que esa luz verdadera alumbre en nuestro corazón. Necesitamos estar unidos a Cristo y saturarnos de su amor para desbordarlo.

19 Nosotros amamos porque Él nos amó primero.

Si quieres obedecer sus mandamientos, tienes que amarlo. Si quieres amar a los demás, tienes que recibir su amor. La obediencia y el amor que evidencian nuestra fe nacen de una respuesta a ser llenos del amor de Dios: cuando recibimos el amor perfecto de Dios, el Espíritu Santo nos impulsa a obedecer cada día y a amar como Cristo.

Antes de terminar: piensa en esa persona que te cuesta trabajo amar. La evidencia de que estás en Cristo es que la ames a pesar de todo — no esperes a sentirte listo, no esperes a que el enojo se te pase, porque la luz ya resplandeció en ti y el poder para amar y para obedecer la palabra ya es tuyo por el Espíritu de Dios, aunque la lucha con las tinieblas va a continuar. Así que, unos últimos pensamientos:

  1. Necesitas confesar tu incapacidad de obedecer y de amar. Deja de aparentar — Dios sabe que no puedes, conoce tus fracasos, y lo increíble es que aun así no deja de amarte.
  2. Permite que el amor de Cristo cumpla su propósito en ti: medita en su palabra, léela para llenarte de su amor, y pídele, como enseña Pablo en Efesios, que te ayude a comprender el amor de Cristo. Necesitas creer que su amor es suficiente.
  3. Identifica ese mandamiento que no puedes obedecer — con qué estás batallando ahora: ¿ira?, ¿mentira?, ¿orgullo? Cristo ya lo venció, y tú ya estás unido a Él y tienes su Espíritu.
  4. Identifica actos concretos de amor, sobre todo en favor de quien te cuesta amar. Si hay alguien que te cae mal por una actitud que tuvo contra ti, piensa qué puedes hacer concretamente para demostrarle que lo amas.

Y si nos visitas hoy: piensa en un diagnóstico honesto, porque quizá tu incapacidad de amar o de obedecer tiene una raíz más profunda — no tienes el amor de Cristo. Ese amor es para personas rebeldes y egoístas como tú y como yo. Él no quiere condenarte por lo que no has hecho; quiere que recibas su amor, y que ese amor te dé una vida nueva y la capacidad de obedecer sus mandamientos y de amar.

Hoy Dios examina nuestras vidas buscando estas evidencias, pero no quiere condenarnos: quiere invitarnos a comprobar si estamos en Él. Si tu amor ha fallado, si tu obediencia ha fallado, ven y recibe el amor de Cristo — deja que Él transforme tu fracaso en obediencia y tu fracaso en amor, para que toda la gloria sea para Él.

Señor, necesitamos rogarte que tú produzcas el fruto en tu iglesia. Somos personas que por nuestra propia naturaleza ni podemos obedecerte ni podemos amar. Quizá mi mensaje fue débil, pero mi confianza es que tu Palabra es poderosa y que tú vas a usarla para dar el fruto que quieres. Te pido, precioso Espíritu de Dios, que nos muestres aquellas áreas en las que no estamos obedeciendo tu palabra ni estamos amando; muéstranos las personas que son difíciles de amar, y confróntanos — quizá esa persona está en casa, quizá está aquí en la iglesia, quizá es alguien a quien saludamos hace un momento pero a quien nuestro corazón todavía guarda resentimiento. Ayúdanos a evaluar nuestra fe, y cuando nos veamos reprobados, que vengamos a Cristo y recibamos el inmenso amor que Él nos dio, su perdón, su gracia. Llénanos de una comprensión de cuánto nos has amado en Cristo, de tal manera que ese amor rebosante nos haga amar a los demás aunque no lo merezcan, y nos haga obedecer tu palabra aun cuando es difícil. Te lo ruego en el nombre de Jesús. Amén.