Introducción
12 Les escribo a ustedes, hijos, porque sus pecados les han sido perdonados por el nombre de Cristo. 13 Les escribo a ustedes, padres, porque conocen a Aquel que ha sido desde el principio. Les escribo a ustedes, jóvenes, porque han vencido al maligno. Les he escrito a ustedes, niños, porque conocen al Padre. 14 Les he escrito a ustedes, padres, porque conocen a Aquel que ha sido desde el principio. Les he escrito a ustedes, jóvenes, porque son fuertes y la palabra de Dios permanece en ustedes y han vencido al maligno. 15 No amen al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él. 16 Porque todo lo que hay en el mundo, la pasión de la carne, la pasión de los ojos, y la arrogancia de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. 17 El mundo pasa, y también sus pasiones, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.
Señor, como un hombre débil necesito de tu palabra, necesito que tu Espíritu Santo precioso hable a tu pueblo. Confieso que no soy yo y que yo ni puedo ni tengo nada, Señor. Dependo radical y absolutamente de ti. Obra en tu pueblo en esta tarde para tu gloria, en el nombre de Jesús. Amén.
Es nuestro quinto mensaje en Primera de Juan. Quisiera empezar contándote la historia de Jack Whittaker. A lo mejor has escuchado ese nombre, porque en 2002 Jack Whittaker ganó una lotería en Estados Unidos que se llama Powerball, y ganó 314 millones de dólares — fue el premio más grande que jamás se había ganado hasta ese momento. ¿Te imaginas, hermano, 314 millones de dólares? El sueño guajiro de muchos de nosotros. ¿Te has puesto a pensar siquiera lo que es esa cantidad de dinero? Ni siquiera podemos imaginar cuánto es; con un millón de dólares te alcanzaría para vivir bien el resto de tu vida sin tener que mover un solo dedo. 314 millones de dólares. (Y ojo, por cierto, los juegos de azar no creo que sean algo bíblico, no es algo que los creyentes debamos jugar, lo aclaro de antemano.) Pero vamos a suponer que en una de esas te ganaras 314 — no digamos eso, ni digamos un millón de dólares; para muchos de nosotros, 100 mil dólares es algo que cambiaría nuestra vida. ¿Qué tanto cambiaría tu vida? Este hombre tenía dinero prácticamente ilimitado, podía comprar lo que quisiera, ir a donde quisiera, podía hacer y deshacer. Pero sabes qué es lo más tremendo de la historia de este hombre: esa fortuna no le duró literalmente más que unos cuantos años. Años después de que él ganó esta cantidad tan exorbitante de dinero —creo que es paradigmático porque su historia es tremenda— su esposa lo abandonó, su nieta murió de una sobredosis, su hija murió de cáncer, y él terminó en la más vil de las miserias. Imagínate, hermano, qué historia tan terrible, porque es posible conseguir lo máximo que el mundo puede ofrecer y terminar destruido. Hay muchas historias semejantes; podríamos poner cientos de ejemplos de artistas que han terminado de una manera que uno dice: ¿cómo es posible que alguien que acumula tanto éxito termine de una manera tan miserable? Quizá nosotros nunca ganemos la lotería —sobre todo porque espero que no compres boletos de lotería—, pero el mundo sigue diciéndonos, hay un chip que nos ha implantado el mundo, que estamos persiguiendo algo: persiguiendo dinero, persiguiendo placer, persiguiendo reconocimiento, pensando, como muchos, que eso va a terminar de saciarnos. Hoy queremos ver lo que Primera de Juan nos dice sobre esta mentira que el mundo nos está diciendo.
Hemos titulado este mensaje El amor que vence al mundo, y vamos a ver solamente dos puntos principales: el primero es creer para crecer, y en segundo lugar vamos a hablar acerca del engaño de la satisfacción temporal. Y como siempre digo, si al final de este mensaje no te acordaste de nadita —te lo pongo ahorita por si te duermes— quiero que te acuerdes de esto: para vencer al mundo y sus deseos necesitamos creer que la obra de Dios ya está completa en nosotros por Cristo. Lo repito: para vencer al mundo y sus deseos necesitamos creer que la obra de Dios ya está completa en nosotros por Cristo.
I. Creer para crecer (vv. 12-14)
12 Les escribo a ustedes, hijos, porque sus pecados les han sido perdonados por el nombre de Cristo. 13 Les escribo a ustedes, padres, porque conocen a Aquel que ha sido desde el principio. Les escribo a ustedes, jóvenes, porque han vencido al maligno. Les he escrito a ustedes, niños, porque conocen al Padre. 14 Les he escrito a ustedes, padres, porque conocen a Aquel que ha sido desde el principio. Les he escrito a ustedes, jóvenes, porque son fuertes y la palabra de Dios permanece en ustedes y han vencido al maligno.
Antes de que intentemos desglosar los versículos —son versículos muy amplios, vaya, podríamos predicar no de cada versículo sino de cada partecita de un versículo— quiero que recordemos de qué se trata Primera de Juan. La premisa de Primera de Juan es muy sencilla: que Dios es luz. ¿Qué significa eso? Que Dios es santo y que Él no tiene compañerismo con las tinieblas, y que Dios es, lo vamos a ver a partir del capítulo 3, un Dios de amor. Y toda Primera de Juan nos está relatando que este Dios de luz y de amor quiere tener comunión, compañerismo, con nosotros. Ahora, ojo, cuando hablo de nosotros hablo del pueblo de Dios, de aquellos que ya hemos puesto nuestra fe en Jesús, que nos hemos arrepentido de nuestra maldad y que por esa fe ya tenemos una nueva vida, ya tenemos al Espíritu de Dios en nosotros. Entonces este Dios glorioso, santo y lleno de amor se quiere acercar a ti. Y quiero que pienses en esto, en lo que implica para nosotros.
No sé a qué se debe, pero en la iglesia hay semanas que todo está tranquilo, y hay veces que muchas familias empiezan a tener problemas significativos, y esta semana fue una de esas. A lo mejor tú me dijiste que estabas abrumado, que habías tenido una semana o algunas semanas difíciles. ¿Tú te has sentido así alguna vez, que dices «no me llueve, sobremojado»? Alguna vez yo dije «nada más me falta que me orine un perro», y qué crees, ya me tocó que me orine mi propio perro. ¿Te has sentido así alguna vez? Pero mira lo que Primera de Juan nos quiere decir: a pesar de que tú y yo vivimos en este plano, cuya característica es que vivimos en un mundo caído, el Dios Santo ya se acercó a nosotros. Él ya se acercó a ti, Él ya te amó, Él ya te demostró su amor, y a pesar de que tú todavía estás en el mundo, como dijo Cristo, ya no eres del mundo, y ahora podemos tener una relación con el Creador del universo.
Lo que nos ha estado diciendo la carta, el Espíritu de Dios por medio del apóstol, es que aquellos que forman parte del pueblo de Dios deben tener algunas características. Y te puse hace unas semanas el ejemplo del cuerpo de corredor: sería ilógico que yo te dijera que he corrido 15 años, 10 kilómetros diarios, y estoy bien gordito. (Ahorita, muchos ya me han dicho, hermano, te adelanto antes de que me hagan bullying, sí estoy más gordito porque he dejado de correr, pero ya lo estoy retomando, no te preocupes, espero poder recuperarme.) Pero es ilógico que alguien diga «yo he corrido 60 kilómetros a la semana por 10 años» y lo veas gordito, porque hay cosas que tienen características muy obvias. Y lo que Primera de Juan nos va a decir es que el pueblo de Dios, el verdadero pueblo de Dios, tiene características obvias.
Lo primero que vimos es que tu relación con el pecado ya cambió, y aunque el pecado sigue siendo real y vas a seguir luchando con él hasta el último día de tu vida, debido a que Cristo murió en la cruz por ti tus pecados ya fueron perdonados; cuando caes puedes confesar tus pecados con la seguridad de que Él te perdona, y ahora el propósito que tenemos es ya no pecar, por eso dice el capítulo 2, verso 1: «estas cosas les escribo para que no pequen». Lo segundo que hemos visto es que el pueblo de Dios tiene el deseo y la capacidad de obedecer los mandamientos de Dios; vamos a fallar, vamos a caer, pero no es la regla, la regla es que estamos luchando y estamos obedeciendo los mandatos. Y lo último que vimos la semana pasada es que otra característica del pueblo de Dios es que ama a sus hermanos como Cristo. Si estás en Cristo, si tú realmente has puesto tu fe en Jesús, estas tres cosas ya son reales en tu vida: tu relación con el pecado ya cambió, ya tienes la capacidad de obedecer, y ya tienes la capacidad de amar como Cristo. Pero la manera en que lo hacemos todavía es imperfecta: sí, combato el pecado, pero todavía me sigue ganando; puedo obedecer su palabra, pero de vez en cuando, muy de vez en cuando, desobedezco; y amo a otros como Cristo —híjoles, y quizás es lo que más me cuesta, te voy a ser muy honesto— pero muchas veces no los amo como Cristo.
Resumen
La vida de los hijos de Dios debe reflejar el carácter de Dios.
¿Estás de acuerdo con eso? Eso es lo que Juan nos está enseñando. ¿Lo crees? Pero ¿qué crees? Ya lo reflejamos, y no quiero que traigamos todo negativo porque eso sería negar la obra del Señor; sí, lo estamos reflejando, pero de manera imperfecta, y necesitamos crecer. Tú y yo necesitamos luchar con más fuerza y vencer el pecado en más ocasiones, necesito aprender a obedecer más de lo que hago hoy, y necesito amar a otros de una manera más auténtica, más como Cristo. Y la pregunta es ¿cómo le hago? Porque siendo honesto, nuestra batalla con el pecado es canija —Hebreos dice que ustedes todavía no han combatido contra el pecado, si no recuerdo mal, de Hebreos 12, hasta derramar sangre—. Todavía necesito amar más como Cristo, porque amo poquito. Esa es la pregunta, y lo que Juan nos va a responder, en primer lugar, está en estos versículos: si estás ahí en tu Biblia, del verso 12 al 14, si los puedes subrayar —si te da miedo rayar la Biblia no tengas miedo, con un marcadorcito bonito lo puedes subrayar— porque estos versículos son el pivote de esta primera parte de la epístola, son centrales y medulares. Si lo quieres ver de alguna manera, Juan en estos versículos nos va a dar el secreto para poder vencer el pecado, obedecer la palabra y amar como Cristo. ¿Y qué crees? Ese secreto ya lo conoces.
Observa el texto: nos va a hablar de tres o cuatro grupos de personas. Si pones mucho cuidado, en el verso 12 le está hablando, al principio, ¿a quién? A los hijos. Luego, en el 13, ¿a quién le escribe? A los padres. Y luego también en el 13, ¿a quién? A los jóvenes —bueno, la NBLA dice jóvenes—. Y luego también en el 13, al final, le escribe a los niños. Y se vuelve a repetir: otra vez padres, y otra vez jóvenes. Te voy a ser honesto: los comentaristas y estudiosos bíblicos no se terminan de poner de acuerdo qué significa esto. Pero déjame plantearte: Juan ya le había dicho a toda la iglesia que son hijos, ya les había llamado varias veces «hijitos», así que lo que podemos entender es que está hablándole a toda la iglesia. Y cuando empieza a utilizar estas expresiones —niños, padres y jóvenes— probablemente se refiere a las diversas etapas que alguien pasa en su vida cristiana. Esto es una analogía, claro, no es algo con lo que debamos andar poniendo etiquetas, no debemos decir «fulano es un niño, yo ya soy un padre», no, no, no; pero está usando estas analogías porque a veces nos identificamos así. ¿No sé si a ti te ha pasado que de pronto te sientes muy indefenso frente a todos los retos que hay en la vida, que de pronto ves los mandamientos de Dios y dices «no voy a poder»? Y en el otro extremo hay gente de mucha edad que de pronto —y suele pasar— se siente «hermano, yo tengo 40 años en el evangelio, es más, yo creí en el evangelio antes de haber nacido, no, no, yo, la experiencia que tengo, el conocimiento bíblico que tengo, hasta un lado, a ver, yo te voy a enseñar». Y también, lamentablemente, a veces tomamos actitudes como esas. Así que en la iglesia vamos a tener personas que tienen tanto un diferente tiempo que han creído en Cristo como un diferente grado de madurez, y aquí Juan va a recordar verdades específicas que son, ojo, para todos los cristianos —porque lo que va a decir es para todos los creyentes— pero que muchas veces necesitamos recordar.
Observa, porque lo primero que nos dice ahí, en el verso 12, a los hijos, es qué le pasó a nuestros pecados: ya fueron perdonados.
12 Les escribo a ustedes, hijos, porque sus pecados les han sido perdonados por el nombre de Cristo.
Qué bendición tan gloriosa. A lo mejor tú sientes, o has sentido alguna ocasión, que te está yendo mal, que no tienes la capacidad de obedecer a Dios; a lo mejor ves tu propia vida, ves las demandas de Dios y dices «no, yo no voy a poder». ¿No sé si te ha ocurrido que hay ocasiones en que vienes el domingo, escuchas un mensaje o escuchas una predicación en las redes sociales, y como que te inflama algo por dentro, dices «ahora sí, ahora sí voy a vencer», y el diablo te da una arrastrada, y tu pecado te vuelve a ganar, y terminas totalmente avergonzado? ¿Te has sentido así alguna vez, que has visto tu propia vida y has dicho «no, no puedo, esto es demasiado para mí»? Mira lo que dice: que tus pecados ya fueron perdonados por el nombre de Cristo. Métete eso en la cabeza: lo que garantiza el perdón de tus pecados, ojo, no dice que fueron perdonados en mi propio nombre; fueron perdonados no debido a mis esfuerzos, sino debido a lo que Cristo ya hizo por ti.
1 Por tanto, ahora no hay condenación para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne sino conforme al Espíritu.
Pablo en Romanos 8:1 dice una verdad tremenda —y si conoces Romanos, sabes que Romanos 7 es uno de los pasajes más tremendos donde Pablo está describiendo su realidad combatiendo al pecado—, pero en 8:1 dice que por tanto ahora no hay condenación para los que están en Cristo Jesús. Tenemos que entender esto: tus pecados ya fueron perdonados. Déjame preguntarte algo: ¿alguna ocasión ni siquiera tienes cara para orar porque sabes que pecaste, lo has sentido o no? ¿Alguna vez has dicho «no voy a ir a la iglesia porque le fallé al Señor»? Y ahorita que acabamos de participar de la cena, hay ocasiones en que decimos «no, no voy a participar de la cena porque pequé». Déjame decirte algo: si dependiera de lo que tú o yo hacemos, nunca podríamos participar de la cena del Señor. ¿Sabes por qué podemos? Porque podemos acercarnos a Dios aunque fallemos, porque nuestros pecados ya fueron perdonados en el nombre de Cristo. Y el precio que pagó el Señor fue un precio altísimo:
21 Al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él.
Eso debe producir en nosotros, si tus pecados ya fueron perdonados no por lo que tú hiciste, debe producir humildad. Pablo dice también en Romanos 3:27 —y lo voy a parafrasear— ¿dónde queda el orgullo? ¿Quién tendría la capacidad de pararse del cuello y decir «sí, claro, yo fui perdonado porque Dios me dijo qué buena onda es Enrique y lo voy a perdonar»? No, hermano, el orgullo, la jactancia, no tiene lugar; eso debe producir en nosotros gratitud, debe producir la capacidad de amar a otros y de perdonar a otros. Para aquellos que hemos creído en Cristo, que hemos puesto nuestra fe en Él, nuestros pecados ya fueron perdonados, y eso debe ser como esa brújula que te indica el norte.
Luego le habla a los padres, y a ellos les dice que conocen a Aquel que es desde el principio. Déjame preguntarte algo: ¿qué es lo más valioso y lo más grande que tú tienes? Piénsalo, ¿qué es aquello que más valoras? Yo sé que aquí todos me van a decir «mi esposa» —ya en serio, porque muchas veces es algo material—. ¿Qué tal tu coche? Si dices que tu esposa, pero no te subas con dos pies sucios a mi coche. En mi caso, una de las cosas que yo más valoro es mi computadora; no es lo más caro que tengo, pero sí es algo que valoro mucho, nadie agarra mi computadora más que yo, y cuando se la presto a mi hija —me la pide— cuidadito y le vaya a mover algo de la configuración. Tenemos cosas que valoramos mucho. Hay veces, hermano, que también venimos a la iglesia con esa carga: «es que yo estudié en un seminario, tengo un grado en teología», o «es que he recibido tantos cursos, tengo tantos años»; nada de lo que tengas o creas tener es valioso, puedes tener las mejores posesiones, pero eso no vale. ¿Sabes qué es lo más valioso? Que conoces a Aquel que es desde el principio. Tienes la capacidad de conocer a Cristo; ya lo conoces, si tú ya pusiste tu fe en Él, y es un conocimiento cercano e íntimo. Ponte a pensar en esto: un creyente promedio hoy conoce y comprende mejor a Jesús que los discípulos mientras caminaban con Él. No sé si alguna vez, cuando yo leí los evangelios, pensé «cómo no tuve el privilegio de estar ahí y ver a Jesús cuando multiplicaba los panes y los peces». Nosotros comprendemos mejor a Cristo que los discípulos en esa etapa —luego, cuando viene el Espíritu, les da una comprensión más plena—, pero al menos en esa primera etapa, en que ellos ni sabían quién era Jesús ni entendían qué estaba haciendo, a pesar de que Cristo les explicaba una, otra y otra vez, ellos no terminaron de entender. Los creyentes maduros, y todos los creyentes, debemos recordar que nuestro tesoro más grande es que podemos conocer a Jesús.
Pero observa lo que dice a los niños. Habemos personas a quienes los niños no nos caen tan bien, ¿por qué? Porque son ruidosos, gritones, y perdóname por lo que te voy a decir, en la mayoría de los casos malcriados. ¿Pero qué crees? Podemos pensar en creyentes que son también así, que son como que los ves debiluchos, y dices «no, al hermano fulano no le pidas nada, porque es muy débil en la fe». Pero mira lo que dice de los niños:
Les he escrito a ustedes, niños, porque conocen al Padre.
Esto debería producir en nosotros temor. ¿Te acuerdas de lo que le dijo Moisés al Señor? «Te ruego que me muestres tu gloria», y Dios le dijo que nadie puede verme y seguir vivo. Luego Felipe —el que había estado con Jesús, el mismo que le había pasado a Jesús los panes y los peces— le dice en:
8 «Señor, muéstranos al Padre y nos basta», le dijo Felipe.
Pues los niños, los creyentes más débiles, tienen el privilegio de que ya conocen al Padre. Esto ya es realidad en nosotros; todos los creyentes, incluso los más pequeñitos, débiles, nuevos e inmaduros, conocen personalmente a Dios, a ese Dios a quien Moisés no pudo mirar, a ese Dios que hizo temblar a Isaías, lo conocemos personalmente, y no necesitas hacer nada para ganártelo, todo lo hizo Él.
Ahora mira lo que les dicen a los jóvenes:
14 …Les he escrito a ustedes, jóvenes, porque son fuertes y la palabra de Dios permanece en ustedes y han vencido al maligno.
¿Qué crees que caracteriza más a los jóvenes de hoy en día, y de todas las épocas por cierto? Te voy a decir: la insensatez. Cuando eres joven piensas que te vas a acabar el mundo; la gente te dice «ten cuidado con esto» y, aunque no siempre lo dices, lo piensas: «eso te pasó a ti por menso, pero a mí no». Y lo pensamos porque una cosa que va con la juventud es la insensatez, y si tú eres joven, no te quiero ofender, pero es la realidad. Pero mira lo que dice de los jóvenes: que son fuertes —y yo sé que los que van al gimnasio van a decir «por supuesto»—, no se refiere a fortaleza física, se refiere a que somos fuertes porque estamos en Cristo.
31 Entonces, ¿qué diremos a esto? Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros?
Nuestra fortaleza, la fortaleza de los creyentes, ¿sabes de qué depende? De quién está con nosotros. Podemos enfrentar las pruebas de la vida porque somos fuertes, y esa fuerza no depende de tu capacidad, sino de Aquel que ya vive en ti. ¿Para qué necesitamos esa fuerza? Para resistir pruebas, porque todos tenemos semanas duras, donde la enfermedad de pronto llega a tu casa, donde la situación económica está inestable, cuando las cosas en el matrimonio se empiezan a poner difíciles, y cuando criar a tus hijos se empieza a volver profundamente desgastante. Para eso necesitamos la fuerza, y también la necesitamos para reflejar el carácter de Dios en esas circunstancias, para que, a pesar de que haya enfermedad, o no haya dinero, o haya problemas en el matrimonio o con tus hijos, tengamos la capacidad de reflejar su carácter. Pero observa de dónde procede esa fuerza: procede porque la palabra de Dios permanece en ustedes. Y aquí no nos está diciendo —aunque eso es parte de que tienes que leer la Escritura— esto no es una condición, es una realidad: la palabra de Dios ya está en ti. Si tú has creído en Cristo, Él ya metió la necesidad de su palabra dentro de ti, ya la necesitas, ya permanece adentro de ti y ya anda dando fruto. Y observa lo que termina diciendo a los jóvenes: que son fuertes, la palabra de Dios permanece en ustedes, y han vencido al maligno.
8 Sean de espíritu sobrio, estén alerta. Su adversario, el diablo, anda al acecho como león rugiente, buscando a quien devorar.
Pedro nos dice que Satanás anda como león rugiente buscando a quien devorar, pero ¿qué crees? Ya está vencido; sí, no es un gatito, como alguien ha dicho, no podemos jugar con él, pero ya está vencido en Cristo.
Pues tenemos todo lo necesario para crecer en la manera en que reflejamos el carácter de Dios. Todo esto que estamos diciendo, mi querido amigo, ya es nuestro: ya conocemos a Dios, ya conocemos a Cristo, ya tenemos su fortaleza, su palabra, nuestros pecados ya fueron perdonados, y si queremos reflejar el carácter de Cristo en nuestra vida, lo primero que necesitamos hacer es creer estas verdades.
Idea clave punto I
Lo que necesitamos para reflejar el carácter de Dios es creer la obra que Dios ya completó en nosotros.
Tenemos que entender que estas cosas ya son reales y ya son verdad, pero las tenemos que hacer presentes en nuestra vida cotidiana.
II. El engaño de la satisfacción temporal (vv. 15-17)
15 No amen al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él. 16 Porque todo lo que hay en el mundo, la pasión de la carne, la pasión de los ojos, y la arrogancia de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. 17 El mundo pasa, y también sus pasiones, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.
Pensando en esto, pasamos al siguiente punto: el engaño de la satisfacción temporal. ¿Por qué empieza a decir «no amen al mundo ni las cosas que están en el mundo»? Te voy a ser bien honesto, estuve pensando mucho en cómo presentarte esto, porque tenemos un problema: a lo largo de la historia este tema ha generado muchas controversias, y ha generado controversias también entre nosotros. Es un tema que debemos tratar con mucho cuidado, porque tenemos dos extremos. Por un lado podemos tener el estereotipo —a lo mejor tú pensabas antes que así eran los cristianos— de un hombre que siempre va a todos lados con saco y corbata, que en lugar de saludarte «hola, buenas tardes» te dice «que el Señor te bendiga», y de mujeres, como siempre, con la falda larga, cero maquillaje, el cabello súper largo. Hay un mal chiste por ahí, no sé si lo has escuchado, donde alguien le dice a un pastor de una iglesia de este tipo: «pastor, acabo de ver al hermano Carlitos saliendo de un bar, totalmente alcoholizado, abrazando de la cintura a una mujer que no es su esposa, y sin corbata». Y el pastor dice: «¿cómo puede ser sin corbata?». Ese es un estereotipo. Pero también podemos cometer el riesgo de estar muy relajados. Alguna vez trataba con una persona que me dijo: «en mi iglesia somos superabiertos, mi iglesia ya está en otro nivel, en mi iglesia permitimos el divorcio, todo se permite; es más, para que tengas una idea, mi pastor ya se ha casado y se ha divorciado tres veces». Y ambas cosas son incorrectas: el legalismo es incorrecto, y el libertinaje también, porque ambos nos alejan de Cristo. Debemos tener mucho cuidado, y tenemos que entender qué significa la palabra «mundo».
16 »Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él, no se pierda, sino que tenga vida eterna.
Podemos empezar con Juan 3:16, que dice que Dios amó al mundo. Entonces, en la Escritura hay como dos matices principales del significado de la palabra «mundo». Por un lado significa, como alguien ha dicho, el orden creado, es decir, todo lo que creó Dios, más cercanamente la tierra y sus habitantes, y en ese sentido Dios ama el mundo, Dios ama a cada ser humano.
12 Por tanto, tal como el pecado entró en el mundo por medio de un hombre, y por medio del pecado la muerte, así también la muerte se extendió a todos los hombres, porque todos pecaron.
Y hay un texto de Romanos 5:12 que nos enseña cuál es el problema con el mundo: el Señor, cuando crea el mundo, lo crea bueno en gran manera, y sin embargo lo que ocurrió fue que el ser humano decidió rebelarse en contra de Él. Quiero que te imagines tu comida favorita —¿qué tal un caldo tlalpeño? A mí me encanta— y ahora imagina que lo preparamos y le cae un contaminante; para no ser tan asquerosos, imagínate que le cae un ratón muerto, y te lo sirven. Si tú no sabes, cuando vas a comer a algún lugar no sabes lo que tiene eso, ¿verdad? Pero ¿qué va a ocurrir si tu comida ya está contaminada? Te va a hacer daño. Y si dejas que pase el tiempo, ¿qué va a ocurrir? Al principio puede disimularlo, pero después empieza a oler, primero raro, luego feo, y luego asqueroso. Eso es lo que ocurrió con el mundo: era bueno en gran manera, pero cuando el pecado entra, infecta al mundo; cada persona descendiente de Adán está infectada por el pecado. Y lo que ha ocurrido es que la rebeldía de cada ser humano crea una corriente, donde mi rebeldía y la rebeldía de todos los demás hace más fácil oponerse a Dios y rebelarse en contra suya. Ese es el mundo.
Resumen
El mundo es el orden caído donde la rebeldía personal se institucionaliza, amplificándose en valores, estructuras y normas que nos tientan a olvidar quiénes somos en Cristo.
Te lo explico de otra manera: es donde cada quien está contribuyendo con su propia oposición y enemistad contra Dios, y se hace como una resbaladilla, y no solo está la resbaladilla sino que tiene un gran mensaje de que lo mejor es echarse por ella, y eso nos impulsa a rebelarnos en contra de Dios. Ahora, ¿dónde crees que está este sistema que se opone a Dios? Porque cuando yo era chico me decían que estaba en las discos —no había antros en ese entonces, lo peor eran las discos—. Pero ¿sabes dónde está? En todos lados donde haya seres caídos, donde haya dos personas que todavía tienen naturaleza caída —y eso nos incluye a ti y a mí—, ahí está el mundo. El mundo es la influencia de otros pecadores que te empujan a pecar y que, por lo tanto, estimulan el pecado que tú ya traes dentro.
15 No te ruego que los saques del mundo, sino que los guardes del maligno.
Tenemos que entender esto. Déjame darte cuatro principios para entender cómo debemos responder al mundo. Número uno: el legalismo y el libertinaje son igualmente destructivos, porque ambos me apartan de la realidad de ser hijo de Dios en Cristo. Dos —y creo que esto es un punto donde puedo sonar un poco divergente— en la creación, la creación de Dios sigue siendo buena, es decir, hay belleza, hay orden y hay rastros de la imagen de Dios en la cultura humana. Déjame plantearte algo que no tengo en el bosquejo: cuando yo era joven, en la iglesia donde crecí, para que te hagas una idea, era pecado escuchar música clásica; si no era música cristiana, eso era pecado. Y creo que debemos entender que el hombre sigue portando la imagen de Dios y hay cosas buenas en cada cultura, pero esa belleza está caída y contaminada. Tres: toda obra humana entonces refleja dos cosas, al Creador y al pecado del hombre; lo hermoso fue hecho por hombres que no quieren glorificar a Dios, que quieren glorificarse a ellos mismos, y sí hay un espacio para disfrutar la belleza de la cultura humana, pero no amarla. Y el criterio de discernimiento nunca debería ser «eso está prohibido»; la manera en que debemos discernir es si esto me acerca a Cristo o me tienta a olvidar quién soy. Quiero ponerte el ejemplo más cotidiano: la música no cristiana, ¿es pecado escucharla? Mi primera respuesta, sin pensarlo dos veces, es no, por definición no es pecado, porque la música sigue reflejando parte de la belleza de Dios. ¿Sabes cuál es el problema? Que dentro de esa música hay música —y ahora sí voy a usar esa expresión— mundana, es decir, si hay música que va a estimular que tu propia rebeldía brote, es por eso que creo que debemos tener muchísimo cuidado. No creo que sea correcto que yo diga «el que escuche música de Luis Miguel está expulsado de la iglesia», eso no es correcto, pero debemos tener mucho cuidado con respecto a qué estamos escuchando, porque creo que un creyente no podría escuchar música cuyos valores están rotundamente en contra de los principios de la Escritura. ¿Y sabes cuál es el problema? Que muchas veces ni nos tomamos la molestia de escuchar.
Volviendo, observa lo que dice, porque la clave en el texto es «no amen al mundo», y lo que queremos preguntarnos es qué significa amar al mundo.
Resumen
Amar al mundo significa permitir que estos valores que se oponen a Dios reemplacen mi amor por Cristo y determinen quién soy, haciendo que me olvide de que soy un hijo de Dios.
Santiago nos lo pone muy claro: nos dice que estos deseos nos hacen matar. Y quiero que observes, porque ya estamos en el verso 16, que dice «todo lo que hay en el mundo», y observa lo que sigue: lo primero es la pasión de la carne. ¿Y a qué se refiere eso? A todos los apetitos humanos que necesitan ser saciados. Hay deseos humanos que Dios nos creó con ellos, que eran buenos originalmente, como por ejemplo Dios nos diseñó con la necesidad de alimentarnos. ¿Puedes pecar alimentándote? Claro que sí; fíjate, el deseo es bueno, pero el mundo es eso que hace que ese deseo se convierta en pecado. ¿Puedes pecar, como la mayoría de los hombres, comiendo de más, o como algunas señoritas, comiendo de menos? ¿Puedes pecar haciendo que la comida que Dios te proveyó sea algo para presumir a los demás? Hay tantas maneras de pecar; el deseo era bueno, pero el mundo lo destruye. ¿La sexualidad es buena o no es buena? Claro que es buena, Dios la creó, pero la creó para que se viviera dentro de un matrimonio de un hombre y una mujer para toda la vida. ¿Qué te ha dicho el mundo? Sexo libre, y hoy mueve una industria millonaria. También hay deseos que no son creados por Dios, que vienen de nuestra naturaleza caída, como el orgullo, la vanidad, ese deseo de ser reconocido por mis logros. Déjame decirte algo: estos deseos de la carne nunca te van a saciar.
Déjame ponerte un ejemplo. Hace unos meses se hizo un escándalo, o unas noticias, acerca de la pirámide nutricional. ¿Has escuchado algo de eso? Yo me acuerdo que cuando era niño, en el pan Bimbo salía una pirámide, y en la base decía que lo que más tenías que comer eran carbohidratos —la tengo en mi mente— es decir, mucho pan Bimbo, muchas galletas, muchas donas Bimbo. ¿Y qué crees? ¿Cuántos crecimos comiendo todos los días pan Bimbo porque nos dijeron que era algo bueno, cierto, y nos dijeron que el mejor desayuno era un cereal saturadísimo de azúcar? Recientemente se publicó, ya de manera oficial, ya no una pirámide sino un nuevo plato del buen comer a nivel oficial. ¿Sabes cuál es el problema? Que mis apetitos ya están trastornados. Si yo te pongo delante de ti, imagínate, un plato con cinco garnachas, con doble tortilla y su papa frita en medio, y al lado una ensalada de espinacas con dos huevitos hervidos partidos por mitad, ¿qué escogerías? No sean mentirosos, los conozco. ¿Por qué? Yo ya sé que es mejor la ensalada, pero tengo algo en mí que me dice «agarra las garnachas». ¿Y sabes qué es lo peor? Mira, esta es la influencia del mundo: vas a agarrar la ensalada, y te empiezan a decir los otros gorditos «ya salió el fitness, claro, ya no te vas a juntar con nosotros, como nosotros somos gorditos». Nuestros apetitos ya están trastornados, y aparte hay una sociedad que te invita a alejarte de lo que es bueno. Esa es la conexión: lo único que puede saciarnos es Cristo, nada de lo que el mundo te está ofreciendo puede satisfacerte, pero el mundo entrenó nuestro paladar espiritual para que lo único que busque sea placer temporal, y por eso debemos cambiar nuestro chip: deja de preguntar «esto está prohibido» y pregúntate «¿esto me acerca a Cristo?». Ya he dicho esto varias veces, pero es que nunca lo voy a superar: hace algunos años estábamos empezando a discipular a una familia, y yo estaba supercontento presentando las verdades del evangelio, pensando que este hombre ya las estaba comprendiendo, y termina la sesión y me dice: «pastor, yo tengo una pregunta» —y ya sabes, el pastor pensando «híjoles, de seguro me va a preguntar qué tengo que hacer para ser salvo»— y qué crees que me preguntó: «pastor, ya quiero que me diga la verdad, ¿cuántas cervezas me puedo tomar sin que sea pecado?». Si tú estás pensando en lo que está prohibido y no en que necesitas conocer a Dios, lo que de verdad debe pensar un hijo de Dios no es en satisfacerse a sí mismo, sino en acercarse a Cristo.
Mira lo que sigue diciendo, porque después de la pasión de la carne dice la pasión de los ojos. ¿Qué es la pasión de los ojos?
8 Todas las cosas son fatigosas, el hombre no puede expresarlas, no se sacia el ojo de ver, ni se cansa el oído de oír.
Nunca se van a saciar nuestros ojos. El deseo de los ojos es todo aquello que codicias y que quieres tener; no importa cuánto tengas, el hombre siempre quiere más. Incluso esto lo escribió un pagano: «todo es nada si quieres un poco más». ¿Sabes cuál es el problema? Que nuestra sociedad, la industria de la publicidad, ¿sabes en qué se basa? En que quieras algo más. Y la vanagloria de la vida está muy relacionada, que es el deseo ya no de tener sino de presumir. ¿Y qué crees, amigo? Las redes sociales son muy buenas, pueden ayudar a ver predicaciones, nos acercan información que antes no teníamos, nos enteran de noticias, pero lo que las mueve es que son una plataforma para presumir lo que tienes o lo que finges tener. Un viejo político dijo que «compramos cosas que no necesitamos, con dinero que no tenemos, para impresionar a gente a la que no le importamos». Esa es la vanagloria de la vida.
Resumen
Los apetitos, la codicia y la vanidad nunca, jamás podrán saciar nuestro corazón.
Y mira lo que el Señor nos dice, porque nos da una razón poderosa para no amarlo.
15 No amen al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él.
En resumen: no puedes amar a Dios y amar a un sistema que se opone a Él. Imagínate esto —es el peor ejemplo que se me pudo ocurrir— que mi esposa se está postulando como candidata de tal partido, y yo le digo «mi amor, te amo, pero voy a votar por los otros», y salgo en los desfiles con mis pancartas promoviendo, no a ella, sino al otro candidato. Aquí entre nos, ¿cómo crees que me iría? No puedes amar a alguien y amar a un sistema que se opone a esa persona.
17 El mundo pasa, y también sus pasiones, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.
Los deseos de la carne sí satisfacen, un ratito. ¿Cuánto te dura el placer del alcohol mientras siga la fiesta? ¿Cuánto te dura el placer del adulterio o de la fornicación? ¿Cuánto te dura el placer de la pornografía? Unos momentos. Es más, ¿cuánto durará todo aquello por lo que luchaste? ¿Dónde va a estar la casa por la que te endeudaste dentro de 100 años? Pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.
Idea clave punto II
El mundo y sus deseos temporales no solo son incapaces de saciarnos, sino que nos separan de la única fuente de vida.
Conclusión
Vimos dos cosas: que lo que necesitamos para reflejar el carácter de Dios es creer la obra que Dios ya completó en nosotros, y que el mundo y sus deseos temporales no solo son incapaces de saciarnos, sino que nos separan de la única fuente de vida. Para vencer al mundo y sus deseos necesitamos creer que la obra de Dios ya está completa en nosotros.
Pensemos en esto: yo estoy seguro de que tú y yo sabemos que somos hijos de Dios, aunque a veces dudamos, y comprendemos, al menos teóricamente, lo que Él ha hecho por nosotros —por eso vienes a la iglesia, por eso participas de la cena del Señor— pero hay ocasiones en que esa corriente del mundo te seduce y te arrastra, donde tu propia pasión te arrastra. Y en México vivimos una cultura tan sensual, que el hombre que me diga que en algún momento de su vida no ha batallado con la lujuria, que me lo diga para ponerle una veladora; no digo que siempre, pero en algún momento de nuestra vida hemos batallado con eso, y vivimos en una sociedad que todos los días nos dice «échate tu taco de ojo, qué tanto es tantito» —o, perdónenme los que trabajan en el IMSS, y no solo en el IMSS, es en cualquier trabajo, pero una de las primeras cosas que yo aprendí, sobre todo cuando estuve en la zona cañera, fue que me dijeron «aquí todos tienen un pollo»—. Imagínate que yo estoy batallando conmigo mismo y la sociedad me impulsa a decir que esto es lo que se tiene que hacer; batallo con las ganancias deshonestas, y vivo en un mundo donde me dicen «da tu mochada y no pasa nada». Y a veces, ¿sabes qué es lo peor? Que en algunos momentos cedemos: comprendemos lo que Dios nos ha dado, sabemos quiénes somos en Cristo, y aun así elegimos el placer temporal del mundo en contra de su voluntad.
Antes de cambiar lo que hacemos, necesitamos cambiar lo que amamos. Necesitamos creer y ver la realidad de que el amor eterno del Padre no se puede comparar con las baratijas de los placeres temporales del mundo. El anhelo más grande de tu alma y de la mía no deben ser cosas creadas, sino la belleza del Creador; que tu identidad no está definida por tus logros o la foto que subas a Instagram, sino por tu nueva posición en Cristo. No vencemos al mundo peleando contra él, sino dejando que la cruz de Cristo nos muestre un amor tan grande que los placeres de este mundo pierdan su atractivo.
¿Cuántas veces hemos fallado en esto? Así que déjame terminar presentándote unas cuantas ideas. Reconoce que en ocasiones no es que olvides el evangelio, es que tu problema es que amas más al mundo. Reconoce que muchas veces la codicia o la vanagloria, aun sabiendo que era incorrecto, fue lo que te motivó a tomar esa decisión; confiésalo como lo que es, no lo minimices — ¿sabes cómo lo llama la Biblia? Adulterio espiritual. Reconoce que lo que el mundo te da, cualquier cosa que te ofrezca, ya lo tienes en Cristo. Déjame ponerte algunos ejemplos. Imagínate un creyente que es miembro de la iglesia, es más, que es servidor de la iglesia, y que ha cedido a la pornografía, que ya se volvió un hábito en su vida: ¿sabes qué es lo que tiene que preguntarse esa persona? ¿Qué te está dando la pornografía? ¿Qué falsificación te está ofreciendo de una realidad que ya tienes en Cristo? ¿Qué te da, placer? No hay mayor placer ni mayor deleite que conocerlo a Él. Imagínate un cristiano ejemplar, viene a la iglesia, pero de pronto ve las redes sociales, ve lo que otros tienen, y su corazón se empieza a llenar de amargura, anhelando lo que otros pueden disfrutar y él no tiene. Ese es el mundo; no necesitas andar en antros y en bares para ceder al mundo, desear cosas que no tienes ya es algo del mundo, y lo que tú anhelas ya lo tienes, mayor y más glorioso, en Cristo. O imagínate un creyente que, sabiendo que es una imprudencia, compra a crédito algo que no necesita y termina endeudado, con problemas que generan tensiones en su casa: ¿qué buscaba en eso? Ya lo tenía en Cristo. Así que, una vez más, no vencemos al mundo combatiéndolo, sino dejando que la cruz de Cristo nos muestre un amor más grande que lo que el mundo nos ofrece.
Lo que necesitamos entonces es cultivar hábitos que alimenten nuestro amor por Cristo; no necesitamos una larga lista de «no», lo que necesitamos es amar más a Cristo que a cualquier otra cosa. No basta con decirle «no» al mundo, porque hay muchas personas que no fuman, no toman, no bailan, no escuchan nada que no sea música cristiana, y están totalmente en la corriente del mundo; lo que necesitamos es decirle «sí» a algo más glorioso, a Cristo. Necesitamos buscarlo en la palabra diariamente para enamorarnos de Él, no como una tarea pesada. Y esto sí te lo quisiera recomendar: ayunar. Es parte de las disciplinas espirituales de cada creyente, se esperaba que los creyentes ayunaran, pero te voy a recomendar un tipo de ayuno que te va a doler más que quitarte la comida: ayuna de redes sociales, procura decir «esta semana no voy a abrir nada de redes sociales»; te puedo asegurar que para muchos es más difícil que no comer 40 días y 40 noches. Y practica la comunidad: acércate a la iglesia, a tus hermanos que luchan como tú.
El mundo te va a seguir llamando y buscando seducirte, pero hoy queremos recordar que la manera de vencerlo es tener un amor más grande que lo que el mundo nos ofrece, un amor que brota de tener claro lo que Dios ya nos ha dado en Cristo. Entiende esto: ya no somos personas derrotadas; aunque batallemos, aunque caigamos, la victoria es segura, porque ya conocemos al Padre, porque ya hemos vencido al maligno, y todo eso es por causa de Cristo.
Señor, queremos rogarte que nos concedas ser saciados de tu amor, para que tu amor venza al mundo. No podemos vencerlo nosotros, pero tú sí; sácianos de tu misericordia. Te lo ruego en el nombre de Jesús. Amén.