Introducción

10 En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del diablo: todo aquel que no practica la justicia, no es de Dios; tampoco aquel que no ama a su hermano. 11 Porque este es el mensaje que ustedes han oído desde el principio: que nos amemos unos a otros. 12 No como Caín que era del maligno, y mató a su hermano. ¿Y por qué causa lo mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas. 13 Hermanos, no se maravillen si el mundo los odia. 14 Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en muerte. 15 Todo el que aborrece a su hermano es un asesino, y ustedes saben que ningún asesino tiene vida eterna permanente en él. 16 En esto conocemos el amor: en que Él puso Su vida por nosotros. También nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. 17 Pero el que tiene bienes de este mundo, y ve a su hermano en necesidad y cierra su corazón contra él, ¿cómo puede morar el amor de Dios en él? 18 Hijos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad. 19 En esto sabremos que somos de la verdad, y aseguraremos nuestros corazones delante de Él 20 en cualquier cosa en que nuestro corazón nos condene. Porque Dios es mayor que nuestro corazón y Él sabe todas las cosas. 21 Amados, si nuestro corazón no nos condena, confianza tenemos delante de Dios. 22 Y todo lo que pidamos lo recibimos de Él, porque guardamos Sus mandamientos y hacemos las cosas que son agradables delante de Él. 23 Y este es Su mandamiento: que creamos en el nombre de Su Hijo Jesucristo, y que nos amemos unos a otros como Él nos ha mandado. 24 El que guarda Sus mandamientos permanece en Él y Dios en él. Y en esto sabemos que Él permanece en nosotros: por el Espíritu que nos ha dado. *** ← 1 John 2 | 1 Juan | 1 John 4 →

Espíritu Santo, necesitamos de Ti. Necesitamos que Tu obra se siga manifestando en nosotros. Ayúdame a exponer Tu palabra; ayúdame en mi debilidad, en mi fragilidad, a poder ser fiel. No permitas que hable en la carne ni desde mi propio corazón, sino lo que el Señor quiere hablar el día de hoy a Su iglesia. Espíritu Santo, obra en mi corazón y en el corazón de mis hermanos esta mañana. Te lo pido en el nombre poderoso de Cristo Jesús. Amén.

Buen día, iglesia, sean todos bienvenidos. Y si hay alguien que nos visita por primera vez, o que hace tiempo no venía, solamente quiero recordarte que, por la gracia del Señor, estamos viendo una serie de predicaciones en las cartas de Juan. La iglesia de Éfeso estaba pasando por un tiempo muy difícil, muy complicado: se habían inmiscuido falsos maestros que llevaban doctrinas erróneas, y esas doctrinas estaban causando divisiones, conflictos entre hermanos, conflictos en los corazones. Por eso Juan se ve obligado, por la obra del Espíritu, a escribir estas cartas. Y eso es lo que estamos viendo. El día de hoy vamos a escudriñar la Escritura en la primera carta de Juan, en el capítulo 3, del verso 10 al 24. Te animo a que, si traes tu Biblia, vayas a ella; ahí es donde vamos a meditar.

Ilustración: de tal padre, tal hijo

Fíjate que lo que Juan nos quiere dar en este capítulo es la evidencia de quiénes son los hijos de Dios y quiénes los hijos del diablo, y déjame compartirte algo de mi vida.

A mi padre biológico lo conocí a los 18 años y lo vi unas horas. Después lo vi cuando tenía unos 27 o 28 años, otras cuatro o cinco horas. Pasados unos 17 años lo volví a ver, como tres días, y hace unas semanas lo vi dos días. Mi padre biológico y yo no hemos tenido una relación cercana, tampoco mala, pero la realidad es que no nos conocemos. Y qué increíble es la genética: yo no crecí como él, y con lo poco que lo he visto no he querido ser como él; sin embargo, aquellos que lo han visto y me han visto dicen: «caminan igual, se sientan igual, miran igual». Apenas subió él una foto a su estado de WhatsApp: nos tomamos una foto en una banca, y cuando la subió estábamos sentados igual, la misma postura, la misma curvatura, todo idéntico. Es inevitable que yo diga que soy su hijo biológico.

Por otra parte, existe la persona que me crió hasta los 10 años, que me dio su apellido, y no nos parecemos en nada. Solamente tenemos el mismo apellido. Estuve con él, trató de enseñarme muchas cosas y, por la gracia de Dios, soy una nueva criatura: qué bueno que no aprendí nada de eso. No nos parecemos en nada.

Y eso es lo que Juan nos quiere decir. Es lo que Juan ve como problema en la iglesia.

Para entender un poco mejor este mensaje, lo he dividido en tres puntos. El primero es lo que no es el amor. El segundo, lo que es el amor. Y el tercero, lo que el amor hace por los creyentes.

I. Lo que no es el amor (3:10-15)

10 En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del diablo: todo aquel que no practica la justicia, no es de Dios; tampoco aquel que no ama a su hermano. 11 Porque este es el mensaje que ustedes han oído desde el principio: que nos amemos unos a otros. 12 No como Caín que era del maligno, y mató a su hermano. ¿Y por qué causa lo mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas.

En el verso 10, Juan nos dice: «En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del diablo: todo aquel que no practica la justicia, no es de Dios; tampoco aquel que no ama a su hermano». Juan estaba viendo un problema, y aquí nos aclara dos cosas: que existen los hijos de Dios y los hijos del diablo.

Mira, para las personas de este mundo —y cuando digo «mundo» me refiero al globo terráqueo, a todas las sectas y naciones— existe algo que se llama pluralismo religioso, o diversidad religiosa: un sistema múltiple donde creen en muchos dioses, donde las cosmovisiones son distintas, donde creen en seres de otras galaxias, en seres de esta tierra. Pero lo que Juan está diciendo es que solamente existen dos bandos: los hijos de Dios y los hijos del diablo.

Juan dice: «todo aquel que no practica la justicia no es de Dios». Esta expresión, «de Dios», señala a una persona que no tiene a Dios como la fuente de sus acciones: una persona que odia, que no ama, que causa división, que tiene celos. Esas acciones solo demuestran una cosa, y es el pecado. Unos versículos antes, en el verso 8, Juan nos deja claro que «el que practica el pecado es del diablo». Fíjate que Juan es certero, es directo, no se anda con rodeos.

Esta idea de la justicia y del amor forma un puente para iniciar una discusión nueva. Ahora, en los siguientes versículos, Juan hace a un lado a los hijos del diablo: ya dejó clara la existencia de dos bandos, y ahora quiere hablarles a los hijos de Dios, a la comunidad de creyentes, a los que han nacido de nuevo. En el verso 11 Juan está amonestando a los hijos de Dios, a nosotros; es imposible que se esté dirigiendo a una audiencia no convertida. Está hablando a la iglesia del Señor.

Ahora, cuando Juan dice «este es el mensaje que ustedes han oído desde el principio», ¿a qué se refiere? Se refiere al evangelio de Jesús, a lo que Jesús dijo. Mira lo que dice el Evangelio de Juan, capítulo 13, verso 34:

34 »Un mandamiento nuevo les doy: “que se amen los unos a los otros”; que como Yo los he amado, así también se amen los unos a los otros. 35 En esto conocerán todos que son Mis discípulos, si se tienen amor los unos a los otros».

Jesús está diciendo: quiero que se amen como yo los he amado, como yo los vine a amar. Y uno puede preguntarse por qué es un mandamiento nuevo, si Moisés ya escribió en Levítico:

18 No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor.

En el Antiguo Testamento esto estaba enfocado solamente a los hijos de Dios, al pueblo de Israel o a la comunidad cercana; era solamente para ellos. Lo que lo hace nuevo es que Jesús dice: «como yo los he amado». Es algo totalmente diferente, porque hay veces que ni a nosotros mismos nos queremos, ¿y cómo vamos a querer al prójimo? Pero Jesús dice: ámenlos como yo lo he hecho. El parámetro es el amor de Cristo: un amor sacrificial, que más adelante vamos a detallar.

Entonces, Juan nos muestra el lado opuesto de amar en la historia de Caín y Abel. Es el ejemplo contrario a lo que debemos hacer. Y fíjate que me sorprende cómo Juan nos habla del Génesis. Nos trae esta historia, y mira lo que Dios dice en Génesis 3:15, cuando le hace una promesa a Eva y está haciendo justicia hacia la serpiente y hacia el pecado del hombre:

15 Pondré enemistad Entre tú y la mujer, Y entre tu simiente y su simiente; Él te herirá en la cabeza, Y tú lo herirás en el talón».

Dios le dice a la serpiente que habrá una guerra entre dos familias, entre dos bandos. Y no está hablando de serpientes: está hablando de aquellos que han caído en la tentación y de aquellos que son descendientes de la mujer. ¿Quién será un descendiente de la serpiente y quién un descendiente de la mujer en esta historia? Acompáñame a Génesis 4:

1 Y el hombre se unió a Eva, su mujer, y ella concibió y dio a luz a Caín, y dijo: «He adquirido varón con la ayuda del Señor». 2 Después dio a luz a Abel su hermano. Y Abel fue pastor de ovejas y Caín fue labrador de la tierra. 3 Al transcurrir el tiempo, Caín trajo al Señor una ofrenda del fruto de la tierra. 4 También Abel, por su parte, trajo de los primogénitos de sus ovejas y de la grasa de los mismos. El Señor miró con agrado a Abel y su ofrenda, 5 pero no miró con agrado a Caín y su ofrenda. Caín se enojó mucho y su semblante se demudó. 6 Entonces el Señor dijo a Caín: «¿Por qué estás enojado, y por qué se ha demudado tu semblante? 7 Si haces bien, ¿no serás aceptado? Pero si no haces bien, el pecado yace a la puerta y te codicia, pero tú debes dominarlo». 8 Caín dijo a su hermano Abel: «Vayamos al campo». Y aconteció que cuando estaban en el campo, Caín se levantó contra su hermano Abel y lo mató. 9 Entonces el Señor dijo a Caín: «¿Dónde está tu hermano Abel?». Y él respondió: «No sé. ¿Soy yo acaso guardián de mi hermano?».

Esta historia es una especie de repetición del capítulo 3: la serpiente presentando la tentación, viniendo al hombre y seduciéndolo, y el hombre cediendo a la tentación. En esta historia, el pecado está al acecho, a la puerta, como una bestia salvaje. El pecado es una bestia salvaje que viene a destruir. ¿Qué llevó a Caín a cometer ese asesinato? Caín era descendiente de la serpiente; Abel era descendiente de la mujer, de la simiente de la mujer, y la historia continúa y apunta a Cristo. Caín tenía un antecedente de amargura, de envidia, de odio, de enojo; por eso el Señor no vio con agrado su ofrenda.

Fíjate que Dios, en su omnisciencia y en su presciencia, sabía que Caín iba a fallar. Al Señor nada le sorprende, nada le toma por sorpresa: Él lo sabe todo, escribió la historia desde antes de que se fundara este mundo y sabe todo lo que va a pasar. Pero lo más importante es esto: el Señor no estaba viendo solamente su acción; estaba viendo su corazón. Eso me retumba, porque hoy hay muchos cristianos que están teniendo buenas acciones, que están llevando ofrendas, pero no sabemos cómo está su corazón. No te fíes de las acciones. Necesitamos ser Abeles y no Caínes.

Mira: Caín no cuidó de la familia, no cuidó de su hermano, no mostró amor; fue un egoísta, un amante de sí mismo. Y fíjate hasta dónde llega Caín en Génesis 4:9. El Señor le dijo: «¿Dónde está tu hermano Abel?», y él respondió: «No sé; ¿soy yo acaso guardián de mi hermano?». Envidioso, homicida, y además —decimos— respondón: todavía le contesta al Señor. ¿No te suena familiar?

Con este relato del Génesis, Juan pone el dedo en la llaga: los sentimientos de culpa que surgen de evaluar la vida propia en comparación con la de otros son los que provocan odio hacia un hermano en Cristo. Y eso, hermano, son acciones satánicas. Déjame explicártelo un poco más claro. Cuando tú tienes odio hacia un hermano, cuando tienes envidia —y no solamente puedes envidiar su situación financiera; puedes tener celos o envidia de su familia, de su esposo, de su esposa, de sus hijos—, sabes que eso no puede emanar de Dios. Definitivamente no puede emanar de alguien que ha nacido de nuevo.

13 Hermanos, no se maravillen si el mundo los odia.

Cuando Juan nos habla del «mundo» se refiere a aquellos que son del maligno, a los que están en contra de la voluntad de Dios, donde hay odio, donde hay homicidio. Puede ser un sistema completo, instituciones, falsos cristianos —aquellos a quienes capítulos atrás Juan llamaba anticristos—. No te maravilles si el sistema te odia, no te maravilles si te ven mal, porque son del maligno, porque no son del Señor, porque no han nacido de nuevo. Juan está tomando las palabras de Jesús, y nos recuerda lo que Él dice en el Evangelio de Juan:

18 »Si el mundo los odia, sepan que me ha odiado a Mí antes que a ustedes. 19 Si ustedes fueran del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como no son del mundo, sino que Yo los escogí de entre el mundo, por eso el mundo los odia.

Y déjame hacer un comercial: dice «sino que yo los escogí de entre el mundo». Es una afirmación de que el Señor nos escoge; es una afirmación de que nadie le busca. Apenas platicaba con unos hermanos y les decía que nuestro Dios no es un Dios atractivo, es un Dios atrayente. Un Dios atractivo es como a ti te gusta; y muchas veces, aun después de haber nacido de nuevo, no queremos un Dios al que tengamos que amar al hermano, un Dios que nos pida morir a la carne. Esa es una muestra de que nuestro Dios es atrayente. Ninguno de los que estamos sentados en este lugar ha venido por sus propios méritos. El Señor nos ha traído, y eso es solamente por su pura gracia.

Volviendo al tema: Jesús nos dijo que no nos maravilláramos si el mundo nos iba a odiar, porque a Él lo odió primero. Eso es bastante normal para aquellos que no pertenecen a la familia de Dios. Lo que no es normal es que en la familia de Dios exista el odio, la indiferencia. Juan está viendo ese problema en la iglesia: está viendo la indiferencia, está viendo el odio, y por eso escribe estas cartas contra los falsos cristianos.

14 Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en muerte. 15 Todo el que aborrece a su hermano es un asesino, y ustedes saben que ningún asesino tiene vida eterna permanente en él.

Es obvio que cuando Juan dice «nosotros», no se está refiriendo solamente a los doce que Jesús llamó primeramente, sino a todos nosotros, a los que hemos nacido de nuevo, a los que somos hijos de Dios. El amor por los hermanos es la evidencia de que somos de los suyos. Recuerda lo que dice Jesús en Juan 13:35: «En esto conocerán todos que son mis discípulos, si se tienen amor los unos a los otros».

Y en el verso 15 dice: «todo el que aborrece a su hermano es un asesino». La palabra en griego para «aborrecer» es miseo, que significa odiar, detestar. Si tú aborreces a tu hermano, si lo odias, si lo detestas, eres un homicida igual que Caín. No hay diferencia. Lastimosamente Juan se está percatando de que esto no pasa solamente con los incrédulos, sino que está pasando también en la iglesia del Señor, desde la iglesia de Éfeso hasta la iglesia del día de hoy. No somos la excepción. Fíjate además que cuando Juan dice «el que aborrece a su hermano», indica una relación estrecha: no dice «el que aborrece a los hermanos», «el que aborrece a la iglesia», «a la congregación»; dice su hermano, en un sentido de pertenencia, en esa relación estrecha que se supone que debemos tener.

Entonces te tengo una pregunta: ¿eso pasa en la iglesia de Cristo? ¿Existe el odio en las congregaciones? ¿Existen las envidias? ¿Incluso existen los malos deseos? ¿Cuántas veces no creemos ser mejores que Dios y decimos: «eso es lo que se gana; déjalo, déjala que caiga, que tropiece; es un necio, no entiende»? ¿Tú te acuerdas de David? Fíjate lo que dice Segunda de Samuel, en el capítulo 12:

9 ¿Por qué has despreciado la palabra del Señor haciendo lo malo ante Sus ojos? Has matado a espada a Urías el hitita, has tomado su mujer para que sea mujer tuya, y a él lo has matado con la espada de los amonitas.

Es el profeta Natán confrontando a David, confrontando su pecado. ¿Y de qué está pecando aquí David? ¿De homicida? Él pecó porque deseó a la mujer de Urías, y eso se llama adulterio. Y aunque no fue él quien lo mató con sus propias manos, orquestó, hizo lo posible para que fuera a la batalla y muriera. Mira también la advertencia que nos hace Pedro:

15 Que de ninguna manera sufra alguien de ustedes como asesino, o ladrón, o malhechor, o por entrometido.

Hermano, Pedro está haciendo una advertencia a creyentes, a cristianos. El odio hacia un hermano es equivalente al homicidio espiritual, igual que el ojo codicioso. ¿Te acuerdas de lo que dice Jesús en Mateo 5:28?

28 Pero Yo les digo que todo el que mire a una mujer para codiciarla ya cometió adulterio con ella en su corazón.

Los fariseos decían que no había adulterio hasta que no hubiera el acto; Jesús dice que no: si en tu corazón ya la deseas, estás cometiendo adulterio y estás pecando. Entonces es lo mismo. No vas a agarrar al hermano del pescuezo, pero en tu corazón lo estás haciendo; no vas a llevar al hermano directamente a la perdición, pero muchas veces en tu corazón lo estás deseando. Y todavía, cuando el hermano cae, dices: «se lo dije, yo se lo dije, pero no entendió». Es algo que tu corazón ya estaba deseando. Cuando un hermano cae, cuando un hermano falla, cuando tiene un problema a causa de una mala decisión, hermano, eso nos debe doler. No nos debemos alegrar ni decir «te lo dije». Debemos dolernos, porque en eso conoceremos que amamos a los hermanos.

Juan sigue diciendo que «ningún asesino tiene vida eterna permanente en él». Mira: Juan no está diciendo que el que odia a su hermano no posee la vida eterna, sino que no la tiene en forma permanente, y se refiere al control de sus acciones. Hermano, nuestras acciones deben emanar de lo que el Señor ha hecho en nuestras vidas. Cuando el Señor permanece en nuestro corazón, nuestras acciones son distintas a las del mundo. Mira lo que dice 1 Juan 5:20:

20 Y sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado entendimiento a fin de que conozcamos a Aquel que es verdadero; y nosotros estamos en Aquel que es verdadero, en Su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios y la vida eterna.

Permanecer en Él nos da entendimiento de quién es Dios; permanecer en Él es vivir su voluntad; permanecer en Él es tener comunión. El pecado no tiene lugar, no tiene espacio en la vida de un cristiano; no nos puede dominar, pues el que ahora nos domina es Cristo, a través del Espíritu Santo, ese Espíritu que fue imputado en nosotros por una obra milagrosa. Ya no nos domina el pecado. Con estas palabras, Juan deja claro que ningún homicida, ningún envidioso, ningún celoso tiene a Cristo permaneciendo en él. Así que el odio de parte de un creyente hacia otros es una experiencia de homicidio moral. ¿Y sabes que también la indiferencia es una clase de homicidio? Cuando eres indiferente a tu hermano, eres como un homicida. Mira lo que dice Jesús en Mateo 5:21-22:

21 »Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: “No matarás” y: “Cualquiera que cometa homicidio será culpable ante la corte”. 22 Pero Yo les digo que todo aquel que esté enojado con su hermano será culpable ante la corte; y cualquiera que diga: “Insensato” a su hermano, será culpable ante la corte suprema; y cualquiera que diga: “Idiota”, será merecedor del infierno de fuego.

Juan es demasiado práctico, y nos dice que aquel que no ama a su hermano permanece en muerte. De modo que un cristiano puede estar en una congregación, puede incluso verse involucrado en alguna actividad, pero en una forma práctica vivir igual que el mundo. Mira, no seamos Caín, seamos Abel. ¿De qué sirve venir y estar haciendo alguna actividad en la iglesia, cuando afuera somos distintos, cuando afuera no practicamos la verdad? Hermano, ¿de qué sirve sacarte fotos saludando a tu hermano? ¿De qué sirve sacarte fotos llevando comida a los hospitales, dando dinero, llevando ropa, si cuando te enfrentas a la realidad te vuelves un homicida? ¿De qué sirve si allá afuera, con cualquier comentario que te hagan, explotas, deseas el mal, no muestras que eres hijo de Dios? Es lo mismo que hizo Caín: llevó una ofrenda, pero no era agradable al Señor, porque Él estaba viendo su corazón. No digo que sea malo que te saques fotos, hermano. Nosotros vamos a mostrar que somos hijos de Dios; no necesitamos hacernos publicidad nosotros solos.

Nosotros no estamos excluidos del mundo, no estamos encerrados en una esfera. El día de mañana vas a ir a trabajar —tal vez no trabajes por el Día de Muertos, pero vas a ir a trabajar el martes o el miércoles—, vas a ir a la escuela, te vas a reunir con algunos conocidos, y ahí vas a demostrar que eres Abel, que eres un hijo de Dios. En la iglesia demuestras que eres un hijo de Dios cuando un hermano viene y te quiere hablar mal de otro. Ahí puedes demostrar que eres Caín o que eres Abel. ¿Cómo demostrarías que eres Caín? Le sigues la plática, ¿verdad? Le aumentas, le pones. ¿Y cómo demuestras que eres Abel? «Esto no es agradable al Señor. No ofendas a mi hermano ni a mi hermana. Y si tienes algo con mi hermano o con mi hermana, habla con mi hermano o con mi hermana».

Un homicida no puede decir que tiene la clase de comunión íntima con Dios y con Cristo que sugiere la palabra «permanecer», y Cristo no mora en su corazón mientras ese espíritu homicida esté presente. Esa persona se encuentra en una forma desastrosa de muerte. ¿Qué nos dice Pablo en Romanos 8:13?

13 Porque si ustedes viven conforme a la carne, habrán de morir; pero si por el Espíritu hacen morir las obras de la carne, vivirán.

Desde la iglesia primitiva hasta el día de hoy, es necesario recordar lo que Juan nos dice: es evidente que no solo los incrédulos padecen de este estilo de vida. Hermano, solo hay dos caminos, el de la vida y el de la muerte. No hay más.

Resumen

El que odia a su hermano, o es indiferente a él, vive en muerte como Caín, aunque lleve ofrendas y participe en actividades: Dios mira el corazón. Solo hay dos caminos, el de la vida y el de la muerte.

II. Lo que es el amor (3:16-18)

16 En esto conocemos el amor: en que Él puso Su vida por nosotros. También nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. 17 Pero el que tiene bienes de este mundo, y ve a su hermano en necesidad y cierra su corazón contra él, ¿cómo puede morar el amor de Dios en él? 18 Hijos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad.

El carácter verdadero del amor cristiano sobresale al contrastarlo con el odio o el homicidio: la esencia del amor es dar la vida en beneficio de los demás, y no quitarla. Hay una persona que es el mayor ejemplo de amor incondicional, sacrificial, registrado hace unos dos mil años, y es Jesucristo. Él es nuestro ejemplo; Él es el que amó de hecho y de verdad.

Y mira, muchas veces venimos y decimos que Cristo es nuestro modelo, y en teoría eso es cierto: Él es nuestro modelo. Pero necesitamos al Espíritu en nosotros, y es algo que Él nos regala por su gracia. Yo tuve un modelo desde que nací hasta los diez años, que quiso que yo fuera como él; pero yo no tengo su ADN, solo tengo su apellido, Franco. Nosotros, en cambio, hemos nacido de nuevo, y tenemos más que un ADN: tenemos el Espíritu del Señor que mora en nosotros. Y esto es algo sobrenatural, es un milagro; esta es la gracia del Señor, que tú y yo no merecemos, pero a Él le plació que la tuviéramos. Ahora tenemos que ponerla en práctica. Nuestro modelo es Cristo, y el Espíritu está en nosotros; entonces tenemos que mostrar el mismo amor que vino a mostrar Cristo: un amor misericordioso, un amor dador, un amor compasivo, un amor servicial.

Hermanos, el amor de Dios vino en forma de hombre, en Cristo encarnado, y ahora Él mora en nosotros, y eso nadie nos lo puede quitar. No hay poder en el universo que nos quite al Señor, al Espíritu que mora en nosotros. Es un regalo tremendo, que debemos considerar. ¿Tú recuerdas el lavamiento de pies en el aposento alto? Cuando el Señor viene y lava los pies, era algo vergonzoso, algo que solamente los esclavos podían hacer. Y Él no solamente lo hizo esa vez: desde antes ya había venido a morir por nosotros, vino a servirnos, nos amó, nos rescató, nos salvó, nos sigue sosteniendo, está con nosotros, es nuestro abogado. Por eso nosotros no somos como la iglesia tradicional, que cada año va y lava pies. ¿De qué sirve que cada año vayas y laves pies si el resto del año no vives como un hijo de Dios? No es tan diferente el lavamiento de pies que hace la iglesia tradicional cada año de tener una actividad en la iglesia: estás haciendo lo mismo. El punto es el corazón, hermano. El amor del Señor es un amor práctico, es un amor constante, y es el que tenemos que reflejar nosotros que somos sus hijos. No podemos vivir de la misma manera: somos el reflejo de lo que Él ha hecho en nuestras vidas.

Dice el verso 17: «Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano en necesidad y cierra su corazón contra él, ¿cómo puede morar el amor de Dios en él? Hijos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad». Cuando dice «cierra su corazón», es igual a odio. En el original, fíjate, dice «cerrar los intestinos», porque antes se creía que las emociones estaban en los intestinos; pero eso fue en la cultura antigua, y la traducción es «cerrar su corazón».

Tenemos la mala cultura de creer que los bienes son solamente casas, terrenos, autos. Hermano, no se refiere solamente a eso: el alimento y el vestido entran también aquí, porque el alimento y el vestido sostienen la vida. Y si el amor del creyente es genuino, ¿cómo podría ver a su hermano padecer alguna de estas necesidades y cerrar su corazón?

Ilustración: contar los pesitos

Todos, en algún momento, hemos pasado por momentos difíciles en la vida, económicamente. Todos hemos contado los pesitos; a veces contamos los billetes, y a veces volvemos a contar los pesitos. Yo me acuerdo de que hace muchos años, cuando mi esposa y yo teníamos 18, 19 años y estábamos casados, no teníamos para comer. Si tú lo has vivido, ¿sabes lo que se siente? Llegábamos a la casa de un tío a la hora de la comida, a visitarlo: «Hola, tío, lo vine a visitar». Yo veía la cara de mi tío, y decía: «Pásale», y nos daba de comer. Y no es cristiano.

Si tú sabes de algún hermano que está padeciendo, no cierres tu corazón. Hermano, si tú tienes comida, tienes un bien; si tienes una casa, tienes un bien, aun si la estás rentando, porque el Señor te lo ha dado. ¿Cuántas veces has sabido de alguien que aún tiene dónde quedarse y ha cerrado la puerta de su casa? «Es que no cabemos, es que voy a estar incómodo». Hermano, tenemos que mostrar el amor. Así que yo te animo, yo te invito a que no lo cierres.

La prueba del amor no consiste en la expresión verbal. «Dios te bendiga, ¿cómo estás? Estamos orando por ti». Oye, ¿qué es esto?, «orando por ti, orando por ti, orando por ti». Eso es bueno, no me malentiendas, es muy bueno. Pero pones «orando, orando, orando», y el domingo ves a tu hermano y le dices: «¿cómo estás? Hoy en la semana vi que tuviste este problema, ¿estás bien?». Eso es fácil: mandar un mensaje, decir «hermanos, los amo, familia de la iglesia, saben cómo me da gusto estar aquí», y allá afuera ni los quieres saludar. La verdadera prueba del amor es dar, es ayudar, es invertir. Podemos dar pequeñas y grandes muestras de amor.

Ilustración: el joven que llegó hace ocho días

Hace ocho días vino un joven nuevo. ¿Te acuerdas de su nombre? Zaid. Vino Zaid. Hermano, Dios quiere mostrar su amor a través de nosotros. Vino un joven —no levantes la mano—. Al terminar el servicio, ¿cuántos se acercaron a darle la bienvenida? ¿Cuántos fueron a mostrar el amor de Cristo, a decirle «bienvenido, esta es tu casa»? ¿Lo ignoraste?

Hermano, cada persona que llega a la iglesia, el Señor la trae; el Señor la trajo aquí para que vea el amor, ¿y se encuentra con indiferencia, con homicidio? No podemos vivir igual, hermanos. Comprendo a la iglesia que termina el culto y sale corriendo, pero ¿de qué sirve venir y decir que amas al Señor, que amas lo que Él ha creado, que ahora vives para Él, que ahora le sirves, «haz de mí lo que tú quieras, Señor, ahora te quiero servir», y no sirves dando la bienvenida? El problema es que le dejamos la bienvenida al grupo de bienvenida, pero la bienvenida se la debe dar toda la iglesia. La bienvenida no es solamente para unos cuantos; la tenemos que dar todos. La indiferencia es igual a cerrar tu corazón. Hay que amar de hecho y de verdad.

Resumen

La esencia del amor es dar la vida por los demás, no quitarla. Cristo es el modelo, y el Espíritu que mora en nosotros nos lo hace posible. El amor se prueba con hechos —dar, ayudar, acoger—, no con palabras; la indiferencia es cerrar el corazón.

III. Lo que el amor hace por los creyentes (3:19-24)

Y después de que Juan nos da una zarandeada y nos dice lo que no debemos hacer, ahora Juan viene y nos apapacha.

19 En esto sabremos que somos de la verdad, y aseguraremos nuestros corazones delante de Él 20 en cualquier cosa en que nuestro corazón nos condene. Porque Dios es mayor que nuestro corazón y Él sabe todas las cosas.

Lo que Juan nos está diciendo es que una de las evidencias de la realidad de estar participando en la verdad es que lo estamos haciendo de forma experimental, de forma práctica: que estamos amando, que estamos solventando las necesidades de otros. Ahora, ¿cómo solventamos las necesidades de otros? Hay veces que es en oración. Necesitamos orar unos por otros; eso es un mandato, no es una opción. Es fácil criticar al hermano y decir: «no vino, llegó tarde, lo vi que andaba en una cantina». Tenemos que orar unos por otros. Esa es la práctica del amor; esa es una necesidad que tenemos los unos con los otros.

Mira, en la esfera del amor del creyente hacia los cristianos, Cristo ha puesto un estándar muy alto, pero no imposible. Para aquellos que no tienen el Espíritu de Dios en sí, es imposible, porque en la carne no podemos: nos dan, queremos regresar; nos dicen, queremos volver a decir. Pero si el Espíritu permanece en nosotros y nosotros en Él, somos victoriosos.

Lo que nos está diciendo Juan es que el creyente pudiera sentirse incapaz de cumplir y pensar de una manera profunda que fracasa; pero él nos dice: puedes descansar y recordar que Dios toma en cuenta las cosas de tu corazón, lo que en ese momento te está incomodando. Si el creyente vive de una forma práctica el amor, como lo que Juan nos menciona, puede convencer a ese corazón afligido con sentimientos de culpa, y puede recordar que Dios está consciente de tu compromiso fundamental con la verdad.

Tú recuerdas cuando el Señor Jesús le preguntó a Pedro: «Pedro, ¿me amas? ¿Pedro, me amas?». Y él le contestó: «Señor, tú lo sabes todo, sabes que te amo». Pedro lo negó, pero no por eso el Señor lo dejó de amar, ni Pedro dejó de amar al Señor. Igual que hace rato, Jesús, en su omnisciencia y en su presciencia, sabía que lo negaría, pero eso no hizo que lo dejara de amar. El Señor sabe que fallamos, el Señor sabe que resbalamos; pero si confesamos nuestro pecado y nos arrepentimos, Él puede sanarnos, puede limpiarnos, puede restaurarnos, puede usarnos para su reino como lo hizo con Pedro. Él nos restaura, hermano.

21 Amados, si nuestro corazón no nos condena, confianza tenemos delante de Dios. 22 Y todo lo que pidamos lo recibimos de Él, porque guardamos Sus mandamientos y hacemos las cosas que son agradables delante de Él.

Una vez que ese corazón acusador ha sido silenciado, porque confía en el hecho de que Dios lo sabe todo, disfruta de una nueva confianza en Dios. Hermano, confía en la oración, confía en la relación que tienes con el Señor, confía en que el Señor responde. En este punto el autor da por hecho el resultado de una participación activa en la verdad. Y esto emana del amor implantado, imputado de Dios en nosotros: actos de amor. Los cristianos pueden calmar su corazón censurador y obtener confianza en sus oraciones, que son respondidas, porque como creyentes ahora se sujetan a una consciente voluntad de hacer lo que Dios les pide, y lo hacen no por obligación, sino porque es lo que ahora somos. Aquí Juan da por sentado que estamos viviendo el amor de una forma práctica.

23 Y este es Su mandamiento: que creamos en el nombre de Su Hijo Jesucristo, y que nos amemos unos a otros como Él nos ha mandado.

Lo que caracteriza a un verdadero hijo de Dios es que guarda esos mandamientos, y ahora esos mandamientos se resumen en un solo mandamiento: fe y amor. Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo: esa es la primera referencia de fe, creer en Jesús. Entonces, cuando un verdadero creyente está participando de forma activa en los actos de amor, logra confianza ante Dios en su oración, y lo que hace el Señor es ordenarle vivir una vida plena en el nombre de Cristo, sostenida por el amor.

24 El que guarda Sus mandamientos permanece en Él y Dios en él. Y en esto sabemos que Él permanece en nosotros: por el Espíritu que nos ha dado. *** ← 1 John 2 | 1 Juan | 1 John 4 →

Hermano, una relación mutua, una relación vital. ¿Tú te acuerdas de la parábola de la vid y los pámpanos? Mira lo que dice Jesús en Juan 15:

4 »Permanezcan en Mí, y Yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco ustedes si no permanecen en Mí. 5 Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en Mí y Yo en él, ese da mucho fruto, porque separados de Mí nada pueden hacer.

7 »Si permanecen en Mí, y Mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y les será hecho.

¿Quién es la vid? Cristo. Hermanos, Él permanece en nosotros por medio de su Espíritu Santo. Ese Espíritu produce en nosotros fe y amor, que son los dos aspectos del mandamiento dado en el verso 23.

Resumen

Quien ama de hecho y de verdad puede calmar un corazón que lo condena, porque Dios es mayor que nuestro corazón y lo sabe todo. De ahí nace la confianza en la oración y la certeza de que permanecemos en Cristo y Él en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado.

Conclusión

Déjame terminar esta prédica con unos puntos para reflexionar.

Primero, examina la fuente de tus acciones. Asegúrate de que tus obras nazcan del amor y la justicia de Dios, reconociendo que la indiferencia, el odio y el enojo hacia un hermano equivalen espiritualmente al homicidio moral.

Segundo, practica un amor activo y sacrificial. Sigue el ejemplo de Jesucristo, amando no solo de palabra o de lengua, sino de hecho y en verdad, respondiendo a las necesidades materiales y espirituales de nuestros hermanos.

Tercero, vence la condenación del corazón. ¿Cómo hacemos eso? Descansando en la omnisciencia de Dios: cuando nos sintamos imperfectos, si confesamos y vivimos en su verdad, Él nos limpia y nos restaura.

Cuarto, mantén la confianza en la oración. Guarda sus mandamientos, alinéalos a su voluntad, para que nos acerquemos con plena confianza al Padre, sabiendo que Él responde a nuestras peticiones.

Y quinto, permanece unido a la vida verdadera. Vive diariamente guiado por el Espíritu Santo en una relación vital y continua con Cristo; eso va a dar frutos de fe y amor genuino. Juan le está hablando a los hijos de Dios.

Llamado final

Acompáñame a orar, pero quisiera que te pusieras de pie, por favor. Si el Señor en este momento ha hablado a tu corazón, te pido que reflexiones, que ores y que te arrepientas si has fallado, si no has amado como tenemos que amar. Te pido que ores al Señor, que vengas con esa confianza delante de Él, sabiendo que te va a restaurar.

Oremos. Padre santo, amado, hoy venimos delante de Ti, recordando, Señor, lo que Tú hiciste en esa cruz. Padre, Tú nos mostraste lo que es el amor verdadero, de hecho y de verdad; nos mostraste, Señor, ese amor desinteresado. Padre, permítenos vivir de la misma manera, y sabemos que no es imposible, porque Tu Espíritu está en nosotros. Señor, en esta hora de la tarde hemos escuchado lo que Tú has hablado a esta iglesia. No queremos salir igual: queremos salir renovados. Queremos mostrar el amor a partir de hoy y en adelante a nuestro alrededor, a nuestra familia, a nuestras esposas, a nuestros hijos, a nuestros hermanos en la iglesia, a donde quiera que Tú nos has puesto, Señor: en el trabajo, en la escuela. Permítenos mostrar el amor, Señor. Padre, perdónanos si hemos fallado.

Mi hermano, ponte a cuentas con el Señor, si no has amado como Él lo ha pedido. Él mora en tu corazón y tú lo puedes hacer. Tú puedes acercarte, tú puedes ver las necesidades de los hermanos, tú puedes orar por los hermanos.

Permítenos vivir en comunión como hijos Tuyos, Señor. Padre, queremos agradarte, queremos reflejar que hemos nacido de nuevo y que ahora vivimos para Tu gloria, Señor. Padre, que cualquiera que venga a esta iglesia pueda ver el amor de Dios en cada uno de nosotros; que podamos cobijarlo, que podamos amarlo, que podamos dar, Señor, lo que Tú nos has dado: ese amor perdonador, ese amor, Padre, por el cual Tú pagaste por cada uno de nosotros. Te pido, Señor, por esta iglesia, para que el amor emane en cada uno de nosotros. Le damos gracias, Padre, en el nombre de Cristo Jesús. Amén.