Un ministro que no es un hombre de piedad y oración, aunque tenga muchos otros talentos, no puede ser llamado un siervo de Dios, sino más bien un siervo de Satanás, escogido por él, por la misma razón por la que escogió a la serpiente antigua debido a que era más astuta que cualquier otra bestia del campo que Dios había hecho. Qué monstruo debe ser ese ministro del evangelio, oh Dios, ese dispensador de las ordenanzas del evangelio, ese intercesor entre Dios y su pueblo, ese reconciliador del hombre con su Creador si no se mira a si mismo como un hombre de oración.
Andy Davis Querido Timoteo