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Señor, te entrego todo a ti. Como la pobre viuda, pongo mis dos centavos, mi alma y mi cuerpo, en tu tesoro. Todo mi ser te amará y te servirá. Todo en mí será un instrumento de justicia para ti.
Pongo todo a tus pies. Aquí lo tienes; es tuyo. Mis hijos presento como tus siervos. Mis posesiones las nombro como tu derecho. No llamaré nada mío excepto a ti. Todo lo que es mío es tuyo.
Poder decir: “Mi Señor y mi Dios”, con eso es suficiente. Con gozo renuncio a mi reclamo por todo lo demás. Nunca más volveré a decir: “Esta casa es mía” o “Mi riqueza es solo mía”.
Yo mismo no soy mío.
Richard Alleine Alcanzando el cielo: Oraciones puritanas