Si nuestras almas no encuentran el gozo y la satisfacción en Dios, se vuelven delgadas y quebradizas, sin vitalidad ni resistencia. Por otro lado, cuando nuestras almas están “[llenas] de toda la plenitud de Dios” (Efesios 3:19), podemos predicar de la abundancia. Nuestra confianza y contentamiento en Dios influyen en la manera en que nos comunicamos.
El corazón del predicador