El Río de la Muerte
Además vi que entre ellos y la puerta estaba el Río de la Muerte. Pero no había puente para pasarlo, y el río era muy hondo. No había modo de seguir adelante sin pasar el río. A la vista de este río, los peregrinos se turbaron, pero los varones que se habían acercado a ellos dijeron:
—Tienen que pasar por el Río, si no, no podrán llegar a la Puerta.
Entonces les preguntaron a los varones si el agua era de la misma profundidad en todas partes. Dijeron que no, pero que sin embargo no les podían ayudar, pues decían:
—Hallarán el río de mayor o menor profundidad, según crean en el Rey del país.
Resolvieron, pues, pasar; pero entrando CRISTIANO en el agua, comenzó a hundirse por lo que exclamó:
—Me estoy hundiendo en aguas profundas, sus ondas me pasan por encima de la cabeza, la corriente me rodea por todos lados (Jon. 2:3).
ESPERANZA luego dijo:
—¡Ánimo, hermano mío! Toco fondo con los pies y verás que es firme.
—¡Ah, amigo mío! Estoy sobrecogido por los dolores de la muerte. Ya no veré la tierra que fluye leche y miel.
Y con esto, CRISTIANO se encontró en una gran y horrorosa oscuridad, tanto que no podía ver por dónde iba. Temía morir en ese río y no entrar nunca por la puerta. También perdió noción de todo, de modo que no podía recordar ni hablar sensatamente de ninguno de esos dulces consuelos que había encontrado en el camino de su peregrinaje. Lo que decía demostraba que su mente estaba dominada por el pánico y que tenía un miedo atroz. Aquí también lo asaltaron los recuerdos inquietantes de los pecados que había cometido antes y desde que había comenzado su peregrinaje. Veía demonios y espíritus malos, según decía.
ESPERANZA, pues, se vio en apuros tratando de mantener la cabeza de su hermano fuera del agua; sí, de a momentos se hundía y luego salía medio muerto. ESPERANZA hacía todo lo posible para consolarlo, diciendo:
—Hermano, veo la puerta y varones que nos esperan.
CRISTIANO contestaba:
—Es a ti a quien esperan, has conservado tu esperanza desde el primer momento que te conocí.
—¡Ay, hermano mío, estas aflicciones y amarguras por las que estás pasando en estas aguas, no son señal de que Dios te haya desamparado, sino que son enviadas para probarte, y ver si te acuerdas de lo que por su bondad has recibido, y para que te apoyes en él en medio de tus aflicciones! ¡Cobra ánimo! Jesucristo te salva (Isa. 43:2; Luc. 8:50).
Ahora CRISTIANO exclamó:
—¡Oh, vuelvo a verlo y oigo que me dice: “Cuando pasares por las aguas, yo seré contigo; y cuando por los ríos, estos no te anegarán” (Isa. 43:2).
Con esto, los dos se animaron, (el enemigo se quedó inmóvil como una piedra), y muy pronto sus pies tocaron fondo desde allí en adelante, y acabaron de pasar sin tener más problemas.