Artículo 25 — De los sacramentos
Los sacramentos instituidos por Cristo no solo son insignias o señales de la profesión de los cristianos, sino que más bien son testimonios ciertos y señales eficaces de la gracia y la buena voluntad de Dios hacia nosotros, por las cuales Él obra invisiblemente en nosotros; y los sacramentos no solo avivan, sino que también fortalecen y confirman nuestra fe en Él.
Hay dos sacramentos ordenados por Cristo nuestro Señor en el Evangelio, a saber, el bautismo y la Cena del Señor.
Aquellos otros cinco, comúnmente llamados sacramentos, a saber: la confirmación, la penitencia, el orden sacerdotal, el matrimonio y la extremaunción, no deben ser considerados como sacramentos del Evangelio, pues habiendo en parte surgido de una corrupta imitación de los apóstoles, y siendo en parte estados de vida aprobados en las Escrituras; sin embargo, no tienen la misma naturaleza de los sacramentos del bautismo y la Cena del Señor, ya que no poseen una señal visible o ceremonia ordenada por Dios.
Los sacramentos no fueron instituidos por Cristo para ser contemplados o llevados en procesión, sino para que hagamos debido uso de ellos. Y estos solamente producen un efecto u operación saludable en aquellos que los reciben dignamente; pero los que indignamente los reciben, adquieren para sí mismos condenación, como dice San Pablo.