Artículo 26 — De la indignidad de los ministros que no impide el efecto de los sacramentos
Aunque en la Iglesia visible los malos se mezclen siempre con los buenos, y a veces los malos tienen la autoridad principal en la ministración de la Palabra y de los sacramentos, sin embargo como no lo hacen en su propio nombre, sino en el de Cristo, y ministran por Su comisión y autoridad, podemos usar su ministerio tanto para escuchar la Palabra de Dios como para recibir los sacramentos. Ni el efecto de la ordenanza de Cristo se frustra por su iniquidad ni la gracia de los dones divinos se disminuye con respecto a los que con fe y debidamente reciben los sacramentos que le son administrados; los cuales son eficaces por la institución y promesa de Cristo, aunque sean ministrados por hombres malos.
No obstante, corresponde a la disciplina de la Iglesia el que se investigue sobre los ministros malvados, y que sean acusados por aquellos que tienen conocimiento de sus ofensas; y que finalmente, al ser declarados culpables por juicio justo, sean depuestos.