Artículo 17 — De la predestinación y la elección

La predestinación a la vida es el eterno propósito de Dios, por el cual Él, antes de que los cimientos del mundo fueran establecidos, ha decretado por Su invariable consejo a nosotros oculto, liberar de maldición y condenación a los que Él eligió en Cristo de entre toda la humanidad, y traerlos por Cristo a la salvación eterna como a vasos hechos para uso honorable. Por lo tanto, los que son agraciados con tal excelente beneficio de Dios, son llamados según el propósito de Dios por Su Espíritu que obra a su debido tiempo; por la gracia obedecen al llamado; son justificados gratuitamente; son hechos hijos de Dios por adopción; son conformados a la imagen de Su unigénito Hijo Jesucristo; caminan religiosamente en buenas obras; y al final, por la misericordia de Dios alcanzan la felicidad eterna. 

Así como la consideración piadosa de la predestinación y de nuestra elección en Cristo está llena de un dulce, agradable e inefable consuelo para las personas piadosas y que sienten en sí mismas la obra del Espíritu de Cristo, mortificando las obras de la carne y sus miembros terrenales y dirigiendo su mente a las cosas elevadas y celestiales, no solo porque establece grandemente y confirma su fe en la eterna salvación que han de disfrutar por medio de Cristo, sino porque enciende fervientemente su amor hacia Dios; así también, para las personas curiosas y carnales que no tienen el Espíritu de Cristo, el tener continuamente delante de sus ojos la sentencia de la predestinación divina es un precipicio muy peligroso, por el cual el diablo los arrastra a la desesperación o a la miseria de una vida muy impura, la cual no es menos peligrosa que la desesperación.

Además debemos recibir las promesas de Dios de la manera en que generalmente se establecen en la Sagrada Escritura; y en nuestras acciones seguir aquella voluntad de Dios que tenemos expresamente declarada en la Palabra de Dios.


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