Creemos que toda nuestra justificación descansa sobre la remisión de los pecados, en la cual está también nuestra única bienaventuranza, como dice el salmista (Sal. 32:2). Por eso rechazamos todos los demás medios de justificación delante de Dios, y, sin reclamar virtud ni mérito alguno, descansamos simplemente en la obediencia de Jesucristo, la cual nos es imputada tanto para borrar todos nuestros pecados como para hacernos hallar gracia y favor ante Dios. Y, en efecto, creemos que si nos apartamos, por poco que sea, de este fundamento, no podríamos hallar reposo en ninguna otra parte, sino que estaríamos siempre inquietos, pues nunca tenemos paz con Dios hasta que nos resolvemos a ser amados en Jesucristo, ya que de nosotros mismos solo somos dignos de aborrecimiento.