Creemos, también, que este mal es verdaderamente pecado, suficiente para la condenación de todo el género humano, aun de los niños pequeños en el vientre de su madre, y que Dios lo considera como tal; incluso después del bautismo sigue siendo de la naturaleza del pecado, pero su condenación queda abolida para los hijos de Dios, por su sola libre gracia y amor. Y, además, que es una perversidad que siempre produce frutos de malicia y de rebelión, de modo que los hombres más santos, aunque resisten, permanecen todavía manchados de muchas flaquezas e imperfecciones mientras están en esta vida.