Todos los creyentes componen un pueblo santo y santificado. Su santificación es un don del Nuevo Pacto y del efecto del amor de Dios manifiesto al alma. Por este don el creyente está separado en verdad y en realidad, tanto en su alma como en su cuerpo, de todo pecado y obras muertos, por la sangre del Pacto Eterno, por el cual obedece con perfección evangélica y celestial a todos los mandamientos que Cristo, como Cabeza y Rey de este Nuevo Pacto, le ha impuesto.
1 Cor. 1:1; 1 Ped. 2:9; Efe. 1:4; 1a Juan 4:16; Efe. 4:24; Fil. 3:15; Mat. 28:20.