Afirmamos que Jesucristo es nuestro Gran Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec, pues ha hecho el sacrificio perfecto de sí mismo en nuestro favor y continúa intercediendo por nosotros ante el Padre. Afirmamos que Jesucristo es tanto el sujeto como el objeto del supremo sacrificio expiatorio.1

Negamos que Jesucristo esté descalificado para servir como nuestro sacerdote por pertenecer a la tribu de Judá y no a la tribu de Leví. Negamos que él, como víctima y sacerdote, se ofrezca a sí mismo continuamente como sacrificio en la Misa, aun de una manera no cruenta. Negamos que él se convirtiera en sacerdote solamente en el cielo y no fuera sacerdote en la tierra.

Footnotes

  1. «Porque Cristo no entró en el santuario hecho por los hombres, el cual era un mero reflejo del verdadero, sino que entró en el cielo mismo para presentarse ahora ante Dios en favor de nosotros. Y no entró para ofrecerse muchas veces, como el sumo sacerdote, que cada año entra en el Lugar Santísimo con sangre ajena. Si así fuera, Cristo habría tenido que morir muchas veces desde la creación del mundo; pero ahora, al final de los tiempos, se presentó una sola vez y para siempre, y se ofreció a sí mismo como sacrificio para quitar el pecado. Y así como está establecido que los hombres mueran una sola vez, y después venga el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; pero aparecerá por segunda vez, ya sin relación con el pecado, para salvar a los que lo esperan» (Heb. 9:24–28). Ver también Jn. 1:36; 19:28–30; Hch. 8:32; 1 Co. 5:7; Heb. 2:17–18; 4:14–16; 7:25; 10:12, 26; 1 P. 1:19; Ap. 5:6, 8, 12–13; 6:1, 16; 7:9–10, 14, 17; 8:1; 12:11; 13:8, 11; 15:3. ↩