Se recortó el llamado a la adoración inicial (cantos, lectura del Salmo 65/Salmo 96 en paráfrasis) y los avisos administrativos (celebración de la Cena del Señor la semana siguiente, reunión de oración del viernes, ofrenda) — contenido litúrgico, no parte del sermón. Se conservaron la oración de cierre y la introducción personal del predicador, por ser parte real del argumento del mensaje. Es continuación de la serie sobre 1 Pedro empezada la semana anterior. Título ya venía en el nombre del archivo; coincide con lo que el propio predicador anuncia explícitamente.

Introducción

A veces es muy difícil entender por qué Dios permite el sufrimiento — incluso hay quienes lo usan como argumento para negar la existencia de un Dios bueno y todopoderoso. Pero incluso como cristianos, con veinte, treinta o cincuenta años en la fe, llegan momentos en que la fe se sacude: “Señor, ¿por qué estás permitiendo esto?”

Horatio Spafford

Spafford vivió en Chicago en el siglo antepasado. Abogado cristiano, próspero, con un hijo y cuatro hijas. En 1871 muere su hijo. Ese mismo año pierde mucho dinero en un negocio, y en octubre el Gran Incendio de Chicago destruye todas las propiedades que había construido en su vida — todo en menos de un año. Dos años después, con las cosas sin mejorar, decide regresar con su familia a Inglaterra; un negocio de último momento lo obliga a quedarse mientras su esposa y sus cuatro hijas zarpan antes que él. El barco choca con otro y se hunde en solo doce minutos — sus cuatro hijas mueren ahogadas; su esposa sobrevive y le envía un telegrama: “Sola sobreviví. Estoy bien, tengo paz en mi ser. Gloria a Dios.” Spafford toma el primer barco hacia Inglaterra, y cuando el capitán, burlándose, le señala el lugar exacto donde murieron sus hijas, él se encierra en su camarote a orar — y ahí escribe el himno que, más de un siglo después, se sigue cantando en todo el mundo: “De paz inundada mi alma ya esté, aunque la cubra un mar de aflicción, cualquiera que sea mi suerte, diré: estoy bien, tengo paz.”

La pregunta es cómo se puede tener paz en momentos así. Lo que Spafford hizo, en medio de la aflicción, fue alabar a su Dios. Hoy queremos seguir ese ejemplo, viendo en 1 Pedro cómo podemos tener esperanza y gozo de parte de Dios en medio del sufrimiento — ese es el título de la prédica de hoy: “Esperanza y gozo en el sufrimiento.”

Idea clave

Las aflicciones presentes nos preparan para recibir una herencia futura, siempre y cuando nos deleitemos en Cristo y en Su salvación.

Lectura del pasaje

1 Pedro 1:3-9

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, porque según Su gran misericordia nos ha hecho nacer de nuevo a una esperanza viva mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, para obtener una herencia incorruptible, inmaculada y que no se marchitará, reservada en los cielos para ustedes, mediante la fe. Ustedes son protegidos por el poder de Dios para la salvación que está preparada para ser revelada en el último tiempo, en lo cual ustedes se regocijan grandemente, aunque ahora, por un poco de tiempo, si es necesario, sean afligidos con diversas pruebas, para que la prueba de la fe de ustedes, más preciosa que el oro que perece aunque probado por fuego, se halle en alabanza, gloria y honor en la revelación de Jesucristo, a quien sin haber visto ustedes lo aman, y a quien ahora no ven pero creen en Él, y se regocijan grandemente con gozo inefable y lleno de gloria, obteniendo como resultado de su fe la salvación de sus almas. Acerca de esta salvación, los profetas que profetizaron de la gracia que vendría a ustedes diligentemente inquirieron y averiguaron, procurando saber qué persona o tiempo indicaba el Espíritu de Cristo dentro de ellos al predecir los sufrimientos de Cristo y las glorias que seguirían a ellos. Les fue revelado que no se servían a sí mismos, sino a ustedes, en estas cosas que ahora les han sido anunciadas mediante los que les predicaron el evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo, cosas a las cuales los ángeles anhelan mirar.

Los primeros que leyeron esta carta estaban siendo perseguidos: algunos enfrentaban hambre, otros cárcel, otros peligro de muerte. Lo primero que hace Pedro, antes que cualquier otra cosa, es empezar alabando a Dios — es bien irónico, porque el propio Pedro también estaba siendo perseguido, igual que Spafford alabó a Dios en medio del sufrimiento.

I. Tenemos esperanza en una herencia futura (vv. 3-4)

Pedro alaba a Dios “por Su gran misericordia” — simplemente porque Él es un Dios bueno que ama a otros. Por esa misericordia nos hizo renacer, nos dio una nueva vida: esa es la esperanza de todo el que ha depositado su fe en Jesús. Esta vida presente no es todo lo que nos queda.

Es una esperanza viva: esperamos la venida de Cristo, cuando toda la maldad —la violencia, el virus, la muerte, la injusticia— se acabará, incluyendo la maldad que hay en nosotros mismos.

Esa esperanza tiene un fundamento específico (v. 3): “mediante la resurrección de Jesucristo”. Si podemos tener una nueva vida es porque primero Cristo murió —soportando no solo los clavos y los azotes, sino la ira de Dios— y resucitó al tercer día, sellando la victoria sobre la muerte. A quienes creemos en Él, Cristo nos comparte esa victoria.

El objetivo de esa nueva vida es recibir una herencia (v. 4) — pero, a diferencia de cualquier herencia humana (que se recibe cuando muere quien la deja), esta ya es nuestra, solo que está reservada en el cielo. Es una herencia incorruptible (no se echa a perder), inmaculada (totalmente limpia) e inmarcesible (no se marchita).

II. Somos protegidos en el presente por el poder de Dios (v. 5-6a)

La película que ya sabemos cómo termina

En la película Enredados, el protagonista empieza contando “esta es la historia de mi muerte” — desde ahí ya sabemos que sobrevive, así que por muy terrible que se ponga la trama, no hay verdadero temor. Nosotros estamos a la mitad de la trama de nuestra propia historia: ya sabemos cómo empezó (la muerte y resurrección de Cristo) y ya sabemos cómo termina (una herencia en el cielo que jamás se contaminará ni desaparecerá).

Mientras tanto, mediante la fe, somos protegidos por el poder de Dios para esa salvación que se revelará al final — una salvación que todavía necesita completarse, porque este cuerpo aún morirá y todavía hay pecado en nosotros; recibiremos un cuerpo sin pecado.

III. Es necesario que seamos afligidos con diversas pruebas (vv. 6b-9)

A partir de la segunda mitad del versículo 6, el tono cambia: “es necesario” que seamos afligidos — no es opcional ni aleatorio, es parejo para todos (aunque varíe la intensidad), y no dice “una prueba”, sino “diversas” pruebas, una tras otra.

El anillo de oro

Lo único de oro que el predicador posee en toda su vida adulta es un anillo — lo empeñó una vez y le dieron muy poco. Si un día se le perdiera, dolería no solo por su valor, sino por lo que representa. Pedro dice que nuestra fe es más valiosa que el oro — y, al igual que el oro, se purifica: por medio de las pruebas.

El propósito de esas pruebas (v. 7) es que la fe, ya probada, “resulte en alabanza, gloria y honor en la revelación de Jesucristo” — cuando Cristo vea esa fe probada, la alabanza no será para nosotros, sino para Él.

1 Pedro 1:8-9 (repetida en la exposición)

A quien sin haber visto ustedes lo aman, y a quien ahora no ven pero creen en Él, y se regocijan grandemente con gozo inefable y lleno de gloria, obteniendo como resultado de su fe la salvación de sus almas.

El consuelo del creyente en medio de cualquier prueba no es “Dios me va a ayudar a pagar la deuda” o “Dios me va a sanar” — el consuelo es que tenemos a Cristo y nadie nos lo puede quitar. Si sana, es por Su misericordia; si no sana, también es porque ama. Cuando el gozo está puesto en Cristo mismo, las aflicciones presentes pierden su peso y se convierten en preparación para Su venida. Si Cristo no es el gozo más grande, los sufrimientos van a derribar a cualquiera, así venga a la iglesia, toque en la alabanza o esté detrás de las cámaras.

Los profetas anhelaron lo que hoy tenemos

Los últimos dos versículos (10-12) enseñan que los profetas del Antiguo Testamento —Elías, Moisés, Isaías— inquirieron y anhelaron conocer más de la gracia que vendría, y Dios les mostró que no era para ellos mismos, sino para nosotros: prepararon el camino dejándonos la Escritura.

Elías y el Espíritu Santo

Si se le preguntara a Elías si prefiere hacer descender fuego del cielo o que el Espíritu Santo viva permanentemente en una persona, probablemente elegiría lo segundo — y eso es precisamente lo que hoy tienen los creyentes: Dios mismo viviendo en nosotros, algo que ni siquiera los ángeles pueden experimentar, aunque lo anhelan mirar.

Conclusión

Las aflicciones presentes —escasez, enfermedad, dolor, la pérdida de un ser querido, la falta de trabajo— nos preparan para la gloria futura, siempre y cuando nos deleitemos en Cristo y en Su salvación. Esto solo es posible porque el único Heredero legítimo se sometió voluntariamente a la aflicción: Hebreos 12 dice que el Hijo fue constituido heredero de todo, y Filipenses 2 enseña que, existiendo en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte de cruz. La única manera de recibir una herencia es porque el Heredero murió en nuestro lugar.

El sufrimiento no tiene sentido a menos que haya un plan maestro de un Dios soberano detrás. Según la causa del sufrimiento, distintas preguntas: si es por pecado propio, “¿qué debo dejar?”; si es por el pecado de otro, “¿cómo puedo amar y servir?”; si es incomprensible, “¿cómo debo depender de Ti?” En cualquier caso, la invitación es a que Cristo sea la fuente más grande de gozo, meditando constantemente en Su palabra —no solo los domingos—, hablando y cantando de Su gracia y Su amor.

Oración de cierre: “Señor, gracias por ese tiempo, gracias por tu palabra. Ayúdanos a que Cristo sea nuestro deleite. Señor, tú conoces que en efecto estamos sufriendo; este sufrimiento es muy diferente al que pasaron nuestros hermanos que recibieron la carta por primera vez —ellos eran perseguidos por causa tuya—, nosotros sufrimos porque permitiste que esta enfermedad surgiera en el mundo, y aun así nos duele. Queremos rogar, igual que aquellos hermanos, que nos ayudes a que Cristo sea nuestro deleite, que podamos gozarnos en Su salvación, que podamos gozarnos en Aquel a quien amamos sin verlo, mientras esperamos que Él venga. Señor, tú sabes que somos débiles, que a veces el dolor nos gana; danos más de tu Espíritu para que nos sostenga, para que nos llene de ti, para que podamos ver estas aflicciones solo como una preparación para lo que ha de venir. Ayúdanos, lo necesitamos, en Cristo.”