Nota: no existe nota type: sermon ni título original para esta grabación — el título se infirió del contenido (es la frase que se repite a lo largo de todo el mensaje: “somos extranjeros en un mundo hostil”), que es a la vez el nombre que el propio predicador le da a la nueva serie sobre 1 Pedro que arranca aquí. Se recortó todo el segmento inicial de adoración congregacional (lectura del Salmo 67, cantos, protocolo de sana distancia por COVID-19, oración por hermanos enfermos, bienvenida a visitas, aviso de ofrenda) — no es contenido del sermón. La prédica empieza cuando el predicador pide abrir en 1 Pedro 1. Se conservó la oración de cierre completa (es parte real del mensaje); se recortó el canto y el breve cierre de despedida que siguen después.
Introducción: comienza la serie “Extranjeros”
1 Pedro 1:1-2
1 Pedro, apóstol de Jesucristo, a los expatriados de la dispersión, en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, elegidos 2 según el previo conocimiento de Dios Padre, por la obra santificadora del Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser rociados con Su sangre: que la gracia y la paz les sean multiplicadas.
Hoy arranca una nueva serie, titulada “Extranjeros: viviendo la esperanza en un mundo hostil”, que recorrerá la primera epístola de Pedro durante varios meses. Se invita a leerla completa como parte del devocional personal — son solo cinco capítulos, se puede leer de una sentada.
La caravana migrante y la separación de familias
Esa misma semana una nueva caravana de migrantes hondureños había sido contenida con fuerza en la frontera entre Guatemala y México — huyendo, muchos de ellos, de la violencia y de los efectos de dos huracanes. Entre abril y mayo de 2018, Estados Unidos aplicó una política de “tolerancia cero” que llevó a separar a cerca de 2,000 niños migrantes de sus padres; casi tres años después, alrededor de 500 seguían sin poder reunirse con sus familias.
Idea clave
Pedro no le escribe a “turistas”, sino a gente que vive como migrante: sin ciudadanía plena, sin derechos, desplazada. Nosotros, los cristianos, debemos vernos a nosotros mismos precisamente como extranjeros — con otra ciudadanía, la celestial. La pregunta que va a contestar la epístola durante las próximas semanas es: ¿cómo ser fiel en un mundo hostil que rechaza y persigue a Cristo y a los suyos?
Hoy solo se ven los dos primeros versículos — la introducción de la carta —, en tres partes: quién escribe, a quién escribe, y de qué va a tratar la carta.
I. Quién escribe
Pedro era un pescador de extracción humilde en Galilea. Su nombre original era Simón.
alusión a Juan 1:42
Cuando Jesús lo conoce, le dice: “Tú eres Simón, hijo de Juan; pero te llamarás Cefas” (Pedro, en arameo).
En la antigüedad, cambiar el nombre de alguien comunicaba autoridad sobre esa persona — así como un rey vencedor le cambiaba el nombre a un rey derrotado. Jesús le está diciendo a Pedro: tengo autoridad sobre ti, tan grande que puedo cambiar tu identidad. Esto mismo ocurre con todo el que abraza a Cristo por la fe: no solo como Salvador, sino como Señor — y ocurre el nuevo nacimiento. Por eso Pedro se presenta aquí simplemente como “Pedro”, no “Simón Pedro”: su identidad ahora está definida por Cristo.
alusión a Marcos 3:14
Jesús designó a doce para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar.
Pedro fue uno de los Doce — llamado primero a estar con Jesús, testigo presencial de Su ministerio y transfiguración, y el primero de los discípulos en confesar públicamente:
alusión a Marcos 8:29
“Tú eres el Cristo.”
Según la tradición histórica (no bíblica), Pedro dirigió la iglesia en Jerusalén, posiblemente fundó la iglesia de Antioquía, pasó tiempo en Corinto, y finalmente llegó a Roma, capital del imperio, bajo el reinado del emperador Claudio.
II. A quién escribe
Idea clave
Pedro escribe “a los expatriados de la dispersión” — no a turistas, sino a gente viviendo como migrantes.
En el siglo I, Roma era la ciudad más importante del mundo conocido, y como toda gran capital atraía migrantes: se calcula que solo uno de cada tres residentes había nacido en Roma. El evangelio llegó a Roma por vías que no se conocen con certeza, pero surgió ahí una iglesia creyente.
La expulsión de Claudio
Un informe histórico registra que “algunos judíos estaban haciendo constantemente disturbios por causa de un tal Cresto” — los historiadores piensan que se trata de una referencia distorsionada a Cristo. Ante los disturbios provocados por la oposición judía al evangelio, el emperador Claudio decretó la expulsión de todos los judíos de Roma — entre ellos, muchos cristianos, algunos ya establecidos por años, con casa y familia. Fueron enviados a la región de Asia, precisamente a las ciudades de Ponto, Galacia, Capadocia y Bitinia — las mismas que nombra el versículo 1. Para cuando Pedro escribe, llevaban alrededor de 15 años desplazados.
Al llegar a las nuevas ciudades, estos hermanos anunciaron el evangelio y se formaron nuevas iglesias, ahora mayormente gentiles — y empezaron a ser discriminados por sus propios compatriotas, porque en esa cultura religión, economía y política estaban entrelazadas: participar del comercio gremial exigía participar de rituales paganos, algo que los cristianos rechazaban. Muchos se quedaron sin poder trabajar, fueron difamados, llevados a tribunales, condenados injustamente, y algunos sufrieron violencia.
La persecución no es solo del pasado
Datos citados del año anterior (fuente no especificada explícitamente en el audio): 345 cristianos asesinados por su fe cada día; 105 iglesias o propiedades cristianas quemadas o atacadas cada día; 219 cristianos encarcelados sin juicio cada día. Se leyó también, citando el sitio “Puertas Abiertas”, un reporte reciente (India, 31 de diciembre de 2020) de un ataque de extremistas hindúes contra un grupo de creyentes reunidos para orar, en el que una mujer embarazada de ocho meses fue golpeada y perdió a su bebé.
Los cristianos, entonces y ahora, viven en un mundo hostil que los rechaza y persigue por causa de Cristo — aunque en este contexto, hoy, esa hostilidad se viva de forma distinta, más cómoda.
III. Qué va a tratar la carta
Idea clave
Pedro no fue el primero en llevar el título de “extranjero”: Abraham se llamó a sí mismo extranjero y peregrino (Génesis 23:4), y el propio Cristo dijo “mi reino no es de este mundo” (Juan 18:36). El mundo nos rechaza precisamente porque no le pertenecemos.
Pedro llama a la iglesia “elegidos” — elegidos para sufrir, pero elegidos.
1 Pedro 1:2 (relectura)
Elegidos según el previo conocimiento de Dios Padre, por la obra santificadora del Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser rociados con Su sangre.
Tres ideas: fueron elegidos por Dios Padre mismo, por pura gracia, por iniciativa Suya; fueron santificados por el Espíritu, que los ha declarado santos y los ayuda a crecer en santidad; y fueron elegidos para obedecer a Cristo — tomar la cruz cada día y seguirlo, como Jesús mismo le dijo a Pedro (Marcos 8).
“Ser rociados con Su sangre” no es una frase mágica repetida sin más — remite al pacto sellado en Éxodo 24:7-8, cuando Moisés roció al pueblo con sangre tras aceptar las condiciones del pacto con Dios. Lo mismo se dice aquí: el pacto de Cristo con estos creyentes ya está sellado.
Reflexiones finales
Somos extranjeros, aquí de paso, caminando hacia una patria celestial — eso no significa conformismo ni prohibición de prosperar, pero sí una disposición a soltar cualquier posesión por causa de Cristo. El mundo sigue siendo hostil, de una manera distinta a la que vivieron los primeros lectores de esta carta, pero la esperanza es la misma: vivir para Cristo dependiendo del Espíritu.
Para quien no es creyente: llegará el momento de presentarse ante un Dios santo, y lo que hoy parece suficiente no lo será entonces — la invitación es acercarse a Cristo en arrepentimiento y fe.
Idea clave
Somos extranjeros en un mundo hostil; dependemos del Espíritu para vivir para la gloria de Cristo en medio de esa hostilidad.
Oración de cierre
Señor, gracias por Tu palabra, gracias por Tu presencia. Te suplico que nos hables por medio de estos versículos y que obres también en Tu iglesia, en Tu pueblo, para que nos enseñes que estamos viviendo en un mundo que nos aborrece porque aborreció a Jesús. Ayúdanos, Señor, a vivir para Tu gloria dependiendo del Espíritu. Te lo ruego en el nombre de Jesús. Amén.
Después de la oración sigue un tiempo de canto congregacional (no transcrito) y un breve cierre de despedida reiterando que, aunque se estén pasando momentos difíciles, no se comparan con lo que otros creyentes han padecido — cerrando con la invitación a retirarse con calma.