Nota: transcripción de un subtítulo automático de YouTube, sin bosquejo escrito conocido en el vault. El nombre del archivo original venía truncado (“Rodeado de amargur”); el título completo se confirmó con la frase de Lamentaciones 3:5, eje del pasaje expuesto. Se recortó toda la liturgia previa a la prédica (llamado a la adoración con el Salmo 9, cantos, lectura de Isaías 9 y más cantos, y una oración pastoral intercediendo por varios hermanos enfermos —Elías, Mauri, Beto Camacho— antes de presentar al predicador). Predicó Enrique (“el pastor Enrique”). Se conservó la oración de cierre del propio Enrique como parte del sermón; se recortó el canto final y una lectura/oración de cierre hecha por otra persona distinta al predicador después del canto, ya fuera del cuerpo del mensaje.
Introducción
El primer domingo de la serie de Adviento
Hoy comienza la serie de predicaciones navideñas — llamada “serie de Adviento”. Hay una tensión entre cristianos sobre si celebrar la Navidad: algunos piensan que todo lo relacionado con esa época es incorrecto. Es cierto que Jesús no nació el 25 de diciembre —esa es la verdad histórica, sin intención de “romperle el corazón a nadie”— pero el anuncio del nacimiento de Jesús es parte del evangelio, y por eso la iglesia celebra y recuerda esa verdad, aunque en realidad se celebra todo el año.
Personalmente, a Enrique no le gusta la Navidad: le evoca recuerdos negativos de su infancia (discusiones, alcohol, golpes) que persisten a pesar de los años. Para muchas personas la Navidad representa una época difícil — es, de hecho, la época del año con más suicidios, por la soledad, la ausencia de quienes ya no están, y la carga económica de una fiesta comercializada. Este año en particular (2020) esa dificultad se agrava: hasta junio había en el país cerca de 4,000 suicidios reportados, un 25% más que el año anterior a esas alturas; muchos hogares no podrán costear las cenas y regalos de siempre; el distanciamiento físico impedirá las reuniones familiares (se mencionó el caso de una familia en EE.UU. que se reunió y varios contagiados terminaron hospitalizados); y muchas familias han perdido a seres queridos por la pandemia, así que estas fechas van a traer esos recuerdos de vuelta.
Idea clave
Cristo le ha dado la estocada final a la muerte y al dolor, para que Su pueblo pueda tener esperanza aun en medio del dolor más profundo. Esa es la verdad que esta serie, a partir de distintos pasajes, busca recordar: primero el anticipo de la venida del Mesías, y luego lo que esa venida significó.
Lectura del pasaje
Lamentaciones 3:1-6
Yo soy el hombre que ha visto la aflicción a causa de la vara de Su furor. Él me ha llevado y me ha hecho andar en tinieblas y no en luz. Ciertamente contra mí ha vuelto y revuelto Su mano todo el día. Ha hecho que se consuman mi carne y mi piel; ha quebrado mis huesos. Me ha sitiado y rodeado de amargura y de fatiga. En lugares tenebrosos me ha hecho morar, como los que han muerto hace tiempo.
El clamor desesperado de un hombre que sufre
Sin entrar en todo el pasaje (es largo), conviene detenerse en algunos versículos seleccionados. En los versículos 1-3, lo primero que este hombre le dice a Dios ante su sufrimiento es, en esencia: es Tu culpa. La Biblia no filtra ese tipo de clamor — este hombre se acerca a Dios y se lo dice directamente. ¿Alguna vez, ante una noticia terrible, un diagnóstico, una traición, no se ha sentido lo mismo — “Dios, es Tu culpa”?
Al llegar al versículo 8, el reclamo avanza: no solo es Tu culpa, sino que ni siquiera quieres escucharme (“Aun cuando clamo y pido auxilio, Él cierra el paso a mi oración”). Generalmente cuando se sufre se trae una petición concreta — sanidad, que aparezca quien falta, otro empleo — y a veces Dios responde que no, y entonces surge la pregunta: ¿por qué no me escuchas, dónde estás?
En el versículo 13, este hombre se siente completamente abatido: “Hizo que penetraran en mis entrañas las flechas de Su aljaba” — como si Dios hubiera preparado deliberadamente esas flechas para herirlo, un Dios injusto. Y en el versículo 18 llega al fondo: “Se me acabaron las fuerzas, y mi esperanza que venía del Señor, se acabó” — su fe misma se desmorona.
Idea clave
Expresar el dolor delante de Dios, incluso con la crudeza de este pasaje, no es pecado en sí mismo — hay tantos salmos que expresan dolor abierto que no puede ser casualidad. Se puede ir delante de Dios en momentos de dolor y preguntarle legítimamente por qué.
¿Quién era este hombre, y por qué sufría así?
El autor de Lamentaciones era Jeremías, un profeta llamado por Dios unos 600 años antes de Cristo. Los profetas tenían la misión de recordarle al pueblo el mensaje de Dios — y ese mensaje había sido claro desde el Éxodo:
Levítico 26:14 (paráfrasis)
Si ustedes no me obedecen ni ponen por obra todos estos mandamientos, entonces Yo mismo los castigaré con un terror repentino.
Israel nunca obedeció. Según 2 Crónicas 36:15-16, Dios envió profetas repetidamente — no uno ni dos, sino docenas — llamando al pueblo a arrepentirse, “pero ellos continuamente se burlaban de los mensajeros de Dios […] hasta que subió el furor del Señor contra Su pueblo y ya no hubo más remedio.” En el año 587 a.C. un ejército extranjero destruyó la nación, la capital, quemó el templo, derribó los muros y masacró a un tercio de la población — muchos murieron de hambre o a filo de espada. Jeremías vio morir a su familia y a sus amigos, y sabía que ese sufrimiento era consecuencia de la desobediencia del pueblo — su propio sufrimiento era, en ese sentido, justo.
Sufrimiento merecido hoy
Muchas veces el propio sufrimiento es autoinfligido: hogares destruidos por vicios y alcohol a pesar de advertencias repetidas, pecados ocultos de creyentes que tarde o temprano se derrumban. Números 32:23 lo dice: “Tengan por seguro que su pecado los va a alcanzar.” Y Gálatas 6:7 advierte que nadie engaña a Dios — lo que el hombre siembre, eso también segará. Lo más terrible no son solo las consecuencias inmediatas, sino que el pecado tiene también una consecuencia eterna: Apocalipsis 21:8 enumera a “los cobardes, los incrédulos, los abominables, los asesinos, los inmorales, los hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos” cuya herencia es “el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda.”
Pero, ¿qué pasa con quienes sufren injustamente — por una enfermedad inesperada, un desastre natural, el mal ajeno (el hambre en África que el hermano Moisés mencionó la semana pasada, los huracanes que golpearon Centroamérica y el sur del país)? Ahí también, dice el mensaje, hay esperanza.
El giro hacia la esperanza
Lamentaciones 3:21-24
Esto traigo a mi corazón, por eso tengo esperanza: que las misericordias del Señor jamás terminan, pues nunca fallan. Sus bondades son nuevas cada mañana; ¡grande es Tu fidelidad! El Señor es mi porción, dice mi alma, por tanto en Él espero.
Cuando se está en dolor profundo, normalmente lo único que se quiere es que el problema se resuelva — pero aquí el tono de Jeremías cambia. Después de decir “es Tu culpa”, “no me escuchas”, “eres cruel”, de pronto recuerda una verdad y se la repite a sí mismo: Dios es misericordioso, bondadoso, fiel, un deleite. Hay que recordárselo constantemente, precisamente porque se olvida.
Recordar la fidelidad de Dios también implica algo difícil: si Dios es fiel a Su palabra y a Sí mismo, también tiene que castigar a los malvados — y Jeremías sabía perfectamente que lo que su pueblo estaba pasando era consecuencia propia.
Lamentaciones 3:31-32 (paráfrasis)
Porque el Señor no rechaza para siempre; antes bien, se aflige, también se compadece, según Su gran misericordia; porque Él no castiga por gusto a los hijos de los hombres.
A pesar de merecer el castigo, Jeremías afirma que Dios encontrará la manera de salvar. Imagínese la situación real de Jeremías en ese momento: su nación destruida, sus amigos y familia muertos, uno de los pocos sobrevivientes, probablemente dejado atrás por viejo mientras el resto era llevado a trabajos forzados — ni siquiera hubo quién recogiera los cuerpos abandonados en Jerusalén tras la destrucción. En medio de esa angustia, Jeremías sostiene: “Yo sé que Tú eres bueno, y yo sé que Tú vas a encontrar la manera de salvarnos” — sin saber todavía cómo.
La esperanza que apunta a Cristo
Nosotros, del lado de la historia en que estamos, ya conocemos esa manera. Jeremías miraba hacia un futuro que no sabía que se llamaría Jesucristo ni que nacería en un pesebre. Siglos después, otro hombre, Zacarías, lo expresaría así:
Lucas 1:78-79 (paráfrasis)
Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, con que la aurora nos visitará desde lo alto, para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pies en el camino de paz.
Lo que Jeremías anticipaba es Cristo: Aquel que le daría la estocada final a la muerte, al dolor y al pecado. Y aunque muchos hoy padecen pérdidas terribles —por el crimen organizado, por enfermedad, por deudas, por negocios perdidos— hay que recordar que Cristo, quien sufrió verdaderamente sin merecerlo, sufrió en la cruz precisamente para derrotar el pecado, para que quienes creen en Él y se acercan en arrepentimiento y fe sepan que, aun en el dolor más profundo, ese no es el final: Él ha vencido la muerte, el pecado y el dolor.
Aplicación
Si alguien no está sufriendo ahora, que se aferre a Cristo, porque va a sufrir — es una promesa que Cristo mismo dejó y que los apóstoles reiteraron:
1 Pedro 4:12 (paráfrasis)
Amados, no se sorprendan del fuego de la prueba que ha venido para probarlos, como si alguna cosa extraña estuviera aconteciendo.
No hay que extrañarse de sufrir — es lo normal en el pueblo de Dios. Y en los momentos de dolor, hay que recordar que Cristo, con Su muerte y resurrección, venció el pecado, el dolor y la muerte, para que quienes creen en Él tengan esa misma esperanza — una verdad que el mundo también necesita escuchar, sobre todo quienes van a pasar dolor y tristeza en esta época.
A quien no sea creyente: Dios es fiel y cumplirá Su palabra — el pecado alcanza y trae consecuencias. Pero el infierno no es, como algunos dicen, “un desierto” inofensivo; es un castigo real reservado para quienes se niegan a obedecer. La invitación es acercarse en fe a Aquel que sí sufrió injustamente para cargar la muerte y el pecado de quienes creen y se arrepienten.
Idea clave
Cristo ha dado la estocada final al pecado, a la muerte y al dolor, para que Su pueblo tenga esperanza incluso en el dolor más profundo.
Oración de cierre: “Gracias porque esta es la verdad, Señor, e incluso en el dolor tenemos esperanza, y esa esperanza es que Cristo venció a la muerte, Él venció a la tumba, Señor, Él venció para que aquellos que creemos en Él podamos aferrarnos a esa verdad y vivir en esperanza en este mundo. Ayúdanos a creer y aferrarnos a esto, en el nombre de Jesús.”