Nota: transcripción de un subtítulo automático de YouTube, sin bosquejo escrito conocido en el vault. Título tomado del nombre del archivo original; el propio predicador lo anuncia como “la santificación: creciendo en Cristo semejanza.” Predicador identificado como Enrique Villegas Carmona por confirmación cruzada: la transcripción del domingo siguiente (2020-11-01, “Seguridad”) dice explícitamente “el pastor Enrique nos habló de la santificación [la semana pasada]” — el propio texto de este archivo no nombra al predicador. Serie identificada por la misma confirmación cruzada: “Palabras de vida” (cada semana una palabra: pecado, gracia, fe, justificación, adopción, santificación, seguridad…). Se recortó toda la liturgia inicial (lectura del Salmo 95, cantos de adoración, ~850 líneas) hasta el saludo con el que arranca la prédica; se conservó la oración de cierre propia del mensaje, pero se recortó el canto final y una segunda oración de cierre puramente administrativa (agradecimiento por las ofrendas) que sigue después.
Introducción
No se trata de esta prédica como pretexto para lanzar miradas o codazos al de al lado — es, primero que nada, para uno mismo.
Gandhi y "me gusta tu Cristo, no me gustan tus cristianos"
Mahatma Gandhi confesó en su autobiografía que la vida y las enseñanzas de Cristo fueron una gran inspiración para él — llegó a admirarlo, aunque nunca se convirtió al cristianismo. Un amigo suyo en Inglaterra, de una familia de “hermanos libres” (Plymouth), lo vio en un estado de ayuno y martirio religioso hindú y le explicó el evangelio: nadie puede dejar de pecar, pero hay perdón solo creyendo en Jesús. El problema es que ese amigo remató diciendo que, aunque Gandhi seguiría pecando igual, tendría paz — y llevaba, de hecho, una vida libertina sin que eso le quitara su tranquilidad de conciencia. Gandhi respondió que jamás se volvería cristiano, porque no quería solo librarse de la consecuencia del pecado, sino ser libre del pecado mismo. En otra ocasión, ya convencido de varias enseñanzas bíblicas, Gandhi fue un domingo a una iglesia en Inglaterra con la intención de hablar con el pastor — y en la puerta le dijeron que esa iglesia era para blancos, que fuera a una iglesia para negros. De ahí nació su frase más célebre: “me gusta tu Cristo, no me gustan tus cristianos; tus cristianos son tan diferentes a tu Cristo.”
La verdad es que hoy no somos tan diferentes de los cristianos con los que convivió Gandhi: personas que asisten a la iglesia, ofrendan, cantan bonito, hasta predican — pero cuya vida no refleja al Cristo en el que dicen creer. ¿Te has sentido culpable porque no puedes vencer el pecado en tu vida, aunque tengas años en la iglesia? ¿Los arranques de ira, la mentira, el orgullo, la manipulación de los demás para conveniencia propia? Ese es el eje de esta prédica, titulada “La santificación: creciendo en Cristo semejanza.”
No es una receta mágica de pasos infalibles para cambiar — es descubrir juntos, en la Escritura, algunos principios que probablemente ya se conocen pero se olvidan. La oración es que, al final, se pueda decir: “por su gracia Dios me ha dado a Cristo para salvarme y a Su Espíritu para transformarme; por lo tanto viviré en la fe, deleitándome en Cristo y dependiendo del Espíritu.”
Vamos a contestar tres preguntas: ¿qué es la santificación?, ¿qué ha hecho Dios?, y ¿cómo colaboro yo?
I. ¿Qué es la santificación?
Todas las palabras terminadas en “-ificación” hablan de un proceso: purificación es el proceso de purificar, panificación el proceso de hacer pan. Santificación es el proceso de ser santos.
Romanos 8:28-30 (NBLA)
28 Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a Su propósito. 29 Porque a los que de antemano conoció, también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de Su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos; 30 y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.
- ¿En quién ocurre? En los que aman a Dios — en los creyentes, aquellos que ya se han acercado a Jesús en arrepentimiento y fe. Si alguien no lo ha hecho, no puede crecer en santificación.
- ¿Quién lo hace? Dios mismo — es Él quien hace que todo coopere para bien en la vida del creyente, incluso en medio de la pandemia, la crisis económica, la enfermedad o la muerte de seres queridos.
- ¿Para qué? Para que los creyentes se parezcan más a Jesús — “conforme a la imagen de Su Hijo.”
Definición
La santificación es la obra de Dios en el creyente, para que día tras día se parezca más a Jesús.
El v. 30 da también el marco de tiempo: Dios conoció, predestinó, llamó (la conversión, cuando cada uno entendió que era pecador y necesitaba un Salvador), justificó — y glorificó, en tiempo pasado, aunque la glorificación es futura: es tan segura que se habla de ella como si ya hubiera ocurrido. La glorificación es la fase final, cuando ya no habrá que preocuparse por enfermedad, muerte ni pecado. Mientras tanto, hoy, Dios está haciendo Su obra presente.
Tito 2:12-13 (NBLA)
12 enseñándonos que, negando la impiedad y los deseos mundanos, vivamos en este mundo con justicia, piedad y dominio propio, 13 aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador, Cristo Jesús.
Los teólogos hablan de gracia pasada (Cristo muriendo por nosotros en la cruz), gracia futura (Su regreso) — y gracia presente: Dios obrando hoy en el creyente para transformarlo a la imagen de Jesús. Esa es la santificación.
II. ¿Qué ha hecho Dios?
A diferencia de la justificación, donde Dios lo hizo todo sin ninguna contribución nuestra, en la santificación Dios también lo ha hecho todo — pero además pide colaboración.
Gálatas 3:13 (NBLA)
Cristo nos redimió de la maldición de la ley, habiéndose hecho maldición por nosotros —pues escrito está: “Maldito todo el que cuelga de un madero”—
Romanos 8:38-39 (parafraseado)
Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.
Lo primero que hizo Dios fue salvar — nos compró, y nadie nos puede arrebatar de Su amor.
Tito 3:5 (parafraseado)
Nos salvó no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino conforme a Su misericordia, por medio del lavamiento de la regeneración y de la renovación del Espíritu Santo.
2 Corintios 5:17 y 1 Pedro 1:23 (referencia)
Nos ha hecho una nueva criatura; hemos nacido no de una simiente corruptible sino de una que es incorruptible, mediante la palabra de Dios que vive y permanece.
El manzano injertado
Imagina un manzano recién plantado: se riega, se abona, se cuida — y después de varios años no da ni una sola manzana. Un botánico dice que no hay remedio, el problema está en la raíz. Un día la esposa propone cortarlo; el dueño, desesperado, compra una reja de manzanas y las engrapa con una engrapadora industrial al árbol — “solucionado,” dice, ya tiene manzanas. Pero eso no arregla nada. Nosotros, por naturaleza, jamás podríamos ser santos — nos encanta el pecado, como quien, puesto a escoger entre una manzana picada y una rata muerta y apestosa, escogería la rata. Lo que Dios hace no es “engraparnos” manzanas — nos regenera, nos da una naturaleza nueva, nos transforma en otro árbol que sí da fruto.
Romanos 6:5 (referencia)
Hemos sido unidos a Él en semejanza de Su muerte.
Estamos unidos a Cristo — el único vínculo comparable es el matrimonio, “una sola carne.” Por eso es tan aberrante, dice 1 Corintios 6, que un hijo de Dios cometa fornicación: el creyente está unido a Jesús. Dios nos ha salvado, nos ha dado una nueva naturaleza, y nos ha unido a Cristo — todo esto ya lo hizo, de una vez y para siempre. No es algo con lo que haya que “batallar”: Gálatas dice “con Cristo estoy juntamente crucificado” — es una declaración de un hecho, no una tarea pendiente.
III. ¿Cómo colaboro yo?
Romanos 1:17 (referencia)
El justo por la fe vivirá.
Lo primero es creer: creer que Dios ya me salvó, que nada me puede separar de Su amor, que ya soy una nueva criatura, que estoy unido a Cristo. No es algo que se cree una sola vez — es algo que hay que seguir creyendo, día tras día, incluso mañana, en la tentación, cuando los hijos hacen enojar.
Romanos 6:11-12 (referencia)
Considérense muertos al pecado, pero vivos para Dios.
Hay que arrepentirse también, todos los días, como el salmista: “ten piedad de mí, oh Dios, conforme a Tu misericordia… borra mis transgresiones.” Y hay que predicarse a uno mismo estas verdades, diariamente, y venir a la Escritura para que las recuerde.
En segundo lugar, hay que deleitarse en Cristo — que Él sea lo más valioso, el tesoro.
Salmo 63 (parafraseado, Biblia en Lenguaje Actual)
Dios mío, tú eres mi Dios; con ansias te busco desde que amanece, como quien busca una fuente en el más ardiente deseo. Quiero verte en tu santuario y contemplar tu poder y tu grandeza. Más que vivir prefiero que me ames; te alabaré con mis labios mientras viva. Eso me dejará más satisfecho que la comida más deliciosa. Me acuesto y me acuerdo de ti durante todas las noches; estás en mi pensamiento. Soy feliz bajo tu protección; a ti me entrego por completo, porque tu gran poder es mi apoyo.
En tercer lugar, hay que depender del Espíritu.
Efesios 5:18 (referencia)
No se embriaguen con vino, en lo cual hay disolución, sino sean llenos del Espíritu.
La memoria muscular
Alguien con más de un año manejando un automóvil ya no piensa conscientemente en “primera, retrovisor, intermitentes” — lo hace automáticamente, porque lo hace todos los días. Lo mismo debería pasar con la relación con Dios: tan llena de Él que orar, adorar, leer la Palabra y depender de Él se vuelva natural, incluso en la tentación.
El gimnasio
La primera vez que fue al gimnasio, viendo a un hombre fuerte cargar más y más peso, quiso igualarlo de una sola vez. Al día siguiente no se podía ni mover ni estirar los brazos — tuvo que pedir que lo jalaran para levantarse. Nunca volvió a ese gimnasio. Lo mismo pasa si de repente uno decide “depender de Dios” sin haber construido el hábito: no se puede de un día para otro. Hay que ir construyendo el hábito para poder cargar cada vez más peso.
Conclusión
La santificación es la obra de Dios en mí, pero yo colaboro creyendo, deleitándome en Él y dependiendo del Espíritu. Esa colaboración no cambia lo que Cristo dijo, hizo, o lo que Dios ya efectuó — pero sí determina si, día tras día, se avanza pareciéndose más a Jesús, o se sigue igual que los cristianos con los que convivió Gandhi.
Cuando surja el juzgar a otros, o el enojo, o cualquier otro pecado: creer que ya se es nueva criatura, que Cristo ya murió, y en ese momento depender del Espíritu Santo — y experimentar victorias. Pero esto solo ocurre en la vida de quienes han creído. Quien no ha creído no puede cambiar; la única manera de ser transformado y libre del pecado es acercarse a Jesús, reconocerse pecador, y necesitado de quien salve de esa condenación.
Cierre de la oración final del mensaje:
“El Señor es tan triste… que a veces no podemos cambiar, y nos avergüenza decir que muchas veces somos como los cristianos con los que convivió Gandhi, que no se parecen al Cristo en el que decimos creer. Tenemos que arrepentirnos, perdónanos. Pero la Escritura dice que Tú ya nos has dado todo lo que necesitamos para vencer cualquier pecado — la ira, la mentira, la apatía, la lujuria, cualquier pecado ya nos has dado lo que necesitamos. Nos mandas esforzarnos: ayúdanos a esforzarnos, ayúdanos a creer cada día en lo que Tu Hijo hizo por nosotros, que murió para rescatarnos, que resucitó para darnos vida, que nos dio Su Espíritu y que Tu Espíritu nos ha hecho una nueva criatura. Ayúdanos a creerlo diario, a predicarlo diario. Ayúdanos a que Tú seas nuestro deleite, lo más precioso, lo que más atesoramos; que adorarte sea un tiempo glorioso, que estar en oración contigo sea algo que valoremos, que leer Tu palabra sea una pasión, y que por lo tanto dependamos de Tu Espíritu. Así como por Tu gracia nos diste a Cristo para salvarnos y nos has dado este Espíritu para transformarnos, ayúdanos, oh Dios, a vivir en la fe, a deleitarnos en Ti, a depender del Espíritu, a crecer en santificación. Te lo ruego, en el nombre de Jesús.”