Nota: transcripción de un subtítulo automático de YouTube, sin bosquejo escrito conocido en el vault. Predica Moisés Huerta, quien se presenta explícitamente como colaborador del “pastor Enrique” en esta iglesia — plena pandemia de COVID-19, servicio en línea. El título (“El ABC de la adopción”) y la serie (“Palabras de vida”) los da el propio predicador. Se recortó una extensa sección inicial de alabanza congregacional (letra fragmentada e ininteligible en los subtítulos automáticos), la oración de otra persona antes de la prédica, y un largo segmento de bienvenida personal a visitantes por nombre — contenido genuino pero puramente logístico/local, no doctrinal. Se conservó la introducción sobre generaciones por ser el argumento con el que el predicador introduce el tema de la identidad. Al final se recortó otra alabanza congregacional y un segmento aparte sobre la ofrenda (Hechos 20:35) por ser un momento litúrgico distinto, ya fuera del argumento central del sermón — se conservó la oración de cierre del sermón mismo. El archivo original se corta a media frase en un anuncio final.

Introducción: lo que de verdad nos define

Antes de hablar de la adopción, vale la pena pensar en cómo nos definimos a nosotros mismos. Los sociólogos clasifican a las personas por generaciones — la Generación Silenciosa (1930-1948, marcada por la Segunda Guerra Mundial y en México por las secuelas de la Revolución), los Baby Boomers (1949-1968, una época de bonanza económica y ahorro), la Generación X (1969-1980, que vivió la crisis de 1994 y la transición a la tecnología), los Millennials (1981-1993, nativos digitales desde la juventud) y la Generación Z (1994 en adelante, que no concibe la vida sin internet). Cada generación tiene sus propios gustos, referencias culturales y reacciones ante la vida — hasta cosas tan simples como preferir tacos o alitas, o cuántos años llevas usando redes sociales, reflejan a qué generación perteneces.

Todo eso nos da una identidad — pero no debería ser lo que en el fondo nos define. No debería definirnos nuestra profesión, ni la época en que nacimos, ni nuestras preferencias. Solo debería definirnos la identidad que tenemos en Cristo.

Recapitulando la serie “Palabras de vida”: se ha hablado del pecado (una infección permanente en todo ser humano, que Dios está comprometido a destruir), de la gracia (Dios, en vez de destruirnos, envió a Su Hijo a cargar el castigo), del arrepentimiento y la fe (la única respuesta correcta a esa gracia) y, la semana pasada, de la justificación: cuando alguien se arrepiente y cree, Dios no solo perdona sus pecados, sino que le imputa la justicia de Cristo — Dios lo ve perfectamente justo sin que lo sea por mérito propio.

Hoy toca hablar de la adopción — el ABC de la adopción: el asombro de la adopción, los beneficios de la adopción, y las consecuencias de la adopción.

I. El asombro de la adopción

1 Juan 3:1

Mirad cuán gran amor nos ha otorgado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; y eso somos. Por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a Él.

Es una creencia popular pero no bíblica que “todos somos hijos de Dios”. La Escritura enseña que todo ser humano, desde que nace, es enemigo de Dios — por el pecado heredado y el pecado propio. Por eso es asombroso que Dios haya querido adoptar precisamente a Sus enemigos.

¿A cuál niño adoptarías?

Si fueras a adoptar, y ante ti hay un montón de niños: uno te patea, te escupe, te ofende; otro es tranquilo, bonito, y hasta te recita una poesía y te explica la teoría de la relatividad. ¿A cuál elegirías? Es lógico elegir al segundo. Pero Dios no adopta a los mejores — la Biblia dice que no hay nadie mejor. Adopta a Sus enemigos.

Romanos 5:10 (paráfrasis leída)

Cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de Su Hijo.

El gran dilema del Antiguo Testamento era cómo un Dios santo, que no puede dejar impune al culpable, podía a la vez salvar a los culpables. Lo asombroso es que Dios no se limitó a perdonar — algo que ya habría sido suficiente — sino que además nos recibió no como súbditos ni esclavos, sino como hijos.

Gálatas 4:4-5

Pero cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a Su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, a fin de que redimiera a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción de hijos.

La muerte de Jesús no fue un accidente histórico: fue el centro de un plan que Dios trazó desde antes de crear el mundo — migraciones, gobiernos, imperios, hasta el idioma que se hablaba en aquel entonces, todo dispuesto para que llegara “la plenitud del tiempo”. Y “redención” significa el pago de un rescate — como pagar para sacar algo empeñado, o el precio que se pagaba para liberar a un esclavo. Dios pagó ese precio, la muerte de Su propio Hijo, para adoptar a quienes eran Sus enemigos.

II. Los beneficios de la adopción

Gálatas 4:6-7

Y por cuanto sois hijos, Dios ha enviado el Espíritu de Su Hijo a nuestros corazones, el cual clama: «¡Abba, Padre!» Por tanto, ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero por medio de Dios.

El primer beneficio: el Espíritu Santo mismo — no un simple susurro de conciencia, sino Dios mismo habitando en el creyente, algo que los santos del Antiguo Testamento anhelaron ver sin lograrlo. Ese Espíritu nos hace libres, sobre todo libres del pecado: la propia identidad ya no es “soy una persona enojona” o cualquier otra etiqueta de pecado — es “soy hijo de Dios”, y el Espíritu habita en el creyente con poder para vencer ese pecado por fe.

El segundo beneficio es la herencia. Muchas familias, por más unidas que parezcan, se desmoronan cuando llega el reparto de una herencia terrenal. Pero la herencia del cristiano no son calles de oro ni un gobierno futuro — aunque la Biblia también promete esas cosas.

Salmo 73:26 (NVI)

Podrán desfallecer mi cuerpo y mi espíritu, pero Dios fortalece mi corazón; él es mi herencia eterna.

La herencia es Dios mismo. Nada de lo que se disfrutará después se compara con eso — y esa herencia nadie la puede arrebatar jamás. Como dijo Martín Lutero: podrán quitarnos la vida, pero jamás podrán destruir el reino y la promesa de Dios.

III. Las consecuencias de la adopción

Romanos 8:15-17

15 Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud para volver otra vez al temor, sino que habéis recibido un espíritu de adopción como hijos, por el cual clamamos: «¡Abba, Padre!» 16 El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, 17 y si hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo, si en verdad padecemos con Él a fin de que también seamos glorificados con Él.

La primera consecuencia es la seguridad: el Padre jamás rechaza a un hijo. La segunda es que, como coherederos con Cristo, estamos llamados a seguir Su mismo camino — el de la cruz.

De tal palo, tal astilla — o no

Un maestro brillante en teología e historia de la iglesia tenía un hijo pequeño cuyo héroe, en vez de Spiderman o Superman, era Carlomagno — nadie se sorprendió, “de tal palo, tal astilla”. Pero en otra familia, un fisicoculturista y una atleta maratonista tuvieron un hijo que resultó ser la persona más torpe para el deporte — lo contrario de lo esperado. No siempre los hijos se parecen a sus padres. Pero la adopción en Cristo no es para venir a presumir “soy hijo del Rey” sin más: es para gozar la herencia y vivir en el poder del Espíritu — y eso incluye seguir a Jesús hasta el final, como coherederos que también padecen con Él.

1 Juan 3:2-3

2 Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que habremos de ser. Pero sabemos que cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos como Él es. 3 Y todo el que tiene esta esperanza puesta en Él, se purifica, así como Él es puro.

Esa esperanza sostiene incluso en medio del dolor — hermanos que enfrentan enfermedad, deudas, o persecución y martirio por su fe encuentran ahí su herencia y su esperanza: verlo tal como es. Y esa misma esperanza tiene una consecuencia práctica: quien la tiene se purifica — estamos llamados a parecernos a nuestro Padre, a seguir a Su Hijo unigénito e imitarlo.

Cierre

Dios pagó un precio altísimo para adoptar a quien era Su enemigo, y ahora llama a vivir como hijo. La única manera de gozar esta adopción es acercarse a Él en arrepentimiento y fe — incluso para quienes sus propios padres terrenales les fallaron o los lastimaron: este Padre jamás abandona a quien adopta.

Oración de cierre: gracias a Dios por hacernos hijos siendo Sus enemigos, al enviar y entregar a Jesús; petición de ayuda para confiar en la esperanza de la herencia recibida, vivir hoy como hijos, y seguir a Jesús, amándolo y honrándolo hasta el final, aferrados a la seguridad que da ser Sus hijos.