Nota: transcripción de un subtítulo automático de YouTube, sin bosquejo escrito conocido en el
vault. El título no es una inferencia — el propio predicador lo anuncia explícitamente antes de
empezar. Predicó Quique. Es “la cuarta sesión” de una serie topical que el predicador llama “Sobre
la roca”, que arrancó justo al terminar varios meses en el libro de Amós — no se encontró una nota
de serie existente en el vault, se dejó el wikilink [[Sobre la roca]] sin resolver a propósito. Se
recortó toda la liturgia inicial (dos cantos completos, oración de ofrenda, otro himno — “Señor de
la creación”, cantado tres veces) y el cierre (canto final, despedida administrativa) — se conservó
la introducción personal del predicador y la oración de cierre por ser contenido real del mensaje.
Plena pandemia COVID-19; el predicador corrige un lapsus propio (“mi esposo” → “mi esposa”, claro
error de transcripción automática por el contexto) al referirse a su esposa.
Introducción
Es la cuarta sesión de la nueva serie “Sobre la roca”, que arranca justo después de varios meses en el libro de Amós. El objetivo de esta serie es traer al corazón y a la mente cómo debe verse un creyente que vive en medio de la pandemia — es triste ver cuando alguien que dice ser creyente no distingue su vida de quien no lo es; si de verdad estamos cimentados en la roca, debe haber evidencias notorias de eso.
El pasaje de hoy es Hebreos 12. El título de este sermón es “Un pueblo entre el cielo y la tierra.”
Ilustración: el viaje es lo terrible, no el destino
Viajar a Huatulco (de donde es la esposa del predicador) o a la conferencia “Fieles a su llamado” en Ciudad Juárez es hermoso una vez que se llega — pero el viaje mismo, con niños, transbordos y horas de espera, es agotador. Lo mismo ocurrió camino al aeropuerto en un viaje al extranjero. Precisamente en ese intermedio —el viaje, no la salida ni la llegada— es donde nos encontramos ahora: todavía no hemos llegado a nuestro destino final.
Toda persona sabe que algo está mal en el mundo, crea o no en Dios — Dios puso en nuestro ADN un anhelo de cómo era el mundo antes de la caída. La gloriosa noticia del evangelio es que en Jesús, quienes estábamos podridos y condenados por el pecado fuimos trasladados a Su reino con una naturaleza nueva. Ese traslado ocurrió cuando cada uno creyó en Jesús — y desde ese momento empieza el viaje: la carrera entre la salida (cuando conociste a Jesús) y el destino (cuando lo veamos cara a cara). Como todo viaje, tiene tramos duros.
Una de esas dificultades del viaje tiene que ver con el mundo quebrado: conversando esa semana con Moisés sobre varias situaciones difíciles, él resumió todo en una frase — “miserable pecado.” Por el pecado hay vidas y matrimonios destruidos, una ola de violencia contra la mujer (de la que tanto el machismo como la reacción feminista son consecuencia), meses especialmente violentos, crimen organizado en aumento. También por el mundo quebrado enfrentamos esta pandemia — los cubrebocas, la toma de temperatura al entrar a la propia iglesia. Dios no diseñó el mundo así; todo esto es consecuencia del pecado. Pero quienes estamos en Cristo tenemos la esperanza de estar pronto con Él, aunque ahora mismo estemos en medio del viaje, esperando.
Datos recientes que ilustran esto: una nota del periódico Excélsior (10 de julio) reportó que el índice de divorcios en la Ciudad de México se triplicó en junio, atribuido al confinamiento. Hay iglesias que han cerrado sus puertas de manera probablemente definitiva. Y ese mismo 10 de julio, en Celaya, asesinaron a cinco personas en un “verificentro” — la diferencia con las decenas de asesinados que hay a diario es que estas cinco eran pastores y un líder de alabanza de una iglesia de Silao, que de un instante a otro se quedó sin pastores ni líderes.
Con todo esto en mente, acompañen la lectura de Hebreos 12:1-4. Solo se verán dos puntos hoy: I. Un llamado desafiante y II. Un destino glorioso.
I. Un llamado desafiante
Hebreos 12:1-4
Por tanto, puesto que tenemos en derredor nuestro tan gran nube de testigos, despojémonos también de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos envuelve, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, quien por el gozo puesto delante de Él soportó la cruz, menospreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra de Dios. Considerad pues a aquel que soportó tal hostilidad de los pecadores contra sí mismo, para que no os canséis ni os desaniméis en vuestro corazón. Porque todavía en vuestra lucha contra el pecado no habéis resistido hasta el punto de derramar sangre.
No se sabe con certeza quién escribió Hebreos ni a quién exactamente, pero sí que la iglesia que lo recibió estaba sufriendo una persecución severa — algunos estudiosos creen que se escribió durante la persecución de Nerón, en la que murieron decenas de miles de cristianos. El problema de esa iglesia no era usar cubrebocas y quedarse en casa: era mucho más grande, perdían hermanos día tras día.
El capítulo anterior es una galería de “campeones de la fe” — personas que creyeron en Dios en la antigüedad y vencieron en medio de la adversidad. El autor cambia el escenario: en vez de decir “si ellos pudieron, ustedes también pueden”, presenta un desfile — Abrahán venció, David venció, los profetas vencieron — y esa “nube de testigos” da testimonio de que sí se puede, a pesar de muerte, persecución, desnudez, espada, apedreamiento.
El maratón con ropa equivocada
Correr un maratón con botas, pantalón de mezclilla y chamarra estorbaría, cansaría, haría sudar de más — esa ropa no es para eso. Así el pecado “que tan fácilmente nos envuelve”: no importa cuánto tiempo se lleve en la iglesia, ni el puesto (pastor, músico, quien maneja la consola de audio), el pecado sigue siendo seductor y real. No se especifica cuál pecado — cada quien lucha con el suyo (ira, orgullo, mentira, tentación sexual) — pero la instrucción es despojarse de él, porque en la carrera de la vida estorba y hace caer.
La invitación es a “correr con paciencia” hacia donde fuimos llamados, puestos los ojos en Jesús — necesitamos unos lentes específicos para correr esta carrera.
Los lentes nuevos
Los lentes del predicador se rompieron por accidente (se le cayeron y se rompieron los micas); mientras esperaba el reemplazo, apenas podía ver bien, hasta se mareaba. Al ponerse los lentes nuevos fue “como ver la luz otra vez.” Así como no se puede ver el mundo con claridad sin los lentes correctos, tampoco se puede ver el mundo con claridad si no es por medio de Jesús — todos filtramos la realidad de algún modo; el filtro correcto es Él.
Jesús es el autor de la fe: soportó la cruz, el menosprecio, la vergüenza y el dolor para morir. El autor no dice solo “considera a Cristo” en abstracto — habla desde la experiencia de quien ha querido “tirar la toalla” en medio del desánimo, como quien corre un maratón de 40 km y ya se cansa en el primer kilómetro. Ya hubo Alguien que llevó la carrera mucho más allá — Jesús, que soportó la cruz sin importarle sufrir. Pensar en Él, en lo que hizo, es lo que evita el desánimo.
El verso 4 (“todavía… no habéis resistido hasta el punto de derramar sangre”) resume la sección: hay que participar en una carrera que dura toda la vida, dejando el pecado y mirando a Jesús en medio de los obstáculos actuales — pandemia, virus, escasez, muerte, problemas matrimoniales y de salud.
La generación de lo instantáneo
Los millennials (nacidos entre principios de los 80 y principios de los 90) crecieron con la sopa Maruchan, las palomitas de microondas, la pizza a domicilio — todo rápido. El problema es querer vivir la vida cristiana igual: no existe una “vida cristiana en microondas” que produzca madurez y santidad instantáneas. Esta vida es difícil — por eso el autor de Hebreos sigue hablando.
La disciplina de Dios
Hebreos 12:5-11 (leído de corrido)
Además, habéis olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige: «Hijo mío, no tengas en poco la disciplina del Señor, ni te desanimes al ser reprendido por Él; porque el Señor al que ama disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo». Es para vuestra corrección que sufrís; Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo hay a quien su padre no disciplina? Pero si estáis sin disciplina, de la cual todos han sido hechos partícipes, entonces sois bastardos, y no hijos legítimos. Además, tuvimos padres terrenales que nos disciplinaban, y los respetábamos. ¿No obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? Porque ellos nos disciplinaban por pocos días según les parecía, pero Él nos disciplina para nuestro bien, para que participemos de Su santidad. Al presente ninguna disciplina parece ser causa de gozo, sino de tristeza; sin embargo, a los que han sido ejercitados por medio de ella, después les da fruto apacible de justicia. Por tanto, fortaleced las manos débiles y las rodillas que flaquean, y haced sendas derechas para vuestros pies, para que la pierna coja no se descoyunte, sino que sea sanada.
Al hablar de disciplina normalmente se piensa solo en disciplina correctiva (la vara) — y el pasaje sí habla de eso, cuando alguien que ha errado y no quiere arrepentirse es llamado por medio de una situación. Pero la disciplina también es formativa, como el entrenamiento de un atleta: son las circunstancias adversas de la vida —incluso las que no son culpa de nadie— que Dios usa para formar el carácter. No es solo “hice algo malo y Dios me disciplina” (si así fuera, se estaría bajo disciplina todo el tiempo); la pandemia misma es parte de esa disciplina formativa.
Lo primero que pide el pasaje es no menospreciar la disciplina (vv. 5-6). Cuando hay un problema —en un negocio, en la familia— la reacción típica es buscar culpables o resolver de forma deshonesta. El llamado es cambiar el chip: no “por qué me pasa esto a mí, si ya fui al templo”, sino “no entiendo esto, es más grande de lo que puedo soportar, pero si me lo mandas es porque quieres hacer algo conmigo.”
Los versos 7-8 dicen que recibir disciplina de Dios es motivo de gozo, porque confirma que se es hijo verdadero; el verso 9 pide mirar la disciplina de Dios con respeto, como se respetaba (aunque doliera) la de los padres terrenales.
Idea clave
Dios aprecia la disciplina porque la usa para guiar a Sus hijos a la santidad y la justicia. Cada situación difícil tiene una causa terrenal identificable —y hay que analizarla— pero también tiene siempre un propósito celestial: que crezcamos en santidad y nos parezcamos más a Dios.
Ejemplos concretos: si un negocio se hunde por comprar mercancía robada, hay una causa terrenal clara, pero el propósito celestial es que haya arrepentimiento. Si hay problemas con la esposa por tratarla mal, es lógico que haya conflicto — pero Dios lo permite también para que haya crecimiento en santidad. La mayoría de las cosas que pasan se pueden entender por sus causas; otras simplemente no, y quedan en la soberanía de Dios — pero el propósito es siempre el mismo.
Dos herramientas para la carrera
Hebreos 12:14
Buscad la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.
Así como quien corre necesita hidratación y buen calzado, esta carrera necesita dos herramientas: la paz con todos (la unidad de la iglesia) y la santidad (dejar el pecado cada día). La pandemia ha debilitado la unidad de la iglesia, y eso ha sido por negligencia y pecado propios. El pasaje pone dos ejemplos negativos: una raíz de amargura que contamina cuando se empieza a atesorar resentimiento contra un hermano, y Esaú, que por vivir el momento despreció las bendiciones de Dios.
II. Un destino glorioso
Hebreos 12:22-24 (parafraseado con el texto leído en el mensaje)
Nosotros, en cambio, nos hemos acercado al monte Sión y a la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial, y a una multitud de ángeles en celebración; a la asamblea general e iglesia de los primogénitos que están inscritos en los cielos, y a Dios el Juez de todos, y a los espíritus de los justos hechos perfectos; y a Jesús, el mediador de un nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel.
Estamos corriendo hacia el lugar donde Dios habita con Su pueblo — no hacia un premio, una corona ni algo económico. Esa “multitud de ángeles” celebra como quienes esperan en la meta de una carrera. Y “la asamblea general e iglesia de los primogénitos” es la propia iglesia reunida, hoy, en las pantallas: ya hay un adelanto de ese destino en la iglesia local misma, el lugar donde Dios habita con Su pueblo — no las paredes, sino las personas. Por eso, cuando se puede volver a reunirse físicamente, hay algo que no se transmite por celular: Dios está presente entre Su pueblo de un modo particular al estar juntos.
Nos acercamos también a Dios el Juez — algo que, de quedarse ahí, sería aterrador — pero también “a los espíritus de los justos hechos perfectos” y a Jesús, el mediador, cuya sangre habla mejor que la de Abel. Alguien ocupó nuestro lugar; Él llevó los pecados en la cruz, y ha declarado justos y santos a los suyos delante de Dios.
Cierre
Se está corriendo hacia el lugar donde Dios habita con Su pueblo, y hay una probadita de eso ya, aquí, en la iglesia. Aun en la peor crisis se puede gozar la dicha del cielo. La pandemia, y cualquier crisis, impulsa a crecer en santidad; el regalo de la salvación y el regalo de la iglesia animan a permanecer.
Para quien enfrenta falta de esperanza: enfrentarla confiando en el Salvador que murió por uno. Para quien enfrenta problemas familiares: pedirle a Dios que muestre qué hay que cambiar y qué hay que dejar. Para quien enfrenta soledad: contar con la iglesia —llamar por teléfono, visitarse con cuidado, usar el espacio amplio del templo para recibir visitas cuando no hay espacio en casa.
Oración de cierre
“Señor, gracias por los problemas que pasamos todos nosotros — estamos experimentando situaciones diferentes, algunos luchando con una enfermedad que no buscamos, que está soltando nuestra sociedad de nuestra paz y tranquilidad, llevándose vidas de seres amados. Aunque es difícil, ayúdanos a ver que cada situación que Tú mandas es para que pongamos nuestra mirada en Ti y crezcamos en santidad. A quienes están lidiando con problemas familiares, ayúdanos a verlo como un regalo tuyo que nos revela en qué estamos mal para que cambiemos — que sea Tu Espíritu Santo el que cambie nuestro corazón para Tu gloria. Ayúdanos a correr pensando que vamos a un lugar donde estaremos contigo; mientras nos has dejado aquí, ayúdanos a valorar el adelanto que nos has dejado — Tu salvación, Tu Espíritu, Tu palabra, y entre lo más precioso, Tu iglesia, un lugar donde podemos experimentar Tu presencia. Aunque hoy estemos lejos, ayúdanos a fortalecer la comunión, danos creatividad y motivación para buscarnos unos a otros. En el nombre de Jesús.”